La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #8
70%

Capítulo 12 #8

Charlotte lo dejó hablar. Su mirada vagó hacia Klara y Peter, y comprobó aliviada que el candidato parecía contar con su beneplácito.

Klara sonreía y acariciaba el rebelde pelo rojo de su hijo, que era imposible alisar ni con peine ni con agua; Peter Siegel tenía delante un dibujo hecho por Klara que no le resultaba desconocido a Charlotte.

Mostraba una pequeña iglesia sobre una colina rocosa en medio de un paisaje montañoso salvaje y romántico.

A juzgar por el gesto satisfecho de Peter, el proyecto parecía haber despertado el interés del señor Saalbauer.

—… durante tres años en una granja bovina del sudoeste.

No se creerían lo árida que es la zona y el trabajo que dan esos molinos de viento que bombean el agua.

Y figúrense: cuando la granja por fin iba a dar beneficios, llegaron esos horribles hereros y me robaron el ganado… Eso sí, al final les quemamos la piel.

—¿A las vacas? —preguntó Charlotte inocente.

Los ojos de Wilhelm Saalbauer eran grandes y un poco saltones, e iban cambiando de color, alternando entre el gris y el verde; encima de ellos, sus pobladas cejas arqueadas parecían la cola de un animal.

—¿Las vacas? No, mujer, a los hereros. Yo no soy de los que se deja robar sus posesiones sin consecuencias, créame, y mucho menos por negros.

Y tampoco los bienes que se dejan a mi cargo, señora.

Llego al fondo de cualquier asunto irregular, no conozco la vagancia, y si alguien se atreve a venirme con men­tiras…

Tenía principios firmes, los mismos que Charlotte había conocido en casa de sus abuelos, en Leer.

El vago miente. El que miente roba. El que roba mata.

Por ese motivo, a Wilhelm Saalbauer le parecía importantísimo convertir a los negros al cristianismo, ya que solo así podrían ser trabajadores honestos y decentes.

Charlotte asintió e hizo que Schammi le sirviera el resto del pollo al curri.

El tipo no le resultaba especialmente simpático, pero al menos no era un joven imberbe y tenía experiencia, eso jugaba a su favor.

Sin embargo, eran muchas las ocupaciones que enumeraba, y Charlotte se preguntó si eso era una ventaja o una desventaja.

Había dirigido una plantación de algodón en el sur, luego había sido comerciante en Lindi, había cultivado café junto al Kilimanjaro durante tres años y también parecía haber reu­nido cierta experiencia en la caza mayor, ya que lamentó que apenas se ganara ya dinero con el marfil.

Sin embargo, estaba dispuesta a pasar por alto ciertas incongruencias; daba igual lo que hubiera hecho antes, lo importante era que estuviera a la altura de su cometido en Neu-Kronau.

Charlotte acercó un mapa y le señaló la extensión de la finca, dónde estaban los diferentes cultivos, en qué estado se encontraban y cuántos trabajadores vivían en la plantación en ese momento.

Él la escuchó educadamente y luego comentó con una sonrisa que ya había pedido información a los vecinos.

Le habían hablado mucho sobre su predecesor, Björn Husdahl, que, si bien era un tipo de lo más extraño, había sido un administrador muy competente.

Al parecer algunos vecinos incluso aseguraban que Neu-Kronau no era la misma desde que Husdahl se había marchado.

—Al fin y al cabo, dirigir una plantación es cosa de hombres, señora.

Sobre todo con los negros, que no permiten que una mujer les diga qué hacer.

Y también es necesario tener buen ojo y mucha experiencia para tomar buenas decisiones.

¿Ha plantado usted sisal? Eso, si me lo permite, es despilfarrar el dinero en este clima, los parásitos se comen las plantas y estas se pudren…

Peter Siegel asentía a todo lo que decía y movía el dibujo de un lado a otro, pero Klara sí percibía el creciente enfado de Charlotte.

—Mi prima Charlotte dirigió una plantación de sisal junto al Kilimanjaro durante cinco años —comentó, sonriendo a Wilhelm Saalbauer—. Aunque entonces contaba con dos ayudantes blancos de fiar.

—Eso por supuesto. Pese a ello, mi enhorabuena, señora…

Tenía ideas muy claras con respecto a sus honorarios, además exigió participar de los beneficios de la cosecha y poder intervenir en la venta del café. Charlotte titubeó; Björn Husdahl no había puesto ninguna de esas condiciones, se había entregado al trabajo directamente, sin regatear.

—Me gustaría ver las casas de los trabajadores, señora Johanssen. Y, si es posible, también la maquinaria. Ah, sí, y también me gustaría echar un vistazo más de cerca a los estanques junto al embalse…

Salió del salón a grandes zancadas y comentó que el anexo era más que suficiente como vivienda, era un hombre modesto y no necesitaba muebles sofisticados ni grandes espacios. También preguntó si siempre ponían a disposición de sus invitados semejantes provisiones de whisky.

—Por supuesto que no. Las botellas las trajo un invitado.

Se enfadó con Jeremy Brooks, porque la había obligado a justificarse, pero tampoco le gustaba lo curioso que era Wilhelm Saalbauer.

No tenía nada que ocultar, pero podría haberle pedido permiso antes de husmear por toda la plantación.

Escuchó su opinión sobre las casas de los trabajadores, que le parecieron demasiado confortables.

Le explicó que los negros tenían un concepto distinto de la casa, que nunca barrían, que dejaban comida fuera sin tapar, de manera que las moscas se posaban en ella, y que nadie sacudía los jergones.

Puede que a los europeos les molestaran las ratas, pero a los africanos no les importaba que se les subieran a la cara por las noches.

—¡En eso no estoy de acuerdo! —objetó Charlotte con decisión.

—Y está en todo su derecho, señora.

En el establo señaló el desorden, pero por lo demás parecía satisfecho; los estanques de obra también recibieron su beneplácito, aunque ya estaba viendo que habría que arreglar algunos detalles.

—Le puedo conseguir una despulpadora magnífica a buen precio, señora.

—Espero que eso no sea necesario, porque ya poseo una.

Jeremy había arrastrado la enorme cubeta al anexo y se lo oía trabajar en ella con cincel y martillo.

Esas dependencias también hacían las veces de lavadero, y justo esa mañana Martha Mukea había colgado las camisas y los calzones recién lavados, así que Jeremy no vio a los dos visitantes hasta que no estuvieron justo delante de él.

—¡Mira tú por dónde!

Había perplejidad pero también ironía en la breve exclamación que profirió Wilhelm Saalbauer al ver a Jeremy. Este lo miró durante unos segundos, luego se secó el sudor del bigote sin decir nada y retomó el trabajo.

—Me parece que ha encomendado usted las ovejas al lobo —comentó Saalbauer en tono burlón—. Me temo que acabará aceptando mi oferta.

—No entiendo…

—Acompáñeme, señora —dijo Wilhelm Saalbauer jovial, y apartó una camisa blanca que se interponía en su camino—. Será mejor que hablemos en otro lugar.

Simba estaba sentado en el patio y miraba las cabras mientras Sammi le embadurnaba esmeradamente las patas con el barro rojizo que Ontulwe amasaba en un charco. Simba no se movía ni un centímetro, a pesar de que los deditos de Sammi le hacían unas cosquillas horribles.

—Tiene que librarse de ese tipo lo más rápido posible, señora —le susurró Saalbauer a Charlotte, como si temiera que lo estuvieran escuchando—. Conozco a Jeremy Brooks, no tiene oficio ni beneficio. No tiene siquiera la decencia de saldar sus deudas de juego. Y además…

—Y además…, ¿qué?

El hombre hizo un gesto de desdén con la mano y luego se la pasó por el bigote.

—Bueno, son cosas sobre las que no habría que hablar delante de una dama, pero en esos antros del juego también se ofrecen otros servicios, no sé si sabe a qué me refiero.

Charlotte mantuvo la compostura. Seguro que tenía razón, Jeremy Brooks no era ningún santo. Sin embargo, sintió que se apoderaba de ella una rabia incontenible hacia ese sabelotodo santurrón, negociante y hombre de bien que se atrevía a decirle que una mujer no servía para dirigir una plantación.

—¿Se refiere a que Jeremy Brooks es un borracho y un putero, señor Saalbauer? —dijo en tono audible y mirándolo a la cara con una sonrisa—. Bueno, eso mismo sospecho yo. Y figúrese: ¡no me importa lo más mínimo!

Esa tarde cayó otra tormenta tropical, y enseguida vieron regresar de los campos a los trabajadores con sus herramientas; con ese tiempo no podían hacer nada.

Peter Siegel estaba en el salón, subido a una silla desvencijada, y empuñaba el martillo para entablar una gotera del tejado.

Ya había torcido varios clavos, pero no estaba dispuesto a rendirse.

Ignoraba los ruegos de Klara para que delegara esa labor en Jonas Sabuni.

Martha Mukea llegó corriendo desde el lavadero quejándose de tener que volver a lavar los tres calzones blancos que ya estaban colgados en el tendedero.

—¡ Bwana Jeremy trabaja muy fuerte y aceite salpica colada blanca!

Charlotte levantó brevemente la mirada del libro de cuentas y le ordenó con el ceño fruncido que por el momento colgara la colada en el anexo de la habitación de invitados.

Wilhelm Saalbauer no estaba del todo equivocado al decir que había «encomendado las ovejas al lobo».

¿No iba a cesar nunca el estruendo que llegaba de las dependencias de trabajo?

Era un milagro que el inglés aguantara tanto tiempo sin su whisky, pero seguramente tenía una reserva permanente escondida en algún lugar.

En cualquier caso, Charlotte se había llevado su «regalo» al dormitorio y lo había guardado junto al botiquín.

A media tarde, Jeremy Brooks llamó a su puerta. Se había limpiado las manos y la cara a duras penas con agua de lluvia, tenía la ropa y el pelo teñidos de gris, y despedía un fuerte olor a petróleo.

—Me es grato informarla de que la despulpadora está limpia de óxido y funciona a la perfección.