Capítulo 8 #4
Hizo un esfuerzo por comprender lo que había pasado.
Algo había caído de la montaña al sendero, algo pesado, como una rama grande o una roca, seguramente un desprendimiento.
La mula se había asustado tanto que se había encabritado y la había tirado de la silla.
¡La mula! ¿Dónde se habría metido? ¿Estaría la pobre criatura al fondo del valle con las patas destrozadas?
¿O habría regresado a la plantación con la silla vacía?
Fuera como fuese, la buscarían. Algunos de los negros eran expertos en seguir rastros, y a George también se le daba bien. George…
Al pensar en su marido se le saltaron las lágrimas. Con cuidado, intentó zafarse del abrazo de las ramas, pero en cuanto levantó un poco la cabeza todo le empezó a girar y las náuseas volvieron con fuerza.
Conmoción cerebral. Debía de haberse golpeado la cabeza contra la roca.
Levantó despacio el brazo y se palpó el cráneo; efectivamente, tenía hinchada la parte posterior.
Notó algo húmedo y pegajoso en los dedos: sangre.
También tenía el brazo lleno de rasguños abiertos.
Intentó mover las piernas con cautela. Todo parecía estar bien, solo le dolía el tobillo izquierdo cuando giraba el pie.
¿Se le habría quedado enganchado al estribo al caer?
Agotada, percibió que el retumbar de la cabeza empezaba a mezclarse con los sonidos del bosque tropical.
Las aves nocturnas chillaban con una voz extrañamente parecida a la humana, una criatura pequeña se deslizó siseando y a toda velocidad por el tronco, y luego la asustó un berrido, el grito de un antílope en peligro.
De repente cayó en la cuenta de que tenía heridas abiertas.
¿Y si un leopardo olía la sangre y la consideraba una presa fácil?
Simba permanecía paciente a su lado, sin apartar la mirada de ella.
De vez en cuando se acercaba un poco y le daba con la nariz como rogándole que se marcharan de allí de una vez.
Como no reaccionaba, volvía a apoyar la cabeza sobre las patas y resoplaba preocupado.
No, Simba no regresaría a la plantación en busca de ayuda, se quedaría con ella y la vigilaría. Se alegraba de ello.
Había luna llena y muchas estrellas, así que veía muy bien lo que la rodeaba.
¡Si no fuera por esos horribles vértigos!
Quizá pudiera arrastrarse hasta la carretera, aunque el pie le dolía y no estaba segura de poder subir la empinada pendiente hasta el sendero.
«Tengo que ser paciente, esperar a que se me asiente la cabeza —pensó—, pero eso puede llevar varias horas.
Me quedaré aquí y descansaré. Reuniré fuerzas hasta que amanezca».
Levantó la cabeza para buscar con la mirada el camino, que se encontraba bastante más arriba.
De pronto volvió el mareo, más fuerte que antes, pero quizá se debiera a que la ladera se le antojaba escarpadísima y muy lisa.
Aunque gateara a cuatro patas, no sería fácil.
Impotente, se quedó tumbada donde estaba e hizo un esfuerzo por adoptar al menos una postura más cómoda.
Ahora sí sentía dolores por todo el cuerpo, y le ardía la piel.
Le dolía la cadera, también el tobillo y el brazo izquierdo, y el chichón de la cabeza le palpitaba con insistencia.
Para distraerse, pensó en que a las seis como muy tarde, a la hora de la cena, habrían salido en su busca.
Seguro que Klara había preguntado a los empleados por ella, y George habría cabalgado por la carretera con varios de ellos, equipados con faroles y antorchas.
¿Habrían encontrado el rastro que conducía hacia la vaguada?
Simba gruñó en señal de alerta y erizó el pelo de la nuca amenazador.
Un miedo gélido se apoderó de Charlotte.
Había algo cerca, un peligro silencioso que el perro percibía gracias a sus agudos sentidos.
Un leopardo podría subirse sin esfuerzo al tronco caído, y sus garras cumplían perfectamente su función incluso sobre la roca.
Simba se levantó, sus gruñidos eran cada vez más graves.
Charlotte vio que le brillaban los ojos y había levantado los belfos de manera que se le veían los dientes.
¿Había sido eso un crujido, como de rama rota?
¿Algo se movía por el tronco hacia ella?
Charlotte cogió aire con fuerza y ahora ella también lo percibió: el olor penetrante de un gran felino.
El perro saltó por encima de ella con un gruñido amenazador; los sonidos que le salían del pecho, lóbregos y salvajes, ya no tenían nada que ver con la criatura que tan bien conocía.
Se acurrucó temblorosa. Ya no sentía dolor, tampoco vértigo, estaba dominada por el miedo a que la fiera la matara a ella o a su perro.
Presa del pánico, intentó atrapar las patas traseras de Simba para retenerlo, cuando de pronto oyó algo que sonó como un disparo.
¿Había oído bien? Simba ladró, su contrincante parecía retirarse, y el perro parecía querer seguirlo.
—¡Simba! ¡No! ¡Quédate aquí! —gritó Charlotte con sus últimas fuerzas.
Un segundo estallido se entremezcló con los ladridos rabiosos del perro, y esta vez estuvo segura de que había sido un disparo. Simba no se calmaba, al contrario: el ruido pareció enfurecerlo aún más.
—¡Simba! —se oyó a lo lejos—. ¡Charlotte!
Arriba, en el sendero, aparecieron luces.
—¡Estamos aquí abajo! —exclamó incrédula—. Cuidado, ha habido un desprendimiento…
No consiguió decir más. Sintió un escalofrío tan fuerte que le castañetearon los dientes.
Jonas Sabuni descendió hasta donde estaba y estuvo a punto de ser atacado por el nervioso perro.
Iba asegurado con una cuerda a la cintura, y Charlotte se aferró a su espalda mientras volvía a escalar la ladera.
Una vez arriba, la abandonaron las pocas fuerzas que le quedaban y cayó desmayada de la espalda de Jonas Sabuni a los brazos de George.
No supo cómo había llegado a su cama. Solo recordaba que George la había examinado en silencio, le había vendado las heridas, y le había dado agua y un remedio contra el dolor de cabeza.
La tapó y permaneció sentado en el borde de la cama, la miró fijamente con desesperación en los ojos, y luego se tumbó a su lado con la cabeza girada hacia ella.
—Es culpa mía —susurró con voz ronca.
—No, George —replicó—. Yo ya sabía que no podrías acostumbrarte a vivir en una plantación.
—No soy el hombre que te mereces, Charlotte. Lo que más deseo en este mundo es estar a tu altura. Pero no lo consigo…
—¡Basta!
Permanecieron un rato en silencio, luego ella alargó la mano hacia él, que se la tomó con cuidado porque tenía una herida en el dorso y le acarició los dedos.
—No necesito una plantación, George.
—Ni yo las expediciones, Charlotte.
—¿Nunca más?
—¡Nunca más, maldita sea!