Capítulo 9 #3
Charlotte no pudo evitar pensar en que la abuela ya no viviría mucho, y esa idea le dolió.
Seguro que su primo Paul ya estaba soñando con la herencia y haría cualquier cosa por apartar a su hermana de su camino.
Pero Ettje no era tonta y su marido, Peter Hansen, aún menos.
Una gran familia era un refugio y al mismo tiempo una trampa, Charlotte lo había vivido en sus propias carnes al regresar a Alemania.
Por más que lamentara no poder ver a Ettje ni a la abuela, se alegraba mucho de estar en África de nuevo.
Se topó con dos cartas dirigidas a George: una provenía de Egipto y la otra de Berlín.
Entonces frunció el ceño, conocía bien esa caligrafía: Kamal Singh le había escrito en varias ocasiones desde que vivían en Dar es-Salam; era un misterio cómo había averiguado su paradero.
Como al principio preguntaba por Schammi, le había respondido, y así se había iniciado una correspondencia que ella solo continuaba por educación.
Las cartas de Kamal Singh llegaban con puntual regularidad, siempre eran cordiales, pero realmente extrañas en algunos aspectos.
—Se está haciendo mayor y se cuestiona su legado —había opinado George encogiéndose de hombros.
No le tenía especial aprecio al indio, a pesar de que Kamal Singh nunca le había causado problemas a él directamente.
Charlotte había manifestado la remota sospecha de que Kamal Singh supiera que George estaba ingresado en la clínica para nativos y no la hubiera hecho ir a Dar es-Salam solo por Schammi, sino también para que se reuniera con su esposo.
A George le había parecido una suposición de lo más divertida y la había tachado de sofista.
Estaba de acuerdo en que no era fácil adivinar las intenciones de Kamal Singh, pero no lo creía capaz de semejante artimaña.
En una ocasión, el indio le había preguntado si quería hacerse cargo de uno de sus negocios en Dar es-Salam, porque sabía que era la persona adecuada para ello.
La oferta la había hecho pensar durante días, en especial porque, contra todo pronóstico, George la animaba a aceptarla, pero finalmente había rehusado.
Le resultaba incómodo que hiciera constantes referencias a su antigua amistad y la invitara una y otra vez a visitarlo en Tanga.
Tenía una sensación desagradable al recordar la mirada hostil de aquel joven con el que se había cruzado en casa de Kamal Singh.
Seguía pensando que se trataba de uno de sus hijos o yernos, ya que era perfectamente posible que su familia desconfiara de la perseverante amistad que lo unía a Charlotte Johanssen.
Abrió el sobre con un suspiro y desplegó la carta, que, como siempre, estaba escrita en papel de muy buena calidad con la flor de loto estampada en la parte superior.
Mi querida amiga:
Es extraño el ciclo de todo lo que está vivo, ya que no lo determinamos nosotros, sino Dios, único e iluminado.
Nos devuelve a los pecadores a un estado de imperfección, sin recuerdo del pasado, sin esperanza para el futuro, hasta que un lejano día nos elevemos por encima de todos nuestros errores y pasiones y hallemos la salvación.
Pero no quiero aburrirla con los lamentos de un anciano.
Me alegro de que haya descubierto una nueva pasión, la fotografía, y entiendo que ocupa sus días con la música, el amor y el cuidado de su hija.
Es una lástima que no haya encontrado el momento de visitarme en Tanga, porque ya es demasiado tarde.
Cuando lea esta carta ya no estaré en África.
El mar que tantas veces he contemplado por la ventana me lleva hacia el este, hasta ese lugar al que me unen los recuerdos.
Cuarenta años de duro trabajo no han logrado borrar esa memoria, pero ahora podré tocarla con las manos para que se disipe como una figura de polvo que se lleva el viento.
Hasta siempre, Charlotte. Que nuestras vidas se cruzaran ha sido durante mucho tiempo el mayor misterio al que me ha enfrentado Dios. Ahora también soltaré ese amarre para proteger mi alma del amor y el odio, libre de toda atadura. Sin embargo, mis buenos deseos seguirán acompañándola.
Su amigo,
K AMAL S INGH
Charlotte leyó el último párrafo dos veces, pero siguió sin entenderlo. La carta entera era bastante enigmática. Lo único claro era que Kamal Singh se había marchado a la India, a su lugar de origen, ¿qué tenía eso de extraño?
La puerta del cuarto oscuro se abrió y oyó que George reprendía en voz baja a Simba por haberse tumbado tan cerca de la entrada ya que había estado a punto de pisarlo.
—Ya puedes ver las fotos, amor mío —dijo en tono alegre—. ¿Qué te pasa? ¿Malas noticias?
—Léelas tú mismo, ¡a ver si lo entiendes!
Hojeó la carta rápido y sin gafas, porque se le hacía tarde y todavía tenía que cambiarse para ir a la clínica. Él también quedó desconcertado con la última parte, entornó los ojos y negó con la cabeza.
—Suena a que tiene que poner en orden viejos asuntos.
—Pero ¿por qué le parece un misterio que nuestras vidas se cruzaran? ¿Qué tengo yo que ver en todo eso?
George se encogió de hombros y la besó. Luego le guiñó un ojo y le dijo en broma:
—¿Quién sabe? Tengo la impresión de que siente una gran debilidad por ti, mi enigmática princesa india.