Capítulo 12 #6
Charlotte examinó de nuevo el dibujo y trató de capturar los detalles: las cejas oscuras y arqueadas, el color de los ojos, que conjuntaba con el vestido, las mejillas delgadas, la barbilla fina y ligeramente puntiaguda…
Se le arremolinaron las ideas. Un criado ladrón al que se castigó y despidió.
Que regresó para robar un marco. Un marco de plata que se encontraba en el escritorio del juez de distrito.
Seguro que el marco no estaba vacío, ¿qué contendría?
¿Un retrato de la reina Victoria? ¿De la esposa del juez? ¿Un dibujo de su hija?
¿Tenía Charles Lindley una hija? De ser así, ¿se llamaba Emily? Emily Lindley, que se enamoró del capitán alemán Ernst Dirksen. ¿La joven del dibujo era Emily Lindley? ¿La madre de Charlotte?
¿Eran esos los ojos de su madre? Ay, ella solo tenía diez años cuando falleció su madre, no lo recordaba. Y en la vieja fotografía de Leer ya casi no se distinguía su rostro.
Si ese retrato era efectivamente de Emily Lindley, ¿cómo había llegado a manos de Kamal Singh? ¿Había sido él el ladrón? ¿Había sacado el dibujo del marco de plata antes de venderlo para que no lo delatara? Pero ¿por qué lo había conservado todos esos años?
Un fuerte golpe seguido de un tintineo la sacó de sus cavilaciones. El hijo de Klara había tirado sin querer el cuenco de papilla, que se había roto en el suelo, y Simba devoraba su contenido a lametazos.
—Déjalo estar de una vez, Klara, está claro que todavía no quiere comer nada —espetó Charlotte—. No hace falta tanto teatro todas las mañanas.
—Charlotte, por favor, ¡esto es cosa nuestra!
Klara bajó la mirada. Ella y su marido opinaban que un niño siempre tenía que acabarse el plato y, de ser por ellos, ahora le habrían puesto delante otro cuenco lleno de papilla al desobediente muchachito.
Charlotte se dio cuenta de que se había excedido. Devolvió el dibujo y el recorte al sobre, dobló la carta del abogado y lo dejó todo sobre la cómoda para tomar una decisión más tarde.
Con el botiquín bajo el brazo, atravesó el pasillo y llamó enérgicamente a la puerta que conducía al anexo.
—¿Señor Brooks? ¿Está despierto?
No hubo respuesta. Charlotte suspiró profundamente. Por lo visto el whisky había surtido efecto. Volvió a llamar con fuerza, dos veces, tres veces, y luego Simba empezó a ladrar indignado.
—¿Señor Brooks?
Seguía sin obtener respuesta.
Abrió un poco la puerta con cautela y oteó por la rendija. La cama era un batiburrillo de cojines, sábanas y mantas desordenadas.
—¿Jeremy? ¿Jeremy Brooks?
Se había marchado, no había rastro de él salvo por cinco botellas de oro escocés que aún conservaban el sello. Las había dejado sobre la mesa formando un semicírculo y había añadido una nota:
Para la señora de la plantación, para uso externo o interno.
Agradecido,
J EREMY B ROOKS
Como cada mañana, Charlotte asignó tareas a sus trabajadores, les explicó claramente lo que había que hacer y se encargó de que llevaran las herramientas adecuadas.
Eso requería bastante tiempo, y la actitud puntillosa de Schammi no le facilitaba precisamente la labor, pero por otro lado se alegraba de que este solo repartiera los sellos y las pagas tras una comprobación exhaustiva.
Cuando todos se pusieron en marcha por fin, hizo que le ensillaran una mula y salió sin llevarse ningún empleado.
De todos modos no iría lejos porque los caminos estaban en muy mal estado, pero quería inspeccionar al menos algunos de los cultivos de café, echar un vistazo a las huertas de verdura y pasarse por las casas de los trabajadores. Además, necesitaba tiempo para pensar.
Le encantaba salir a montar por la plantación y no le gustaba delegar esa tarea, ya que prefería saber de primera mano cómo estaba todo.
En una ocasión, George había opinado sonriendo que en eso se parecía a su abuela de Leer, que se paseaba a diario por la huerta con el pico y la pala.
¡Ay, George siempre tenía un comentario irónico para todo!
¿Qué habría dicho sobre el raro de Jeremy Brooks, que iba en busca de una caja de whisky en plena noche y bajo una lluvia torrencial, para luego dejarle cinco botellas?
¿Sería posible que fueran todas sus existencias?
Fuera como fuese, era la tercera vez que conseguía hacerla enfadar con un regalo.
Espoleó la mula y notó que el agua de los charcos le salpicaba las perneras del pantalón.
Simba corría a su lado, levantaba la vista hacia su ama constantemente y parecía estar disfrutando de la excursión tanto como ella.
En el embalse, unas libélulas de intenso color rojo se deslizaban por encima de la superficie, mariposas amarillas y blancas revoloteaban sobre los pastizales sobre los que hacía media hora aún estaba cayendo un aguacero tropical.
Las montañas estaban envueltas en niebla, pero en las laderas estaban empezando a separarse los jirones, y los primeros y débiles rayos de sol hacían brillar el esquisto húmedo.
Los helechos crecían en matas densas, los árboles gigantes que no habían sido golpeados por los rayos se alzaban hacia el cielo, y en las hendiduras de las rocas florecían los matorrales.
En las laderas escarpadas del oeste se distinguían incluso las franjas de color claro de las cascadas y, más allá, las montañas y cumbres perdían definición y se iban convirtiendo en sombras grises.
La lluvia fertilizaba los campos y hacía crecer todo tipo de hierbas y flores en los márgenes del sendero, pero por desgracia también favorecía las malas hierbas.
Sus negros ya estaban trabajando en los patatales y entre las jóvenes plantas de maíz, se oían cantos rítmicos al golpe de las azadas.
Charlotte se apeó y se aseguró de que no hubiera parásitos en las hojas de las plantas de patata; no le daría tiempo a ver los sisales, solo podía esperar que la humedad no les perjudicara demasiado.
¿Y las flores de los cafetos? Aspiró con fuerza, pero aparte del olor a tierra húmeda solo percibió la fragancia de las acacias en flor.
Más allá, en los pastos para el ganado, había un bosquecillo de esos árboles, seguramente el viento le traía su aroma.
Ascendió una colina chata para ver mejor los huertos de los trabajadores.
Cada familia había recibido una parcela de tierra en la que las mujeres plantaban maíz, plataneras, mijo, mandioca y alubias.
Efectivamente, allí estaban las mujeres y las niñas trabajando afanosas, y sacudió la cabeza sonriendo porque los africanos no plantaban en arriates delimitados como los alemanes, sino que dejaban que las plantas crecieran juntas en alegre armonía.
Tuvo que esperar un rato a Simba, que escarbaba la madriguera de algún pequeño roedor que ya habría huido por la puerta trasera.
Siguió cabalgando pausadamente, olisqueaba una y otra vez el aire, y se preguntaba si realmente era el aroma de las acacias lo que percibía o quizá otra fragancia más sutil, menos dulce, pero más deliciosa…
Un poco más adelante, una bandada de estorninos levantó el vuelo desde los eucaliptos, chillaron con gran estruendo sobre los campos y luego viraron hacia el sur, hacia los pastos de las vacas.
Charlotte prosiguió su camino, pensativa.
Ni siquiera había abierto el resto de las cartas; seguramente habría entre ellas varias facturas, o puede que algún candidato a administrador le anunciara su visita.
Los Krüger, que en su día le habían enviado a Björn Husdahl, habían restringido drásticamente el contacto, era muy posible que los artículos de George los hubieran molestado.
Era una lástima, pero no había nada que hacer.
Si los Krüger de verdad habían puesto fin a su amistad por ese motivo, no tenía ningún problema en dejar de verlos.
Entonces recordó a Kamal Singh. ¿Y si realmente le había legado algo?
¿Cómo se le habría ocurrido mencionarla en su testamento?
Cuanto más pensaba en la misteriosa carta del abogado, más incómoda le resultaba la situación.
¡Y luego estaba el mensaje de Kamal Singh!
¿No le había mencionado un recuerdo que lo había perseguido durante cuarenta años y que estaba relacionado de alguna manera con su familia?
Seguramente no era un recuerdo demasiado agradable.
Una de las cimas más altas asomó brevemente entre las nubes y Charlotte contempló su silueta afilada. La roca gris resaltaba bruscamente sobre el fondo de color claro, y en algunas zonas estaba cubierta de cedros y piceas.
«Pase lo que pase, no quiero saberlo —pensó—. Se ha llevado su secreto a la tumba y allí debe quedarse. No tengo ninguna intención de pelearme por alguna posesión con su codiciosa parentela».
Lo mejor sería dejar pasar la fecha a propósito.
Aliviada por haber tomado una decisión, clavó los talones en la mula para llegar a los cafetales lo más rápido posible.
Por fin aparecieron a lo lejos los primeros campos.
Charlotte se puso de pie en los estribos para ver mejor, y maldijo en silencio la neblina que le entorpecía la vista.
¿Por qué seguía habiendo jirones de niebla allí, si en otras zonas ya se veían incluso las montañas?
¿Se equivocaba, o en las ramas superiores había aparecido una delicada pelusa blanca?
—Venga, mula perezosa, ¡corre!