La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 8
50%

Capítulo 8

—¡ Bibi Johanssen! ¡Venir rápido, bwana Husdahl tira casa nueva!

Charlotte se protegió del sol con la mano y miró hacia la linde del bosque.

Allí estaba Jonas Sabuni, en medio de la carretera polvorienta, haciendo señas con ambas manos como si hubiera ocurrido una desgracia.

Hizo girar a la mula con un suspiro y echó un último vistazo al cafeto, que ese año ya había producido sus primeras yemas blancas, delicadas aún y seguro que sin posibilidad de florecer con fuerza, pero algo era algo.

Ahora salía casi todos los días a los cafetales para comprobar que no hubiera peligrosos escarabajos barrenadores ni chinches, que habían causado graves daños en otras plantaciones.

—¡¿Y ahora qué ha pasado, Jonas Sabuni?! —gritó de mala gana mientras se acercaba a él.

— Bwana Husdahl muy furioso. Hemos puesto piedras todo el día y ahora rompe todo. Ven a ver, bibi Johanssen.

—Habréis levantado un muro torcido.

—Muro no es torcido. Solo un poco de barriga como hombre gordo. Así el muro aguanta fuerte, mejor que muro recto…

Ahora tendría que calmar los ánimos una vez más, ¡qué harta estaba!

No había duda de que Björn Husdahl era un hombre muy capaz, pero no se le daba especialmente bien tratar con los negros.

Pasaba días comunicándose con ellos solo con gestos y palabras sueltas, de pronto algo no le gustaba y la emprendía a golpes.

Ninguno de los nativos entendía muy bien lo que les decía en una mezcla de suajili, noruego e inglés, pero todos temían sus arrebatos de furia.

En dos ocasiones había recurrido a la violencia, y Charlotte lo había requerido en la casa para tener una conversación seria con él, porque no quería que sus trabajadores recibieran palizas.

Seguramente Husdahl ni siquiera la había tomado en serio —en su opinión, una mujer no sabía cómo había que tratar a los negros—, pero Peter Siegel y sobre todo George se habían puesto de su lado, y finalmente el administrador se había resignado entre gruñidos.

Hacía calor y el polvo se levantaba en una nube rojiza a medida que avanzaban por la carretera hacia la casa.

Simba corría incansable tras ellos; ahora sí que parecía un león, porque Charlotte le había recortado el largo pelaje y solo le había dejado la melena que le rodeaba el cuello.

Las cumbres occidentales se alzaban nítidas hacia el cielo azul, y de los valles se elevaban jirones grises: no era niebla sino humo, el fuerte olor a quemado no dejaba lugar a dudas.

Esta vez eran nativos los que quemaban bosque para conseguir terreno.

Ya empezaba a haber plantaciones en manos de africanos; uno de los efectos de las políticas para «favorecer a los negros» del nuevo gobernador Rechenberg, un auténtico incordio para los colonos alemanes.

Al acercarse a la casa, Charlotte constató que faltaba el muro recién construido de la pared sur, que formaba parte del nuevo anexo.

Los gruesos tablones que se habían usado para los dinteles de las ventanas estaban sobre un montón de escombros.

Johannes Kigobo se había sentado malhumorado a la sombra de la vieja casa, y no se veía por allí al resto de los trabajadores, ni tampoco al administrador.

Schammi era el único que seguía junto al nuevo edificio y hurgaba con un palo entre los restos.

—¡Tanto trabajo para nada! —exclamó dirigiéndose a Charlotte—. ¿Por qué no tiró todo ayer? Ahora el mortero duro y los ladrillos rotos.

Se habían quebrado bastantes ladrillos, señal de que no se habían cocido lo suficiente. El administrador también se había quejado de ello tiempo atrás y había desahogado su rabia durante una visita para inspeccionar el horno.

Trataría el tema a solas con Husdahl más tarde, ahora tenía que ofrecer consuelo y recoger los escombros. Y con diplomacia, porque no podía desautorizar a su administrador.

—¿Dónde están los demás?

Johannes Kigobo la miró con gesto de reproche, pero Schammi se apresuró a informarla de que todos los que habían levantado mal la pared ahora tenían que trabajar fabricando ladrillos.

—Mucho enfado —dijo triste—. ¿Por qué? Queremos trabajar bien para nueva casa de bibi Charlotte. Tú misma viste muro anoche, ¿estaba torcido? Estaba recto como vela.

Bueno, tan recta no estaba la pared, ella también se había dado cuenta. Pero creyó que aún podía arreglarse.

—Es que bwana Husdahl es muy preciso y no quiere que la casa se caiga con la siguiente tormenta…

Le dolía, porque sabía lo mucho que se habían esforzado los negros.

Naturalmente no estaban formados en albañilería y el resultado de su afán había sido, por desgracia, una chapuza.

Envió a Schammi a buscar a dos trabajadores que, junto con Johannes Kigobo, retirarían los escombros y separarían el mortero de los ladrillos que se habían salvado, para que al menos estos pudieran reutilizarse.

Schammi se había adaptado bien a la vida en Neu-Kronau, llevaba las listas de trabajadores con esmero, ayudaba a Peter Siegel en la escuela y era útil a la hora de realizar cualquier tarea que no requiriera mucha fuerza física.

Como era de esperar, utilizaba la espalda como excusa porque las extensas cicatrices todavía le molestaban, pero en realidad ya estaba completamente curada.

Charlotte tenía claro que Schammi prefería trabajar con papeles, libros y lápices que llevar a cabo labores prácticas.

Ya era mediodía, así que no merecía la pena salir de nuevo. Charlotte dejó la mula a cargo de Johannes Kigobo y se acercó a la casa para comer con los demás.

George se había retirado con Elisabeth al frescor del salón y allí estaban ambos, sentados a la mesa, inclinados sobre varios dibujos.

Seguramente George había vuelto a salir de paseo con la niña para pintar motivos naturales; Elisabeth tenía talento y George insistía en que no podía echarlo a perder.

Charlotte se quitó el casco colonial, admiró las obras de arte de su hija y luego se sentó también a la mesa.

George la miró de reojo con una sonrisita, pero no dijo nada.

Hasta que no terminaron de comer y Elisabeth subió con los dibujos a ver a Klara, no hablaron del desagradable incidente de la mañana.

—Parece que tendrás que reprender una vez más a tu administrador —dijo George con un suspiro mientras le acariciaba compasivo la mano.

—No le faltaba razón para enfadarse, pero su reacción ha sido desproporcionada —respondió escueta, y cogió el Deutsch-Ostafrikanische Zeitung que había llegado con el correo unos días atrás.

Estaba decepcionada, porque el comentario de George le había sonado irónico. La noche anterior ya habían discutido sobre por qué necesitaba un administrador, si de todos modos ella se pasaba el día recorriendo la plantación y le gustaba tomar todas las decisiones.

Durante las últimas semanas se había hecho evidente que no estaban de acuerdo en algunos temas.

Al principio resolvían esas desavenencias alegremente, luego con creciente disgusto y, desde hacía varios días, discutían abiertamente sobre ellas.

La conversación de la noche anterior le había dolido a Charlotte, y la reacción de George, por muy sincera que fuera, no contribuía precisamente a que se reconciliaran.

Tenía razón en cierto sentido: desde que él se había curado, ella dedicaba muchísimas horas del día a la plantación; normalmente solo disponía de tiempo para George por las noches, cuando ya estaba agotada.

Él, en cambio, era más bien nocturno, a menudo trabajaba en sus textos hasta pasada la medianoche, y cuando Charlotte se levantaba con la primera luz del día, todavía dormía profundamente.

Naturalmente no era nada nuevo, pero de todos modos se sentía decepcionada por que su marido mostrara tan poco interés por aquello que mayor satisfacción le producía a ella.

George se paseaba por los campos, contemplaba el embalse, visitaba las viviendas de los trabajadores y charlaba con ellos.

También salía a montar a caballo con Elisabeth por la finca, contaba las vacas y las terneras en los pastos y hacía comentarios irónicos sobre los cultivos de verduras.

Siempre afirmaba con una sonrisa burlona que se parecía al huerto de la abuela en Leer, pero nunca prestaba atención cuando ella le hablaba de cafetos en flor, de escarabajos barrenadores, del escarabajo de la patata o de los plantones de sisal.

Conversaba con Peter Siegel sobre el significado del Sermón de la montaña, jugaba con Sammi y conseguía que Klara le explicara cómo se cosía una costura doble.

Mostraba interés por todo tipo de cosas, incluso estaba aprendiendo la lengua de los shambaas, les preguntaba por sus costumbres religiosas y tomaba notas.

Le había permitido marcharse de expedición y lo había esperado durante meses, leía sus manuscritos y manifestaba su admiración por ellos, pero ¿había elogiado él su trabajo en la plantación aunque fuera solo una vez? ¡Y eso que él había decidido quedarse con ella un tiempo en Neu-Kronau!

Charlotte hizo ruido con las hojas del periódico para romper el tenso silencio.

Ojalá Klara y Peter bajaran pronto a comer.

Pero no se oía nada, seguramente estaban entretenidos con los dibujos de Elisabeth.

Fuera, en la obra, también reinaba el silencio; era probable que los trabajadores no empezaran a golpetear hasta la tarde.

Charlotte pasó la página y el crujido del papel le resultó desagradablemente fuerte.

—Este diario tendría que prohibirse —rompió el silencio George súbitamente.

Eso también la molestó, aunque solo fuera porque los Krüger hablaban maravillas de ese periódico y aseguraban que por fin se expresaban claramente las preocupaciones de los colonos.

—Sí, bueno, puede que sea un poco exagerado —dijo despacio mirándolo por encima de su diario.