Capítulo 8 #3
Los gruñidos de Simba eran cada vez más amenazadores, y entonces ella también lo oyó.
Del bosque llegaban ruidos extraños. Parecían gruñidos de animales, Charlotte creyó distinguir un toro, luego el rugido de un leopardo, chillidos de aves, los gritos de un macaco…
¿Le habría subido la fiebre? Era imposible que esos ruidos fueran de animales, ¿cómo iba a llegar un toro a esas montañas?
Se estremeció al ver movimiento entre los árboles.
Una criatura extraña daba saltos por ahí atrás, un fauno de cuernos curvos, medio hombre medio toro, una quimera mágica de la selva.
La mula, asustada, se había hecho a un lado, y tuvo que refrenarla con fuerza para que no se desbocara.
Simba se había agachado contra la hierba y observaba la inquietante aparición con ojos brillantes.
¡Una máscara! ¿Cómo había podido dejarse intimidar así?
Era un nativo, seguramente un curandero, un hechicero shambaa que se había puesto una máscara de toro impresionante, hecha de cuero marrón y con enormes ojos pintados que ocultaban aberturas para ver.
Los cuernos que coronaban la máscara eran desproporcionados y se arqueaban uno contra el otro de tal manera que formaban un círculo en el centro.
Los gritos y aullidos eran cada vez más fuertes, pero se trataba claramente de voces humanas que imitaban sonidos de animales.
Ahora apareció un segundo nativo con una piel de leopardo a la espalda.
Se había pintado hábilmente la cara de negro y blanco y llevaba la cabeza del chui a modo de gorro sobre el cráneo rapado.
Aparecieron más negros, hombres vestidos únicamente con taparrabos y amuletos, y mujeres envueltas en telas rojas.
Casi todos se habían perforado los lóbulos de las orejas para insertar objetos redondos por el agujero, y muchos tenían la piel desgarrada, que les caía en jirones.
Los shambaas pasaron junto a Charlotte sin hacerle mucho caso, las pocas miradas que le dirigían no eran agradables ni desagradables, sino vacías.
¿Regresarían de un entierro, una de esas ceremonias secretas de las que le habían hablado los misioneros de Hohenfriedeberg con tanto desprecio?
Los shambaas creían que los espíritus de los árboles y los animales, incluso las rocas, podían adoptar forma humana.
También había personas que se transformaban en animales.
Sus hechiceros eran especialistas en esas artes, podían establecer contacto con espíritus del otro mundo para que se mostraran benevolentes con las almas de los muertos.
Para esos rituales utilizaban máscaras, o al menos eso le habían contado.
Se mantuvo inmóvil hasta que la inquietante procesión pasó de largo, solo de vez en cuando tenía que hacer callar los gruñidos del perro, porque le daba miedo que atacara a uno de los enmascarados.
La religión cristiana les resultaba completamente ajena a estos nativos, vivían en su propio universo de creencias, influidos por los curanderos, y Charlotte se sentía una intrusa indeseada.
Esa montaña formaba parte de su propiedad, la había comprado, pero ¿qué significaba eso en realidad?
El vínculo de los shambaas con aquel lugar era muchísimo más intenso: allí vivían los espíritus de sus muertos, allí hablaban con las almas de los árboles y de las rocas, allí recorrían los bosques con atuendo animal y se reunían para celebrar sus rituales mágicos en torno a las hogueras nocturnas.
Dudó de si seguir cabalgando. Quizá fuera mejor no continuar por ese sendero, porque seguramente conducía a uno de sus lugares de culto o uno de sus cementerios, pero al mismo tiempo sentía curiosidad por ver el aspecto que tenían.
No tocaría nada, no aplastaría ni una brizna de hierba, no movería de sitio ni una piedra; solamente contemplaría el lugar y luego proseguiría su camino.
Después quizá pudiera preguntarles a Johannes Kigobo o a Jonas Sabuni por el significado de lo que había visto; igual tenía suerte y los dos negros conversos le daban algo de información.
Por si acaso, esperó a que la procesión cruzara el valle y desapareciera en dirección a la cima de la colina para seguir avanzando.
Los nativos le habían prestado tan poca atención como a una piedra en la cuneta, incluso menos, ya que una piedra tenía alma, como ella bien sabía.
Sin embargo, no sabía si les gustaría que fuera en busca de su lugar de culto secreto.
La mula ascendió por el sendero de mala gana.
El sol, que caía hacia el oeste, deslumbraba a Charlotte, pero luego el follaje se cerró sobre ella.
Hacía un frescor agradable en el bosque, peo al cabo de un rato empezó a sentir frío y se alegró de que el camino emergiera de entre los árboles y la condujera a través de un resalto de roca iluminado por el sol.
Cuanto más subía, más impresionante era la vista de la hondonada; pronto avistó incluso algunos de los cafetales de su plantación, y luego la casa, tan pequeña que parecía de juguete.
En algunas zonas caía agua por la piedra: de momento eran regueros inofensivos, pero en la estación de lluvias se convertirían en impetuosas cascadas.
Se oía el canto de los pájaros, que ahora sí provenían de aves reales.
Los omnipresentes macacos también chillaban entre el ramaje, y en un momento dado vio justo encima de su cabeza una culebra arborícola, que parecía una liana verde, así que se agachó rápidamente para no sobresaltarla.
Si ese lugar de culto estaba escondido en algún punto del bosque, seguramente no estaría al borde del camino sino algo apartado, en una cavidad o una planicie rocosa.
Pero se vería un rastro, al fin y al cabo acababa de pasar mucha gente por allí, que quizá incluso llevara consigo un muerto…
Echó un vistazo a su perro, pero Simba la seguía sin mostrar mucho interés por el entorno.
De vez en cuando levantaba la pata o gruñía levemente, pero Charlotte le ordenaba silencio y el animal obedecía.
Pronto se dio cuenta de que tenía que ir pensando en regresar si no quería pasar la noche a la intemperie.
Observó indecisa el sendero que se extendía ante ella, que ahora parecía dirigirse a otra zona rocosa, porque se veían rayos de luz atravesar el follaje.
En realidad la cima no podía quedar muy lejos, pero era difícil de determinar porque el camino ascendía en curvas muy cerradas, aunque a ratos también serpenteaba cuesta abajo.
«De todos modos, seguramente será demasiado empinado para la mula», pensó resignada.
A pesar de ello la azuzó para llegar al menos a las rocas y echar un último vistazo al entorno.
La pared de piedra que se alzaba en ese momento a su izquierda estaba formada por varias capas superpuestas de esquisto que, ahora que el sol ya estaba en el oeste, solo centelleaban muy suavemente.
Admiró la roca gris y notó una leve vibración en el cuerpo.
¿Qué le estaba pasando? De pronto sintió la necesidad imperiosa de tocar la pared, como si así pudiera absorber parte de su poder mágico.
Dirigió a la mula hacia la rocalla que se había acumulado a los pies de la piedra y miró deslumbrada hacia la luz, porque le pareció distinguir la silueta de un toro en la escarpada pared.
¿O era un antílope? ¿Un ñu? Alargó la mano y palpó la piedra agrietada y aún caliente por el sol, deslizó los dedos por sus irregularidades e intentó seguir las líneas que acababa de ver.
De pronto oyó que Simba ladraba furioso y, al mismo tiempo, que la mula se estremecía.
Algo grande y oscuro apareció de pronto a su lado en el camino.
La mula se encabritó y ella cayó de la silla colina abajo.
Le zumbaban los oídos, como si la montaña entera se derrumbara sobre ella.
Se deslizó hacia las profundidades, sintió que rodaba sobre roca dura, que chocaba con aristas y, a pesar de que las ramas finas la frenaban momentáneamente, la caída hacia el abismo era imparable.
No sentía dolor, solo sabía que debía agarrarse a algo para no estrellarse contra las piedras del fondo, pero el cuerpo no la obedecía.
Finalmente chocó con un obstáculo enorme y se quedó tumbada.
Un granizo de piedrecitas que había levantado y arrastrado a su paso cayó sobre ella, pero apenas lo notó.
Le retumbaba la cabeza, estaba mareada y tenía náuseas.
A punto estuvo de perder el conocimiento y apenas se enteró cuando una lengua húmeda de perro le lamió la cara.
Oyó voces que gritaban, gruñían, susurraban; palabras que se solapaban, que ondeaban al viento como largas cintas, que se entrelazaban, se desgarraban y salían volando.
Tras lo que le pareció una eternidad, las voces se suavizaron hasta volverse casi inaudibles, solo perduraron el zumbido y el mareo, y ahora también sentía una fuerte quemazón y dolor por todo el cuerpo.
Abrió los ojos con cuidado y vio sombras grises y la luz de la luna.
¿De verdad llevaba tanto tiempo allí tumbada?
Distinguió ramas secas justo delante de ella y detrás, la silueta oscura de un perro grande.
Vio los ojos brillantes de Simba, que levantó la cabeza y le rozó la mejilla con su hocico frío.
Luego su lengua cálida hizo que le ardiera la piel.
Debía de tener el cuerpo completamente arañado y escoriado, ojalá no se hubiera roto nada.
—Simba, perrito bueno, ve a casa, trae ayuda…
El animal le lamió el cuello, luego el brazo.
Cuando intentó apartarse de él, notó que tenía detrás un duro tronco.
Era irregular, de corteza áspera, las ramas secas la rodeaban y seguramente le habían causado varias heridas.
Pero ese gigante caído que tenía a la espalda le había salvado la vida, estaba atravesado en la ladera rocosa y había evitado que cayera al barranco.