La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Zanzíbar era una aparición lejana en el horizonte, tan inalcanzable como aquel día once años atrás, cuando se dirigía hacia ella acompañada de George, con el corazón anhelante y temeroso al mismo tiempo. George… Nada había cambiado.

—Si Schammi se hubiera quedado en la escuela de la misión del cabo Immanuel, su camino lo habría llevado a Dios —dijo Peter Siegel en tono de reproche—. Yo luché por ese chico, pero quiso seguiros a ti y a tu esposo. Y así fue como las desdichas se precipitaron…

Charlotte no quería discutir con él y guardó silencio, a pesar de no estar de acuerdo.

Pensó en Schammi, el chiquillo perdido del mercado de Dar es-Salam, con su rostro delgado de grandes ojos.

Efectivamente era un tunante, ella también se había dado cuenta.

Era vanidoso, se pasaba de listo y tenía un concepto exagerado de sí mismo.

Cuando Max, su adorado patrón, su gran ejemplo, perdió la vida de forma tan repentina, Schammi se escapó.

Habían pasado más de siete años de aquello, así que ya debía de haber cumplido los veinte y ser todo un hombre.

Pero Charlotte se negaba a creer que se hubiera convertido en un ladrón.

—No era nada tonto, habría podido terminar la escuela y convertirse en diácono —siguió parloteando Peter Siegel—. Seguro que habría conseguido trabajo en la administración. Pero cayó bajo el influjo de la costa, de la podredumbre, de la escoria. ¡El vicio de Zanzíbar se lo tragó!

Tras ellos se oyeron unas risas estridentes: había un grupo de mujeres negras sentadas en los tablones del barco, con fardos anudados de formas inverosímiles a su alrededor.

Seguramente iban a Dar es-Salam a buscar trabajo.

Dos funcionarios de correos fumaban sentados en cómodas sillas y, un poco más allá, un africano harapiento se limpiaba las uñas de los pies con un palillo.

Simba, que seguía siendo la sombra de Charlotte, estaba tumbado con la cabeza apoyada en las patas.

Solo de vez en cuando dirigía a su dueña una mirada de reproche, como si se preguntara por qué demonios se había subido a esa cosa tan horrible que se bamboleaba.

La carta de Kamal Singh había logrado al menos que el mal humor de Peter Siegel se desvaneciera de golpe, ya que había visto confirmadas sus predicciones y se había puesto manos a la obra con una energía asombrosa: como hombre de Dios que era, estaba dispuesto a viajar a la costa y sacar al renegado de su apuro.

Charlotte también se compadecía del desdichado Schammi, pero todo ese asunto era un fastidio para ella, ya que no le gustaba ausentarse de la plantación con tanto trabajo pendiente.

Por otro lado, no podía dejar que Peter Siegel fuera solo, en parte porque no se fiaba de su habilidad para las negociaciones, pero también porque Klara le había suplicado que lo acompañara.

Al fin y al cabo, podía sufrir otro de sus ataques.

Sin embargo, el destino quiso que los Krüger enviaran justo entonces a la plantación a un hombre que les parecía apropiado como administrador de Neu-Kronau.

Björn Husdahl era noruego y al principio le causó a Charlotte una impresión desoladora: era un hombre altísimo y tan flaco que parecía estar consumido por alguna enfermedad.

Su rostro, mayormente oculto por una barba rubia oscura, también estaba muy hundido, pero sus ojos azules claros la conquistaron.

Tenían la mirada larga y afilada de la gente de mar.

Hablaba un inglés casi incomprensible, nadie de la plantación sabía noruego, y Husdahl solo parecía hablar alemán en situaciones de estricta necesidad.

Sabía suajili, pero únicamente lo usaba para comunicarse con los africanos.

En general no parecía muy hablador, prefería hacerse entender con gestos, que acompañaba con palabras sueltas.

A pesar de todo, Charlotte tenía buenas sensaciones.

Le ofreció quedarse unos días, y después se sentarían a arreglar los detalles.

El color blanco del palacio de la Gobernación de Dar es-Salam relucía entre las palmeras mientras el vapor costero disminuía la intensidad de las máquinas para enfilar lentamente el canal hacia el puerto.

El barco se deslizó muy cerca de las islas de coral de la entrada, a la derecha aparecieron las exuberantes palmerales del cabo Immanuel, la sede de la misión evangélica, y después se abrió ante ellos la ensenada.

Pequeños dhows de velas blancas e hinchadas surcaban el agua, y el transatlántico que había atracado en la bahía parecía un gigante dormido entre los botes pesqueros.

La capital de la colonia alemana se extendía pintoresca a lo largo de la línea curva de la costa y dejaba entrever entre palmeras y acacias los edificios coloniales y las iglesias de reciente construcción.

En medio de todo ello, casi ocultas por la maleza, estaban las chozas marrones de los africanos, los cobertizos grises, las barracas destartaladas habitadas por gente de todas partes que había llegado a esa costa empujada por la esperanza.

El vapor costero atracó en el embarcadero delante del edificio de aduanas y a Charlotte le costó impedir que Peter Siegel se dirigiera en primer lugar a la misión evangélica.

—¡En asuntos como este, el apoyo de la misión local puede abrir muchas puertas! —replicó testarudo.

—¡Primero lo intentaremos por nuestra cuenta! —insistió ella enérgicamente.

¿Cómo podía ser tan ingenuo? Seguro que estaban informados de sus ideas delirantes y lo más probable es que no lo to­maran en serio. Además, ella quería solucionar esa desafortunada historia lo antes posible, y los misioneros del cabo Immanuel solo los retrasarían.

Peter Siegel no estaba acostumbrado a someterse a la voluntad de una mujer.

Se quedó en la playa un rato, ofendido, y parecía querer llevar a cabo su plan en solitario, pero al final cedió, aunque solo fuera porque ir a pie desde el puerto al cabo Immanuel le habría llevado al menos media hora y no tenía dinero para alquilar un rickshaw .

Mientras la acompañaba al ayuntamiento, renegó de Simba, que en su opinión tendría que haberse quedado en la plantación, y luego se dedicó a sacudir la cabeza mientras ella iba preguntando a la gente.

La enviaron al cuartel de la policía alemana; de allí, a la prisión, que estaba justo detrás del edificio de aduanas; y, por último, tras esperar una eternidad, Charlotte dio con un funcionario que le confirmó que tenían detenido a un tal Schammi.

Añadió que, si quería hacer algo por el muchacho, tenía que darse prisa, porque la vista en la que se dictaría la sentencia definitiva se había fijado para la mañana siguiente.

Les contó que la cárcel para nativos estaba llena de ladrones, cómplices y otros maleantes, un fastidio, porque antes esa chusma simplemente recibía una buena tunda con el látigo de piel de hipopótamo.

Pero ahora se aplicaba la ley colonial, había que alimentar y juzgar a esa gente con dinero del Gobierno, para que salieran libres después de unos cuantos meses de trabajos forzados.

—No sabe cómo le agradecería que me informara del nombre y la dirección del demandante —lo interrumpió gentilmente Charlotte.

La burocracia alemana también resultó ser de lo más eficaz allí: después de buscar un poco, un empleado negro encontró la documentación y anotó los datos deseados en un papel con bonita caligrafía:

M ACHMET G UPTA

C ALLE DE LOS INDIOS

N ÚMERO 56

—¿Dice ahí qué se robó? —preguntó Charlotte, y alargó el cuello para intentar echar un vistazo a los papeles.

El empleado hizo un esfuerzo por descifrar las anotaciones manuscritas, frunció el ceño y se acercó el papel a los ojos.

—Un r-e-t-o-g… —deletreó encogiéndose de hombros.

—¿Un qué?

Volvió a intentarlo y de repente se le iluminó la cara.

—Un clock de Sevanega…

—¡Un reloj! —exclamó Peter Siegel preocupado—. Robó un reloj. Puede que varios. ¿Qué será «Sevanega»?

Charlotte no podía creerlo, era realmente insólito.

Schammi se había llevado un reloj de cuco de la Selva Negra.

Ella había visto uno en una tienda de Hamburgo, pero no le había gustado en absoluto.

Una casita con una pareja vestida con los trajes típicos de la región y un cuco que salía disparado por una ventanita haciendo mucho ruido para dar las horas.

Las pesas de hierro en los extremos de las cadenas que accionaban el mecanismo tenían forma de piñas de abeto.

¿Quizá Schammi no había podido resistirse a semejante maravilla?

—Vámonos. —Charlotte se volvió enérgicamente y se dirigió hacia la puerta.

Peter Siegel la siguió desconcertado. No tenía ni idea de por qué la prima de Klara se echaba a reír a carcajadas en cuanto cerraron la puerta tras ellos. Cuando esta se lo explicó, no le pareció gracioso en absoluto.

—Son como niños —murmuró—. Los seduce cualquier baratija. Tenemos que guiarlos, de lo contrario están perdidos.

Hacia el mediodía no había demasiada actividad en la calle de los indios, pero a Charlotte le llamó la atención que muchas de las antiguas casas en ruinas y de los cobertizos se habían derribado para construir nuevos edificios.

Entre esas construcciones blancas, pequeños comerciantes y artesanos habían levantado sus casetas, que en su mayoría consistían en una única estancia y un alero de lona.

Eran sobre todo africanos que no podían permitirse el alquiler de una ubicación mejor.