Capítulo 12 #4
—¡Te quedarás pasmado! Venga, tráela.
—¿ Bwana no engañará al pobre Schammi?
—Te estoy diciendo la verdad.
—Pero la caja pesa mucho…
Jeremy gimió y dejó caer el brazo. Murmuró una confusa blasfemia en inglés. Schammi, que había servido a distintos señores indios, pareció entender al menos parte de lo que decía.
—No conjurar cosas malas, bwana . Schammi obedece.
Abrió la puerta hacia el patio y sacó la cabeza con cautela, constató que el suelo seguía cenagoso y lleno de charcos y torció el gesto de forma involuntaria.
El joven estaba orgulloso de su largo caftán blanco y lo mantenía impoluto; seguramente habría preferido delegar el encargo en Johannes Kigobo o mejor en Jonas Sabuni, pero entonces habría tenido que compartir el regalo con ellos.
—Venga, ve de una vez —rezongó el inglés desde la cama—. ¡La caja no va a traerse sola!
Schammi se deslizó hacia la oscuridad. Justo después se encendió en el patio la luz de un pequeño farol y se alejó despacio.
Jeremy se quedó tumbado inmóvil en la cama y esperó.
Charlotte fue cerrando la puerta milímetro a milímetro en silencio, pero la condenada madera tuvo que delatarla con un crujido justo cuando encajaba el pestillo.
¿Lo habría oído? Y aunque así fuera, era su casa y su plantación, tenía derecho a abrir y cerrar puertas a voluntad.
Alcanzó a Schammi en el patio, con el farol y el dobladillo de la túnica en una mano, y sujetando la caja al hombro con la otra. Por lo visto, las cicatrices que tenía en la espalda no eran tan sensibles como afirmaba siempre.
—¿Qué es eso? —preguntó severa.
Agachado ante ella con la cabeza levantada para poder ver mejor a bibi Charlotte, que había aparecido de repente, dijo:
—Equipaje de bwana Brooks… Ha ordenado que Schammi traiga pesada caja…
—Llévala de vuelta al establo.
—Pero…
—¡Haz lo que te digo, Schammi! ¡Y no vuelvas a dejarte convencer!
Obedeció en silencio y Charlotte se dio cuenta de lo decepcionado que estaba.
Jeremy Brooks tendría que ir a buscarse él mismo el whisky en cuanto pudiera ponerse en pie.
Las botellas eran de él, eso no podía cambiarlo, y aunque le habría gustado vaciarlas en el embalse, no las tocaría.
Al fin y al cabo no era su madre ni su hermana, él sabría si quería matarse a beber o no.
Pero haría todo lo posible por evitar que les diera de beber a sus empleados.
Regresó satisfecha a la casa y dispuso que se le llevara al herido pollo con salsa de curri, compota de plátano, pan de cebada y un trozo del queso que elaboraban.
También una jarra de limonada y saludos de bibi Johanssen.
Que iría a examinarle y vendarle las heridas a primera hora de la mañana siguiente, pero solo si se había lavado.
Charlotte nunca había dormido hasta tarde.
Ahora en la plantación siempre se despertaba hacia las cinco y media, poco antes de que amaneciera, y no tenía ni idea de si se debía a la luz incipiente, al canto del gallo o a su reloj interno.
Sin embargo, esa mañana nadie de la plantación necesitó despertador: sobre las montañas se desató una fuerte tormenta que volvió a transformar en un paisaje acuático el patio, que aún seguía húmedo.
A pesar de la lluvia, Charlotte envió a Johannes Kigobo y al viejo Kerefu a despejar las zanjas taponadas, porque de lo contrario el diluvio habría superado el umbral de la casa en lugar de desaguarse hacia el embalse.
Pensó en las flores de sus cafetos, que esperaba que se estuviesen abriendo, y decidió cabalgar hacia los campos en cuanto amainara la lluvia.
Percibiría el aroma ya desde lejos, las flores blancas tenían una fragancia dulce y deliciosa como la del jazmín, y una vez se hubiesen abierto todas, cubrirían las ramas superiores de los arbolitos como una capa de nieve algodonosa.
Klara y Peter se tomaron su tiempo para levantarse ese día, así que Charlotte empezó a desayunar sola, hojeó una vieja revista y se dejó llevar por pensamientos sombríos.
Como se temía, encontrar un buen administrador estaba siendo difícil.
Los dos hombres que se habían presentado allí en respuesta a su anuncio no parecían precisamente de fiar y, ahora que los aguaceros eran constantes, el flujo de candidatos no crecería.
Quizá George tuviera razón: tenía demasiadas expectativas e ideas muy claras de cómo debía dirigirse la plantación, y habría preferido hacerlo ella misma.
Se recostó en la silla con un suspiro y apartó la cabeza de Simba de su regazo; desde que George no estaba, el perro había empezado a pedir comida de la mesa.
«Ya está bien —pensó—. Contrataré al próximo medianamente adecuado que se lleve bien con Klara y Peter».
Empezó a molestarle que su prima y el marido de esta tardaran tanto en bajar.
Era cierto que Peter había vivido una experiencia horrible el día anterior, pero por la noche se había mostrado bastante animado, y era del todo innecesario que se pasara medio día durmiendo.
Estaba a punto de enviar a Schammi al piso de arriba a preguntar si había alguien enfermo cuando se dio cuenta de lo ridículo de su comportamiento.
¿Tendría envidia de ellos dos por lo sola que se sentía?
¿Por lo mucho que echaba de menos a George?
—Ve a ver si bwana Brooks ya está despierto —ordenó a Schammi finalmente.
Este le dirigió una mirada de reproche.
— Bwana Brooks lleva mucho tiempo despierto, bibi Charlotte. Ha pasado por patio como espíritu en la oscuridad, no tenía miedo de rayos y truenos. Ha entrado en establo. Ha cogido caja y ha llevado a la habitación de invitados…
Tendría que haberlo imaginado. Resopló enfadada y escudriñó el gesto abatido de Schammi.
—No le habrás ayudado, ¿no?
Su protegido abrió los ojos como platos, completamente indignado, y le aseguró que ni siquiera había tocado la caja metálica. Que ya la tenía en la habitación cuando bwana Jeremy lo había hecho llamar y le había pedido agua fresca, jabón y una toalla.
Así que se había lavado y se había vestido.
Algo era algo. Aunque seguramente se habría lavado los dientes con abundante whisky.
Lo haría esperar, de todos modos no tenía lesiones graves, solo unos cuantos raspones, o eso le había parecido a ella.
En el fondo no hacía falta que fuera a verlo, pero le apetecía mucho leerle la cartilla por haber intentado tentar a Schammi con la bebida.
Por fin se oyeron ruidos en el piso de arriba.
El pequeño Samuel lloraba, seguramente Klara lo estaba vistiendo.
Peter Siegel llamó en tono enérgico a Martha Mukea y luego se oyeron sus pasos en la escalera.
Le deseó a Charlotte los buenos días y se frotó las manos con frío antes de sentarse a la mesa con ella.
Un tímido rayo de sol hizo centellear los charcos del patio: la tormenta matutina había amainado.
—Siento que hayamos bajado tan tarde a desayunar —se disculpó, y se sirvió café.
—No pasa nada, Peter. Prefiero que me digas qué tal te encuentras.
Se encontraba extraordinariamente bien, incluso le apetecía charlar.
Sujetaba la taza con ambas manos y miraba sonriente y ensimismado el patio iluminado por el sol mientras hablaba sobre la infinita bondad de Dios, que libraba a las personas de la muerte justo cuando ya no parecía haber esperanza.
Fuera, las primeras cabras ya caminaban torpemente entre los charcos y alargaban el cuello hacia las ventanas de la cocina, de donde esperaban conseguir mondas de verdura y restos de fruta.
—Estoy firmemente convencido de que tengo que llevar a cabo mi obra, Charlotte.
Lo que sucedió ayer fue una muestra de la gracia divina, por la que debemos estarle agradecidos al Señor.
Y qué mejor manera de darle las gracias que con una construcción que simbolice a Jesucristo en plena naturaleza africana. Una capilla…
—¡El cartero! —lo interrumpió Charlotte—. Ay, Dios mío, está empapado. ¡Schammi! Avisa en la cocina y prepara ropa seca.
Peter miró por la ventana con el ceño fruncido, bebió resignado su café y se guardó el discurso para la próxima ocasión.
El negro uniformado se había apeado de la mula para abrir la verja de la plantación, y ahora la guiaba pacientemente hacia la casa por el sendero inundado.
Una segunda mula, atada a la primera con una cuerda, trotaba detrás cargando con el saco impermeable que lucía el membrete del Correo Imperial alemán.
A pesar de que las mulas, el saco y el uniforme despedían vaho de lo húmedos que estaban, el negro sonreía de oreja a oreja cuando se bajó de la silla delante de la casa.
Estaba muy orgulloso del puesto que ocupaba y, cada vez que visitaba Neu-Kronau, les contaba que ya llevaba siete años trabajando para los alemanes y por eso había recibido dos coloridos listones en las hombreras del uniforme; un gran honor.
Cada franja aumentaba su salario, dentro de dos años podría construirse una cabaña más grande y tomar una segunda esposa.
Después quizá una tercera, pero solo si las mujeres se llevaban bien, porque no había nada peor para un hombre que unas esposas enfrentadas.
Klara le había explicado que un cristiano solo tenía una única mujer, pero el cartero era mahometano y había aprendido a leer en una escuela musulmana de Tanga.
Insistió en entregar el correo personalmente a la dueña de la plantación, y charló un poco con ella sobre los vecinos, la nueva oficina de correos en Wilhelmsthal y la fonda de la localidad, en la que habían vuelto a alojarse una pareja de blancos que venían a las montañas Usambara a buscar piedras preciosas y oro con pequeños martillitos.
Luego fue a la cocina, donde los empleados le dieron algo de comer.
Rechazó la ropa seca, porque no podía ir sin uniforme estando de servicio, así que prefería proseguir con las prendas mojadas.