La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—¡¿De quién es este maldito chucho?! —gritó un oficial con la voz ronca. Era evidente que había bebido más de la cuenta, tenía la cara enrojecida y los ojos vidriosos—. Si esta bestia no deja de aullar, ¡le pego un tiro!

—El perro es mío —respondió Charlotte al borracho—. Como se atreva a apuntarle con su arma, ¡le arranco los ojos!

—Tenga cuidado, amigo —añadió George con una sonrisita—. Si lo dice es porque lo hará de verdad.

Bajo el pórtico columnado del palacio de la Gobernación, varios invitados esperaban a sus criados negros, a los que habían enviado a conseguir un rickshaw o al menos un paraguas.

El cielo, que una hora antes aún estaba completamente azul, se había cubierto de nubes amenazadoras.

Por el mar se acercaba el estallido de los truenos, que acallaban el traqueteo de un automóvil que cruzaba la plaza en dirección al palacio.

Era un chófer que iba a recoger a un funcionario de la Compañía del África Oriental Alemana.

Charlotte soltó a Simba, que frotó el hocico contento contra su barriga y le estropeó el vestido, y luego echaron a correr con la esperanza de salvar el corto trayecto hasta casa sin mojarse, pero el aguacero los pilló antes de que alcanzaran el portón.

Charlotte disfrutó de ese sublime diluvio, que le resultó extrañamente liberador.

Por mucho que tronara y relampagueara, por mucho que las palmeras se inclinaran bajo la tormenta y sus cabezas sacudieran las hojas, le parecía una maravilla que esa lluvia torrencial la empapara por completo.

El agua caída del cielo africano se llevó consigo la desafortunada tensión de aquella fiesta, la cháchara insustancial, los caballeros uniformados y las damas encorsetadas, los vestidos blancos y las túnicas de seda de colores, la corona de laurel adornando el retrato del matrimonio imperial, las preguntas curiosas y los irritantes ojos azules del gobernador.

Simba, que no soportaba la lluvia, se les adelantó a grandes saltos.

George cogió a Charlotte de la mano y corrió a su lado muy contento, con la cara levantada hacia el cielo para que el agua de lluvia le entrara en la boca.

Charlotte se quitó el sombrero, la falda mojada se le pegaba a las piernas al correr, pero no le importó.

Entraron empapados y riendo en el patio de la casa, donde la lluvia había convertido el estanque en un mar agitado, y se detuvieron jadeando en el vestíbulo.

El agua del pelo les mojaba la cara; Simba se sacudió enérgicamente y salpicó con una lluvia de gotas a los empleados que se habían acercado a toda prisa.

Los negros intercambiaron miradas perplejas: ¿estarían borrachos el daktari y bibi Johanssen, o puede que en­fermos?

En el dormitorio se quitaron la ropa mojada y se amaron impetuosamente, con el cuerpo y el pelo todavía húmedos por el cálido aguacero, oyendo los truenos y el repiqueteo de la lluvia.

Luego, cuando George echó una sábana sobre los dos, se dieron cuenta de que ni siquiera habían bajado las persianas de bambú, y rieron entre dientes.

—¡Mamááá!

Charlotte se incorporó con un suspiro. Notó que las manos de George se le deslizaban por la espalda y le agarraban la cintura, como si no quisiera dejarla marchar.

—¡Ahora vamos, Elisabeth! —gritó en dirección a la puerta.

—¡Mamá! ¡George! Venid de una vez, ¡Simba se está comiendo un león!

—La verdad es que tiene una imaginación desbordante —rezongó George, y trató de tumbarla de nuevo.

—Pero parece que es verdad, ¿no oyes cómo gruñe? —replicó Charlotte.

Se vistieron, George se peinó el pelo húmedo con los dedos, y Charlotte se sujetó los rizos con una horquilla. Antes de salir del cuarto, él la besó en el cuello desnudo.

En el salón, Elisabeth presenciaba con impotencia cómo el perro furioso sujetaba con los dientes una piel de león con la intención evidente de zarandearla hasta la muerte.

—¡Simba! ¡Para!

Estaba tan empeñado en sacudir a su formidable enemigo que ni siquiera obedeció a la primera a su amada dueña. Acabó soltando a regañadientes el trofeo, considerablemente despeluchado, pero no le quitó ojo de encima para abalanzarse de nuevo sobre el león en caso de que este se moviera.

—¿De dónde ha salido esa cosa horrible?

—Lo ha entregado un mensajero —explicó Elisabeth alterada—. Ha dicho que era un regalo para ti, mamá. Mira, venía con un sobre. ¿Puedo abrirlo?

Charlotte negó con la cabeza y cogió la carta con recelo. Tenía un mal presentimiento.

Mi señora:

Hace un tiempo le hice entrega de un leopardo que usted me tiró a los pies con gesto altivo. Hoy le envío un león, quizá sea más de su gusto.

Para tranquilizar su conciencia le diré que este león era un viejo solitario que había tenido que recular ante un rival más joven. Además, llevaba semanas con la bala de un mal tirador en la espalda, así que enviarlo de un buen disparo al país de la sabana eterna fue un acto de misericordia.

Con la esperanza de que esta vez tenga la bondad de aceptar mi obsequio,

J EREMY B ROOKS ,

cazador apasionado sin proyecto de vida

—Me gusta este tipo —comentó George con una sonrisilla—. Es un desvergonzado…, pero tiene sentido del humor.