La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #7
70%

Capítulo 12 #7

No había duda, eran flores. Cubrían algunas ramas en densos penachos, alineados como pequeñas bolas de nieve, y cada una de esas pelotitas de espuma blanca estaba formada por muchas flores delicadas.

En torno a un pistilo se abrían seis pétalos alargados, y seis estambres de color ceroso se elevaban para repartir su polen.

Charlotte se había bajado de la mula y caminaba entre los cafetos, admiraba el espectáculo de los brotes florecidos y se embriagaba con su aroma, que recordaba al del jazmín o el jacinto.

Ese año cosecharía frutos de café, sus trabajadores recogerían las bayas rojas en grandes cestos y las llevarían a los estanques de agua.

Cielos, tenía que comprobar si la despulpadora funcionaba, porque si esa gran cubeta no servía, era importante comprar una nueva a tiempo.

Había que conseguir sacos, esteras para secar los granos, una balanza…

¿Tendría suficientes cestas? En algún momento de los próximos días iría a Wilhelmsthal y echaría un vistazo a los comercios indios, ¿o sería más barato pedir todo aquello a Tanga?

¡Ojalá no fuera tan caro transportar mercancía en el ferrocarril de Usambara!

Los portes por una despulpadora ascendían casi a la mitad del precio de compra.

Pero contratar a un porteador no era mucho más ba­rato…

No vio al jinete solitario por la carretera hasta que Simba se puso a gruñir en voz baja y la hizo volverse.

El hombre galopaba temerariamente por la calzada resbaladiza como si no le importara lo más mínimo patinar y caerse junto a su caballo.

Sin embargo, al ver la mula atada a un matorral, refrenó su montura y se acercó a una velocidad más moderada.

Charlotte escudriñó con la mirada el caballo castaño, que le resultaba familiar, y entonces el jinete se quitó el sucio sombrero de cuero y ya no dejó lugar a dudas.

—¡Las flores blancas combinan muy bien con su cabello negro! —comentó Jeremy Brooks en lugar de saludarla.

—Es usted un hombre asombroso, señor Brooks —contestó Charlotte, que seguía molesta por las cinco botellas de whisky que había dejado para ella en la habitación de invitados—. Anoche apenas podía hablar de lo débil que estaba y hoy a primera hora ya está de nuevo sobre la silla.

—Poseo un remedio mágico que siempre consigue ponerme en pie…

—Lo sé.

Permaneció serio, la miró desde el lomo de su caballo, y Charlotte cayó en la cuenta por primera vez de que tenía los ojos castaños. Estaba afeitado y, pese a su juventud, ya le asomaban las primeras arruguitas en el rabillo de los ojos; el peaje que pagaban muchos europeos por el sol africano.

—Lo sospechaba —respondió con un suspiro teatral—. Ese regalo tampoco ha sido digno de su aprobación. Y eso que me ha dolido en el alma desprenderme de él, bella dama.

Poseía un encanto arrogante que la desconcertaba y al mismo tiempo le generaba rechazo, pero seguro que tenía éxito con cierto tipo de damas.

—¿Puedo preguntarle qué lo ha empujado a las montañas tan temprano, señor Brooks? —le preguntó en tono mordaz, pero él no se dejó amedrentar por su desdén.

—Claro que puede, señora. No encontraba mi sombrero y he salido a buscarlo. No se trata de un sombrero cualquiera, sino el recuerdo de una maravillosa amistad…

¿Estaría mintiendo? ¿Qué chalado se pasearía por un alud de fango que en cualquier momento podía volver a moverse solo por un sombrero?

Pero si hacía memoria, era verdad que la noche anterior no llevaba la cabeza cubierta, mientras que ahora lucía esa prenda embadurnada de lodo cuya ala estaba completamente destrozada por un lado.

Decidió no insistir en el tema y preguntarle por sus planes.

—¿Y qué hará ahora, señor Brooks?

Él guardó silencio y la observó desatar la mula y subirse a la silla. Simba gruñó un poco y se sacudió; estaba claro que no soportaba a ese hombre.

—Estoy en deuda con usted, lady . Si no le parece mal, le echaré una mano en la plantación.

Ella ya había enfilado la carretera con la mula, pero él se le acercó sin dificultad y pareció querer acompañarla de regreso a la casa. La oferta tendría que haberla agradado, pero no le daba buena espina.

—¡No está permitido disparar a los leopardos de la zona! —explicó hostil.

—De acuerdo. ¿Qué le parece un castillo flotante para los patos? Podría construirlo sobre un islote en el embalse, para que los pobres animales estén a salvo del perro.

¡Un castillo flotante para sus patos! No pudo evitar echarse a reír. Lo cierto es que era un tipo muy raro, pero George tenía razón: su imaginación era desbordante.

—¿De qué se ríe? Por lo que he visto, mi gallinero sigue prestándole un buen servicio, y su perro sigue enfadado conmigo por haberle arruinado la caza. ¡Escuche cómo me gruñe!

—¡Simba, silencio!

Cabalgaron juntos en silencio, Charlotte por el centro de la calzada entre las dos rodadas embarradas, y Jeremy Brooks por la cuneta izquierda cubierta de hierba. El perro se les adelantaba, pero se detenía constantemente a marcar árboles o postes y a mirar a los dos jinetes.

—¿Qué me dice, lady ? —preguntó Jeremy impaciente al ver que ella no respondía a su oferta—. No tiene por qué ser el castillo flotante, encárgueme algo y lo haré. Moveré el mundo y le bajaré la luna del cielo si es lo que desea.

Charlotte volvió a reír y esta vez él se le unió, se quitó el sombrero y lo sacudió con un grito desatado. La mula de Charlotte dio un brinco y Simba ladró furioso.

—Bueno, quizá podría echar un vistazo a la despulpadora. Se la compré a mi predecesora, pero no estoy segura de que funcione.

—Una despulpadora —repitió pensativo—. ¿No es ese aparato que exprime las bayas de café para obtener los granos?

«Vaya —pensó Charlotte—, parece que he dado con la persona adecuada. Ojalá no estropee definitivamente la máquina».

Como el tiempo parecía aguantar, dio un pequeño rodeo por los pastos y comprobó que las termitas habían vuelto a comerse varios postes de la valla.

Tendría que sustituirlos cuanto antes, porque si no se le escaparían las vacas y las ovejas.

Pero esos insectos insaciables no tardarían en devorarlos de nuevo.

—Tiene que fumigar las termiteras —propuso Jeremy.

—Mis negros ya lo han intentado un par de veces, pero siempre vuelven.

Durante el camino de regreso, él le habló de tribus nativas que combatían las termitas con incienso o madera de haya.

—Aunque son más eficaces las palabras de las hechiceras y los curanderos, funcionan casi siempre —dijo muy convencido para sorpresa de Charlotte.

—¿Cree en todo eso, señor Brooks?

—¿En el poder de las hechiceras? Desde luego. Hace dos años me encontraba en medio de la sabana, se me había acabado la munición, las reservas de agua se habían agotado…

Lo dejó hablar y se limitó a escucharlo en silencio.

Menudo charlatán. Estaba claro que el alcohol le había hecho más daño del que ella había supuesto en un principio.

Ya casi era mediodía, así que se ahorró la visita a las viviendas de los trabajadores y prefirió ir directamente a la casa a comer algo.

Por la tarde saldría de nuevo y enviaría a un grupo de negros a los pastos.

También tenía que ir a ver a los demás trabajadores, sobre todo a los hombres que había contratado Husdahl, porque aprovechaban cualquier oportunidad para vaguear.

Si no había nadie vigilándolos, seguro que hacían muchísimos descansos y por la noche le dirían que una gran serpiente o el «mal agüero» los había retrasado.

—¿Lo de la despulpadora iba en serio? —le preguntó a Jeremy cuando se bajaron de la montura delante de la casa.

—¡Por supuesto, lady !

—Está ahí, bajo la chapa ondulada. Pero entre primero a comer algo.

—Gracias, pero no como hasta la cena.

Se caló el sombrero y se dirigió hacia el techado que protegía la despulpadora precariamente de la humedad.

Charlotte observó un rato cómo intentaba separar varias piezas metálicas oxidadas, y entonces Schammi le anunció que esa mañana, justo después de que se marchara, había llegado un invitado a la plantación.

—Hombre blanco con gran barba y poco pelo en la cabeza, bibi Charlotte. Está sentado dentro con bwana Siegel y come pollo y compota de mango, también ha visto establo y habitación de invitados.

¡Un candidato para el puesto de administrador!

Qué suerte, quizá esta vez fuera el adecuado.

Se rio de que Schammi murmurara preocupado que no podía ser buen hombre porque tenía orejas grandes, «como sheitani ».

Schammi estaba deseando que bibi Charlotte dirigiera la plantación, así que no aprobaría a ningún administrador, por muy perfecto que fuera.

El desconocido estaba tranquilamente sentado entre Klara y Peter en el salón, les contaba alguna anécdota y acunaba al pequeño Samuel sobre las rodillas.

Ontulwe estaba a su lado, de la mano de su amiguito.

Cuando entró Charlotte, el invitado dejó al niño en el suelo y se levantó de la silla para presentarse.

—Me llamo Wilhelm Saalbauer. Tiene usted una finca muy respetable, señora. Y muy bien pensada, su predecesor se merece grandes elogios. La vivienda también está muy bien. Una labor encomiable, eso es lo que…

—Siéntese, por favor, señor Saalbauer. Martha Mukea, trae café, ¿o prefiere té?

Aceptó el café y afirmó que quienes bebían té solían ser criaturas indecisas de ideas lentas. Él tendía más bien a tomar decisiones rápidas que ponía en práctica de forma consecuente, pasara lo que pasase.