La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

George condujo a Charlotte por entre los invitados, que habían ido formando grupitos.

Cada uno buscaba a los suyos: los comerciantes indios y goaneses se ponían al día, los tratantes árabes conversaban en su lengua y el bajo funcionariado alemán tampoco se mezclaba con los altos cargos.

Las mujeres eran las únicas que se sentaban juntas sin protocolos, aunque entre ellas también parecían existir rangos establecidos, que se manifestaban en la postura y la forma de hablar, y sin duda estaban relacionados con la posición del esposo de cada una.

A George no parecía preocuparle, al pasar saludaba a todo tipo de conocidos, sin importar su origen y su posición, estrechó la mano de su colega indio, el doctor Kalil, y habló con uno de los criados negros, a cuya madre había tratado en la clínica unos días atrás.

Nadie parecía tomárselo a mal. Charlotte siempre había admirado la soltura con la que George se movía en sociedad; le resultaba fácil ganarse las simpatías de la gente, y sin embargo ella sabía que en realidad no tenía ni un solo amigo de verdad.

George Johanssen era muy celoso de su intimidad, e incluso le costaba permitir que su amada esposa se adentrara en esas estancias prohibidas.

El gobernador estaba conversando con dos jóvenes oficiales, un teniente coronel y un subteniente, que por lo visto acababan de llegar de la metrópolis.

Hablaban sobre la nueva estrella del firmamento operístico, Enrico Caruso, cuyo magnífico do de pecho sonaba argénteo en el gramófono.

Luego pasaron a comentar la anexión austriaca de Bosnia y Herzegovina, contra la que Inglaterra, Rusia y Serbia habían protestado acaloradamente.

Alemania apoyaba a la monarquía del Danubio, una jugada inteligente para quitarles a los rusos y los serbios las ansias de poder.

—Siempre arman follón los mismos —se indignó el joven subteniente—. Pero si los serbios no agachan la cabeza, ¡nos será fácil darles una buena tunda!

Von Rechenberg no parecía estar de acuerdo, pero interrumpió el debate para saludar al doctor George Johanssen y a su esposa.

A pesar de su aspecto poco agraciado, el gobernador poseía una sonrisa cautivadora y besó la mano de Charlotte con un movimiento ligero y gentil.

Von Rechenberg ya se acercaba a la cincuentena, pero aún no se había casado, lo que daba pie a toda clase de malvadas suposiciones por parte de sus contrincantes.

—¿Es usted de Frisia oriental, mi señora? Si le soy sincero, jamás lo habría adivinado. ¿Y me han dicho que escribe usted también?

—Ocasionalmente… —respondió Charlotte, haciendo un gran esfuerzo por que no se notara que había bebido.

Von Rechenberg la interrogó con habilidad y pronto averiguó que había regentado una tienda en la calle de los indios y que después había vivido en una plantación junto al Kilimanjaro.

De manera que ahora era dueña de una plantación en las montañas Usambara, ¿qué cultivaba en ella?

¿Café? Vaya, vaya. ¿Y quería probar con el sisal?

Estupendo. ¿Y por qué no caucho? ¿Tenía un buen administrador?

¿Un noruego? Sí, esos viejos vikingos viajaban por el mundo entero…

Su risa se entrecortaba, como si solo se permitiera un breve instante de alegría para volver a concentrarse enseguida en la conversación.

Seguramente llevaba una especie de fichero interno en el que guardaba toda esa información y la recuperaba cuando la necesitaba.

George también tuvo que responder a sus preguntas, pero sus respuestas fueron menos precisas, y Charlotte entendió que, por mucho que apreciara a Von Rechenberg, no estaba dispuesto a revelar muchos detalles sobre sí mismo.

—Sus artículos me parecen extraordinarios, doctor Johanssen. Sobre todo su labor como médico en Zanzíbar…

El gobernador les habló un poco sobre su época de cónsul en la isla de las especias, y entretejió en su relato más preguntas para George, que sin embargo las esquivó con habilidad. El tiempo pasaba y Charlotte empezaba a ponerse nerviosa.

—¿Se ha enterado usted de los numerosos casos de viruela? Últimamente son muy numerosos en la zona del Kilimanjaro y en Usambara. También se han producido epidemias en la región del Ferrocarril Central…

—Sí, he oído hablar de ello. En la clínica también recibimos a muchos enfermos de viruela, y es una tragedia, porque para cuando la enfermedad ha brotado, ya es demasiado tarde. Lo único que podemos hacer es vacunar a los familiares. Pero, por desgracia, no localizamos a muchos…

—Efectivamente. Para el año que viene estamos planeando una campaña de vacunación a gran escala, para proteger a tantos nativos como sea posible. Naturalmente necesitaremos voluntarios, a ser posible médicos…

Charlotte se asustó. ¿Estaba invitando a George a viajar por el país con un grupo de colegas para vacunar de la viruela a los nativos?

Dios mío, por muy necesaria y loable que fuera esa labor, George no estaba curado del todo, las fiebres podían reaparecer muy fácilmente en un viaje tan agotador como aquel.

—Me parece una buena decisión. Si mi trabajo en la clínica lo permite, me pondré encantado a su disposición.

—Le tomo la palabra, doctor Johanssen. Señora Johanssen, estaré encantado de volver a verla pronto. Por suerte, celebramos gran cantidad de fiestas y reuniones. Ha sido un verdadero placer…

Insinuó una reverencia, cogió otra copa y se dirigió a un indio que había esperado pacientemente a que llegara su turno. Charlotte notó que el brazo de George la rodeaba con suavidad y la conducía hacia la puerta del salón.

—¿Tenías que prometérselo?

—Solo si el trabajo en la clínica lo permite, cariño. Y no creo que eso suceda.

Antes de salir ya oían los ladridos, pero no solo eso: un rugido sordo anunciaba una tormenta acercándose.