Capítulo 11 #3
—Lo ha sido, George. Ha sido infinitamente hermoso y al mismo tiempo triste y lleno de espanto. Pero soy muy feliz de haber podido vivirlo a tu lado.
Él le apoyó el rostro en el hombro y permaneció tan inmóvil que ella creyó que se había quedado dormido. Pero entonces lo oyó susurrar:
—Eres el ancla que me sostiene. La casa que me protege. La manada que me da calor. Sin ti estoy perdido, Charlotte.
Respiró hondo, le besó el cuello, el hombro, y ella notó los latidos acelerados de su corazón. George Johanssen se había mostrado más vulnerable que nunca.
—Te quiero —le susurró ella, con la sensación de que esas palabras estaban muy lejos de expresar todo lo que sentía en realidad—. Estaré a tu lado mientras viva.
Él la abrazó con fuerza, luego la soltó de repente y se tumbó boca arriba. El momento había pasado.
—Quedémonos unos días en la plantación —propuso—. Me apetece cabalgar contigo por la finca y echar un vistazo a todo. Si quieres, también puedo darte mi opinión, aunque la jefa eres tú, amor mío.
La tarde siguiente llegaron a la carretera que conducía a Neu-Kronau y aparecieron los primeros cultivos a derecha e izquierda del camino.
Los jinetes tenían el sol a la espalda y sus sombras se alargaban ante ellos.
Cuando había una curva, las siluetas oscuras se proyectaban sobre las vallas y las verjas de los pastos.
Todo tenía buen aspecto, las jóvenes plantas de sisal habían resistido las lluvias, las vacas marrones y las ovejas arrancaban pausadamente la hierba y, cuando llegaron a los primeros cafetales, Charlotte se bajó de la silla para examinar más de cerca los arbolitos.
—Han echado yemas —confirmó con alegría mientras caminaba entre las hileras de plantas e iba alcanzando ramas para observarlas—. Ristras enteras de brotes. Si dentro de un par de semanas llueve, ¡florecerán!
—Deberíamos hacerle a Klara un ramo con ellos a modo de regalo —comentó George con una sonrisa, y le divirtió ver la cara de indignación de Charlotte. No podían romper ni una sola ramita de sus cafetos, absolutamente todos los valiosos brotes blancos debían convertirse en bayas rojas.
No todas las plantas habían brotado con la misma exuberancia, algunas estaban debilitadas y solo habían echado dos o tres yemas. Sin embargo, la mayoría estaban repletas y a Charlotte ya le parecía estar oliendo el aroma entre dulce y amargo de las flores afiligranadas.
—¡Cómo me alegro de haberme casado con la rica dueña de una plantación! —bromeó George—. Pero vayamos a la casa, cariño. Creo que a ninguno nos apetece pasar la noche entre tus arbolitos, por muy bonitos que sean, ni cenar brotes de café.
Volvió a montarse en su caballo. George estaba de buen humor y Charlotte se rio de sus bromas.
El hombre angustiado e impotente de la noche anterior ya no existía; George la había despertado antes del amanecer con delicadas caricias de deseo, y el breve encuentro amoroso había sido uno de los más intensos que habían vivido jamás.
Después no habían tenido demasiado tiempo para una conversación íntima, porque fuera de la tienda los empleados iban de un lado a otro y el cocinero ya estaba preparando el desayuno.
Ahora George volvía a hacer gala de su ironía de siempre, pero también volvía a ser el guía y líder del pequeño grupo de viajeros, y Charlotte se juró guardar con llave para siempre el recuerdo de ese instante en que se le había mostrado vulnerable.
Los askaris y los empleados negros pasarían esa noche en Neu-Kronau y a la mañana siguiente descenderían a Mombo para tomar el ferrocarril desde Usambara hasta Tanga con los gastos sufragados por la Gobernación.
Llegaron a la verja de entrada de la plantación bañados por la luz del crepúsculo. Los edificios encalados relucían en tonos rosas, los matorrales y las acacias se dibujaban en sombras ante el cielo rojizo.
—¡El anexo está terminado! —exclamó Charlotte entusiasmada—. Y también un edificio auxiliar al otro lado.
—Este noruego es un hombre muy capaz —comentó George—. Aunque también un poco peculiar… ¡Cuidado, nos han descubierto!
Martha Mukea había salido de la nueva construcción con un cubo en la mano, y tras él cojeaba el viejo Kerefu, que ahora se protegía los ojos del sol oblicuo con la mano para ver mejor.
No entendieron qué se decían, pero Martha Mukea dejó el cubo y corrió a la casa, mientras Kerefu gesticulaba con las manos para llamar a alguien.
Del establo salieron dos jóvenes: uno era Jonas Sabuni, Charlotte no conocía al otro. Justo después apareció Elisabeth en el umbral de la casa con dos niños de diferente color agarrados a sus faldas: Samuel, con su rizado cabello rojo, y la pequeña Ontulwe.
Simba se les adelantó ladrando, levantó el polvo del camino de entrada, atravesó el césped bañado en luz roja y estropeó la calma vespertina de los patos del pequeño embalse.
La bandada se dispersó aleteando entre graznidos y algunos se refugiaron en el agua, pero la mayoría echaron a volar y se posaron en la orilla opuesta.
Los criados se acercaron a toda prisa para saludar a bibi y al daktari Johanssen, pero se mantuvieron a una distancia respetuosa de los cinco askaris armados.
—¡ Jambo, bibi Johanssen! Jambo! ¡Qué alegría que vuelvas por fin!
—¡ J ambo, bibi Johanssen! Hemos llorado mucho por ti. Jambo, daktari. Karibu . Qué felicidad.
—¡Ya pensábamos que habías olvidado de nosotros!
—¡Todo vuelve a su sitio! Bibi Johanssen nos dirá qué hacemos. ¡Nuestra buena señora ha vuelto!
Al principio Charlotte no entendía gran cosa entre tanto barullo, pero sus empleados parecían especialmente contentos esta vez. En la entrada también había aparecido Klara; al lado de Schammi, que había crecido mucho y vestía un caftán hasta los tobillos, su prima parecía aún más pequeña y frágil.
Elisabeth sujetó el caballo de su madre mientras esta se apeaba y, en cuanto bajó de la silla, se le echó al cuello.
—¡Mamá, qué bien que hayáis venido! Es horrible. Esta vez el tío Peter tenía toda la razón, pero ese malvado se puso a gritar como un loco. Figúrate, le habría pegado al tío Peter con el látigo si la tía Klara y yo no nos hubiéramos puesto en medio…
—¿Cómo dices? ¿De quién estás hablando?
Charlotte apartó un poco a la niña para poder mirarla a la cara. Los ojos azules de su hija estaban entornados de pura rabia, su gesto transmitía verdadera indignación.
—¿Que de quién hablo? Pues del señor Husdahl, ¿de quién voy a hablar si no? Menos mal que ya no está.
—¿Björn Husdahl no está? Pero ¿por qué? ¿Desde cuándo?
—Desde hace una semana. Y el tío Peter está muy enfermo. Nadie puede verlo, solo la tía Klara. Y todo esto solo porque el tío Peter enseñaba a los negros en la escuela para que aprendieran a leer y a escribir…
La mirada angustiada de Charlotte se dirigió hacia Klara, cuyo rostro delgado parecía concentrar todo el dolor del mundo. Peter había sufrido una recaída, así que sus esperanzas de que se hubiera curado habían sido en vano.
—¡George! —exclamó Elisabeth impulsiva, y se soltó de Charlotte para echarse en brazos de su padre adoptivo—. Ay, George, esto no habría pasado si tú hubieras estado aquí. ¡Seguro que habrías hecho entrar en razón a ese tipo!
—Tienes mucha confianza en mis habilidades, señorita. Pero deja que estos viajeros polvorientos entren en casa y luego me lo cuentas todo al detalle, ¿de acuerdo?
—Tienes que ir a ver al tío Peter enseguida, George. Eso es lo más importante…
Charlotte abrazó a Klara, que se echó a llorar al instante. No había llorado hasta entonces, no había dejado que se le notara nada, sobre todo no quería que Peter la viera preocupada, pero tampoco los niños ni los empleados…
—Ay, Charlotte, cómo me alegro de que hayas vuelto. Ahora tú y George podréis haceros cargo de todos nosotros. Que Dios me perdone, pero si no hubiera sido por el bueno de Schammi, habría tenido ganas de tirarme al embalse…
—¡Cómo puedes decir eso, Klara! Tienes un esposo y un hijo pequeño…
—No, no, jamás lo habría hecho… Solo que a veces pensaba que todo sería mucho más fácil… Es que no hago nada a derechas, Charlotte. Ni siquiera soy capaz de ayudar a Peter, no me dice ni una palabra…
—Tienes que ser paciente, Klara. Tú sabes mejor que yo que le lleva un tiempo recuperarse.
El agotamiento del viaje de pronto parecía haberse esfumado.
Charlotte era la dueña de la plantación, como tal le correspondía tomar las riendas de la situación e hizo sin titubear lo que se esperaba de ella.
Ordenó con voz firme que se descargara y se guardara el equipaje.
Que se atendiera a los caballos. Que se preparara la cena para todos.
Que se dispusieran camas para los askaris y los demás viajeros.
¿Por qué no estaban rellenas las lámparas?
¿Quién había olvidado cerrar el gallinero?
¿Por qué no estaban lustradas las sillas de montar, por qué había cubos y cubos de judías sin pelar en la cocina? ¿Por qué no se había barrido el salón?
—¿Qué desastre es este? ¿Por qué no cumple nadie con sus obligaciones sin necesidad de que se le vigile? ¡Schammi, tenemos sed! ¡Martha Mukea, lleva a los niños a la cama!
Sus empleados se apresuraron a llevar a cabo lo que se les pedía, pero en sus rostros había sonrisas de satisfacción.
Nadie le tomó a mal la reprimenda, porque sabían que así era ella, su bibi Johanssen, que podía enfadarse con ellos, pero también elogiarlos.
Estaba al tanto de todo, les prestaba atención, cuidaba a cada uno de ellos como una mama .
Elisabeth era la única que no estaba tan contenta, porque le había tocado separar a Sammi de su amiguita Ontulwe, algo que siempre provocaba un sonoro concierto de lloros.
Pero la tía Klara mantenía la misma norma férrea que ya aplicaba la señora Wohlrab en Hohenfriedeberg: los niños blancos podían jugar con los negros, pero debían dormir siempre separados.
—¡Ay, mamá! —gimió Elisabeth—. Te echaba muchísimo de menos. Pero nada más llegar ya me haces enfadar.