La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Por la plaza situada ante el palacio de la Gobernación marchaban los askaris de la décima compañía con uniformes caquis impolutos y rostros tensos, esforzándose por exhibir un gesto resuelto a pesar del polvo que levantaban.

Los soldados negros se divertían desfilando, era muy evidente.

Presentaron orgullosos las armas y las cartucheras y el Heia Safari de la banda militar sonó tan fuerte que los oficiales negros tuvieron que gritar las órdenes a pleno pulmón para que se los oyera por encima del sonido de los metales y la percusión.

A pesar del entusiasmo que la rodeaba, a Charlotte el desfile le parecía absurdo y ridículo. Por mucho que se instruyera a los soldados negros en la postura firme y la férrea disciplina alemana, sus movimientos no lograban ocultar la desenvuelta agilidad de los africanos.

—¡¿No le parece magnífico?! —exclamó eufórica la joven esposa de un teniente del ejército colonial alemán—. ¡Y qué suerte hemos tenido con el tiempo!

—Desde luego —comentó George con una sonrisa irónica—. Un chaparrón habría arruinado por completo el desfile.

Decidió no añadir que el gobernador Von Rechenberg y sus invitados, así como los oficiales blancos al mando del teniente coronel Von Schleinitz, se habrían refugiado bajo la columnata blanca reluciente del palacio, y que solo los askaris se habrían empapado.

Charlotte no participaba en las conversaciones de los invitados, bastante tenía ya con vigilar de cerca a Simba, que no se había mostrado en absoluto dispuesto a quedarse solo en casa.

Ahora estaba sentado a su lado, con las orejas plegadas hacia atrás para protegerse de la fuerte música, y, a pesar de que se comportaba de forma apacible, la presencia de un perro, y de semejante tamaño, les resultaba chocante a los demás invitados del gobernador.

Sobre todo porque ese día, con ocasión del cumpleaños de la emperatriz Augusta Victoria, todos iban vestidos con sus mejores galas: los caballeros con traje blanco o uniforme, y las damas con vestidos de colores claros con adornos de encaje.

Algunas llevaban incluso las blusas vaporosas que tan populares se habían hecho en Europa, conjuntadas con faldas largas y estrechas, aunque ninguna de las damas se atrevía a presentarse en público sin corsé.

Charlotte, que renunciaba con gusto a esa molesta prenda, también se lo había puesto ese día.

—Tendrás que atarlo fuera cuando entremos en la sala de recepción —comentó George, y añadió en voz baja—: Al menos tendremos un pretexto para marcharnos antes de tiempo.

—¡Chist! —siseó Charlotte, aunque de todos modos nadie los habría oído con el estruendo de la banda.

Cuando terminó el desfile, las tropas empapadas en sudor se cuadraron frente al gobernador mientras la banda militar tocaba Heil dir im Siegerkranz, Retter des Vaterlands .

El gobernador Von Rechenberg dio las gracias a las tropas con un breve discurso en suajili, y luego el teniente coronel Von Schleinitz, el comandante de las tropas alemanas, también dirigió unas palabras a sus askaris; Charlotte constató que la alocución de Von Rechenberg había sonado menos «enérgica» que la del militar, pero por el contrario la había pronunciado en un excelente suajili.

El aspecto del gobernador también era completamente opuesto al de un oficial: su rostro y su figura eran más bien rechonchos, y el formidable bigote oscuro, más que engalanarlo, lo afeaba.

Sin embargo, era un político hábil y un buen conocedor de África, ya que años atrás había sido juez de la región de África Oriental y luego había ocupado el cargo de cónsul en Zanzíbar.

Durante una visita oficial a la clínica para nativos, Von Rechenberg había conocido al doctor George Johanssen y se había revelado como un lector entusiasta de sus libros y artículos.

George había conversado un rato con él y luego le había contado a Charlotte en tono de elogio que el gobernador no solo hablaba fluidamente el suajili, sino también el árabe y el guyaratí, la lengua de numerosos indios.

Gracias a esa conversación de media hora, ambos habían sido invitados a la recepción de ese día en el palacio de la Gobernación.

La tropa de askaris se disolvió. Después se festejaría el cumpleaños de la gran emperatriz Augusta Victoria con competiciones de todas las disciplinas imaginables, además de una asignación adicional de aguardiente y alimentos.

Las celebraciones de los cumpleaños del matrimonio regente, el 27 de enero y el 22 de agosto, se extendían por toda la colonia, fomentadas por los alemanes y aceptadas gustosamente por los negros.

Se invitó a los huéspedes a pasar al salón de fiestas de la planta baja, donde los sirvientes ofrecían bebidas alcohólicas y pequeñas exquisiteces en bandejas de plata.

A Charlotte la fiesta no le atraía especialmente, porque ya desde lejos veía que los asientos de las mesitas estaban reservados a las damas y los altos cargos, mientras que el resto debía conformarse con quedarse de pie.

—Ya estoy deseando salir de aquí —le susurró Charlotte a su esposo—. Quiero volver pronto a casa. Espero que Elisabeth no esté haciendo tonterías, hoy no tiene clase y seguro que se aburre.

—Pero tiene a sus amigas.

—Precisamente por eso. Se marchará a algún lado y no sabré dónde se ha metido…

—Venga, amor mío —insistió George empujándola hacia la sala—. Comamos algo, que nos van a dejar sin los mejores bocados. He visto caviar sobre huevos cocidos…

Dentro ya se estaban pronunciando los primeros discursos.

George cogió dos copas de una bandeja y le tendió una a Charlotte.

Era zumo fresco de piña mezclado con alguna fuerte bebida alcohólica, pero estaba delicioso.

Notó que George la rodeaba con el brazo de forma desenfadada y, como estaban muy atrás, con los comerciantes indios, se apoyó disimuladamente en él.

Escucharon las pomposas palabras de un funcionario colonial, que calificó a la emperatriz de protectora de las colonias alemanas y al mismo tiempo elogió los grandes logros de la administración en el África Oriental.

—¿Lo has visto? —le susurró George al oído—. Ese tal Willy de Roy se ha mezclado entre los invitados. Ahí a la derecha, con papel y lápiz, aguzando el oído.

El hombre al que George señalaba con la barbilla le pareció anodino a Charlotte, en la calle seguramente no le habría llamado la atención.

Así que aquel era el temido editor del Deutsch-Ostafrikanische Zeitung , que tachaba al gobernador de «amigo de los negros», llamaba a los africanos «simples bestias de trabajo» y libraba una lucha enconada contra las aspiraciones de Von Rechenberg de promover la agricultura entre los nativos.

Willy de Roy tenía de su parte a los colonos alemanes y se esmeraba en azuzar el odio de estos hacia el gobernador, que no contaba con muchos medios para defenderse de la pluma maliciosa del periodista.

Vació la copa y sintió que el alcohol se le subía a la cabeza.

¡Qué mezcla tan curiosa de gente se había reunido en aquella sala tan austera!

Sí, austera era la palabra correcta para describirla: únicamente unos cuantos cuadros de paisajes alemanes y personajes históricos daban un poco de color a las paredes encaladas, encabezados por el retrato del matrimonio imperial, que ese día estaba decorado con laurel.

Los europeos no contribuían precisamente a la vistosidad con sus ropas, iban todos vestidos de blanco casi sin excepción, mientras que entre los indios y los escasos árabes predominaban los colores llamativos y las sedas brillantes.

No había africanos entre los invitados; los únicos negros eran los sirvientes, que llevaban largas túnicas blancas y gorros, e iban de aquí para allá por entre los huéspedes con sus bandejas.

Por suerte llegó el último discurso, pronunciado por el gobernador Von Rechenberg, y fue el único que también estuvo dirigido a los vendedores indios. Les dio las gracias por su numerosa comparecencia e hizo mención a una posible sociedad indio-europea de comerciantes.

«Como si les hiciera falta», pensó Charlotte. Pensó en Kamal Singh, que se había hecho inmensamente rico a pesar de la persecución de la burocracia colonial alemana.

El acto finalizó oficialmente con un triple «hurra» por el matrimonio imperial, luego alguien entonó el Heil dir im Siegerkranz , y parte de los presentes lo acompañaron en la medida de lo posible, mientras el resto guardaban un respetuoso si­lencio.

—Lo que quiere conseguir quizá sea lo mejor, dadas las circunstancias —comentó George dándole una segunda copa—. Pero me temo que seguirá siendo una ilusión. Una sociedad en la que africanos, indios, árabes y alemanes convivan en igualdad de condiciones, ¿te imaginas?

Charlotte bebió sedienta, esta vez era zumo de mango, que sabía un poco amargo y tenía un fuerte gusto a alcohol.

—¿Por qué no iba a ser posible?

—Porque no es lo que quiere realmente ninguna de las partes. Los alemanes los que menos.

Ya había empezado a consumirse cerveza con fruición, algunas damas también la preferían al té que se les ofrecía.

Eran en su mayoría esposas e hijas de los funcionarios coloniales o de los oficiales, solo había algunas inglesas y francesas que habían acudido acompañadas de comerciantes instalados en la ciudad.

Ni los indios ni los árabes se habían llevado a sus mujeres.

—En realidad ya podríamos irnos, ¿verdad? —susurró Charlotte.

De hecho, algunos invitados ya se dirigían hacia la salida, sobre todo los vendedores que querían ir a atender sus negocios.

—Un momentito más, cariño. Me gustaría que el gobernador conociera a mi encantadora esposa…

—Tu encantadora esposa está bastante achispada…

—¡Mejor aún!