Capítulo 7 #6
A Charlotte le costó reconocer a Schammi.
Salió tambaleándose por la estrecha puerta que daba al patio de la prisión, un muchacho alto y flaquísimo vestido únicamente con un pantalón sucio y roto que dejaba al descubierto sus delgadas pantorrillas.
Cuando Schammi levantó la cabeza, reconoció su rostro delgado y sus enormes ojos marrones.
Una cicatriz, seguramente de un latigazo, le cruzaba la frente y la mejilla derecha, y todavía había tenido suerte de conservar el ojo intacto.
Schammi clavó la vista en Charlotte como si fuera una aparición. Esta tuvo la sensación de que el chico se avergonzaba y, de hecho, al principio hizo un amago de querer echar a correr. Pero luego se detuvo, y Charlotte vio que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—Necesito un buen empleado, Schammi —dijo esforzándose por no mostrarse emocionada—. Tú conoces el trabajo en una plantación, ¿quieres venir conmigo?
El chico guardó silencio y se secó las mejillas con el dorso de la mano. Se movía extrañamente despacio, casi a tientas, como si las cadenas lo hubieran dejado entumecido.
—Schammi no puede trabajar.
—¿Por qué no?
—Schammi está enfermo. Tiene espalda rota que no se cura.
—¿La espalda?
No se dio la vuelta, así que Charlotte fue detrás de él y contempló su espalda.
Como se temía, estaba cubierta de hendiduras, tan juntas que se le habían formado surcos en carne viva.
Algunas ya tenían costra, otras se habían infectado y supuraban.
Ahora entendió por qué había estado escondido en la clínica.
—¿Esto te lo hizo Machmet Gupta? —preguntó horrorizada.
— Sahib Gupta, sí.
—Es inhumano —se indignó Peter Siegel—. ¡Habría que denunciarlo! Y encima le hemos pagado cincuenta rupias…
Charlotte guardó silencio. Una denuncia no llegaría muy lejos, porque los indios no eran considerados «nativos» y tenían ventaja sobre los africanos ante un tribunal.
Fuera lo que fuese que había hecho el granuja de Schammi, debía de haber enfurecido a Machmet, pero eso no justificaba en modo alguno un comportamiento tan repugnante.
—Te daré un trabajo con el que puedas cuidarte la espalda hasta que esté curada. ¿Quieres venir con nosotros? Bibi Klara te está esperando.
La mención a Klara hizo aparecer una fugaz y débil sonrisa en el rostro de Schammi. Asintió y volvió a secarse las mejillas. Se había roto el maleficio, de pronto empezó a hablar y ya no pudo parar.
Sí, quería ir con ellos y trabajar, no volvería a escaparse ni a avergonzar a su bibi Charlotte.
Era como una madre para él, y bwana Roden había sido un buen padre también.
Cuando el bwana murió, su propio corazón se había parado.
Pero ahora latía otra vez. Quería trabajar duro para bibi Charlotte y también para bwana Siegel, pero sobre todo para bibi Klara, que no podía andar bien y siempre estaba sentada frente a la máquina de coser…
Peter Siegel propuso pasar la noche en la misión del cabo Immanuel, porque allí había un médico que podría tratarle la espalda a Schammi.
Pero a Charlotte no le apetecía quedarse más tiempo en Dar es-Salam.
De repente la ciudad le asqueaba, prefería regresar a Tanga ese mismo día.
Quizá llegaran a tiempo para tomar el vapor costero.
Sus esperanzas no se cumplieron, el barquito acababa de zarpar cuando llegaron al puerto. Pero el transatlántico salía ese mismo día rumbo a Europa, los pasajeros ya estaban embarcando; tendrían que pagar un poco más, pero podían subir.
La locuacidad de Schammi no tenía límites, lloraba una y otra vez, luego reía y parecía completamente abrumado por la inesperada fortuna que había tenido.
Mientras buscaban en la playa un bote de remos dispuesto a llevar hasta el vapor a tres personas y un perro grande, su boca no se detuvo ni un segundo.
—Schammi volverá a ver a Hamuna y a Sadalla y también a Juma… Ya no habrá peleas porque Schammi ha cambiado…
Charlotte se dio cuenta de que tenía que explicarle unas cuantas cosas.
—Escucha, Schammi. No vamos a la plantación del Kilimanjaro. Ya no es mía, la vendí. Vamos a las montañas Usambara, ahora tengo otra plantación.
El muchacho se llevó una gran decepción. No dejó de lamentarse hasta que Peter Siegel le aseguró que la plantación era muy hermosa y que le gustaría. Lo principal era estar junto a su señora y también junto a bibi Klara y bwana Siegel.
—Además…
Charlotte titubeó, porque sabía que a Schammi le gustaría aún menos la siguiente noticia. Pero era mejor no esperar demasiado a decírselo.
—Además he vuelto a casarme, Schammi. ¿Recuerdas al hombre que entró en nuestra tienda aquel día de lluvia? El doctor Johanssen.
El chico tragó saliva y le dirigió una intensa mirada de reproche.
—La vida es así —dijo finalmente, y suspiró—. Mujer no puede quedarse sola sin hombre. Doctor Johanssen… Entonces él es ahora mi bwana . Doctor Johanssen…, doctor Johanssen…
Peter Siegel estaba negociando con el dueño de un bote que los llevaría al vapor y les hizo señas. Al parecer habían llegado a un acuerdo, y ya iba siendo hora, porque el inmenso transatlántico había puesto en marcha las máquinas, se veía una columnita de humo y se oía el tono grave de su sirena.
—Sí. El doctor Johanssen es mi marido. Así que ahora soy Charlotte Johanssen. Vamos, Schammi, tenemos que subir a la barca, Peter te ayudará.
—Doctor Johanssen —repitió Schammi, y negó con la cabeza—. Hay un bwana daktari en la clínica que se llama así.
—Sí, mi esposo trabajó allí hace tiempo. ¡Venga, Simba! ¡No te pongas cabezota!
Charlotte tuvo que tirar del reacio animal, el pobre odiaba las embarcaciones, ya fueran botes o vapores.
—No, bibi Charlotte. Daktari Johanssen todavía está en clínica. Schammi lo ha visto. Daktari George Johanssen está en clínica con mucha fiebre.
Solo lo estaba escuchando a medias porque tenía que convencer al testarudo perro, pero en ese momento se dio cuenta de golpe de lo que significaban las palabras de Schammi.
—¿Qué estás diciendo, Schammi? No puede ser, mi marido está en una expedición por Ruanda…
Schammi se encogió de hombros inseguro.
—Entonces pobre Schammi se ha vuelto loco del todo. Doctor Johanssen es hombre alto y delgado con pelo rubio y barba. Mucha fiebre. Hablaba siempre en inglés y lengua de los árabes. A veces también idioma alemán y muchas palabras que Schammi no conoce…
Todo encajaba. Y, sin embargo, no podía ser. George estaba en Ruanda. Si hubiera enfermado lo habrían llevado a una clínica de esa zona, a Bukoba o Entebbe, y la habrían informado… ¿O quizá no?
—¡Peter! ¡Baja del bote, tenemos que coger un rickshaw para ir a la clínica Sewa Hadji!
— Daktari Johanssen no trabaja aquí.
—Lo sé. Busco a un paciente que se llama así.
La empleada negra sentada tras un cristal se encargaba de recibir avisos y proporcionar información. No tenía mucho trabajo, porque la mayoría de los visitantes y pacientes pasaban de largo por la ventanilla.
—¿Un inglés?
A Charlotte le dio un vuelco el corazón. Así que era verdad.
—Sí, es inglés. Soy su esposa, Charlotte Johanssen.
La mujer se levantó de la silla sin darle una respuesta y salió pausadamente de la estancia.
Una familia con varios niños pasó por detrás de Charlotte, el hijo menor iba en brazos de su madre y lloraba con fuerza; dos goanesas llevaban entre ellas a una anciana y la metían en la clínica mientras le hablaban con insistencia.
¿Adónde iba la empleada? ¿Por qué no le daba información?
Charlotte se aferró a la tabla de madera que había clavada bajo la ventanilla y trató de mantener a raya el pánico.
¿Qué había dicho Schammi de la fiebre? Dios mío, George ya había sufrido unas terribles fiebres dos años atrás, había llegado a temer por su vida. Puede que incluso estuviera…
Simba ladraba fuera. La dependencia del perro le resultaba ahora de lo más molesta.
Lo había atado al tronco de una palmera, pero como tiraba con fuerza de la correa, Peter Siegel tuvo que quedarse cerca de él.
Schammi, que tenía bastante miedo del enorme perro, estaba junto a Charlotte y miraba angustiado hacia el infinito.
Se sentía desgraciado por haber asustado así a su señora.
—Igual Schammi ha oído mal el nombre —dijo en voz baja—. Daktari lo dijo a la enfermera, pero Schammi tenía mucho dolor y zumbido en orejas como del mar.
Charlotte callaba y miraba fijamente la entrada a las habitaciones y los quirófanos, por la que tanta gente entraba sin más. ¿Qué hacía allí parada?
—¡Enséñame dónde lo viste, Schammi!
En ese momento, una enfermera menuda vestida de blanco se abrió paso entre la gente, su mirada se encontró con la de Charlotte y se la sostuvo con un extraño gesto de desdén y enfado.
—¿Ha preguntado por el doctor Johanssen?
Había rechazo en sus palabras. Charlotte no se explicaba semejante frialdad, pero no hizo más que acentuar su miedo.
—Efectivamente. Me gustaría verlo.
—No es posible.
—¿Por qué no?
La enfermera no apartó la mirada. Tenía un rostro estrecho y afilado de enormes ojos castaños. Ojos hostiles. Charlotte calló desconcertada. ¿Por qué no querían darle información ni dejarle ver a su marido? ¿O es que ya estaba muerto?
—Nadie puede verlo.
—¡Soy su esposa!
A la joven enfermera se le endureció el gesto y apretó los labios en una fea mueca.
—No tiene esposa.
Charlotte se hartó.
—¡Quiero hablar con uno de los médicos ahora mismo! —exigió en tono brusco.
—Nadie tiene tiempo.
—¡Entonces encontraré a mi marido yo sola!
La enfermera se apartó cuando Charlotte pasó por su lado furiosa, pero luego la siguió, la alcanzó y se interpuso en su camino.
—¡No puede ir a verlo! —chilló—. No quiere ver a nadie. Tampoco a ninguna mujer. No tiene mujer. Váyase. No quiere verla…
—¡Apártese! ¡Quiero ver a mi marido! ¡De inmediato!
Por fin apareció uno de los médicos, que también era indio, un hombre delgado con el cansancio de un largo día grabado en la cara.
—¡Shira! ¿Qué está pasando?
La enfermera enmudeció, pero no se apartó de donde estaba.