La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #10
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Capítulo 12 #10

—Para eso se necesita tiempo y un buen administrador —respondió con una sonrisita—. Yo no puedo quedarme aquí para siempre, mi marido y mi hija me esperan en Dar es-Salam desde hace más de cuatro semanas…

Jeremy apartó rápidamente la vista y cogió el dibujo de Klara para acercarlo más a la lámpara.

—¿Y por qué tendrían que picar piedra solo nuestros negros?

Una capilla es para todos los cristianos, es una obra piadosa en la que todos los fieles deberían involucrarse.

¿Qué pasa con los vecinos? ¿Las misiones?

Quien aporte una piedra para la construcción de la capilla podrá grabar su nombre en ella…

Esa velada fue una de las más alegres que habían pasado juntos hasta entonces.

Los sueños flotaban como pompas de jabón por el saloncito y cada vez eran más abigarrados, ambiciosos e irreales, porque todos aportaban detalles de sus particulares deseos secretos.

Una capilla de sillares blancos, bosques de cedros que se mecieran al viento, una gran villa de varios pisos rodeada por un jardín florido, un poblado con tiendas, iglesias, escuelas y preciosas casas de colores, cafetales en flor hasta el horizonte, cuyo aroma embriagara como un intenso perfume.

Pero finalmente llegó la hora de irse a dormir, les esperaba un duro día de trabajo.

—Mañana me encargaré de las termiteras —le dijo Jeremy a Charlotte al desearle las buenas noches en la entrada—. Y deberíamos pensarnos lo de los cedros.

Lo siguió con la mirada, sonriendo, hasta que desapareció en la oscuridad, y se quedó un ratito aguzando el oído hacia los trinos de las aves nocturnas y el susurro del agua de lluvia en los regueros que bajaban hacia el embalse.

Cuando cerró la puerta y echó el pestillo, se puso triste.

¡Con qué facilidad contagiaba el inglés su alegría y sus disparatadas ocurrencias!

Pero estaba claro que esos grandes planes no eran más que papel mojado.

¡Una capilla de piedra labrada, una obra que durara siglos!

Tendría que hablar en serio con Peter Siegel para que dejara de alimentar los planes absurdos de Jeremy.

Eran simples delirios, ¡Jeremy Brooks no pondría jamás una piedra para construir una capilla!

La tarde siguiente, el joven no apareció por la casa.

Charlotte se alegró. Klara se había quedado en el piso de arriba porque Sammi tenía un poco de fiebre, Peter Siegel estaba enfrascado en una revista y Charlotte preparó papel de cartas y estilográfica para escribir a George y a Elisabeth.

Lo hizo con mala conciencia, porque aún no había encontrado administrador para Neu-Kronau y se sorprendió pensando que Wilhelm Saalbauer no habría sido tan malo para el puesto.

¿Por qué era tan susceptible al tema? ¿A qué estaba esperando?

Al fin y al cabo no tendría que casarse con él, solo confiarle su plantación.

«Con todo —pensó mordisqueando la pluma—, una plantación es mucho más que un trozo de terreno con plantas de café y sisal. Una plantación es la vida…».

De pronto la pluma empezó a deslizarse por el papel. Las frases se fueron hilando sin que ella pensara en lo que escribía.

Querido mío:

Una vez dijiste que ningún blanco tiene derecho a comprar tierras en África, sembrarlas y poner a trabajar a negros en ellas.

Nunca lo he entendido y a menudo he reflexionado sobre ello porque no quiero ser injusta contigo.

Pero ahora sé que la tierra tiene un significado completamente distinto para ti que para mí.

Tú te deslizas por ella, admiras su belleza, te enfrentas a sus horrores para ponerte a prueba, luego prosigues tu camino y escribes tus libros.

En cambio yo extiendo mis raíces hacia sus profundidades, siento esta tierra, la amo, sufro con ella, y soy tan responsable de su bienestar como una madre de su hijo.

Te estarás riendo de mí a carcajadas, querido. Sí, lo sé, a ti se te da mucho mejor expresar estas cosas; cuando lo hago yo, suena patético y ridículo. Por eso te pido que no le enseñes esta carta a nadie; tírala, quémala, sobre todo no dejes que la lea Elisabeth.

Lo intentaré de nuevo, quizá esta vez consiga hacerme entender.

Neu-Kronau lo forman sobre todo las personas de las que soy responsable.

No solo Klara, Peter y Sammi, sino también todos los empleados negros, tanto los de la casa como los que viven fuera.

E incluso los negros de las aldeas circundantes.

Neu-Kronau lo forman mis animales, los pastizales, las montañas, los bosques, mis campos, las plantas de sisal y los cafetos en flor.

Todo está vivo y tengo que cuidar de ello.

Así que, ¿por qué no voy a tener derecho a esta tierra, si tantas de sus criaturas necesitan de mis cuidados?

Se recostó y releyó lo que había escrito.

¿La entendería George? Lo recordó con sus gafas de montura dorada sobre la nariz y sus inteligentes ojos grises que siempre querían asomarse a las profundidades del otro.

Imaginó con una sonrisa cómo frunciría el ceño al leer las palabras que le habían brotado del corazón, y cómo alejaría un poco el papel para descifrar mejor las partes en las que su caligrafía era casi ilegible.

¿Se reiría de ella? Seguramente sonreiría burlón y reprimiría sus comentarios graciosos.

Pero luego se pondría serio y reflexionaría sobre lo que decía.

¡Ay, cuánto lo echaba de menos! Qué bonito sería poder hablar de todo aquello con él en lugar de tener que escribirlo y esperar dos semanas a que le respondiera.

Describió a Wilhelm Saalbauer como un hombre grosero y mandón que habría dirigido la plantación con mano firme pero sin la empatía necesaria hacia las personas y los animales.

Había puesto más anuncios, seguro que pronto aparecería el candidato adecuado.

Luego le describió el milagro de las flores de café, las esponjosas formaciones blancas sobre las ramas superiores de los arbolitos, algunas de las cuales ya se habían marchitado y estaban echando fruto.

Cuando terminó con eso, se detuvo un instante y pensó en cómo explicar la llegada de Jeremy a la plantación.

El corrimiento se había producido en la misma zona en la que ella había sufrido el accidente, y no quería asustar a George.

Al final decidió no mencionar dónde habían encontrado a Jeremy, y solo le contó que había sido Peter Siegel quien le había salvado la vida al joven; Klara estaba orgullosísima de su marido.

Tal como pudiste comprobar, Jeremy Brooks es un joven singular pero muy divertido que seguramente se quedará un tiempo en la plantación.

Por ahora ha colgado la escopeta, y está demostrando tener un talento insospechado para la agricultura.

Ha conseguido acabar con las termitas de los pastos, aunque todavía está por ver si sus métodos son eficaces a largo plazo.

También tiene buena mano con los trabajadores negros, se relaciona con ellos con mucha naturalidad, pero ha entendido enseguida el proceso de trabajo y no se deja engañar.

La verdad es que es asombrosa la disposición con la que lo obedecen.

Todavía tiene muchos pájaros en la cabeza, pero creo que conseguiré ahuyentarlos…

Escribiría una nueva carta para Elisabeth. ¿Se había olvidado de algo? Ah, sí, la dichosa apertura de testamento, a la que no pensaba presentarse. Aunque para cuando George recibiera la carta, la fecha ya habría pasado.

Estoy deseando verte, amor mío, y te echo de menos. Mis noches son solitarias, solo tengo a Simba, que se tumba junto a mi cama y a veces ronca tan fuerte que me despierta. Solo serán unas semanas, a finales de mayo a más tardar estaremos de nuevo juntos.

Te quiere,

C HARLOTTE

Tal como esperaba, dos semanas después el cartero trajo a Neu-Kronau la respuesta de George. Para sorpresa de Charlotte, esta vez no era un sobre grueso lleno de manuscritos, sino solo una breve misiva.

Mi querida Charlotte:

Ya llevamos seis semanas separados y temo que este mes tampoco encuentres el administrador que buscas.

A menudo contemplo tus fotografías, que me muestran el mundo desde tu punto de vista, y me pregunto si algún día aprenderé a ver las cosas tal como se te presentan a ti.

Tus palabras sobre el amor a la tierra y a la población africana me conmovieron mucho.

Lo formulaste muy bien, ¿por qué confías tan poco en ti misma en este aspecto?

He reflexionado mucho sobre ello, porque sin duda tienes razón: mis sentimientos son otros, jamás hallaría satisfacción en un pedazo de tierra, mis raíces se deslizan por el suelo sin hundirse en él.

¿Quizá hubiera sido distinto de habernos encontrado antes?

Sin duda te habrías merecido al joven George Johanssen, el hombre que descubría el mundo con entusiasmo y se embriagaba con su belleza, que todavía creía poder retener la felicidad.

Un hombre de la edad de tu protegido Jeremy, sobre el que tanto cavilas…

He pedido un permiso de una semana en la clínica y viajaré con Elisabeth a Neu-Kronau. Cuando tengas este mensaje en las manos, faltarán pocos días para que estemos contigo.

G EORGE

Pasaron meses hasta que Charlotte entendió por qué George emprendía el viaje, y se reprochó no haber leído más en profundidad la carta.

Pero ahora solamente releyó la última frase, dejó el papel sobre la mesa y se abandonó a la feliz anticipación.

¡Iría a verla y traería consigo a su hija!

Jamás habría creído que el doctor George Johanssen sería capaz de dejar a sus pacientes en la estacada durante una semana porque echaba de menos a su esposa.

Y eso que ella era la responsable de esa larga separación, a la que, siendo sincera, podría haber puesto fin hacía mucho tiempo.