Capítulo 9 #2
En el patio interior la recibió Jim, el boy , con la túnica al viento y una mueca compungida en su redondeado rostro infantil.
— Bibi no se enfada, por favor. Jim quería acompañar a bibi , como le dijo ayer bwana Johanssen. Pero estaba en la cocina para limpiar platos y no ha visto a bibi marcharse…
Charlotte esbozó una sonrisita y le explicó al preocupado muchacho que se había ido sola a propósito, porque no necesitaba un boy cuando salía a fotografiar. El chico se calmó un poco, pero le pidió que le dijera a bwana Johanssen que no se había quedado en casa por pereza.
Desde el accidente, George estaba excesivamente preocupado y no le gustaba que se paseara sola por la ciudad, sobre todo ese día porque Charlotte le había ordenado a Simba que se quedase en casa.
El perro había obedecido a regañadientes, y solo porque eso le permitía estar cerca de George.
Aparte de Charlotte, George era por ahora la única persona que se había ganado la confianza del perro.
George había cuidado de Simba desde el principio, le había cogido mucho cariño y suspiraba con gran tristeza porque siempre ocuparía un rol secundario en la vida del animal, aunque lo dijera guiñando el ojo con picardía.
—Habría dado la vida por ti, Charlotte —le había repetido en numerosas ocasiones—. Si no hubiéramos estado por allí cerca y no hubiéramos oído sus ladridos, quién sabe si habría podido con el leopardo. El disparo ahuyentó a la fiera…
Se encontró con su marido en bata cómodamente sentado en una butaca y con una pila de correo en el regazo. George contempló con una sonrisa burlona su ropa llena de polvo, la cámara que llevaba colgada al cuello con una correa y su rostro triunfal.
—¿Otra vez has salido de caza? ¿Qué botín traes esta vez?
Charlotte tuvo que defenderse del perro, que corrió hacia ella meneando la cola y frotó la cabeza contra sus muslos.
—Dos comerciantes indios, un anciano con un bebé, dos askaris y una vendedora de tortas —enumeró mientras le rascaba a Simba entre las orejas—. Además de varias palmeras ante el mar azul y el vapor correo imperial Kaiser.
George la escudriñó con sus ojos grises e impenetrables, aunque también tiernos.
—Una buena cosecha —bromeó, y dejó a un lado las cartas y los periódicos—. Aunque me temo que el azul del mar volverá a decepcionarte.
—¡Pero la silueta de las palmeras es magnífica!
Él rio y se levantó, le quitó la cámara del cuello y la llevó al cuarto oscuro para sacar las placas. Si se daban prisa, podrían revelar una o dos imágenes antes de que se marchara a trabajar a la clínica.
La fotografía era una afición que los había unido aún más.
Se habían mudado a esa casa ya en abril, habían hecho traer sus muebles de Tanga, habían comprado más enseres y habían creado un hogar confortable.
Elisabeth asistía a una escuela pública para niños blancos, George volvía a trabajar en la clínica para nativos y Charlotte ocupaba su tiempo con actividades completamente nuevas, incitada por George.
No era solo la fotografía: también la había animado a escribir artículos breves, la elogiaba sin cesar y se encargaba de que algunos de sus textos se publicaran.
Por las noches tocaban el piano a cuatro manos y, a pesar de que a Charlotte se le daba mejor, George aportaba interpretaciones poco convencionales que su mujer unas veces recibía con titubeos y otras, con entusiasmo.
Nunca habían estado tan unidos como en esos días felices.
Debatían acaloradamente sobre las imágenes y los textos, discutían entre risas por un punto o una coma, y al final cedían ambos aunque manteniendo su postura.
Su amor, que durante tanto tiempo solo había sido una pasión tácita entre ambos, comenzó por fin a revelarse también en la convivencia, y Charlotte a menudo tenía la impresión de estar empezando a conocer de verdad a su marido.
Era un proceso emocionante, una aventura que había emprendido con temor y esperanza, y que ahora le brindaba felices detalles a diario.
No había estado equivocada todos esos años: George estaba hecho para ella.
Sus ideas y conversaciones la fascinaban todos los días, le proporcionaba calidez y apoyo, y era un padre cariñoso con Elisabeth.
Las noches a su lado también eran maravillosas y se abandonaba a sus caricias con curiosidad y entrega.
Su felicidad solo quedaba empañada por una gota de amargura: no se quedaba embarazada.
Era posible que se debiera al aborto, pero ella se negaba a aceptarlo.
Antes de aquello tampoco se quedaba encinta con facilidad, lo que en parte era una bendición, pero también una condena.
Su mayor deseo era traer al mundo un hijo sano de George.
Ya tenía treinta y ocho años, no le quedaba mucho tiempo.
—¡La foto del callejón! —exclamó en dirección al cuarto oscuro, al que ya había entrado George—. Y luego la de los askaris, quiero saber si ha salido movida otra vez.
—¡Sus deseos son órdenes para mí!
Por desgracia no había aprovechado el momento de meterse con él en el cuarto, y ahora tendría que esperar, porque la puerta no podía abrirse bajo ninguna circunstancia durante el revelado.
Se dejó caer sobre una butaca con un pequeño suspiro y cogió un puñado de folios manuscritos que sin embargo no eran textos nuevos, sino que resultaron ser copias en limpio de artículos ya corregidos.
Eran observaciones que George había anotado durante la expedición con el duque de Mecklemburgo y que sobre todo giraban en torno a los sucesos en el Congo, unas escenas tan crueles que Charlotte se estremeció con solo leerlas.
Los alemanes tampoco habían tratado siempre bien a los nativos de África, pero desde la rebelión maji-maji se intentaba reconducir el rumbo.
En el Congo, en cambio, los mercenarios aún ponían en práctica métodos atroces, medievales, para forzar a las personas a trabajar sin cobrar.
Todos aquellos que no quisieran recoger caucho o cazar elefantes para el amo blanco eran asesinados; se habían exterminado así pueblos enteros, y para demostrar sus hazañas los mercenarios exhibían las manos cortadas de los muertos.
Evidentemente, al duque de Mecklemburgo y a sus acompañantes no se les habían mencionado dichas prácticas, pero los responsables se jactaban de obtener una producción mensual de entre ochocientos y novecientos kilos de caucho, que ahora se vendía muy fácilmente para la fabricación de automóviles.
Por no hablar de las cantidades ingentes de marfil, porque la región tenía elefantes de sobra.
Dejó caer las hojas; volver a leerlas era tan innecesario como angustiante.
Había llegado a preguntarse si esas experiencias no habrían contribuido a los accesos de fiebre de su marido, aunque sabía que el doctor George Johanssen se habría reído de esa posibilidad.
Desde su punto de vista, el esfuerzo físico, las privaciones y también una alimentación insuficiente era lo que provocaba la fiebre.
Los sentimientos como la tristeza, la desesperación o el horror no tenían nada que ver, solo a una mujer podía ocurrírsele algo así.
—¡La foto del callejón es magnífica, cariño mío! —anunció George en tono triunfal—. ¡Dios mío, eres toda una artista!
—¡No te burles de mí! —respondió dubitativa, pero ahora lamentó aún más no haber entrado en el cuarto oscuro.
—Lo digo en serio, Charlotte. Tienes buen ojo para las escenas adecuadas. Es un auténtico placer revelar estas fotografías.
—¡Pues quiero estar presente cuando reveles el resto!
—Claro. Lo haremos esta noche tranquilamente, porque ahora tengo que irme.
Charlotte cogió las cartas y los diarios que habían llegado con el correo y los hojeó.
La verdad es que entendía a George. Estaba en contacto con muchísima gente, enviaba artículos y manuscritos constantemente, y recibía noticias del mundo entero.
En la plantación de Usambara, el correo con suerte llegaba cada dos semanas, pero aquí en la capital se repartía a diario.
¿Habrían publicado algún artículo suyo? Seguramente sí porque había dos periódicos ingleses a los que no estaban suscritos, el Guardian y el Observer , además del Berliner Morgenpost .
Se alegró, pero no los abrió todavía para poder leerlos con George y comprobar sobre todo si habían impreso el texto original o lo habían acortado, cosa que le molestaba mucho.
Le cayó en las manos una carta de Leer. ¡Qué alegría recibir por fin noticias de su antiguo hogar!
Ojalá ninguna fuera mala. Abrió el sobre y leyó las palabras de Ettje en diagonal.
Bueno, no parecían ser tan horribles. El marido de Ettje y antiguo vecino suyo en Leer, Peter Hansen, que con tanta insistencia había cortejado a Charlotte cuando eran jóvenes, había estado enfermo de nuevo.
Tenía los pulmones débiles, tosía a menudo y le faltaba el aliento.
Pero el verano lo había ayudado a recuperarse.
Su hijo mayor, Henrich, había entrado de aprendiz en una carpintería, pero le resultaba duro y soñaba con una vida mejor en América.
El segundo, al que habían llamado como su padre, había terminado la escuela y quería echarse a la mar; Jonny, el más joven, tenía catorce años y era el mejor de su clase.
Sus profesores decían que era una lástima, porque habría podido ir a la escuela secundaria, pero no tenían dinero suficiente para permitírselo.
La abuela pasaba mucho tiempo descansando en el jardín, a pleno sol con el vestido negro, pero le sentaba bien porque su reuma había mejorado mucho.
Ettje no contaba gran cosa sobre Paul, Antje y los dos niños, solo mencionaba de pasada que estaban sanos. ¿Se habrían peleado?