La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Dar es-Salam era una belleza deslumbrante y pintoresca que descansaba sobre la arena blanca de la costa.

Era el escenario de elegantes desfiles de edificios coloniales blancos; un hervidero de personas entre los coloridos puestos del mercado; una delicada fantasía de palmeras y acacias envueltas en la niebla matutina.

Charlotte nunca había contemplado la ciudad de forma tan intensa como ahora que recorría sus calles con fervor en busca de los motivos adecuados.

Enfiló el mercado africano situado detrás de la calle de los indios, donde quería intentar fotografiar a una de las vendedoras junto con sus frutas apiladas, pero se detuvo en un pasadizo estrecho entre dos edificios y miró por el objetivo de su cámara de mano Drexler por la mañana había llovido, algo muy poco habitual en la estación seca, así que el polvo aún no sería un impedimento.

Accionó la palanquita para cambiar la placa de vidrio.

Ahora le quedaban nueve; era importante manejar ese tesoro con mucho cuidado.

Se había reído de George cuando este le regaló la cámara.

—¿Qué voy a hacer yo con esto? —le preguntó fingiendo fastidio.

—Fotografías. Ya verás lo mucho que disfrutas.

—¿Fotografías? ¿Yo?

George había pedido los accesorios a Alemania, y también montó un cuarto oscuro para revelar él mismo las placas.

A la luz de un farol de tela, Charlotte se sentaba a su lado y clavaba la mirada en la cubeta con líquido revelador en el que flotaba la cartulina.

Despacio, como por arte de magia, se iban dibujando en ella las siluetas de la imagen, al principio débiles y luego cada vez más nítidas, hasta que por fin se veía la fotografía completa.

George la sacaba con unas pinzas y la metía en otro líquido para que se fijara.

Después ya solo tenía que secarse y se podía coger con la mano, enseñarse, poner en un álbum o enmarcar.

Desde hacía unos días tenían incluso hasta una copiadora, con la que podían reproducir la imagen tantas veces como quisieran.

Podía enviar las fotos a Klara o a Ettje y aun así conservar la original.

Al principio se había quedado algo decepcionada.

No solo porque muchas de las imágenes estuvieran borrosas, sino porque nunca mostraban lo que tanto la había fascinado del paisaje o la situación.

Necesitó un tiempo para comprender que tenía que mirar con el ojo del objetivo, que no captaba colores, ni movimientos ni aromas.

En cambio, sí que plasmaba contornos muy nítidos, reproducía luces y sombras y permitía jugar con los grises.

A menudo, las fotografías le mostraban detalles que no había reconocido a simple vista, lo que hacía reír a George, que era un dibujante entusiasta.

—Si te hubieras sentado a bosquejar este edificio, habrías descubierto todas esas cosas. El aparato te quita ese trabajo.

—¿Tú viste todo esto cuando lo teníamos delante?

—Bueno, no todo. Pero tampoco tenía papel y lápiz…

Sin embargo, lo que más la impresionaba y conmovía eran los retratos.

La mayoría eran imágenes de nativos que conocía por casualidad y a los que les pedía que se dejaran fotografiar.

Luego, cuando contemplaba las imágenes, le parecía que revelaban muchísimo sobre aquellos desconocidos, incluso aquello que ocultaban al mundo; el ojo vítreo del objetivo captaba sus preocupaciones, su pasión, su desesperación y sus esperanzas con una precisión despiadada.

Cruzó la calle de los indios, dudó un instante sobre si fotografiar el tallercito de un calderero, pero enseguida se vio rodeada por un grupo de europeos, también equipados con cámaras, que se dispusieron a hacer lo mismo.

Eran casi todos alemanes, pero también oyó algunas frases en francés e inglés entre el barullo de voces y, como no tenía ganas de mezclarse con los viajeros, se marchó rápidamente de allí.

Sin duda irían de safari, al menos los caballeros, porque prácticamente ningún europeo adinerado que pudiera permitirse un viaje a África se privaba de ello.

Había que llevarse al menos un león, quizá también un rinoceronte y unos cuantos antílopes, y la guinda del pastel era el elefante, aunque hubiera que pagar cara la licencia de caza.

Cuando ya se había alejado lo suficiente, se volvió de nuevo, no para observar a los señores vestidos de blanco con flamantes cascos coloniales, sino porque allí cerca había estado su antigua tienda con la vivienda en el piso superior.

Recordó aquel día, doce años atrás, en que había llegado allí con su primer esposo, Christian Ohlsen, y su prima pequeña y había hecho frente a las adversidades para sacar adelante un negocio boyante con grandes dosis de perseverancia y habilidad, además de con el apoyo del sospechoso indio Kamal Singh.

Eso fue hasta que acusaron a Kamal Singh de fraude aduanero.

Ay, su tienda… La administración colonial alemana había confiscado el edificio y luego lo había derribado.

Qué pena no haber tenido entonces una cámara, así ahora contaría al menos con una fotografía de recuerdo.

Su mirada vagó por entre el grupo de viajeros europeos y de pronto un joven le llamó la atención.

Un muchacho delgado y nervudo con una media melena cobriza, que le asomaba por debajo del casco y relucía a la luz del sol.

Cuando quiso examinar su rostro con más detalle, él se volvió con brusquedad y se caló el casco.

¿Habría visto que lo observaban y se habría sentido incómodo?

¿O simplemente se había vuelto hacia alguien que conocía?

Fuera como fuese, no le entusiasmaba especialmente volver a ver a Jeremy Brooks.

Quizá porque le hacía sentir remordimientos.

En cualquier caso, ya podía estar tranquila porque el joven inglés no se había abandonado por completo al alcohol.

Al contrario: parecía haber resurgido de sus cenizas y se codeaba con los ricachones que viajaban a África para exhibir su estupidez y su arrogancia.

De pronto apareció ante ella una escena maravillosa que le hizo olvidar a Jeremy Brooks: dos askaris se detuvieron junto a una vendedora de tortas africana y negociaron gesticulando el precio de las empanadas de pollo.

Esperaba que la imagen no estuviera movida, había usado expresamente el obturador de cortina, que por lo visto proporcionaba las mejores instantáneas.

Después fotografió a dos comerciantes indios ante sus frutas apiladas, un grupo de niños negros que jugaban con canicas y palillos entre los edificios y, por último, no se resistió a plasmar el rickshaw tirado por un joven africano con el que un misionero católico recorría el mercado.

Usó las dos últimas placas en el puerto —uno de sus lugares favoritos cuando buscaba motivos—, a pesar de no poder capturar los olores ni el ruido, ni mucho menos el tono verde azulado del agua.

Pero le encantaba el bullicio que se formaba cuando un gran vapor correo imperial u otra embarcación atracaban y los nativos empuñaban los remos de sus botes para llevar a tierra a los pasajeros y su equipaje.

Por desgracia, las pintorescas palmeras y los edificios de la misión del cabo Immanuel la habían decepcionado, porque, como en tantas otras ocasiones, el encanto exótico del lugar desaparecía en las fotografías en blanco, negro y gris.

Las imágenes de la ciudad desde el puerto también resultaban bastante insulsas: casas, matorrales, las torres de las iglesias evangélica y católica, y los delgados minaretes con el edificio blanco de las aduanas en primer plano.

No transmitían ni un ápice de la fascinación que ejercía sobre ella esa ciudad.

Cuando se oyó el cañonazo sordo que anunciaba el mediodía, ya había gastado todas las placas, de manera que emprendió el camino de regreso, que la condujo rumbo al este por la playa.

Luego buscó una zona apropiada para escalar la escarpa, y pocos pasos después se encontró frente a la propiedad vallada que habían alquilado George y ella unos meses atrás.

La casa estaba construida en estilo árabe.

Era de exterior sobrio y no desplegaba toda su belleza hasta que no se accedía al interior de sus muros por el portón y se entraba en el patio.

Allí se había creado un jardín en torno a un estanque cuadrado, los naranjos y limoneros florecían en grandes macetas, una morera daba sombra a los arriates en los que crecían plantas vivaces de intenso color rojo e iris blancas.

La entrada a la vivienda estaba protegida por un porche, por cuyas columnas trepaba una planta de delicadas hojitas verdes claras que había que recortar constantemente.

Sus flores blancas despedían un aroma dulce y se convertían en bayas rojas.

También eran preciosos los marcos tallados de las ventanas, en cuyos intrincados dibujos se plasmaban las plantas del jardín y que a Charlotte le recordaban a las historias de Las mil y una noches .

A veces se acordaba de los escenarios que construían los feriantes de Gallimarkt en Leer, que entonces le habían parecido maravillosamente orientales; ahora era consciente de lo horribles que eran aquellos biombos recargados de colores chillones.