Capítulo 12 #9
Charlotte apartó la revista Der Pflanzer , que informaba sobre todo tipo de hongos de las plantas de sisal, y observó el rostro oscurecido del joven. A juzgar por su declaración, no sonaba orgulloso de su logro, sino más bien desafiante, casi insolente.
—¿De verdad? ¡Eso es magnífico!
—Puede probarla, la manivela gira con tanta facilidad que incluso un niño podría accionarla.
No se creyó ni una palabra y decidió ir a comprobarlo en persona de inmediato. Cuando se levantó de la silla para acercarse al joven, este rápidamente dio varios pasos atrás hacia el pasillo.
—Tenga cuidado, estoy lleno de aceite.
Sin embargo, el verdadero motivo por el que se apartaba era para que no le oliera el aliento.
O sea que era cierto que tenía una botella de reserva escondida, seguramente en el altillo del anexo de invitados, entre los sacos de maíz y cebada.
Pero en el fondo a ella no le incumbía, al fin y al cabo eran su whisky y su vida.
La despulpadora tenía varias abolladuras, pero eran marcas antiguas. Charlotte comprobó sorprendida que Jeremy le había dicho la verdad. La manivela giraba sin apenas esfuerzo, y la máquina escupió exprimidas y partidas las pieles de melón que echó a la cubeta a modo de prueba.
—¡¿Qué le había dicho?! —exclamó triunfal el inglés, y le dio una palmada al aparato, que dio varias vueltas y luego por fin se detuvo—. Me ha costado la vida, porque he tenido que limar el óxido del aparato entero y luego engrasarlo bien.
—Muy buen trabajo, señor Brooks.
Sorprendida y también algo conmovida, Charlotte comprobó que el elogio le hacía mucha ilusión.
Se hizo un breve silencio entre ambos. Momento en el que se pudo oír el ruido de la lluvia, que goteaba del techo de chapa hacia el patio, el balido de una cabra y el llanto de un niño que lloraba en alguna parte.
La mano derecha de Jeremy se deslizó por el metal de la máquina y palpó con los dedos el borde superior de la cubeta, como si tuviera que comprobar que no era demasiado afilado.
Tenía los ojos entornados, como si corriera con el viento en contra.
—Gracias —murmuró finalmente—. Eso era exactamente lo que necesitaba oírle decir, señora Johanssen.
Charlotte ahora debía regresar a la casa para ordenarle a un empleado que tapara la despulpadora con paños.
También había que avisar a Martha Mukea de que ya podía colgar la ropa…
Pero no hizo nada de eso, sino que se quedó en silencio a su lado, luchando contra todo tipo de ideas y emociones que no podía expresarle. Por eso preguntó en tono neutro:
—¿Qué planes tiene para las próximas semanas, señor Brooks?
—Ya he hecho el equipaje, lady . —Dio una palmadita de despedida a la cubeta metálica—. Me marcho mañana a primera hora.
—¿Y qué pasa con el castillo flotante?
Él rio y volvió a ser el tipo cautivador y despreocupado que no se dejaba impresionar.
—Se lo construiré la próxima vez que pase por aquí.
Cogió el sombrero de la pared, donde lo había colgado de un clavo, y se mesó la barba de color cobre antes de ponérselo. Se dirigió hacia la puerta a zancadas.
—¡Quédese, Jeremy! —exclamó Charlotte impulsivamente.
Él se detuvo en el umbral y se volvió hacia ella indeciso, luego se echó a reír.
—Gracias, lady , me siento profundamente honrado. Es buena muestra de su espíritu cristiano que esté dispuesta a acoger a un célebre borracho y putero…
—¡Basta!
Se quedó callado y negó enérgicamente con la cabeza.
—Lo digo en serio, señora Johanssen. Saalbauer no es precisamente amigo mío, pero sabe de plantaciones y hará bien su trabajo. Vaya a buscarlo, sería una pena que por mi culpa…
Ahora fue ella la que se echó a reír.
—¿De verdad cree que he echado de aquí a ese hombre por usted? No se preocupe, tan valiosa no me resulta su presencia. Pero sé que no voy a entenderme con un administrador que me diga que una mujer no puede dirigir una plantación.
Jeremy la miró estupefacto y Charlotte le vio en la cara que en el fondo estaba de acuerdo con Saalbauer.
—No cometa una estupidez, lady . Debería ir a buscarlo.
—¿Va a darme usted órdenes, señor Brooks?
Este negó con la cabeza y, apurado, golpeó con la mano el tablero de la puerta. Un aluvión de agua cayó del techado al patio formando una cortina traslúcida.
—¿Y ahora qué? —preguntó titubeante.
—Ya encontraremos a otro —respondió Charlotte encogiéndose de hombros—. Y hasta entonces, me vendría muy bien su ayuda.
—En ese caso…
Se quedó en el umbral para abrirle la puerta y la siguió con la mirada mientras Charlotte ahuyentaba las cabras de las macetas, hablaba con Martha Mukea sobre la colada y finalmente desaparecía en el interior de la casa.
Por la tarde, cuando la acompañó a cabalgar, ya había tomado una decisión y le hizo innumerables propuestas para mejorar la plantación, algunas útiles y otras completamente absurdas.
—Has hecho una buena obra, Charlotte —comentó Peter Siegel durante la cena—. Muchos de los que se entregan al vicio solo necesitarían trabajar para volver por el buen camino.
—No pretendo convertir a Jeremy Brooks en un hombre nuevo, no está en mi mano. Pero es un tipo hábil e inteligente que me viene muy bien.
—Tiene un buen corazón —dijo Klara—. Seguro que fueron unas circunstancias desafortunadas las que lo empujaron al alcohol. Cuando se ríe con ganas, a veces tengo la impresión de que no es más que un chiquillo. ¿Te has dado cuenta de lo mucho que se esfuerza por caerte bien, Lotte?
—¡Klara, por favor! —exclamó Charlotte, que se alegraba de que Jeremy no pudiera oírlos.
Había insistido en ocupar la cabaña de Björn Husdahl mientras se quedara en la plantación, y ya se había instalado allí con sus cosas.
A Charlotte le había sorprendido la decisión, sobre todo porque en esa época del año llovía constantemente y las noches podían ser frías y húmedas, pero tanto Peter como Klara elogiaron la decisión de Jeremy.
Así, la habitación de invitados permanecería libre para posibles visitas.
Además, ahora que George estaba en Dar es-Salam, era más decoroso que hubiera cierta distancia física entre ella y un hombre soltero.
—La habitación del anexo solo está a tres puertas de tu dormitorio, Charlotte —señaló Klara.
—¡Te olvidas de Simba! —rio Charlotte—. Se comería con patatas a cualquier invitado que osara acercarse a esas puertas.
Efectivamente, Simba no lograba reconciliarse con Jeremy Brooks. Allá donde apareciera el joven, el perro castaño lo recibía con un gruñido hostil y a menudo incluso erizaba el lomo, de manera que Charlotte se veía obligada a llamar al orden a su guardián.
—No ha olvidado que es usted cazador —bromeó y trató de alisar el pelaje encrespado de Simba con suaves caricias.
—Pero el perro y el cazador son compañeros —replicó Jeremy contrariado—. ¿Por qué no entiende que estoy de su lado?
—Tiene el nombre equivocado para eso —explicó Charlotte con una sonrisa—. Simba , león. ¡Ha disparado usted a demasiados de sus congéneres, míster cazador!
—Hace seis meses que no abato a ninguno.
De vez en cuando, al caer la tarde, Jeremy se presentaba en la casa, llamaba educadamente a la puerta de entrada y preguntaba si podía hacerles un poco de compañía.
Era un interlocutor agradable, sabía conversar de forma distendida y reírse de sí mismo, pero también relatar anécdotas con gran talento interpretativo.
Jamás revelaba nada sobre su vida, pero debía de haber viajado mucho y de haber conocido a toda clase de personajes, porque sus narraciones estaban repletas de gente grotesca de todos los rincones del mundo.
A menudo los dejaba pasmados con trucos de magia, hacía desaparecer monedas, lápices o el pañuelo de Charlotte y los hacía reaparecer en los lugares más inesperados.
También inventaba juegos inocentes que los tenían entretenidos durante veladas enteras.
Sentía una profunda admiración por el talento de Klara para el dibujo, le pidió que le enseñara sus obras terminadas, y así fue como se topó con la pequeña iglesia en medio de las montañas Usambara.
Cuando Peter Siegel le explicó lo que se proponía, Jeremy Brooks se mostró entusiasmado.
—¿Una capilla? ¿Dónde?
Peter Siegel le habló emocionado de su proyecto preferido y Jeremy Brooks lo escuchó muy atento.
Dijo que conocía la zona, que había pasado por allí en varias ocasiones, que la roca era extremadamente dura y por lo tanto excelente para construir, nada se desmoronaría ni se deslizaría.
Una roca como Pedro, sobre quien el Señor construyó su Iglesia.
—Nada de ladrillos, pastor Siegel. Una capilla debe construirse con bloques de piedra si quiere que se mantenga en pie durante siglos. Yo ni me molestaría en levantar una capilla que dentro de veinte años ya habrá que empezar a reparar…
Charlotte no tardó en sentirse acorralada, porque Klara también se dejó llevar por el entusiasmo y empezó a hablar de coloridos tapices bordados y una pila bautismal de esquisto, que brillara como la plata cuando el sol la iluminara.
—¿Tengo que poner a mis trabajadores a picar piedra en lugar de hacer labores del campo? —interrumpió Charlotte sus ensoñaciones—. Lo siento, la plantación está en números rojos y todo depende de si este año por fin podemos cosechar café.
—Y venderlo bien, ¿verdad? —añadió Jeremy.
Se frotó la pelusa cobriza que le crecía en la barbilla y las mejillas hacia el final del día y que todas las mañanas se afeitaba cuidadosamente con la cuchilla.
—Es una lotería —dijo Charlotte—. Los precios del café se rigen por el mercado mundial, no podemos influir sobre ellos. Es perfectamente posible que, a pesar de tener una cosecha magnífica, ganemos poco dinero porque los precios hayan caído.
—De ahí el sisal —asintió Jeremy—. ¿Y qué pasa con el cedro y el caucho? Tenemos que evitar depender exclusivamente del maldito café…
Se ganó una mirada de desaprobación de Klara, que a Charlotte empezaba a parecerle aún más beata que su esposo.