La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Se detuvieron sobre la colina, completamente expuesta a la lluvia y el viento, y recorrieron el talud con la mirada.

Abajo se apilaban grandes piedras y rocalla sobre el lodo rojo, del que asomaban troncos partidos de grandes cedros y piceas, ramas rotas y coronas de árboles arrancadas.

Aparte de un par de peñascos afilados, la montaña de la que se había desprendido el alud parecía inofensiva y lisa, las raíces y los troncos quebrados se elevaban hacia el cielo, y en muchas zonas caían por la ladera torrentes que arrastraban piedras más pequeñas y tierra hacia la hondonada.

Sería difícil acercarse lo suficiente al corrimiento de tierras, porque el valle se estrechaba en esa zona y la garganta estaba casi totalmente llena de barro y rocalla.

La lluvia seguía cayendo a mares y había que contar con la posibilidad de que se moviera de nuevo la masa de tierra y piedra que había caído anteriormente.

El carro con las mulas tendría que esperar arriba, en la cima, porque descender por la ladera habría sido demasiado peligroso.

Klara estaba de pie en el vehículo, se agarraba a las varas que sostenían la lona, y contemplaba horrorizada el espanto de allí abajo.

Veía a su esposo, diminuto y vulnerable, sentado en una roca que era como un punto luminoso en ese inmenso infierno rojo y gris.

Junto a él estaba el cuerpo inerte del hombre al que Peter había intentado salvar, embadurnado por completo de lodo.

A Charlotte se le ocurrió usar ramas y troncos delgados para formar un puente sobre el fango, pero permitió a los negros decidir si estaban dispuestos a participar en aquella empresa tan peligrosa.

Ninguno se negó, y pusieron manos a la obra con gran habilidad.

Jonas Sabuni fue el primero en llegar a donde Peter Siegel, pero este no quiso moverse de allí hasta que el herido no estuviera a salvo.

Tuvieron suerte, porque durante el rescate por fin dejó de llover.

Entre cuatro personas arrastraron al hombre inconsciente colina arriba y lo subieron al carro no precisamente con suavidad.

Klara amontonó las mantas para prepararle al pobre un lecho medianamente blando.

Era difícil saber si tenía lesiones graves, primero habría que lavarlo, pero al menos había recuperado la consciencia y vomitaba el barro que había tragado.

Peter Siegel temblaba de frío y agotamiento, pero se negó en redondo a que los negros lo portearan, así que ascendió la colina por su propio pie y con gran esfuerzo.

Klara abrazó a su marido sollozando de felicidad.

Para asombro de Charlotte, Peter Siegel aún tuvo fuerzas de consolar a su esposa antes de que las piernas le fallaran definitivamente.

Acabó desplomado bajo la lona y dejó que Klara lo envolviera en cálidas mantas como a un niño pequeño.

—Le has salvado la vida a este hombre, Peter —balbuceaba una y otra vez—. Y casi mueres en el intento. ¡Ay, Peter, eres un verdadero héroe!

Ahora que la tormenta había pasado, el cielo se abrió sobre ellos con un suave color azul, y el sol africano iluminó la belleza ino­fensiva y paradisiaca de aquellas tierras.

Las gotitas de agua resplandecían multicolores sobre las hojas, los retazos de vapor se elevaban de los herbazales y las selvas, y de los valles ascendía una niebla blanca que envolvía las cumbres.

Miles de seres invisibles se embebían de la humedad de la lluvia, había movimiento en los charcos, las gotas resbalaban por las hojas, había crujidos y ruiditos entre las hierbas.

Cuando el sol cayó hacia el horizonte, el cielo parecía hecho de mármol rojizo, y a contraluz se dibujaban las siluetas negras de la casa y el bosquecillo de eucaliptos de la plantación.

Peter Siegel se apeó del carro por sí mismo e incluso ayudó a su esposa a bajarse; al desconocido tuvieron que sacarlo entre varios negros.

Cuando sus pies tocaron el suelo, hizo esfuerzos por mantenerse en pie, pero se habría desplomado si Johannes Kigobo y Jonas Sabuni no lo hubieran sujetado por ambos lados.

No era fácil para los dos shambaas, a los que ese hombre les sacaba al menos una cabeza.

—Ha tenido usted mucha suerte —dijo Charlotte—. ¿Tiene todas las extremidades intactas?

Las nubes rosadas y marmóreas se habían vuelto grises; en la creciente oscuridad, los rasgos del hombre resultaban toscos y antipáticos.

Tenía los ojos rojos e hinchados y el labio superior partido y ensangrentado.

La capa de barro se le había secado y cuarteado en algunas zonas de la cara, así que parecía muy quemado por el sol.

—Estoy bien, lady .

Jeremy Brooks tuvo que hacer un gran esfuerzo para pronunciar esas tres palabras, y en cuanto lo hizo le entró un ataque de tos. Se atragantó y escupió barro rojizo, seguramente había estado sepultado bajo el alud bastante tiempo.

—¡Dios mío! —murmuró Charlotte—. Llevadlo con cuidado a la habitación de invitados. Primero tenemos que lavarlo y luego le examinaré las lesiones…

Björn Husdahl había hecho construir dos anexos.

En el más grande, que ya había empezado a levantar Charlotte, había un salón de mobiliario escaso, que también se usaba como despacho y cuarto de invitados.

En el altillo había una pequeña despensa para la harina, el azúcar, los cereales y otras cosas que había que guardar a buen recaudo de las ratas.

El segundo anexo era más pequeño y lo usaban como estancia de trabajo para la plantación.

A Jeremy Brooks parecía serle completamente indiferente lo que hicieran con él, porque cuando los negros atravesaron el patio llevándolo en brazos, no emitió sonido alguno.

Charlotte lo dejó al cuidado de sus empleados por el momento y se puso ropa seca; luego quería subir al primer piso a echar un vistazo a Klara y a Peter, pero cuando se acercó a la puerta, oyó un chapoteo de agua y titubeó.

Martha Mukea salió del cuarto con un cubo vacío y le sonrió a Charlotte con picardía.

— Bibi Siegel ha extendido paño blanco para que Martha Mukea no vea a bwana Siegel desnudo sentado en la tina con agua caliente. Bibi Siegel tiene trapo y limpia tierra del cuerpo de bwana .

—Está bien, Martha Mukea. Entonces lleva dos cubos más de agua a la habitación de invitados para que Schammi lave a bwana Jeremy.

Martha Mukea se alejó deprisa con la sonrisa aún en la boca.

Charlotte escuchó un instante el chapoteo tras la puerta y se imaginó a la casta y pudorosa Klara lavándole la espalda a su marido.

Debía de ser extraña la imagen de Peter Siegel acurrucado en la bañerita metálica que Erdmute Krüger les había dejado para el pequeño Sammi.

Bajó de nuevo en busca del botiquín: una pequeña caja en la que guardaba vendas, termómetro, pinzas, ungüentos y tinturas contra todo tipo de enfermedades.

Qué fastidio que George no estuviera allí, porque seguro que habría sabido mejor qué hacer.

Simba, que estaba tumbado en el suelo dejando que se le secara el pelaje mojado, olisqueó la caja y decidió acompañar a Charlotte.

Cuando llevaba esa cajita, su dueña solía acercarse a las casas de los trabajadores, y a él le parecía que allí sin duda necesitaba de su protección.

Pero, cuando se levantó, Charlotte exclamó:

—¡Aquí quieto, Simba! Estás empapado y hueles fatal.

El animal no le hizo caso y trotó tras ella. Cuando Charlotte abrió la puerta que conducía hacia el anexo, se sentó repentinamente y gruñó en voz baja.

—¡Largo de una vez! —oyó gritar a una voz jadeante en el cuarto de invitados—. ¡Aléjate de mí! ¡Lávate tú, negro de mierda!

Entreabrió la puerta con cuidado y espió por la rendija. Jeremy Brooks estaba sentado en la cama para invitados completamente desnudo. Por lo visto ya se encontraba mejor, porque había levantado el brazo para tirar algo. No distinguió qué objeto pretendía lanzar.

— Bibi Charlotte ha ordenado que lave con agua a bwana Brooks… —oyó decir a Schammi en tono lastimero.

Charlotte descubrió que el proyectil era un trapo mojado. Schammi lo recogió del suelo y volvió a meterlo en el cubo.

—¿Dónde está mi equipaje?

—Schammi ha traído pantalón y chaqueta secos para bwana . También camisa y zapatos y…

—¡Al diablo con todo eso! —Jeremy se dejó caer en la cama agotado.

En realidad, Charlotte tendría que haber cerrado la puerta en silencio y luego llamar con fuerza para que el joven tuviera tiempo de taparse, pero no lo hizo, sino que permaneció inmóvil junto a la rendija de la puerta.

La verdad es que ese respondón indeseable era guapo.

Aparte de los moretones y los rasponazos, su cuerpo desnudo era armonioso, cada músculo y cada tendón tenían la medida justa, como si un artista hubiera practicado para conseguir una imagen proporcionada.

Le resultó atractiva incluso esa zona del hombre que a Charlotte hasta entonces siempre le había parecido fea, envuelta en una pelusa rojiza y de una blandura inocente.

Sin embargo, la belleza de la imagen se veía empañada porque Jeremy no se había limpiado la cara ni el pelo, que apuntaba en todas direcciones endurecido por la costra de barro.

—Trae la caja metálica, ¿me oyes? —jadeó entonces, e intentó volver a sentarse.

— Bibi Charlotte no ha ordenado eso. Schammi tiene que traer agua y ayudar a lavar, traer ropa seca…

—¿Dónde están mis cosas? —repitió el inglés a voces.

—Junto a caballos y mulas en el establo —respondió Schammi impasible.

—¿La caja metálica también?

—Muchos rollos y fardos y también caja metálica.

Jeremy se recostó sobre el brazo izquierdo y Charlotte vio que el diafragma se le hinchaba y hundía con fuerza. Alargó una mano suplicante hacia Schammi.

—Oye, chico, si me traes la caja, te regalaré algo de lo que contiene.

Schammi seguía inclinado sobre el cubo de agua y sujetaba el trapo escurrido en las manos. Charlotte lo veía de perfil, mirando atento a Jeremy. Como es lógico, sentía curiosidad.

—¿Qué hay dentro, bwana Brooks?