Capítulo 11
Las cabañas de los shambaas se apiñaban sobre una elevación desnuda, y entre ellas reinaba un absoluto caos de gallinas, cabras, perros y niños correteando.
Junto a la casa del jefe crecían plataneras, y debajo estaban sentados los invitados que, debido a la falta de espacio, habían tenido que apiñarse.
Jóvenes guerreros armados con lanzas y palos caminaban en grupitos entre las chabolas.
Observaban a los forasteros con aparente indiferencia, en silencio, a la espera y con un atisbo de desconfianza.
Poco antes un grupo formado por diez o quince muchachos desnudos había salido al encuentro de los visitantes para conducirlos al pueblo, pero ahora parecían brotar del suelo cada vez más jóvenes de aquellos.
Los cinco askaris sudaban bajo los uniformes, espantaban las moscas con movimientos desganados y contemplaban malhumorados la reunión de los ancianos de la aldea, que aún discutían acaloradamente sobre los pros y los contras de la situación.
George se había retirado con Charlotte a la parca sombra de una platanera, junto a ellos se había acuclillado el intérprete, y Simba se había tumbado sobre el polvo a cierta distancia.
El resto de los acompañantes se habían quedado a los pies de la colina con las monturas.
George habría preferido renunciar a los askaris y al intérprete, pero la Gobernación se los había asignado, y sus protestas no habían surtido efecto alguno.
—Dicen que ancestros han protegido —dijo el intérprete, que también era shambaa.
Había aprendido suajili e incluso un poco de alemán en una misión.
Llevaba una gastada chaqueta de uniforme blanca y bombachos árabes, pero su mayor orgullo era un desflecado sombrero de paja que había sido fabricado en Alemania—.
Si se dejan vacunar ahora, es posible que ancestros se enfaden…
George asintió; en Neu-Kronau ya había estudiado la lengua de los shambaas y la entendía bastante bien.
Ese pueblecito apartado se había librado de la viruela por ahora, pero en las regiones afectadas por la epidemia tampoco los habían recibido siempre con los brazos abiertos.
A diferencia de otros médicos, George no obligaba a nadie a vacunarse; confiaba en su presencia decidida y su capacidad de persuasión.
Los niños evitaban acercarse a ellos y los observaban desde una distancia segura.
Eran niños preciosos, curiosos y con gesto pícaro, no tenían miedo pero eran cautelosos, tal como se les había enseñado.
A Charlotte le habría gustado fotografiarlos, pero hacía mucho tiempo que se le habían acabado las placas.
No se veían mujeres, permanecían ocultas en las cabañas y seguramente seguían los acontecimientos a través de las rendijas.
El viento levantaba de vez en cuando una nube de polvo y movía el follaje de las plataneras; las hojas secas a las puertas de las cabañas crujían.
Un perro de pelaje claro se atrevió a acercarse a dos pasos de distancia de Simba, pero este lo ignoró por completo, porque hacía demasiado calor como para desperdiciar energía en balde.
Llevaban cuatro semanas recorriendo el norte de Usambara para vacunar a los nativos contra la viruela.
Al final George había cedido a las insistentes demandas del gobernador, pero esta vez le había pedido a Charlotte que lo acompañara.
Al principio esta no estaba segura de si se lo ofrecía en serio o era un simple pretexto, ya que George le había prometido que no quería participar en más expediciones.
Pero cuando accedió, él se había alegrado tanto y de forma tan sincera que se avergonzó de su desconfianza.
—No será como cabalgar por el Sáhara, pero sigue siendo un viaje por una zona poco explorada. No te extrañes si los nativos que viven allí se muestran hostiles.
—¿Los shambaas? Ay, Dios mío…
George esbozó una sonrisilla, porque ni siquiera él creía que eso pudiera pasar. Pero luego se puso serio.
—Presenciaremos muchas desdichas, Charlotte. Los niños enfermos de viruela no son algo agradable de ver. Solo lo digo para que te prepares.
—Ya sé qué aspecto tiene un enfermo de viruela, George. En Leer, a pesar de las vacunas, también hubo varios casos, y algunos padres afirmaron incluso que había sido la vacuna lo que había contagiado de viruela a sus niños.
—Eso es casi imposible —replicó él contrariado—. El suero se prepara a partir de las escaras de la viruela bovina, causada por un virus que no se contagia a los humanos.
—¿Cuándo nos pondremos en marcha?
—Pronto, pero no te imagines un viaje de aventuras, amor mío. Me ayudarás a hacer mi trabajo. Yo te iré dando indicaciones.
Charlotte estaba entusiasmada, escuchó atenta sus explicaciones y contempló con gran respeto el instrumental, las vendas y los frasquitos con el suero.
Su tarea consistía en colocar todo aquello sobre un trapo blanco y alcanzarle lo que necesitara.
Después tenía que cerrar el frasquito, limpiar las lancetas y guardarlo todo.
No era gran cosa, pero se sentía orgullosa de poder ayudar a George en su trabajo.
Además planeaba llevarse la cámara para regresar a casa con una serie de imágenes insólitas.
A finales de enero, cuando los caminos de las montañas volvieron a ser transitables después de las lluvias, atravesaron la floreciente sabana en el ferrocarril de Usambara.
En Mombo los esperaba Schammi con el carro y las mulas, para llevarse a Elisabeth a Neu-Kronau.
Se quedaría allí hasta que Charlotte y George regresaran de su misión y se la llevaran de vuelta a Dar es-Salam.
A Charlotte le pareció que Schammi se mostraba mucho más parco en palabras que de costumbre, y le pareció ver en sus ojos un reproche silencioso, pero estaba tan feliz y emocionada que no se preocupó.
Seguramente había provocado la ira del administrador Husdahl de algún modo y había sido el blanco de uno de sus ataques de rabia descontrolados.
En fin, seguro que Klara sabría consolarlo.
El trayecto hacia el norte de la cordillera fue duro, porque George abominaba de las carreteras y conducía al grupo por los senderos de los nativos a través de terrenos impracticables.
La naturaleza se les revelaba abrumadoramente hermosa, envuelta en la delicada niebla matutina.
Ningún blanco habría sabido nombrar las plantas y árboles que crecían en esos bosques vírgenes, y solo se conocía una pequeña parte de las flores coloridas que cubrían los herbazales de montaña.
En la fresca y densa selva, los zarcillos en flor trepaban por los gigantes vegetales y aturdían a los viajeros con su aroma dulzón, que recordaba al jacinto o al jazmín.
El agua goteaba por las rocas y se filtraba con un suave borboteo por entre los helechos; los lagartos de vistosos colores tomaban el sol sobre la piedra gris, y los viajeros se veían constantemente atraídos por el murmullo de las cascadas.
Charlotte jamás había visto juegos de colores tan exuberantes como los de los arcoíris centelleantes que se formaban sobre las cataratas.
El agua se precipitaba de la montaña en elegantes cintas blanquecinas, desaparecía entre el follaje, reaparecía en otro punto para derramarse de nuevo hacia las profundidades y, finalmente, se convertía en una nube espumosa al pie de la montaña que se veía desde muy lejos.
A pesar de las fatigas, las picaduras de insectos, los arañazos en brazos y piernas y otras incomodidades, Charlotte sentía una felicidad indescriptible.
Estaba compartiendo con George aquella belleza, pero también los peligros, y percibía sus esfuerzos por protegerla, mientras que ella, por su parte, intentaba serle útil y apoyarlo.
Por las noches se tumbaban juntos en la tienda, escuchaban el crepitar de la hoguera consumiéndose y las conversaciones en voz baja de sus acompañantes, hasta que estas también enmudecían y solo se oían los chillidos de las aves nocturnas y los crujidos de los árboles altos que se mecían con el viento.
Estaba conociendo una faceta nueva de su esposo.
George dirigía la pequeña expedición con extrema prudencia, para tomar decisiones importantes pedía la opinión tanto de los askaris como del resto de los acompañantes, que eran mayoritariamente shambaas cristianizados.
Luego, con voz suave y tranquila, daba instrucciones que se obedecían en el acto.
En las aldeas al principio solo había contado con el intérprete, después empezó a dirigirse directamente a los habitantes, les explicaba por qué estaba allí, y nunca olvidaba ofrecer sus servicios como daktari .
Mostraba respeto hacia los métodos de los curanderos y, cuando se topaba con alguno, lo saludaba como a un igual.
A menudo cuidaba heridas y administraba remedios contra las diarreas y los calambres, pero también reconocía que no tenía ningún medicamento eficaz contra la enfermedad del sueño y otras epidemias tropicales.
Cuando trataba a un enfermo, se tomaba el asunto muy en serio, y los pocos enfados que se producían entre ambos solo surgían cuando Charlotte no le alcanzaba lo bastante rápido los medicamentos, vendajes o instrumentos que había pedido.
El consejo de mayores por fin parecía haber tomado una decisión, porque uno de los ancianos se puso en pie, mientras el jefe —un hombre pequeño y esmirriado que iba vestido solamente con un taparrabos— permanecía delante de la cabaña.
—Creo que puedes ir desempaquetando la caja —comentó George, que tenía un sexto sentido para esas situaciones y ya predecía el veredicto.