La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

George había ayudado a organizar el equipaje, y ahora es­taba llevando el maletín médico y la cartera de documentos al salón.

—Klara está arriba, con Peter —le comunicó Charlotte—. Estaría bien que fueras a echarle un vistazo.

George depositó los papeles a buen recaudo en la cómoda y le sonrió a Charlotte.

—Tú mandas, cariño mío. Veré qué puedo hacer…

—¡Solo si te parece bien, George! —le gritó cuando ya estaba subiendo la escalera.

Solo Klara y Elisabeth se presentaron a cenar, George se quedó arriba con Peter Siegel.

—Es un milagro, Charlotte. Ha conseguido que hable. Ah, te casaste con un hombre extraordinario, George es muy comprensivo y siempre tiene las palabras adecuadas…

—¿Y ahora te das cuenta, tía Klara? —se entrometió Elisabeth—. George lo hace todo bien, y lo sabe todo.

Charlotte sonrió al ver el gesto triunfal de su hija y no pudo evitar recordar la noche anterior.

Qué extraño que un hombre de tantos talentos como George se sintiera secretamente desesperado consigo mismo y con el mundo.

Con lo inteligente que era, no tenía el sencillo don de aceptar la vida como era.

—¿Qué pasó entonces entre Peter y Björn Husdahl?

Su pregunta provocó un aluvión de emociones entre todos los presentes: a Klara se le enrojecieron los ojos y le costó contener las lágrimas, Elisabeth agarró el tenedor con gesto beligerante y, para colmo, también se entrometió Schammi, que les estaba llevando la comida en ese momento.

No hablaron precisamente bien sobre el noruego, le contaron que había tratado con tanta dureza a la gente que muchos trabajadores habían huido.

El resto siempre tenían miedo del administrador, que, desde que Charlotte y George se habían marchado, iba a todas partes con el kiboko , el látigo de piel de hipopótamo.

—Mucho tiempo bwana Husdahl no hablaba, solo había relámpagos en la mirada. Pero entonces, cuando nadie imagina, nos grita como demonio y nos pega. No es buen hombre. ¿Por qué construyó casa entera para él solo? Porque no quería que nadie molestara cuando llevaba mujer negra.

—¿Cómo dices? —preguntó Charlotte horrorizada—. ¿Es eso verdad, Klara?

Klara se había sonrojado con la última frase de Schammi, y ahora asentía titubeante.

Sí, había visto por la ventana que por las noches muchachas negras entraban a hurtadillas en la cabaña de Husdahl.

Era posible que les pagara o las obligara, porque seguro que las pobres no iban con él voluntariamente.

—¿Y cuál fue el motivo de la discusión?

Las causas habían sido varias. Al principio Peter Siegel se había mostrado horrorizado por el duro trato que dispensaba Husdahl a los negros; luego se había enfadado porque el administrador compraba nuevos trabajadores a los traficantes árabes.

Esa gente hacía causa común con jefes de tribu codiciosos: les pagaban a cambio de su propia gente para luego obligarlos a trabajar en plantaciones por muy poco dinero.

Era una nueva forma de esclavismo y, por desgracia, muchos dueños de plantaciones la aprovechaban.

—Peter lamentaba sobre todo que muchos negros huyeran de la plantación. Ya había convertido a varios a la fe cristiana, pero ¿qué sería de ellos?

Por lo visto Peter Siegel había insistido ingenuamente en que se construyera la capilla, sobre todo pensando en que el administrador se presentaba en la escuela todos los domingos para el oficio.

Husdahl ni siquiera había reaccionado a sus exigencias, sino que había acusado al misionero de impedir trabajar a los negros.

¿Para qué necesitaban aprender a leer y a escribir?

¿O memorizar la Biblia? ¿O berrear canciones religiosas alemanas durante alguna oración irrelevante de un día cualquiera entre semana?

Lo que tenían que hacer era talar árboles, desherbar, plantar sisal y sembrar patatas.

Para eso servían los negros, no merecía la pena molestarse con otras cosas.

El Señor ya cuidaría de ellos, para eso no hacían falta misioneros.

Esa última frase había provocado el enfrentamiento definitivo, porque Peter Siegel se había sentido deshonrado como pastor. Su réplica había sido de una dureza desacostumbrada, una cosa llevó a la otra y de pronto Husdahl sacó el látigo.

—Lo empuñó, Charlotte —relató Klara con voz temblorosa—. No sé si habría llegado a usarlo realmente, pero solo con ver su rostro enrojecido y la mueca que ponía… Me puse delante de Peter y de repente tu hija estaba mi lado.

Charlotte guardó silencio. Qué valientes habían sido ambas, pero en realidad le habría gustado regañarlas. Una persona tan descontrolada como Björn Husdahl era capaz de cualquier cosa.

—A la mañana siguiente ya no estaba —completó Schammi el relato—. Al principio teníamos miedo que cabalgaba a Mombo para hablar con bibi Charlotte por teléfono. Pero por la tarde no había vuelto. Entonces Martha Mukea miró en su cabaña. Sus cosas no estaban, solo había dejado cama y cubo…

Qué hombre tan extraño. Todavía le debían parte de su jornal, pero no parecía importarle lo más mínimo.

—Eso ya no tiene remedio —suspiró Charlotte—. Tenemos que buscarle sustituto.

Björn Husdahl era un hombre muy capaz; sería difícil, por no decir imposible, encontrar un administrador tan cualificado.

George no reapareció en el salón hasta varias horas después, cuando Elisabeth ya llevaba un buen rato dormida y la conversación en voz baja entre Charlotte y Klara ya declinaba.

Estaba pálido y parecía hambriento, pero, a pesar de la expresión seria de sus ojos grises, se le intuía una leve sonrisa.

—Ha preguntado por ti, Klara.

La prima de Charlotte se levantó de un salto y lo miró con esperanza en los ojos.

—¿Se encuentra mejor?

—Un poco. Hemos hablado largo y tendido, creo que está más aliviado. Ahora seguro que conciliará el sueño.

—Ay, George —susurró Klara feliz—. No sé cómo agradecértelo.

Hizo un movimiento torpe, como si quisiera echársele al cuello, pero al final no se atrevió y acabó cojeando hacia la puerta murmurando un «buenas noches».

Charlotte escuchó los pasos lentos con los que Klara subía la escalera.

Primero apoyaba el pie sano en el peldaño, luego se colgaba de la barandilla y subía también la pierna enferma.

Cuántas veces había oído ese sonido en casa de la abuela, cuando todavía eran niñas.

Siempre había sentido que tenía que proteger a Klara, y así seguía siendo.

Schammi aún estaba despierto y le llevó a George una bandeja con todo tipo de platos que le había guardado en la cocina. Mientras ponía los cuencos sobre la mesa, le sonreía a Charlotte; en realidad, sus atenciones no estaban dirigidas a George Johanssen, sino al esposo de su bibi Charlotte.

—Al principio solo decía cosas incongruentes —le contó George mientras masticaba—. Pero cuanto más conversábamos, más lúcido parecía.

—No habrá visto al diablo de nuevo, ¿no?

—No lo sé. Hablaba de caretas y espíritus negros. No he querido saber más.

Lo vio abalanzarse hambriento sobre el mango macerado en miel, no probó la densa papilla de maíz, pero sí cogió un trozo del pan de cebada que había hecho Martha Mukea.

—Pero ¿de qué habéis hablado?

George le dirigió una mirada pensativa mientras mordisqueaba el durísimo pan.

—Sobre todo lo imaginable. África y Europa. Sus padres. Su formación como pastor. Al final también ha hablado sobre Naliene y el asalto. El paraíso perdido, el poder oscuro del diablo…

—Pobrecito mío, George —suspiró, y le acarició la mejilla barbuda—. Has tenido que escucharlo durante horas.

Él le sostuvo la mano y la apretó un instante contra su propia sien.

—Ha perdido la fe, Charlotte —dijo acongojado—. No me lo ha dicho, pero es lo que he deducido de todo lo que me ha contado. Duda de la existencia de un Dios benévolo, lo que para él es una monstruosidad que no quiere reconocer ante nadie, ni siquiera ante sí mismo.

—¿Estás…, estás seguro? Pero si quiere construir una capilla y celebra oficios todos los domingos, intenta convertir a los negros al cristianismo…

—Lo sé. Pero, en sus alucinaciones, ve la duda en la facha del diablo.

Charlotte respiró hondo. La explicación de George no acababa de convencerla.

Otras personas también dudaban de su fe sin llegar a enloquecer.

Le parecía mucho más plausible que se hubiera estropeado algo en el cerebro de Peter Siegel, como cuando el hilo de la máquina de coser se rompía porque se pisaban los pedales en sentido contrario.

Pero el médico era George, sus sospechas seguramente eran ciertas.

—Estoy agotado —reconoció entonces su marido, y estiró tanto los brazos y las piernas que la silla destartalada crujió de forma preocupante—. Vamos a dormir.

Se desvistieron a la luz de la lámpara, se metieron en las camas que había preparado Martha Mukea y se acurrucaron soñolientos.

—Tendrás que quedarte aquí hasta que encuentres un administrador como es debido —murmuró George.

Ella sabía que tenía razón, pero la idea no le gustaba nada.

—No, dentro de unos días regresaré a Dar es-Salam contigo y con Elisabeth.

El gruñido de George sonó jovial.

—No creerás que no puedo apañármelas sin ti, ¿no?

Eso creía precisamente, pero se cuidó de decirlo en voz alta. En su lugar, buscó sus labios y lo besó.

—¿Y qué pasa conmigo? —murmuró en tono de reproche—. ¿De verdad crees que podría soportar varias semanas lejos de ti?