La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

Machmet Gupta no era uno de esos hombres pobres.

Su negocio se encontraba en un edificio de dos pisos.

Desde lejos ya se reconocía por su toldo naranja, que se inflaba al viento como una vela de barco.

Las rejas metálicas, que ahora estaban abiertas, demostraban que sabía proteger sus propiedades de los envidiosos.

Delante de la tienda había montado una mesa con toda clase de productos con los que pretendía atraer a la clientela, sobre todo teteras relucientes, adornos de latón bruñido y un gramófono, cuya enorme bocina impresionaba a todo el que pasaba por allí.

Un chico negro encargado de vigilar la mercancía se apoyaba en la reja con los brazos cruzados y la larga túnica blanca ondeando a la intensa brisa del nordeste.

Dentro, el dueño conversaba con una corpulenta goanesa que, por lo que Charlotte pudo suponer, regentaba otra tienda y quería cerrar un acuerdo con Machmet Gupta.

Era una mujer enérgica, que no dejaba de mover su voluminoso cuerpo en la silla que le habían ofrecido y que gesticulaba con las manos de tal manera que sus brazaletes plateados tintineaban.

Ni Peter ni Charlotte entendían la jerigonza en la que hablaban, pero a esta no le pareció apropiado exponer su causa en presencia de esa mujer.

Así que decidió curiosear por la tienda.

Era evidente que el surtido de Machmet Gupta no estaba destinado a los nativos, que no habrían podido permitirse sus alfombras, sus budas dorados ni las mesas incrustadas de ébano.

También parecía ser lucrativo su negocio de tallas africanas: figuras de dioses, animales y hasta biombos muy elaborados.

Y, efectivamente, muy cerca de la entrada se exhibía en la pared un reloj de cuco de la Selva Negra.

¿Qué extraños caminos habría recorrido aquella pieza hasta llegar a Dar es-Salam?

—¿En qué puedo servirles?

El dueño de la tienda interrumpió la negociación y se levantó del asiento.

En ese momento quedó patente su pequeña estatura, aunque su rostro barbudo bajo el turbante blanco no daba muchos datos sobre su edad, pero Charlotte calculó que tendría unos cuarenta años.

Preguntó los precios de varios productos y se dio cuenta de que los ojos negros del hombre la estaban evaluando.

Todo era carísimo, así que parecía considerarla una persona adinerada.

Hasta que la goanesa no se marchó de la tienda, Charlotte no le expuso el asunto que la ocupaba.

—¿Schammi? ¿Conoce a ese chico? Un bribón que me robó y…

No, no estaba en absoluto dispuesto a retirar la denuncia, ese miserable ladrón se había ganado su castigo. Él, Machmet, lo había acogido y cuidado como un padre, le había dado trabajo, y así se lo pagaba.

—¿En qué le beneficia a usted que sea condenado a trabajos forzados?

El comerciante les habló de la justicia terrenal, que debía prevalecer sobre la justicia de Alá, porque además el destino de cada persona estaba escrito en el libro de la vida, nadie podía cambiarlo. No parecía ser sij, sino seguir las enseñanzas de Mahoma.

—¿Su fe no enseña a perdonar a los pecadores arrepentidos? —intentó convencerlo Peter Siegel.

No tuvo suerte. El hombre dijo que Schammi no era en absoluto un pecador arrepentido, que se había escapado de noche con el botín y al día siguiente lo había vendido.

Lo sabía perfectamente porque conocía al comprador.

Luego Schammi se había escondido durante varios días en la clínica para nativos, pero al final habían conseguido atrapar al ladrón.

—¿El comprador no será un tal Kamal Singh, por un casual? —insistió Charlotte.

Machmet disimuló su perplejidad metiendo un dedo bajo el turbante y rascándose enérgicamente detrás de la oreja.

—¿Kamal Singh? ¿De dónde ha sacado ese nombre?

—No sería de extrañar. Schammi lo conoce, trabajó para él.

Tenía que haber sido así. ¿Cómo se habría enterado si no Kamal Singh del arresto del chico?

—Sea como fuere, el reloj no está y el perjudicado soy yo.

Era posible que Kamal Singh hubiera hecho un buen negocio, al fin y al cabo él también era un tunante.

Pero también era posible que le hubiera devuelto el botín a Machmet Gupta.

De ser así, el reloj colgado junto a la entrada era el cuerpo del delito.

Por desgracia era imposible demostrarle la estafa a Machmet; desde luego Kamal Singh no se prestaría a declarar como testigo.

Pero Charlotte pensó que quizá lograra embaucar al comerciante.

—Veamos, soy buena amiga de Kamal Singh y podría pedirle que devolviera el reloj.

Sus palabras surtieron efecto: el comerciante se alteró y su voz se volvió estridente.

—Kamal Singh, Kamal Singh, ¡pero si no tiene nada que ver con el asunto! ¡Nada de nada! El reloj lo compró otra persona.

Levantó sus cortos brazos y maldijo a voz en grito a la panda de ladrones que tantos problemas causaban a los comerciantes de la ciudad. Le habían quitado una tetera de plata y muchísimas otras bagatelas, además de dos anillos de oro e incluso una máquina de coser alemana.

Simba empezó a gruñir y ladró dos veces con toda su alma porque creía que ese hombrecillo que braceaba estaba amenazando a su dueña.

—En fin, yo opino que deberíamos llegar a un acuerdo —lo interrumpió Charlotte—. Usted quiere que le restituyan la pérdida y yo quiero llevarme a mi empleado Schammi a la plantación. ¿Qué opina de que le abone el daño?

De repente los obstáculos habían desaparecido.

Machmet le explicó que el reloj robado era una pieza muy valiosa, no podía compararse con la baratija que colgaba ahora junto a la puerta.

Ese solo daba las horas, pero el anterior contaba con un adorable pajarito que piaba cada cuarto de hora, además del cuco que salía disparado a las horas en punto para cantar a plena voz.

Una obra maestra de la técnica alemana que no era fácil de encontrar en África.

—Está bien. Dígame el precio.

Puso los ojos en blanco y aseguró que una pieza única como esa no podía pagarse con dinero, pero luego exigió osadamente dos mil rupias.

—Nos está mintiendo —susurró Peter Siegel en alemán—. Mira, ese reloj tiene dos puertecitas, o sea que tiene dos pájaros, tiene que ser el mismo. Por desgracia no funciona; si lo hiciera podríamos desenmascarar a este tramposo.

—Me parece un precio muy elevado —replicó Charlotte dirigiéndose al hombrecillo.

—¿Qué son dos mil rupias tratándose de una buena acción, mi señora? —preguntó de forma exagerada—. Quiere ayudar al muchacho, ¿verdad? Tienen a Schammi encadenado, yo mismo me aseguré de que así fuera.

Charlotte sujetó el brazo de Peter Siegel, que estaba a punto de emprenderla a golpes de pura y justificada rabia. No tenía mucho sentido alterarse.

Así que volvió al ataque.

—Seguramente tiene usted razón, sahib Machmet. Solo que yo vengo de mi plantación de las montañas Usambara y no conozco los precios de la costa. Creo que lo consultaré con mi amigo Kamal Singh, ya que es un comerciante experimentado.

La repetida mención a Kamal Singh pareció inquietar a Mach­met Gupta. Quedaba demostrada una vez más la gran influencia que tenía aquel indio impenetrable: Kamal Singh movía una gran cantidad de hilos.

—¿Por qué quiere consultarlo? El tiempo apremia, el juicio es mañana y una vez la condena sea firme…

—Utilizaré el teléfono, no tardaré.

El comerciante se mordisqueó enfadado el labio y la miró con esos ojos pequeños y oscuros que echaban chispas.

—¿Cuánto me ofrece?

—Cincuenta rupias, ¡y ni una más!

—Por eso no merece la pena negociar.

—Cincuenta rupias, pero antes me acompañará a la comisaría y retirará la denuncia. Así no tendré que molestar a mi buen amigo Kamal Singh con estas tonterías…

Esas cinco palabras surtieron el efecto deseado: «mi buen amigo Kamal Singh».

Machmet resopló con fuerza y bajó los brazos.

Volvió a escudriñar a Charlotte con la mirada, y luego a Peter Siegel, cuya nuez se movía nerviosa arriba y abajo bajo la incipiente barba.

Delante de la tienda, Simba comenzó a ladrar furioso y a tironear de la reja.

—Perdonaré —murmuró por fin Machmet Gupta—. Alá me lo tendrá en cuenta cuando llegue el día del Juicio. Y ahora llévese de aquí ese perro, ¡va a destrozarme la reja!

Llamó al chico negro y le ordenó cerrar la tienda, luego echó él mismo la llave del candado y sacudió de nuevo la verja para comprobar que estaba bien asegurada.

El funcionario responsable estaba comiendo, así que Charlotte y Peter Siegel tuvieron que esperar con Machmet Gupta en el pasillo frente a su despacho.

No estaban solos: tres africanos lo esperaban pacientemente en el suelo, también había una joven pareja de goaneses apoyados en la pared, y las dos sillas estaban ocupadas por sendos indios que saludaron al comerciante con una ligera inclinación y una sonrisa impenetrable.

Sin embargo, a pesar de haber llegado en último lugar, fueron los primeros en ser llamados al despacho, porque a los ciudadanos alemanes no se los hacía esperar innecesariamente.

Machmet Gupta describió teatralmente la angustia y el tormento que le causaba la inminente condena de Schammi y declaró que quería retirar la denuncia para no acarrear en la conciencia el infortunio de un joven.

El funcionario alemán no se mostró muy impresionado.

Según él, un ladrón era un ladrón y debía ser condenado, ¿adónde iría a parar el mundo si primero se encerraba a un tipo como aquel y luego se lo soltaba?

El asunto se dilató hasta que Charlotte anunció impaciente que Schammi era empleado suyo y había pagado una indemnización.

—Solo espero que no se haya dejado engañar, señora Johanssen —dijo el funcionario mirando de reojo al indio—. Pero, en fin, si quiere llevarse al chico a las montañas Usambara, daremos el asunto por zanjado.