Capítulo 7 #9
Cuando se apearon, Elisabeth se abalanzó primero sobre George.
Este consiguió cogerla en brazos, dio una vuelta con ella en el aire y la dejó en el suelo, y después aseguró entre jadeos que el esfuerzo lo había agotado.
Elisabeth rio alegre. No era la primera vez que jugaban a eso, pero Charlotte sabía que esta vez lo decía en serio.
El carro de tiro los esperaba detrás del almacén, y en él no iba sentado Peter Siegel, sino Björn Husdahl.
Otra agradable sorpresa para Charlotte, porque significaba que el administrador se había quedado, e incluso puede que hubiera hecho bien su trabajo.
El impasible noruego estaba sentado en la caja que hacía las veces de pescante y fumaba en pipa.
Cuando Charlotte se acercó a él para saludarlo, se limitó a asentir brevemente y señaló la parte trasera con la pipa.
Habían quitado el toldo porque apenas llovía, y habían preparado una especie de cama con mantas.
En su telegrama, Charlotte les había informado de que George aún estaba enfermo.
Sin embargo, este rechazó el lecho y le faltó tiempo para recolocar algunos fardos de equipaje y sentarse junto al noruego.
Simba ocupó la cama improvisada en su lugar, Charlotte y Elisabeth se sentaron a su lado, mientras que Johannes Kigobo solo paraba quieto de vez en cuando y la mayor parte del tiempo caminaba junto al vehículo.
«Mira que es vanidoso —pensó Charlotte enfadada—.
Entiendo que no quiera que lo transporten como a un enfermo grave, pero al menos podría sentarse sobre las mantas para conservar sus fuerzas.
En lugar de eso va ahí delante, sobre un fardo que se tambalea, intentando sonsacar un par de frases al silencioso Husdahl».
¿George sabía noruego?, se preguntó de pronto.
Por lo menos lo chapurreaba, mezclándolo con el inglés, porque parecían entenderse.
Mientras dejaban atrás Wilhelmsthal y traqueteaban por la carretera hacia el norte, Elisabeth iba contándole a su madre las noticias más importantes.
En la plantación se trabajaba a destajo, Björn Husdahl enviaba gente a los campos todos los días, y a veces se enfadaba mucho cuando no obedecían.
Entonces de pronto gritaba muy fuerte y todos se asustaban, pero eso pasaba muy pocas veces ya que normalmente era muy silencioso, no decía casi nada.
La única persona que parecía gustarle era la tía Klara porque siempre la saludaba con una pequeña inclinación mientras se quitaba el sombrero.
—No hables tan alto, Lisa. Te va a oír…
—Bah, casi no entiende el alemán, mamá. Además no estoy diciendo nada malo…
—¿Y qué tal se lleva con Peter Siegel?
—Bien. El tío Peter celebró un oficio el domingo y vinieron todos los trabajadores, Björn Husdahl también.
Después incluso le dio las gracias al tío Peter y le estrechó la mano.
Luego hizo esa reverencia tan graciosa que le hace a la tía Klara.
¡Oye, mamá! Las clases del tío Peter son aburridísimas, para volverse loca.
Tengo que copiar historias de la Biblia todo el rato, y el cálculo no quiere ni…
—¡Pero ya ha vuelto George, Elisabeth!
—¡Menos mal!
Más adelante, George se sentó junto a Charlotte y le contó a Elisabeth que los participantes de la expedición habían acampado sin darse cuenta bajo una acacia de la que colgaba una colmena. En cuanto se habían puesto cómodos, las abejas se habían abalanzado sobre ellos.
—Ji, ji, ¿te picaron, George?
—Por desgracia, sí.
—¿Y también al duque de Mecklemburgo?
—A él también. ¡No mostraron ningún respecto por los títulos nobiliarios!
—¿Intentasteis conseguir miel?
—¡Qué cosas dices! Salimos corriendo tan rápido como pudimos.
George interrogó a la niña y la hizo reír, le prometió hacer excursiones con ella y ponerle difíciles ejercicios de aritmética a diario.
Cuando ya estaban cerca de Neu-Kronau y el sol había bajado hasta las cimas de las montañas al oeste, fue hablando cada vez menos y apoyó la espalda en la pared del carro.
A Charlotte le provocó mucha ternura ver lo mucho que lo habían cansado esas conversaciones, y le habría gustado cogerlo en brazos, pero sabía que él no lo habría tolerado.
Llegaron a la verja de Neu-Kronau justo cuando la esfera de color débil se escondió tras las montañas y proyectó un fogoso fulgor rojizo sobre el bosque y el cielo.
Oyeron gritos de alegría, los negros esperaban impacientes el regreso de su bibi Johanssen, y se divirtieron escoltando el carro hasta la casa.
A George le temblaban un poco las piernas al bajarse del vehículo y tuvo que apoyarse en un poste, pero disimuló hábilmente su debilidad y admiró con una sonrisa a Charlotte al verla saludar a su gente.
—Eres un poco como su mama —bromeó más tarde, cuando cenaban en el salón—. El administrador no es mal tipo, y creo que sabe lo que hace. Pero los nativos le tienen más miedo que cariño.
Charlotte ya se había dado cuenta, y Klara se lo confirmó.
—Es un hombre duro, Charlotte. Pero tiene buen corazón y es un fiel cristiano.
Björn había rehusado cenar con ellos. Comía solo en una casita, no mucho mayor que una cabaña, que había mandado construir en su ausencia.
Estaba hecha de maderas y barro, como las de los nativos; ya se habían levantado las paredes y colocado la puerta, solo le faltaba el techo, pero eso no le había impedido instalarse en ella.
Le había explicado a George que prefería vivir solo en una cabaña que en el anexo, donde un tabique de madera era lo único que lo separaba de los demás.
Había crecido solo y necesitaba tranquilidad después de un largo día de trabajo.
—Es un tipo rudo, pero me gusta —dijo George, y levantó el vaso de agua—. Seguro que todos nos entendemos bien. ¡Por los buenos tiempos de Neu-Kronau!
Se inclinó para acariciar a Simba, que se había tumbado cerca de la mesa, y trató de sobornarlo con un trozo de pollo. El perro aceptó el bocado con benevolencia, pero acto seguido se apartó de George y prefirió olisquear cariñosamente los zapatos de Charlotte.