La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 7 #8
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Capítulo 7 #8

George se echó a reír y le acarició el pelo, se divirtió soltándole la larga trenza recogida y aseguró que ya sentía mucha curiosidad por Neu-Kronau.

Sus conversaciones no eran largas, solía quedarse dormido enseguida por el agotamiento.

Cuando dormía, sus rasgos perdían toda serenidad, se endurecían y mostraban una profunda resignación que asustaba a Charlotte.

En sueños se torturaba y se movía de un lado a otro entre quejidos, pero apenas sufría ya accesos de fiebre, la causa de esos sueños debía de ser otra.

Cuando le preguntó, él le habló de la erupción del Namlagira, un volcán activo situado al norte del lago Kiwu, en el Congo belga.

En plena noche, cuando ya estaban acostados en sus tiendas, de pronto oyeron un potente rugido similar al del oleaje del mar.

A lo lejos se vio una columna de fuego que se dispersó en miles de centellas y luego cayó como un ejército de brillantes estrellas doradas y rojas.

Una belleza inconmensurable que traía consigo muerte y destrucción.

Al terminar, le entregó un pequeño maletín de cuero que contenía sus manuscritos. Quería que lo llevara con los piadosos misioneros y que su perro-león de peligroso aspecto lo vigilara.

—El nombre de Simba le va que ni pintado. Me tranquiliza que hayas encontrado una figura protectora —bromeó.

—Efectivamente, me sigue allá donde vaya.

—Estarás encantada con eso, ¿no?

George esbozó una sonrisa ladeada y le dirigió esa mirada penetrante tan característica.

Su gesto era pícaro, pero también había en él cierta tristeza y remordimiento.

No, el daktari Johanssen no tenía nada en común con aquel fiel animal, no era de los que la seguía y necesitaba estar siempre cerca de ella.

Emprendía su propio camino, que, tal como le había dicho en una ocasión, siempre le conducía de vuelta con ella.

George también le contó cómo había llegado de Ruanda a la clínica de Dar es-Salam.

Su relato tenía lagunas, omitió muchos detalles, seguramente para protegerla, pero Charlotte comprendió que había sufrido los primeros ataques de fiebre ya al comienzo del viaje.

Durante un tiempo había intentado curarse a sí mismo, pero en algún momento la quinina dejó de hacer efecto, y varios porteadores lo llevaron de regreso a Bukoba, a la clínica de la población.

Sin embargo, en lugar de dejarse tratar por los médicos, pocos días después cruzó el lago Victoria en vapor para luego tomar el ferrocarril desde Uganda hasta Mombasa.

Tenía la esperanza de poder reunirse en Dar es-Salam con el secretario de Estado para las colonias Bernhard Dernburg, que se encontraba de visita en África Oriental.

Habría sido una oportunidad única de informar personalmente a ese político al que tanto apreciaba sobre la situación en Ruanda, y de paso mencionar los horrores que estaban teniendo lugar en el Congo belga.

Pero la fiebre truncó sus planes. Apenas llegó a Mombasa, sufrió otro acceso que lo obligó a pasar varios días y sus correspondientes noches tirado en una habitación de hotel.

—Era un auténtico disparate, nacido de una mente febril —reconoció—.

Cuando llegué a Dar es-Salam, ya hacía tiempo que Dernburg se había marchado; llegaba con semanas de retraso.

Así que me puse en manos de mi amigo el doctor Kalil, y me dediqué a escribirte cariñosas cartas y a esperarte, amor mío.

La mañana del tercer día aseguró que en la clínica se aburría mortalmente, que estaba curado y que quería conocer de una vez la «tierra prometida» que ella había adquirido en secreto durante su ausencia.

—Estoy deseando llevar una vida retirada en una plantación, cariño mío. Oír los cantos de los trabajadores en los campos, los mugidos de las vacas, tomar la leche fresca, comer plátanos, maíz y también patatas. En unas pocas semanas habré ganado tantos kilos que tendré sobrepeso.

El doctor Kalil le había contado a Charlotte que, a pesar de sus advertencias, George había estado tratando a pacientes, lo que había provocado conflictos con los médicos de la clínica.

El propio George solo lo mencionó de pasada, pero Charlotte entendía perfectamente que no hubiera sido capaz de presenciar el dolor de los enfermos sin hacer nada.

Cuando se marcharon de la clínica, abonó generosamente su estancia, añadió una donación y declaró con una sonrisa burlona que no pensaran que se habían librado de él para siempre.

—Algún día volveré, amigos míos.

A Charlotte el anuncio le pareció funesto, pero sin duda se refería a que algún día le gustaría volver a trabajar allí como médico. La pequeña Shira no apareció esa mañana, y Charlotte tampoco quiso preguntar por ella.

Simba saludó a su dueña con un cariñoso resoplido, le acercó el hocico húmedo y, cuando se dirigieron hacia el puerto, tiró de la correa como si tuviera prisa por marcharse de allí. A George lo ignoró por completo.

—Un animal imponente —comentó—. Con este calor debe de ser horrible tener que llevar encima esa melena.

El perro lo tenía fascinado. Durante el trayecto en el vapor costero de Dar es-Salam a Tanga, George se sentó en una silla que le había acercado Charlotte; el rápido paseo hasta el puerto lo había cansado.

Simba estaba tumbado entre los bultos de equipaje, completamente tirado, era evidente que se había mareado.

George se inclinaba una y otra vez hacia el perro para acariciarle el lomo con suavidad, pero Simba no reaccionaba ni a las caricias ni al viento que le revolvía el pelo.

—¿Tendrá sed?

—Le daré de beber cuando lleguemos. Lo que trague ahora saldrá en cuanto entre.

—¡Oh! Entiendo. Eso significará que a partir de ahora ya no podremos hacer travesías largas por mar.

—En las montañas Usambara no hay demasiadas ocasiones para ello.

—¡Qué bien pensado lo tienes todo, cariño mío! —respondió riendo.

Durante el viaje en el ferrocarril de Usambara, hombre y animal durmieron; George sentado junto a ella y Simba a sus pies.

Charlotte se preguntó preocupada si Peter Siegel habría recibido su telegrama y se presentaría en Mombo con un carro tirado por mulas.

Ahora que George estaba medianamente recuperado y a su lado, volvía a pensar en la plantación.

¿Qué tal habría resultado el nuevo administrador?

Puede que se hubiera escapado hace tiempo y Neu-Kronau estuviera desatendida.

Ay, estaba muy orgullosa de su plantación y quería enseñársela a George en buen estado.

Miró por la ventanilla acongojada. Ya se veían los primeros campos en las laderas, rectángulos verdes, grises y rojizos incrustados en oscuras zonas boscosas: plantaciones de café, sisales, cultivos de maíz, verdura y patatas.

Allí al fondo, en las montañas de Usambara oriental, se encontraban las instalaciones del Instituto Amani, donde se investigaban cuáles eran los vegetales más apropiados para las plantaciones y las nuevas opciones de abono, muy cerca de la plantación Prinz Albrecht y las de Wilkins era una suma considerable, así que no era de extrañar que Charlotte tuviera que luchar por conservar a sus empleados.

Ella solo les pagaba treinta y cinco heller, pero a cambio contaban con una casa firme y un terreno, además de los alimentos básicos a buen precio.

Sus nativos podían darse por satisfechos.

George despertaba en cada estación, carraspeaba y se incorporaba en el asiento. Antes de volver a dormirse, echaba un rápido vistazo a Simba, y luego sonreía a Charlotte como si quisiera disculparse por ser tan mala compañía.

—Tú descansa, todavía nos queda medio día de viaje —dijo cariñosa.

Cuando se apoyaba en ella dormido, parecía un niño indefenso completamente entregado a sus atenciones. Quería cuidarlo, estar siempre a su lado y vigilar que las fiebres latentes en su cuerpo no lo dominaran.

—¡Mombo! ¡Mombo!

Nadie en el tren tenía prisa por apearse, Simba fue el único que levantó la cabeza y miró atento a Charlotte.

Esta entrevió el almacén alargado y la estación envueltos en el vapor de la locomotora, y también a varios negros que esperaban poder alquilar las mulas que llevaban con ellos.

Unos cuantos carros de caballos aguardaban delante del almacén, seguramente había material de construcción en los vagones de mercancías, sobre todo hierro y cemento.

—¡Mamá! ¡George!

Era la voz impaciente de Elisabeth. Al verla, Charlotte se quitó un gran peso de encima; sí que habían enviado un carro. Descubrió a Johannes Kigobo, que alargaba el cuello buscando a su señora, y al lado vio a su hija dando saltitos nerviosos. Ya le llegaba al hombro a su acompañante negro.