Capítulo 12 #2
Charlotte percibió la mirada de reproche de Klara y se avergonzó.
No debía blasfemar delante de otra gente, y mucho menos delante de los niños y los empleados.
¿Por qué estaba tan alterada? Los trabajadores se habían ganado el sueldo con creces, simplemente era una lástima que no recibieran mejores productos a cambio de su dinero.
Ay, siempre que se separaba de George se volvía injusta, y eso hacía que no se soportara ni ella misma.
—¡Mamá, los árboles vuelan! —exclamó Sammi señalando emocionado el bosquecillo de eucaliptos que había hacia el sur, cerca de las casas de los trabajadores.
La ventolera zarandeaba las ramas que hasta hacía un momento estaban inmóviles, varias aves levantaron el vuelo y buscaron refugio en los matorrales cercanos.
Las cabras que había en el prado también se agruparon, pero las mulas y los caballos siguieron pastando impasibles.
—Dios mío, ya está aquí. ¿Dónde se ha metido Peter? Espero que no le caiga encima la tormenta…
—Tampoco pasa nada si le pilla, Klara. Ya buscará cobijo en algún sitio, no es su primera tormenta tropical.
Martha Mukea recogió a los niños del regazo de Klara y la ayudó a reunir los carretes de hilo y los alfileteros que había sobre la mesa, Schammi metió dentro los cojines de colores y Charlotte se encajó bajo el brazo el libro de cuentas y el resto de los papeles.
Oyeron un estallido sobre sus cabezas que sonó como si reventara una inmensa bolsa de aire, y se desató el aguacero.
La lluvia cayó a mares sobre el paisaje y en pocos minutos lo transformó en un cenagal rojizo.
Curiosamente, Charlotte se sintió liberada cuando por fin empezó a diluviar.
Se puso junto a la ventana, apoyó los brazos en el alféizar y contempló el furioso infierno que se había desatado, los eucaliptos doblegados, y un cubo de hojalata vacío que rodaba de un lado a otro del patio golpeado por la lluvia.
Más allá, junto a la verja de entrada, se distinguían a duras penas tres siluetas negras que corrían hacia las casas de los trabajadores bajo el chaparrón.
Uno se sujetaba sobre la cabeza una tapa de cartón reblandecida, otro llevaba un saco lleno al hombro que goteaba agua de lluvia.
—Jesús, yo te ruego…
Varios fuertes truenos seguidos acallaron los rezos de Klara, y Charlotte se volvió hacia su prima con compasión.
—Seguro que están muy cerca, Klara. Puede que en las casas de los trabajadores o junto a los establos. Johannes Kigobo conoce muy bien la zona y…
—¡Mira, Charlotte!
Klara señalaba con el dedo hacia fuera. El viento empujaba la lluvia bajo el alero, de manera que el agua resbalaba también por los cristales, pero las siluetas de los dos caballos castaños se distinguían claramente.
Habían saltado la verja de la entrada y trotaban por el prado hacia la casa evitando el sendero, que ya se había convertido en un arroyo impetuoso.
Ninguno de los dos animales llevaba jinete; uno de ellos iba ensillado y por detrás se veía asomar el cañón de una escopeta que iba sujeta a un soporte; el otro iba cargado con una caja metálica cerrada y todo tipo de fardos envueltos en lona encerada.
—¡Ay, Dios mío! Parece que a alguien se le han desbocado las monturas —exclamó Klara—. Con esta tormenta no me extraña.
—¡Schammi! Pídeles a Jonas Sabuni y a Kerefu que atrapen a esos dos animales. Pero con cuidado, parecen muy asustados…
El caballo ensillado había llegado al patio y Charlotte vio que le temblaban los flancos.
Cuando el viento empujó el cubo de hojalata contra la pared de la casa con gran estruendo, se asustó y se encabritó, de manera que el arma cayó del soporte y aterrizó en un charco; su dueño se llevaría un buen disgusto.
Jonas Sabuni no se atrevía a acercarse a los inquietos animales, así que Charlotte los atrapó con ayuda del viejo Kerefu, los tranquilizó con la voz y los condujo al establo. La compañía de sus congéneres los calmó, de manera que se dejaron desensillar y descargar.
—Cepilladlos y dejad las cosas en un rincón —ordenó Charlotte a Kerefu y Jonas Sabuni, que ahora sí se atrevió a acercarse.
Ella tenía prisa por regresar a la casa, porque el rescate la había dejado completamente empapada.
A pesar del día sofocante que había hecho, la lluvia era fría.
Tiritaba al desvestirse y se enfadó porque Jonas Sabuni tuviera miedo de un caballo espantado.
—¡Charlotte! —gritó Klara desde el salón—. ¡Por el amor de Dios bendito! ¡Ahí viene Johannes Kigobo corriendo bajo la lluvia!
Charlotte decidió no ponerse corsé y se vistió rápidamente con una camisola, ropa interior y un vestido. Bueno, al menos el shambaa había regresado, así que Peter Siegel no podía andar lejos. Le irritaba que Klara siempre se pusiera tan nerviosa.
Encontró a su prima en el salón, que se había dejado caer temblorosa sobre una silla, y en el vestíbulo, delante de ella, estaba Johannes Kigobo, empapado y en medio de un charco. Él también tiritaba y tenía los ojos muy abiertos.
— Bibi no debe tener miedo. Solo piedra grande y mucha mucha tierra que baja de la montaña.
Resbalan por arbustos y árboles y caen hasta el valle de arroyo Mombo.
También han taponado río, agua por todas partes.
Agua por arriba, por abajo, por todos lados.
Jesús nos envía otro diluvio por graves pecados de la gente…
Charlotte necesitó varios segundos para comprender de qué hablaba. ¿Un desprendimiento de roca? ¿Un alud? ¿Un corrimiento de tierras?
—¿Dónde está mi esposo? —lo interrumpió Klara desesperada—. ¿No estará bajo las rocas?
—¡No, no, bibi Siegel! —exclamó Johannes Kigobo gesticulando con las manos. Charlotte vio que tenía las palmas desolladas, y también tenía raspados los brazos y las piernas. Se dio cuenta de que el pavor se estaba apoderando de ella.
— Bwana Siegel no está bajo rocas. Nosotros al otro lado del valle cuando dios de las rocas lanza piedra y tierra.
Pero oímos fuerte estruendo de trueno y roca y vemos caballos.
Caballos marrones galopan desesperados por agua y barro donde el arroyo taponado.
Pasan corriendo al lado nuestro, pobres animales. Corren como el viento y huyen…
—Peter y Johannes Kigobo se han librado del desprendimiento, Klara —dedujo Charlotte del balbuceo del hombre, y sintió un profundo alivio.
—Pero ¿dónde está Peter? ¿Por qué no ha venido contigo? ¿Está enfermo? —preguntó Klara temerosa al shambaa.
El cielo restallaba de vez en cuando y dificultaba la conversación, además Johannes Kigobo parecía seguir confundido por el susto y le costaba distinguir lo importante de lo que no lo era.
— Bwana Siegel cubierto de barro. Está sentado en roca sobre hierba y sujeta mano del otro bwana .
Otro bwana estaba en barro y piedras que caen de la montaña.
Al principio solo vemos sombrero, luego vemos hombre, pero solo cabeza y hombros.
Bwana Siegel es valiente como simba , escala barro y rocas, se hunde hasta cinturón, pero sigue y saca a otro hombre hasta hierba.
Johannes Kigobo no es tan valiente, solo un poquito.
Ha ayudado a estirar del hombre para sacar del barro y ahora ha corrido donde bibi Johanssen para llevar muchas personas y carro y mulas…
—Por el amor de Dios —gimió Klara, a la que le llevó un rato comprender la gravedad de los acontecimientos—. Un desprendimiento como ese no se detiene así como así, sobre todo con tanta lluvia. Puede que ya se hayan ahogado ambos bajo el barro.
—¿Dónde ha pasado, Johannes Kigobo? —preguntó Charlotte—. Tienes que llevarnos hasta allí. ¡Schammi! Reúne a unas cuantas personas, que Kerefu ensille las mulas y las enganche al carro…
—Mejor esperar a que pasen lluvia y truenos… —estimó Schammi.
—¡Al diablo con la lluvia! ¡Haced lo que os digo!
Era la misma montaña en la que Charlotte había sufrido el accidente, pero más al norte, donde solo había algunos grupitos de árboles y ya se habían observado varios desprendimientos de roca.
A pesar de su pierna coja, Klara se negó a quedarse en casa.
Schammi tuvo que subirla al carro, e incluso habría ido a pie si así hubiera podido ayudar a su marido.
Charlotte se había echado una chaqueta gruesa sobre el vestido y se había puesto un casco colonial atado con un pañuelo.
Además llevaba unas botas de Peter Siegel, pero el incesante aguacero que caía del cielo hizo que todo eso no sirviera de mucho: la tropa de rescate al completo enseguida se caló hasta los huesos.
Los negros maldecían a las tercas mulas, que no aceleraban el paso ni con los enérgicos golpes de talón ni con los ladridos de Simba.
—Montaña maldita —murmuró Johannes Kigobo, que iba muy cerca de Charlotte—.
Montaña mala, bibi Johanssen. Ahí viven espíritus de shambaas muertos.
Shambaas salvajes que no siguen a Jesucristo como nosotros.
Ahí tienen sitio secreto con rocas y maderas y sogas, nadie sabe bien.
Allí llevan también a sus muertos para que vayan con espíritus de ancestros.
Bailan y rezan y hacen ngoma , ceremonia mágica.
Pero montaña enfadada porque espíritus no dejan en paz.
Por eso lanza piedra y tierra, arrastra a hombre, mujer y animal hasta el valle, y muchos mueren.
La explicación le resultó confusa a Charlotte, sobre todo porque la velocidad a la que cabalgaban y la lluvia no le permitían entender todas las palabras.
Tras su accidente, Charlotte había interrogado con tiento a Johannes Kigobo sobre las creencias shambaas, pero él se había excusado diciendo que no las conocía.
Ahora, sin embargo, el espanto le había soltado la lengua.