Capítulo 12 #5
Peter Siegel ya había revisado las cartas y había comprobado decepcionado que todas estaban dirigidas a Charlotte, así que le acercó el montón para luego concentrarse en los tres diarios. Ella ya había distinguido un grueso sobre venido de Dar es-Salam y lo abrió expectante. Era de George.
Encontró un sobre cerrado más pequeño y un fajo de manuscritos con la caligrafía apretada y homogénea de George. Y también una carta.
Amada mía:
Por las noches, cuando me siento a mi escritorio, a menudo recuerdo tiempos pasados en El Cairo, cuando un joven médico plasmaba sus primeras frases torpes para enviárselas a una muchacha de Frisia oriental.
Lo sé, lo sé, ya no eras ninguna chiquilla, sino una esposa respetable, pero en mi recuerdo seguías siendo la niña delgada de ojos dorados a la que le conté todo tipo de locuras junto a Plytenberg.
Y tú respondiste a mi ridícula carta como una quinceañera emocionada, sin intuir el cariño que te estaba tomando.
No te rías, amor mío, no dedico las noches enteras a soñar con tiempos pasados.
Como ves, he estado escribiendo aplicadamente; además, Elisabeth no me da ni un respiro y ha descubierto que le interesa la medicina.
Le he comprado algunos libros que explora de forma poco sistemática pero con mucha curiosidad para luego acribillar a preguntas al pobre George.
Tiene buena capacidad de comprensión, una memoria excelente y muchísima imaginación; una mezcla agotadora.
Ahora quiere acompañarme a la clínica, pero le he dicho que no, ya sabes por qué.
En cuanto a la carta que adjunto, la trajo un mensajero a la villa hace dos días, y tuve que hacer gala de grandes dotes persuasivas para convencerlo, por un lado, de que soy el esposo de Charlotte Johanssen y, por otro, de que te haría llegar el sobre lo antes posible. Cosa que hago mediante esta misiva.
Es probable que tenga que seguir soñando contigo durante un tiempo, porque me temo que hasta el momento ningún administrador habrá estado a la altura de tu ojo crítico.
Tómate tu tiempo, cariño mío, y resuelve el asunto de tal forma que quedes satisfecha contigo misma.
Entonces, cuando regreses con nosotros, descubrirás una magnífica exposición de fotografía en nuestro salón: he revelado todas tus imágenes y creo que pediré a la artista permiso para incluir algunas de sus obras en mi próximo libro.
Si consigues sacar un poco de tiempo para ello, escríbenos.
Elisabeth te manda miles de saludos y besos, y dice que puedes transmitir parte de ellos a Klara, Sammi y Peter Siegel.
El autor de estas líneas se niega a expresar su afecto por vía postal y guardará todas las palabras de cariño para comunicártelas de viva voz en cuanto te reúnas con nosotros.
G EORGE
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas que intentaban brotar de sus ojos. Ay, ¿por qué había tenido que atarse a esa plantación? ¿Por qué no podía simplemente poner rumbo a Mombo, montarse en el ferrocarril de Usambara y viajar hasta donde estaban George y Elisabeth?
—Sabes, Charlotte… —dijo Peter Siegel, y carraspeó—. Ya me encuentro mucho mejor, así que si echas de menos a tu familia, yo podría hacerme cargo de la plantación. Dios me guiará y me acompañará para cumplir correctamente con mi labor. Al menos hasta que encontremos un administrador adecuado…
Charlotte se emocionó. Había percibido su tristeza y quería ayudarla. Puede que Peter Siegel fuera un hombre difícil y desgarrado por dentro, pero tenía buen corazón.
—Es un detalle por tu parte, Peter —dijo con una sonrisa, y le cogió la mano—. Pero estoy segura de que encontraremos a alguien muy pronto.
Era impensable poner a Peter Siegel al frente de la plantación.
Prefería quedarse unas semanas más, por muy difícil que le resultara.
Dejó a un lado el manuscrito de George para revisarlo por la noche con tranquilidad, y cogió el sobre cerrado.
El remitente era un tal doctor Walther Niebauer, abogado y notario de Dar es-Salam, un hombre del que jamás había oído hablar.
Dentro había una carta y otro sobre que llevaba su nombre.
Reconoció la caligrafía de Kamal Singh y la invadió el presentimiento de que había sucedido algo malo.
En el sobre había un dibujo coloreado y una breve noticia de periódico que debía de tener ya muchos años, porque el papel estaba casi marrón.
Contempló el dibujo, incrédula: era el retrato de una mujer joven de pelo negro con un anticuado vestido de volantes azul claro.
Llevaba el pelo en un recogido tirante, tenía los ojos castaños claros, y la boca muy carnosa e infantil.
Por el momento Charlotte no intentó descifrar el ajado artículo de periódico, sino que se concentró en la carta.
Estimada señora Charlotte Johanssen:
En calidad de notario le comunico que la apertura del testamento del difunto Kamal Singh tendrá lugar el miércoles 5 de mayo a las dos de la tarde en su domicilio de Tanga.
Adjunto a este escrito recibe usted un sobre cerrado que el finado dejó en mis manos antes de partir a la India con el ruego de que, cuando falleciera, se lo hiciera llegar a usted antes de la apertura del testamento.
Un saludo cordial,
Dr. W ALTHER N IEBAUER
Abogado y notario
Berlín - Dar es-Salam
¡Kamal Singh había muerto! La enigmática carta de enero era el último mensaje suyo que había recibido.
Las lágrimas le resbalaron por las mejillas de forma completamente inesperada.
Había sido un hombre incomprensible, pero estaba claro que, por el motivo que fuera, le había tenido mucho aprecio.
Ah, lo echaría de menos, ahora se arrepentía de haber respondido tan superficialmente a las numerosas cartas que le había escrito durante los últimos meses.
Ni siquiera había sido capaz de ir a visitarlo, y ya era demasiado tarde.
—Que Dios lo tenga en su gloria —comentó Peter Siegel, al que Charlotte le había tendido la carta—. Pasó la vida entera trapicheando y usurando, pero Jesucristo murió por todos los pecadores, incluido él.
En ese momento llegó Klara seguida por Martha Mukea, que llevaba en brazos al pequeño Samuel.
Su amiga del alma Ontulwe tendría que esperar en el pasillo a que Sammi terminara de desayunar, y luego podrían jugar juntos bajo los cuidados de Martha Mukea.
Aunque era poco probable que Klara le permitiera a su retoño levantar una montaña de barro en el patio.
—Ay, Charlotte, lo siento mucho, somos unos dormilones.
Pero por suerte ha llegado el correo, estabas entretenida.
Martha Mukea, deberías limpiar las tres camisitas que le he cosido a Sammi.
Siéntate, mi niño, tienes que comerte la papilla.
Bendice la mesa para que podamos empezar, Peter, que el niño está muy revuelto, estará asustado de tanta tormenta…
Charlotte, que ya había terminado, rezó con ellos de todos modos y no le contó a Klara que su piadoso marido ya se había tomado una taza de café sin bendecir. En lugar de eso, se levantó para acercarse a la ventana. Quizá la luz le permitiera descifrar el recorte de periódico.
Efectivamente. Ahora vio también que alguien había anotado unas palabras a lápiz en el margen.
Times of India. 11 de noviembre de 1869 .
Dios mío. Cómo no iba a estar casi deshecho el papel, si tenía cuarenta años. ¿Qué habría llevado a Kamal Singh a hacerle llegar esos extraños detalles?
Ladrones entre el servicio
El fin de semana pasado un ladrón entró en la casa de campo del juez de distrito Charles Lindley y se llevó, entre otros objetos, un valioso marco de pura plata esterlina que se encontraba sobre el escritorio personal del juez.
El principal sospechoso del robo es un antiguo criado de nacionalidad india, que anteriormente había sido castigado y despedido por Lindley a raíz de varios incidentes.
¿Charles Lindley?
Tras ella, Sammi golpeteaba el plato con la cuchara y Klara intentaba convencer a su hijo de que comiera al menos un poquito de la rica papilla con miel.
Peter Siegel intervino reprochando a Klara que fuera demasiado indulgente, porque ya iba siendo hora de que el niño aprendiera a obedecer a sus padres.
Charlotte miró fijamente el recorte de papel que tenía en la mano. ¿Se habría equivocado? ¿Aquel juez de verdad se llamaba Charles Lindley?
—¿Qué es esa nota que tienes en la mano, Lotte?
—Es solo un recorte de un viejo periódico, Klara.
—Ah, ¿y qué dice?
Charlotte no respondió. Emily Lindley había sido el nombre de soltera de su madre, hija de un funcionario británico y una india, pero Charlotte no tenía ni idea de cómo se llamaban sus abuelos o de si su abuelo había sido juez de distrito.
Esa laguna en su memoria se la debía a su abuela paterna, Grete Dirksen.
Tras el naufragio en el que habían perdido la vida los padres y el hermano pequeño de Charlotte, sus abuelos indios habían enviado una carta a Leer en la que solicitaban poder criar a su nieta.
Pero no conocían a Grete Dirksen: nadie en el mundo habría conseguido arrebatarle a alguno de sus hijos o nietos.
Quemó la carta en el fogón de la cocina y borró de una vez por todas el apellido de esa indeseable estirpe india.
—¿Y qué es ese dibujo tan bonito? —insistió Klara—. ¿Quién es la retratada?
—Ni idea. ¿Has leído la carta? Ha muerto Kamal Singh.
—¡Oh, Dios mío!
Para Peter Siegel estaba claro que el indio le había legado algo a Charlotte, de lo contrario no la habrían invitado a la apertura del testamento.
—¿Te habrá dejado dinero? —conjeturó Klara nerviosa—. O una de sus casas. Madre mía, puede que hasta la preciosa villa de Tanga de la que nos hablaste.
—Se hizo rico mediante engaños, Klara. Si yo fuera Charlotte, rechazaría la herencia.
—¿El cinco de mayo? Eso es la semana que viene…