La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Charlotte se sacudió definitivamente de encima la tristeza y salió de debajo de la lona para sentarse junto a Johannes Kigobo.

Observó con ojo crítico los campos hasta donde alcanzaba la vista; enseguida enviaría a varias personas a desherbar.

Había que plantar el arroz, al día siguiente se ararían varias parcelas para sembrar patatas, zanahorias y alubias, y en el jardín ya brotaban los primeros rabanitos.

Una horda de niños negros se acercó entre gritos de alegría y entre ellos, de la mano de Ontulwe, iba también Sammi, que se tambaleaba un poco pero confiaba en sí mismo.

Estaba gracioso con su babi blanco y la delicada piel tostada por el sol, y su cabello pelirrojo resplandecía como un pequeño fuego entre las cabezas negras de los demás niños.

¡Cuándo dejaría Klara de coserle a su hijo ropita tan ridícula! ¿Para qué necesitaba un niño camisones de encaje? Por suerte enseguida se quitaba los sombreros que le ataban bajo la barbilla.

Cómo no, Simba tuvo que sacudirse justo cuando se bajaron del carro delante de la casa.

Elisabeth chilló porque el bonito vestido que se había puesto para visitar a los Krüger ahora estaba lleno de salpicaduras de barro rojizo.

Charlotte le pidió al renqueante Kerefu que primero secara al perro y luego desenganchara las mulas.

Jonas Sabuni salió de la cocina para ayudar a Johannes Kigobo a descargar el carro, y Peter Siegel había cogido a su hijo, cubierto por una costra de suciedad, y lo había metido en casa entre lloros, seguido de Ontulwe, que no quería dejar solo a su amiguito.

Peter enseguida reprocharía a la pobre Klara que hubiera desatendido al niño, como hacía siempre que estaba enojado por algo.

Esta vez era la construcción de la capilla, que no se llevaría a cabo con tanta celeridad como él esperaba.

—Ha venido un mensajero, bibi Johanssen —informó diligentemente Jonas Sabuni—. Ha traído una carta y ha dado a bibi Siegel. He servido buenas gachas de maíz con plátano y pollo, pero ha hecho mueca y ha dicho que en Tanga come mejor.

¿Un mensaje de Tanga? Seguramente era la sociedad misionera preguntando por Peter; seguro que los dos pastores de Hohenfriedeberg habían informado detalladamente sobre él.

¿Le exigirían que abandonara África para recibir tratamiento en Alemania?

Charlotte suspiró: otro problema más. El marido de Klara por fin se encontraba mejor, la pequeña familia se había adaptado a la vida en Neu-Kronau y estaba a gusto.

Lo mejor habría sido que la sociedad misionera los dejara en paz.

Encargó a Jonas Sabuni que guardara los regalos en algún sitio provisional y se dirigió a las casas de los trabajadores seguida por Elisabeth.

Allí, las mujeres se afanaban en sus propios campos y huertos, mientras que los hombres se habían sentado juntos a fumar y se pasaban una calabaza con licor de caña destilado por ellos mismos.

—¡Mamá, otra vez están vagueando!

Charlotte no estaba contenta y se lo hizo saber: ¿no les había ordenado que desherbaran a diario y que araran los campos?

—¿Cómo podemos trabajar con esta lluvia, bibi ? Nadie puede. Los espíritus están furiosos, nos lanzan rayos y truenos, no quieren que movamos suelo…

—¡Mirad al cielo! ¿Qué veis?

—El sol.

—Efectivamente. Kibwando repartirá los picos. Ocupaos también de los pequeños cafetos junto al pasto de las vacas. Juntad las malas hierbas en varios montones grandes, como siempre, para poder quemarlos mañana o pasado mañana…

Tendría que enviar a las mujeres a los pastos, varias de las vacas habían parido y había que ordeñarlas.

Ya iba siendo hora de que encontrara un administrador, porque había perdido ya la esperanza de que Peter Siegel se interesara en algún momento por la gestión de la plantación.

El señor misionero solo pensaba en su escuela y en los planes de la capilla, seguramente aquel precioso huerto de Naliene había sido obra de Klara exclusivamente.

Simba olisqueaba la hierba, parecía haber encontrado un rastro que lo condujo directo al gallinero.

—¡Mira eso, mamá! ¡Alguien ha estado escarbando! ¡Ya no se ve bien porque la lluvia ha borrado las huellas! —exclamó Elisabeth agitada.

Efectivamente, dentro del corral rodeado por alambre de espino, muy cerca del gallinero, había un agujero.

Algún animal había saltado sin esfuerzo los dos metros de valla y había intentado entrar.

Menos mal que Jeremy había clavado bien los tablones.

Ya fuera una civeta o un leopardo, seguro que el depredador regresaría.

Si no quería perder todas las gallinas, tendría que ponerse al acecho con Johannes Kigobo.

Charlotte sonrió con amargura; Jeremy habría disfrutado especialmente de aquello, pero ya no estaba allí y seguramente jamás volvería a dejarse ver por la plantación.

—¿Puedo ver cómo disparas al leopardo, mamá?

—No, de ninguna manera. Y, además, ¿quién dice que haya sido un leopardo?

—¿Qué va a ser si no? —dijo la niña malhumorada—. Si me dejaras el fusil, yo misma le daría.

¿Se podía negar que era la hija de Max von Roden quien hablaba? ¿Llevaría Elisabeth la pasión por la caza en la sangre, como su padre? La pequeña se marchó corriendo para unirse a los niños negros y acto seguido Charlotte la oyó anunciar un juego en voz alta.

En el salón la esperaba una sorpresa: la carta estaba encima de la mesa y no iba dirigida a Peter Siegel, sino a ella.

La esperanza de que se tratara de un mensaje de George la atravesó como un rayo.

¿No venía de Tanga la carta? Quizá el correo se había desviado por error, en África sucedía constantemente.

Pasó a toda prisa por encima de las piezas de la camita y de las pacas de tela que Johannes Kigobo había dejado provisionalmente en el salón, pero ya cuando alargó la mano hacia la carta, su esperanza se desvaneció.

Esa no era la caligrafía de George, la letra afiligranada de curvas elegantes pertenecía a otra persona, alguien que no le traía solo buenos recuerdos.

Decepcionada, se dejó caer sobre una de las dos sillas y volvió a apoyar la carta sobre la mesa.

Desde el piso de arriba le llegaba la voz alterada de Peter Siegel y el llanto de Sammi, y de vez en cuando se oían las réplicas quedas de Klara, que provocaban nuevos estallidos de ira en su marido.

A Charlotte se le cayó el alma a los pies.

¿Por qué permitía Klara que la tratara así?

Al menos podría luchar por su hijo. Pero era la obediente hija de la tía Fanny y había aprendido que el esposo, el padre y el proveedor de la familia iba en primer lugar, luego estaban los hijos, después las hijas, y por último ella misma.

—¡Johannes Kigobo! Llévale esta camita a bibi Siegel.

Así Peter Siegel tendría algo que hacer y su prima disfrutaría de un poco de paz.

Charlotte giró la carta en las manos, clavó la vista en las palabras manuscritas, y de repente recordó una escena de varios años atrás: el murmullo del mar, tres negros que llegaron a tierra en una barca, un muchacho con camisa blanca al viento que le entregaba disimuladamente una nota…

¡Lo que faltaba! ¿Qué querría Kamal Singh de ella ahora? ¿No había quedado satisfecho con lo que le había pagado?

Abrió el sobre con el corazón acelerado y desdobló la carta. Estaba escrita con tinta azul oscura sobre un papel caro que, en la esquina superior izquierda, portaba el membrete del indio. En la esquina opuesta se distinguía una flor de loto estampada.

Querida amiga:

Espero que esté disfrutando de las bondades de una plantación floreciente en las hermosas montañas Usambara y que no añore el mar que nos separa a ambos de la India.

Un asunto urgente me lleva a hacerle llegar esta carta por mensajero. Quizá recuerde a un muchacho que acogió usted hace muchos años, en contra de mi consejo. El chico no supo valorar su amabilidad y se la pagó escapando de usted.

Hace varios años pidió trabajo en mi casa de Zanzíbar y cometí la imprudencia de contratarlo.

Un chico servicial y nada tonto que únicamente tiene un defecto: es una persona ladina.

No sé qué hizo después de que yo lo despidiera, pero uno de mis socios me informó ayer de que el pequeño granuja está preso en Dar es-Salam por robar a su patrón.

Seguramente su destino le sea a usted indiferente, pero como la edad me está volviendo un sentimental, sospecho que podría usted estar inquieta por Schammi.

Se despide su amigo y mentor,

K AMAL S INGH

El viento del nordeste arrastraba pequeñas olas azules irisadas hacia la costa, de vez en cuando se levantaba una pequeña cresta blanca, y cerca de la orilla el agua era turquesa, fresca y límpida.

Charlotte se apoyó en la baranda del vapor costero y oteó la isla envuelta en niebla que se deslizaba a lo lejos como un espectro verde grisáceo.

Zanzíbar, la cándida, la hermosa, la isla que despertaba pasiones ardientes, la tierra prometida, el lugar donde los sueños podían hacerse realidad.

Dos años atrás, cuando ellos se habían marchado de África, se había declarado una epidemia de peste en aquella mágica isla.

Ningún barco extranjero se atrevía a hacer escala en el puerto de la ciudad de Zanzíbar, lo que había otorgado una importancia renovada a las ciudades costeras de los alemanes; Tanga era la que más se había beneficiado de la cuarentena.

Sin embargo, eso había quedado atrás, la isla de las especias había recuperado su posición preferente y ningún lugar del mundo habría podido disputársela.

¿No les traía el viento ahora el aroma de la macis y del anís estrellado?

Qué tontería, a bordo del abarrotado vapor costero solo olía a barniz marino y brea, mezclados con el hedor latente a pescado podrido que aventaba el aire húmedo del monzón.