Capítulo 7 #7
—Ya le he dicho que el doctor Johanssen no quiere ver a nadie.
—Está bien, Shira —replicó cansado el médico—. Ve con el doctor Colbert, necesita ayuda para curar una herida. Venga, ve.
La enfermera vaciló un instante, luego le dedicó a Charlotte una mirada de odio y se marchó lentamente.
—¿Es usted la señora Johanssen? —preguntó el médico con amabilidad, y luego sonrió a Schammi, por lo visto lo había reconocido—. ¿Qué tal la espalda? ¿Supura? Enseguida te la miraremos, pero deberás tener un poco de paciencia, hay más enfermos…
Sin esperar la respuesta de Charlotte, la condujo por los pasillos y le contó que el doctor Johanssen ya se estaba recuperando, pero que no se asustara porque todavía tenía signos evidentes de lo mal que lo había pasado.
—O sea que… ¿está mejor? —balbuceó.
—Dadas las circunstancias sí, como suele decirse. Eso le dijo por carta, ¿verdad?
Sintió que se quitaba un gran peso de encima. Estaba vivo, se estaba recuperando. Lo demás no importaba en ese momento. Resulta que le había escrito, pero sin duda su carta aún estaba de camino, ya que no había recibido ningún mensaje.
En el pasillo había muchísimas personas: comían y bebían, las mujeres amamantaban a sus bebés, otras se habían tumbado a dormir.
Eran visitantes de poblaciones lejanas que no querían abandonar a sus familiares enfermos y les traían la comida a diario, algunos hasta compraban medicamentos que la clínica no podía conseguir.
Abordaban constantemente al médico indio, que los escuchaba paciente, les dedicaba unas palabras de ánimo, a veces incluso bromeaba, y luego se zafaba rápidamente de ellos para seguir avanzando.
—Pasan aquí semanas enteras —le explicó a Charlotte—. Duermen en el suelo y velan a sus enfermos o se llevan a los muertos para enterrarlos. Pero también hay muchos pacientes de los que no cuida nadie, a veces no sabemos ni su nombre…
La sala para hombres era una estancia alargada con ventanas en la parte superior para que no se viera nada desde fuera.
Las camas estaban muy juntas en dos largas hileras, entre ellas había parientes y visitantes sentados en el suelo, y el pasillo central, que en realidad debía permanecer despejado, también estaba repleto de fardos y bolsas que pertenecían a los enfermos o a sus familias.
A pesar de la altura que tenía el techo, el aire era insoportable: una mezcla pegajosa de transpiración humana, olor a comida, orina, perfume y el repugnante hedor de las heridas supurantes.
Charlotte por fin entendió por qué George no había querido llevarla a la clínica de Zanzíbar: había querido ahorrarle esa desagradable experiencia.
Siguió al médico por el pasillo central como aturdida, tropezó con un bulto y tuvo que agarrarse a la pata de hierro de una cama.
El joven que la ocupaba no se movió, su cuerpo desnudo sobre la sábana blanca parecía un esqueleto cubierto de piel negra y tenía la cabeza envuelta en vendas que solo dejaban al descubierto los ojos.
—Aquí hay mucho mal —murmuró Schammi, que caminaba tras ella—. Pero daktari trabajan bien, muchos enfermos se curan.
Charlotte asintió y trató de sonreír mientras su mirada vagaba de cama en cama en busca de su marido.
La sala no era precisamente silenciosa: los constantes gritos de dolor y quejidos que se oían se alternaban con las charlas que mantenían algunos enfermos, sentados de piernas cruzadas sobre la cama, con sus familiares.
Había pacientes que incluso reían mientras en la cama contigua otro enfermo esperaba inmóvil a la muerte.
—Está allí —dijo el médico, y señaló una cortina blanca al fondo de la estancia—. Lo hemos mantenido un poco apartado del resto de los enfermos. Por un lado, porque es el único blanco, y por otro, porque en cuanto se encontró un poco mejor empezó a entrometerse en nuestro trabajo.
Apartó un poco la cortina y se deslizó hacia el interior del espacio separado; Charlotte lo oyó hablar en voz baja, pero no captó lo que decía George.
—Pase, por favor —le pidió el doctor Kalil.
Las anillas metálicas de la cortina tintinearon contra la barra y Charlotte vio la cama blanca, tras la que había una pared desnuda. George estaba sentado en el lecho con las piernas dobladas, una bandeja sobre las rodillas, que hacía las veces de soporte, y un lápiz en la mano.
—¡Charlotte! —susurró como si le costara reconocerla.
La bandeja cubierta de papeles resbaló hacia la cama. Quiso cogerla a tiempo, pero se tambaleó y tuvo que recostarse de nuevo.
—Ya creía que te habías olvidado por completo de mí. Tantas cartas sin respuesta… Pero ya estás aquí…
Se le acercó despacio, se sentó en el borde de la cama y le cogió las manos. ¡Qué delgadas y huesudas estaban! Sintió el escalofrío que le recorría el cuerpo al enfermo en ese momento y no pudo evitar echarse a llorar.
—Cómo… ¿cómo puedes decir eso, George? No tenía ni idea de dónde estabas… Dios mío, he dado contigo de pura casualidad. Schammi te vio aquí…
—¿Schammi?
Él le había soltado las manos y le acariciaba suavemente las mejillas; tenía los dedos calientes y temblorosos. Si ya se estaba recuperando, Charlotte no quería ni imaginarse lo grave que debía de haber sido su estado.
—Tienes mucha fiebre, George…
—No te preocupes, cariño mío —la consoló—. Estoy en buenas manos, el doctor Kalil es un médico excelente…
—Habría sido un médico mucho mejor si hubiera hecho caso de mis indicaciones —intervino el doctor indio—. Por desgracia, es usted un paciente dificilísimo. En cuanto se encuentra un poco mejor, sale a pasearse y pretende vendar heridas o incluso operar.
—Sí, soy terco —bromeó George y apoyó la cabeza, agotado—. No me fío de ninguno de mis colegas y no me gusta que me compadezcan cuando soy yo el enfermo.
Charlotte se inclinó sobre él, le tocó suavemente el hombro y lo besó. Tenía los labios ásperos y secos, y le devolvió el beso de forma débil.
—Solo un par de días más y podrá llevárselo —oyó decir al doctor Kalil en tono animoso—. Lo único que hace aquí es estorbar y darnos lecciones. Nos alegraremos de librarnos de él.
¿Aquel humor tan negro sería propio de una persona que tenía que lidiar con la muerte a diario?
Ella desde luego no era capaz de reírse de esas bromas de tan mal gusto.
Ahora sabía que su mal presentimiento no era infundado, había tenido la sensación constante de que George estaba en peligro, y así era.
Incluso aunque se recuperara al cabo de varios días, no estaba libre de riesgo, ya que el germen de esas fiebres llevaba mucho tiempo en su interior.
Podía brotar una y otra vez, y en algún momento, cuando su cuerpo no tuviera la fuerza suficiente para defenderse, lo derrotaría.
Pasó el resto del día en su cama y al final sí que durmió en la misión del cabo Immanuel con Schammi y Peter Siegel, ya que ningún hotel estaba dispuesto a aceptar a Simba.
Al día siguiente decidió que el misionero debía regresar a Neu-Kronau con Schammi.
Ella se les uniría más adelante con George.
Simba no se apartaba de su lado, de manera que tendría que seguir recurriendo a la hospitalidad de los misioneros.
Estos fueron muy considerados, la acogieron en su seno y evitaron hablar de Peter Siegel durante las veladas.
Parecían alegrarse de que Peter se estuviera recuperando en la plantación bajo los cuidados de Charlotte, y en cuanto a su futuro, o bien no se había esclarecido aún, o bien no querían que ella lo conociera.
Por la mañana salía a comprar con Simba.
Después de almorzar y darle de comer al perro iba a la clínica y ataba al animal delante de la entrada.
Este ya había comprendido que debía esperar hasta que su dueña regresara, porque apenas lloriqueaba cuando la veía alejarse, luego se tumbaba y apoyaba la cabeza en las patas delanteras.
Sin embargo, en lugar de dormir, no quitaba ojo de la entrada del hospital, para no perderse el momento en que su ama saliera de allí.
Cuando Charlotte se acercó a la cortina blanca que separaba la cama de George del resto de la sala de enfermos, vio deslizarse hacia fuera a la india menuda a la que el doctor Kalil había llamado Shira.
Llevaba una bandeja con pequeños cuencos y pasó por su lado con prisa y sin mirarla.
El segundo día, Charlotte se encontró a su marido sentado en la cama sin ropa, se estaba lavando y sumergía el paño en una jofaina que le sostenía Shira.
La india dedicó a Charlotte una mirada impenetrable mientras le pasaba a George un trapo limpio, luego recogió la ropa sucia y la palangana, y se lo llevó todo.
George se apresuró a ponerse la camisa y el pantalón. Su cuerpo estaba tan consumido que se le veían hasta las costillas. ¿Acaso sentía vergüenza de mostrarse desnudo ante ella, su esposa? Ante la enfermera no la había sentido, desde luego.
Aunque intentara evitarlo, Charlotte sintió que esa idea le punzaba el corazón.
La pequeña enfermera podía hablar con él y tocarle el cuerpo, tal como correspondía a una cuidadora, siempre que lo creyera necesario.
Pero Shira era más que una cuidadora; estaba claro que, por el motivo que fuera, se mostraba posesiva con el doctor Johanssen.
Charlotte descubrió algo más: las cartas que George le había escrito en la clínica jamás se habían enviado y solo Shira podía haberse ocupado de mandarlas.
George también tenía que haber llegado a esa misma conclusión, pero no dijo nada al respecto. Se alegró de que Charlotte le llevara fruta y platos ricos ya que necesitaba alimentarse bien, además de mucho descanso. Le preguntó por Elisabeth y por su vida en las montañas Usambara.
—¿O sea que has comprado una plantación? ¡Lo sabía! Cuando atravesamos el dominio de Kwai ya me di cuenta de que no podrías estarte quieta…
—No es eso, solo lo hice porque buscaba un lugar para Klara, Peter y Sammi…