La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Efectivamente, el jefe enseguida envió a un joven guerrero a pedirles que por favor vacunaran a su pueblo de la viruela.

Los askaris relajaron la postura, cogieron las cantimploras que llevaban y se permitieron dar un trago con las armas sobre las rodillas, al alcance de la mano.

George envió a uno de ellos abajo, donde esperaban el resto de los acompañantes, para que se subieran las cajas con medicamentos, y luego le explicó al jefe que no podía vacunar a los enfermos, pero que los aldeanos sanos tenían que lavarse el brazo izquierdo y ponerse en fila.

Mientras Charlotte desempaquetaba el suero, las lancetas y los vendajes y extendía un paño blanco sobre la caja para colocarlo todo encima, muchos pares de ojos la observaban con desconfianza. Disimulaba, pero en realidad estaba nerviosa por saber cómo transcurriría esta vez la ceremonia.

La docilidad de los nativos dependía de la autoridad de su jefe.

Si todos lo aceptaban, la mayoría obedecería sin rechistar; las mujeres, que tenían miedo por sus hijos, eran las únicas que se rebelaban una y otra vez.

Algunas escondían a sus pequeños, a otras había que sacarlas a la fuerza de sus cabañas, y ni siquiera la ira de los hombres podía obligarlas a entregar a los bebés al daktari de Ulaya .

Sin embargo, si la posición del líder era débil, pocos se dejaban vacunar; los demás miraban con gesto sombrío, algunos incluso escupían al suelo y maldecían al daktari blanco que les cortaba el brazo a sus hermanos y les contaba que esa heridita pronto se transformaría en una pústula, que después se secaría y se caería.

¿Cómo iba a protegerles de la viruela esa cosa purulenta?

Lo más probable era que enfermaran y murieran.

En esa aldea, el jefe quería someterse el primero al procedimiento, pero, para sorpresa de Charlotte, no se puso de pie y George tuvo que arrodillarse a su lado y administrarle la vacuna sentado.

Todos los habitantes del pueblo se habían acercado, las mujeres también habían salido de las cabañas y se arracimaban curiosas en torno al jefe para ver qué le hacía el daktari blanco.

El cabecilla de la tribu soportó el dolor con gesto impasible, y no movió el brazo mientras George ponía el algodón empapado en suero sobre la herida y finalmente se la vendaba.

La fina gasa solo servía para mantener la lesión medianamente limpia, y acabaría arrancada al día siguiente o puede que esa misma noche, porque el vacunado querría ver si la pústula crecía como le habían dicho.

El daktari les había explicado que, cuando eso sucedía, la vacunación había surtido efecto.

A continuación, los demás se prestaron titubeantes a dejarse vacunar también: primero los jóvenes guerreros, que sin embargo se mostraron menos valientes que su jefe e hicieron terribles muecas al recibir el pequeño corte.

Fue aún peor con los niños, especialmente los más pequeños, que se echaban a llorar en brazos de sus madres, algunos incluso antes de que les llegara el turno.

A Charlotte le habría gustado tranquilizarlos y jugar primero un poco con ellos, como solía hacer en Hohenfriedeberg, pero estos shambaas eran esquivos y la rehuían, seguramente porque Simba seguía a su amada dueña allá donde fuera.

Al menos, la mayoría sentían alivio una vez pasada la vacunación; algunos se alejaban en silencio, pero otros se ponían a bailar y a reír, y mostraban el brazo vendado con orgullo a los que todavía esperaban.

Charlotte miraba preocupada el recipiente de vidrio con las hebras de algodón.

Era el último pueblo del viaje, y esperaba que hubiera suficientes para vacunar a todos sus habi­tantes.

Por la tarde, cuando terminaron, solo quedaban cinco briznas en el vaso.

Le pidieron a George que visitara a una de las esposas del jefe, que reposaba enferma en su cabaña; era una profunda muestra de confianza. Cogió su maletín, pero cuando Charlotte quiso seguirlo, negó con la cabeza.

—¡Recoge las cosas! —dijo con cierto enojo.

—Pero es que igual me necesitas…

—Haz lo que te digo, Charlotte, por favor.

Obedeció, a pesar de estar molesta. ¿Por qué quería protegerla mientras él se exponía al peligro?

La enfermedad de la pobre mujer seguramente era contagiosa, pero ¿no lo había ayudado Shira, la enfermera india de la clínica de Dar es-Salam, también en casos como aquel?

Los celos retornaron un instante, pero luego entendió que George intentaba protegerla por amor, y se sintió avergonzada.

El daktari blanco no permaneció mucho tiempo en la cabaña, y Charlotte dedujo acongojada que no había podido hacer nada.

Sus sospechas eran ciertas, lo constató al ver el gesto duro de George cuando volvió a salir; a pesar de la corta barba rubia, distinguía claramente los dos profundos surcos verticales que se le marcaban en las mejillas, a izquierda y derecha de los labios.

George rechazó con gran elocuencia la oferta de pasar la noche en la aldea.

Charlotte también entendía algunas palabras del dialecto shambaa y comprendió que quería avanzar un poco en dirección a Neu-Kronau ese mismo día.

El viaje había terminado: si todo salía bien, al día siguiente por la tarde ya estarían de vuelta en su plantación.

A pesar de que tenía ganas de ver a Klara y a Elisabeth y curiosidad por saber cómo iban las cosas en Neu-Kronau, sentía una tristeza inexplicable, como si el final de ese viaje significara perder de forma irremediable algo muy valioso.

La breve conversación que mantuvo con George durante el trayecto no contribuyó precisamente a mejorar su ánimo.

—¿Qué le pasaba a la mujer de la cabaña? ¿Tenía la enfermedad del sueño? —preguntó con cautela.

Por primera vez en todo el viaje, George parecía agotado, pero de todos modos se esforzó en esbozar una sonrisa cansada.

—No, Charlotte. Sospecho que tiene sífilis. Seguramente desde hace años, la pobre infeliz está cubierta de llagas.

—Pero entonces…

George asintió acongojado y entornó los ojos en un gesto de rabia.

—Efectivamente. No será la única. El jefe tiene cuatro esposas, y él también ha enfermado.

—¿Por eso no se ha levantado?

—Seguramente tiene la espalda deformada y ya no puede ponerse en pie.

Es una tragedia, Charlotte. Intentamos protegerlos de la viruela, pero no tenemos remedios contra las numerosas enfermedades tropicales, ni contra la sífilis y la tuberculosis que seguramente hemos traído nosotros mismos a África.

¿Quién querría pagar la costosa cura para esa mujer?

Ni siquiera podemos hacer nada por los hijos que tienen en común, que sin duda también estarán infectados.

Percibió su rabia impotente, que no solo se dirigía hacia los elevados precios de los medicamentos y la ingenuidad de los médicos. Sentía rabia hacia la creación divina en sí, que condenaba a unos a sufrir y obsequiaba a otros con el lujo de una vida agradable.

—Es probable que la vacuna haga avanzar más rápidamente la sífilis en el cuerpo del anciano líder. Puede que incluso muera en los próximos días…

Charlotte guardó silencio. La vacuna fatigaba el cuerpo, había a quien le subía la fiebre durante días, y en ese estado podían brotar otras enfermedades ocultas.

Precisamente por este motivo se evitaba vacunar de la viruela a personas enfermas.

Sin embargo, en este caso George se había visto obligado a hacerlo, porque de lo contrario el pueblo entero se habría negado.

—Qué horror —murmuró consternada—. Pero así al menos el resto estará protegido de la epidemia. En el fondo es magnífico que el gobierno ponga en práctica esta medida. Tenías razón, George, Von Rechenberg es un tipo extraño, pero un hombre muy competente.

—Sin duda —respondió él con una sonrisa amarga—. Pero no creas que estamos gastando tanto dinero por pura humanidad. El gobierno necesita conservar la mano de obra africana, ¿cómo si no llegará la colonia a dar beneficios?

Pasaron la noche en un prado de montaña a orillas de un torrente cristalino; montaron las tiendas una vez más, el cocinero despellejó los dos conejos que habían cazado los askaris y los cocinó acompañados de papilla de maíz y huevos cocidos.

Los askaris fumaban cigarrillos que habían llevado consigo y parloteaban contentos, porque pronto volverían a estar con sus familias.

Los demás acompañantes también se encontraban de buen humor, pasaron una larga velada en torno al fuego y cantaron las canciones que les habían enseñado en la misión.

Era raro oír alguna de las melodías sencillas de los shambaas, ya no parecían gus­tarles.

George se retiró temprano a la tienda de campaña, rellenó las últimas listas para el gobierno a la luz de la lámpara de aceite y tomó notas.

Cuando Charlotte, que se había quedado hablando con el intérprete junto al fuego, se deslizó bajo la lona un rato después, se encontró a su esposo tumbado en la cama.

—Ven aquí.

Alargó los brazos y ella se le acercó con una sonrisa, esperando una última y maravillosa noche de amor bajo aquella lona en plena naturaleza.

Pero se llevó una decepción. El abrazo fue tierno y de una suavidad desacostumbrada, transmitía una fragilidad melancólica que la asustó.

De pronto comprendió lo impotente que se sentía George en ese mundo, que le resultaba hostil y que lamentaba no poder cambiar.

Le pareció casi un niño que buscaba protección.

Nunca lo había visto así, ni siquiera durante sus accesos de fiebre.

Se arrimó a él conmovida, le acarició el pelo despeinado y le besó las sienes y los párpados.

—Y bien, ¿te ha gustado nuestro viaje? —murmuró, con un deje de esa ironía que tan bien conocía ella—. ¿Ha sido la gran aventura que querías vivir a mi lado?

Había apagado la lámpara, pero veía que le brillaban los ojos. Estaban entornados y le parecieron muy luminosos en ese momento.