La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—A mí me parece un auténtico disparate —rezongó—.

Hay que ser malvado para acusar al gobernador Von Rechenberg de «tendencias negrófilas».

¿Y por qué? Porque aboga por los derechos de los negros en contra de los intereses de los codiciosos colonos blancos.

Von Rechenberg es un hombre excelente, la colonia no ha conocido un gobernador mejor.

Este tal Willy von Roy no es periodista, sino un gacetillero comprado por los poderosos.

En el fondo estaba de acuerdo con él, a ella también le había molestado bastante aquel artículo. Pero algo le impedía darle la razón a George en ese momento. Puede que fuera la desacostumbrada virulencia con la que se expresaba, y que ella achacaba a su descontento general.

—Pero tampoco está bien que el gobernador ya no quiera dar tierras a los inmigrantes alemanes. ¿Y eso por qué? Hay muchas personas en el imperio que no tienen trabajo, que pasan necesidades, familias que sufren hambre… ¿Por qué quiere impedirles buscar un futuro mejor?

George solo levantó la vista un instante, sus ojos rebosaban amargura.

—Porque estas tierras pertenecen a los africanos, Charlotte —respondió con una dureza poco habitual—. ¿No ves lo que está pasando aquí, en Usambara? ¿Cómo están roturando grandes parcelas de selva, arrasando pastos y talando cedros en las montañas simplemente para convertirlos en lápices?

—Por el amor de Dios, ¡los nativos también roturan los bosques! Siempre lo han hecho, no tienes más que asomar la nariz y percibirás el olor a quemado.

—¡Nuestra labor debería ser advertirlos, no imitarlos a mayor escala! ¿No hablamos siempre de la superioridad de la raza blanca? Si eso es cierto, y coincido en que en algunos aspectos esa afirmación es verdad, entonces somos responsables de los nativos de este país.

Charlotte suspiró con fuerza. El espíritu belicoso que se había instalado entre ellos los hacía empecinarse sin que ninguno se planteara transigir.

—¿Por qué actúas siempre como si los africanos fueran pobres huerfanitos indefensos?

¿Acaso no sabes por qué los shambaas pueblan los picos escarpados?

Para protegerse de los saqueos de los masáis.

También hay muerte y asesinatos entre las tribus africanas, unos someten a otros, y sabe Dios que no lo hacen de forma pacífica.

¿No me hablaste tú de los watusis, que hace años subyugaron a los wahutus y los convirtieron en sus esclavos?

Vio que George se aferraba al borde de la mesa y se asustó porque se dio cuenta de que sus nudillos adquirían un tono blanquecino, casi azulado.

—Jamás he afirmado que los africanos sean mejores personas que los europeos —respondió con una calma tras la que acechaba la tormenta—. Pero esta tierra es suya y no tenemos derecho a ocuparla.

Simba se había levantado y empezó a ladrar. Al ver que nadie le hacía caso, se acercó a Charlotte y apoyó el hocico en su rodilla. Ella lo apartó irritada.

—¿O sea que crees que no tengo derecho a poseer una plantación aquí, en Usambara? ¿Ese es el problema?

—¡Exactamente ese es el problema, Charlotte!

Se levantó furiosa y se marchó, seguida de cerca por Simba.

¡Cómo se atrevía! Pero, claro, George Johanssen no necesitaba ganarse la vida trabajando, el dinero de sus propiedades en Inglaterra le caía del cielo sin que él tuviera que hacer nada.

Por lo visto ni se le había pasado por la cabeza que no había comprado esa plantación para sí misma, sino para su prima y su familia.

Que esa finca sería la herencia de su hija.

Era incapaz de comprender todo eso porque provenía de una familia rica, hacía lo que le apetecía, viajaba a donde quería y escribía libros con los que apenas ganaba dinero.

¡Así ya se podía hablar de justicia! Nunca había sentido en carne propia las penurias y las injusticias del mundo.

¿Que África era de los africanos? ¡Qué tontería!

¿No había dicho Max en una ocasión que en esas tierras había sitio para todos? ¡Tenía toda la razón, maldita sea!

Charlotte, descompuesta, atravesó el prado y despertó al viejo Kerefu de su siestecita. Le pidió que le ensillara rápidamente una mula. Cuando se estaba montando, oyó que abrían la puerta de la casa, pero no se volvió.

—¡Mamá! ¿No vas a cenar nada?

—¡Luego comeré algo!

El polvo rojizo envolvió las patas de la mula, que inició un trote suave. Simba la adelantó, giró y la rodeó, como si quisiera devolverla a la casa.

—¡Largo! ¡Déjame en paz!

Pero el perro no la entendió y echó a caminar tras ella.

George no intentó llamarla de vuelta. De todos modos no le habría hecho caso, ni aunque la hubiera perseguido, pero alguien como George Johanssen jamás se lo habría planteado.

No perseguía a las mujeres, no le hacía falta.

Recordó con amargura a Shira, la enfermera india y menuda que había luchado por él con gran perseverancia.

No había llegado a hablar de ello con George.

Ella también tenía su orgullo, no hacía falta que él supiera de los celos desmedidos que había sentido por aquella horrible persona.

Cabalgó por la carretera hasta que la rabia cedió un poco, luego se dio cuenta de que la mula había ralentizado el paso, y se sintió cada vez más triste por aquella desafortunada pelea.

Lo había añorado durante meses, había temido de mil formas distintas por él durante su enfermedad, ¿cómo era posible que ahora se hicieran tanto daño el uno al otro?

Sintió la tentación momentánea de dar media vuelta y pedirle perdón, pero no lo hizo.

Sería mejor que aprovechara la tarde para recorrer la finca y que por la noche, cuando ambos estuvieran más tranquilos, tuvieran una conversación sincera. Desde luego, así no podían seguir.

Los senderos estaban secos, en los pastos se distinguían las orillas verdes oscuras de los pequeños arroyos, en las que crecía la hierba.

La sequedad también era patente en los cultivos, sobre todo cuando se levantaba el viento y arrastraba una nube rojiza del suelo fértil.

En pocos días podrían caer las primeras lluvias, que les vendrían bien a sus campos.

Pero la estación húmeda breve a veces ni siquiera llegaba y entonces tendría que abrir zanjas de regadío para que la verdura no se secara por completo.

Sin embargo, para la obra de la casa no le venía nada bien el agua; si se producían tormentas tropicales, tendría que detener la producción de ladrillos.

¿Sería bueno o malo entonces que llegaran las lluvias?

, se preguntó Charlotte, pero enseguida se dio cuenta de que no pensaba con claridad.

Confusa, azuzó la mula sin saber muy bien adónde quería ir.

Cuando la carretera se unió a la del dominio de Kwai, dirigió al animal hacia un estrecho sendero que conducía hacia el oeste, colina arriba.

Era uno de los caminos trillados abiertos por los nativos: algunos conducían a sus campos, otros comunicaban tribus amigas, y también se aprovechaban para cazar.

Ese lo había tomado con George en una ocasión hasta llegar a un pequeño valle verde, un rincón de lo más romántico que a Charlotte le recordó a un prado alpino.

Había rocas grises desperdigadas, como si un niño gigante hubiera dejado caer sus bloques de construcción; también helechos frondosos y flores coloridas que crecían entre la hierba húmeda; y, al acercarse, miríadas de mariposas multicolores levantaron el vuelo.

En esa ocasión se dieron media vuelta porque el riachuelo del fondo del valle llevaba demasiada agua y fuerza como para vadearlo.

Le había dado mucha pena, porque las montañas boscosas del otro lado del valle también le pertenecían y le habría gustado explorarlas.

Ahora el arroyo llevaba mucha menos agua; Charlotte dejó beber a la mula y luego la condujo a la otra orilla.

Simba cruzó el agua cristalina con gran placer.

La verdad es que era un perro curioso: cuando llovía, buscaba refugio rápidamente para no mojarse, pero disfrutaba bañándose en ríos o arroyos.

Al llegar al otro lado, se sacudió con fuerza, olisqueó la vegetación y levantó la pata para marcar el territorio.

El sendero serpenteaba por la hondonada entre peñascos y se adentraba en el bosque bajo que cubría los pies de la montaña que ya había admirado desde la lejanía con gran curiosidad.

Entre los gigantescos árboles de sus faldas centelleaban paredes escarpadas de esquisto; seguramente también había cavidades en las que los animales se refugiaban de los depredadores.

Pensó enfadada que en aquella ocasión asimismo habrían podido cruzar el arroyo, la corriente no era tan impetuosa como George afirmaba.

No había insistido por consideración hacia él.

Era su primera excursión tras la enfermedad y Charlotte temía que hiciera esfuerzos excesivos.

Pero ahora recordó que en excursiones anteriores por la zona del Kilimanjaro también se había mostrado exageradamente precavido.

Cuando estaba con ella, no buscaba aventuras; eso lo reservaba para sus viajes y expediciones.

¿Realmente había soñado con cabalgar por el desierto con él, resistir tormentas de arena y enfrentarse a los peligros mortales de las inmensas dunas?

No había sido más que una ilusión; hasta el momento George se había asegurado de que sus paseos no fueran más aventurados que una excursión escolar.

Acababa de llegar a los primeros árboles cuando oyó gruñir a Simba y miró a su alrededor. ¿Habría olido algún peligro el animal? Iba desarmada, como casi siempre que recorría los campos; los shambaas se mostraban pacíficos y, aparte de los leopardos, no había fieras peligrosas.