Capítulo 12
Las moscas eran una auténtica plaga esa tarde.
Seguramente se debía al aroma de la limonada, o quizá fuera el aire húmedo y sofocante lo que atraía a enjambres enteros de aquellos insectos.
Correteaban por los coloridos cojines que había cosido Klara para las sillas de la terraza, revoloteaban en torno a las plantas en flor de las macetas, y se paseaban descaradas por el libro de cuentas abierto en el que Charlotte estaba haciendo anotaciones.
Klara se había hecho un abanico con un trozo de papel y trataba de ahuyentar a los molestos bichos, pero esos pesados y fastidiosos insectos no se dejaban amedrentar por esa improvisada arma.
—Parece que va a llover de nuevo.
Klara tuvo que inclinarse un poco para mirar el cielo, porque el alero que protegía la terraza ocultaba las nubes.
Charlotte, en cambio, ni siquiera levantó la cabeza; la luz que se desvanecía y las sombras en movimiento ya anunciaban claramente que algo se estaba cociendo allí arriba.
¿Y por qué no? Solo hacía falta que lloviera con fuerza para que las yemas de los pequeños cafetos florecieran.
Klara retomó la labor de costura con un suspiro.
No le gustaban demasiado los aguaceros tropicales, que transformaban el suelo en un cenagal rojizo en un abrir y cerrar de ojos y le impedían salir de casa.
Pero al fin y al cabo era la estación de lluvias, por suerte la suave, aunque también duraría varias semanas.
—Ojalá Peter ya hubiera vuelto —dijo Klara en voz baja para no molestar a Charlotte mientras trabajaba—. ¿Por qué tiene que dar paseos tan largos?
Desde que George y Elisabeth se habían marchado a Dar es-Salam dos semanas atrás, Klara había aprovechado cada minuto que pudiera pasar en compañía de Charlotte.
Durante el día no tenía muchas oportunidades, porque su laboriosa prima solía estar fuera.
Pero hoy había sido día de paga, todos los trabajadores se habían acercado a la casa y Charlotte se había pasado la mañana entera sentada a una mesa junto a la entrada pagando los jornales.
Ahora estaba poniendo las cuentas en orden.
—No te preocupes —musitó mientras anotaba las cifras con esmero—. Está con Johannes Kigobo, él le cuidará.
—Por supuesto, tienes toda la razón. No quiero molestarte, Lotte. ¿Qué tal va la plantación? Tienes una cara muy seria.
—Irá mejor cuando cosechemos el café y hayamos recibido una suma decente por él.
—¡Ay, Dios mío! ¿No dijiste que no se cosecha hasta diciembre? Pero bueno, hemos vendido patatas, cebada y verdura.
—Sí, claro…
Charlotte volvió a enfrascarse en sus cálculos.
Hasta ese momento la plantación había costado muchísimo más dinero del que reportaba.
El mayor gasto eran los salarios, pero también la comida, el cemento, los animales de tiro, un carro nuevo, varias vacas negras, ovejas, gallinas, herramientas…
Era una lista larga ya que su codiciosa predecesora no le había dejado ni un martillo y había vendido hasta el último animalito.
Seguramente habría liquidado hasta los patos del embalse si hubiera conseguido atraparlos.
Al menos el difunto Karl Manger había dejado construidos los estanques para limpiar y fermentar el café, y Charlotte le había comprado la despulpadora a su viuda por una cuantiosa suma.
¡Ojalá funcionara ese trasto! La había guardado junto al establo, bajo un techo de chapa ondulada, pero recientemente había ido a echarle un vistazo y le había parecido que la gran cuba giratoria estaba bastante oxidada.
A su lado, Simba cazó una mosca, se la comió y luego volvió a apoyar la cabeza sobre las patas delanteras.
Era capaz de observar impasible durante mucho rato a los molestos insectos que se le paseaban por el hocico, ni se inmutaba cuando le cosquilleaban en su piel sensible, pero de repente abría la boca y las cazaba.
Una vez devoraba a su diminuta víctima, permanecía inmóvil en el suelo, como si no hubiera pasado nada.
—Me encanta la vida en Neu-Kronau —volvió a hablar Klara—.
En Naliene también se estaba bien, claro, pero había que trabajar tan duro que sigo sin entender cómo lo hacía.
Aquí, en cambio, estamos rodeados de negros fieles y cariñosos, y el paisaje también es de ensueño.
Las montañas siempre parecen distintas, unas veces son como imponentes olas verdes oscuras, otras parecen de color pastel envueltas en la niebla blanquecina, y luego de repente forman oscuras líneas dentadas sobre un fondo azulado.
Y esas rocas centelleantes de arriba, las laderas escarpadas… ¿Te molesta que hable, Lotte?
—Por supuesto que no, Klara. Me alegro mucho de que estés a gusto aquí.
—Oh, sí, Lotte. Sobre todo desde que tengo mi pequeña huerta justo detrás de la casa. Ya sé que a mi querido Schammi no le gusta mucho tener que cavar ni abonar con bosta de caballo, pero lo hace por mí. Y mi pequeño Samuel en enero ya sacó de la tierra unas zanahorias gruesas y naranjas…
De niña, Klara siempre sabía qué le rondaba a Charlotte por la cabeza, y en esta ocasión también había percibido sus dudas y su desánimo.
¿Por qué se mataba a trabajar en aquella finca, le dedicaba tanto tiempo y dinero, a pesar de que ella no iba a vivir allí?
En cuanto encontrara un nuevo administrador, se reuniría con George y Elisabeth en Dar es-Salam.
—Nos has dado un hogar, Charlotte —insistió Klara—. Jamás lo olvidaremos.
—También te arrebaté un hogar, Klara —respondió Charlotte en voz baja.
—¡Bah, tonterías! Yo emigré a África contigo y con Christian por voluntad propia.
¡Y nunca me he arrepentido! —Alejó un poco la camisa que estaba cosiendo para ver si las moscas habían dejado alguna manchita oscura en la blanca tela de algodón—.
Peter ya está mucho mejor. Tenías razón, Lotte.
No ha sido un ataque muy fuerte, se le ha pasado bastante rápido.
Gracias a la ayuda de George, naturalmente, pero en general tengo la impresión de que el estado de Peter ha mejorado mucho aquí en la plantación.
Martha Mukea caminaba por el prado con una cesta llena de hojas colgada del brazo.
La seguían tres niños negros que rodeaban al pelirrojo Sammi.
Como siempre, Ontulwe y él iban cogidos de la mano.
Su amiga tenía la misma edad que él y era su más enérgica defensora; recientemente había llegado a pegarse con uno de sus hermanos mayores por él.
Martha Mukea se había acercado con la alegre cuadrilla de niños a un baobab para recoger las hojas recién brotadas, con las que los shambaas preparaban un delicioso plato de verdura.
Siempre contaba que, si a principios de año los frutos estaban maduros, sacaba las semillas redondas y negras de la pulpa y las secaba.
Con ellas preparaba distintos polvos y ungüentos que, según ella, eran buenos tanto para los sarpullidos como para las enfermedades del hígado, del estómago y de la vesícula, y que en el fondo curaban cualquier tipo de achaque.
Sammi se dirigió hacia su madre tirando de Ontulwe.
Cruzaron la terraza descalzos y con los pies sucios, y Klara puso rápidamente a salvo las telas de color claro, porque los dos niños querían subirse a su regazo.
Simba se sobresaltó y gruñó porque un piececito negro le había pisado la cola, pero fue solo una advertencia y enseguida se dedicó a sacudirse el denso pelaje que ya había vuelto a crecerle.
Cuando George y Elisabeth se habían puesto en marcha hacia Mombo dos semanas atrás, había seguido al grupito durante un rato, confuso, y luego se había sentado en la polvorienta carretera lloriqueando y con la vista clavada en los jinetes que se alejaban.
A Charlotte sus lamentos le habían llegado al corazón, se parecían a los aullidos graves y prolongados que proferían los perros salvajes y los lobos.
Poco después había regresado a la plantación, había olisqueado brevemente la falda de Charlotte y luego se había acurrucado en el salón junto a la silla en la que solía sentarse George.
Charlotte dejó el lápiz, repasó con ojo crítico las columnas de números y las comparó con las cifras garabateadas por Husdahl.
Tenía una letra horrible, casi ilegible, pero sus anotaciones parecían correctas.
Cerró el libro de golpe. No tenía mucho sentido seguir trabajando mientras reinara el caos en la terraza.
Ahora se les unió también Martha Mukea para informarles de que el baobab florecería pronto, y por el otro lado llegó Schammi con las listas de trabajadores.
Su expresión triste ya le anunció que de nuevo un buen número de los negros contratados por Husdahl se habían marchado nada más recibir la paga semanal, de manera que se enfrentaba al problema de tener que buscar mano de obra.
Hacía un minuto estaba contenta por las palabras de agradecimiento de Klara, pero ahora su ánimo volvió a caer en picado.
Se enfadó porque la vida en la plantación pareciera detenerse los días de paga: no había casi ningún negro en los campos, porque todos corrían a Wilhelmsthal, al comercio indio más cercano, para gastarse el jornal en alguna fruslería y cosas superfluas.
Las nubes habían ido formando un techo oscuro y amenazador, las cimas de las montañas estaban envueltas en neblina y ya se oían los primeros truenos.
¡Al menos esos despilfarradores regresarían empapados de su excursión a Wilhelmsthal!
Una racha de viento barrió la terraza. Charlotte sujetó justo a tiempo la labor de costura de Klara para que no se la llevara el aire, pero se pinchó con un alfiler.
—¡Maldita sea!