La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Por la otra parte también se tomaron medidas educativas. El comandante Krüger ordenó a su hijo menor que se presentara ante su butaca y se dispuso a aclarar lo sucedido.

—¡Mírame a los ojos, Wilhelm!

El niño clavó la mirada en la lámpara de techo. Los Krüger disponían de una instalación para producir electricidad.

—¡Mírame a mí y no a la lámpara, Wilhelm! —dijo en tono más amenazador.

El chico hizo acopio de valor y le devolvió la mirada a su padre, pero solo la sostuvo un momento, luego sus ojos vagaron por la estancia y se detuvieron un instante en su madre antes de bajar la vista al suelo.

—¿O sea que no has hecho trampas? ¿Me das tu palabra de honor?

—Esto…, esto es lo que ha pasado, papá. La… la manga se me ha quedado enganchada en la ficha y se ha movido. Pero no ha sido a propósito, ha sido sin querer. Elisabeth decía que la ficha estaba en la casilla siguiente, pero es que…

—¡No quiero excusas!

El niño enmudeció y volvió a buscar auxilio en su madre, pero esta no parecía dispuesta a intervenir.

Charlotte sintió lástima por el pequeño.

Los Krüger tenían tres hijos; los dos mayores iban a la escuela secundaria en Alemania y vivían con parientes, pero Erdmute le había confiado que el más joven era un poco lento en su aprendizaje y habían decidido que se quedara allí con ellos.

—Si no puedes darme tu palabra de honor con la conciencia tranquila, Wilhelm, no hay más que decir. Sube a tu cuarto, ¡no queremos verte más por hoy!

—Sí, papá…

—¿Qué se dice?

—Gracias por el castigo, papá.

Elisabeth había presenciado el interrogatorio con la boca abierta.

Estaba acostumbrada al tono enérgico de su madre, que también se enfadaba, pero nunca había llegado a tener que dar las gracias por un castigo.

Y con George era distinto, nunca la castigaba, aunque sabía cómo conseguir que hiciera lo que él quería.

Cuando Wilhelm pasó por su lado con la cabeza gacha y apartó la cortina, fue consciente de que había perdido a su compañero de juegos para lo que quedaba de día.

—Por favor… —balbuceó, y se colocó delante de Gustav Krüger—. No…, no es que Wilhelm haya hecho trampas exactamente. En realidad es que ya ninguno de los dos sabíamos dónde estaba la ficha. Sí, eso es. Y entonces…, entonces nos hemos peleado.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Gustav Krüger con una sonrisita—. ¿La jovencita quiere oponer su veto? ¡Quién me lo iba a decir!

Bebió otro sorbo de ponche y observó a la niña con benevolencia. Elisabeth tenía los ojos azules entornados, había puesto morritos y su postura era beligerante. Parecía decidida a arreglar la situación.

—¡Pero si acabas de decir que Wilhelm había hecho trampas! —intervino Charlotte enfadada—. No me gusta nada que mientas, Elisabeth.

—No he mentido, mamá. Es solo que los dos pensábamos que teníamos razón. Pero ya está. Siento que nos hayamos peleado, y Wilhelm también lo siente. Y ahora seguiremos jugando, ¿de acuerdo?

Wilhelm se había detenido y miraba de reojo a su padre. Elisabeth tenía la vista levantada hacia Gustav Krüger, con un gesto suplicante que habría ablandado al más duro y tras el que ya asomaba la alegre certeza de haber vencido.

—¡Una dama joven y valiente! —rezongó—. Me parece que deberíamos primar la clemencia sobre la justicia, ¿qué opinas tú, Erdmute?

—Estoy completamente de acuerdo.

Elisabeth no esperaba otra cosa. Agarró al perplejo Wilhelm de la manga y se lo llevó al comedor.

—¡Te toca a ti colocar las fichas! —la oyeron ordenar con su voz aguda.

Peter Siegel no había querido entrometerse en la escena, pero no pudo evitar torcer el gesto con desprecio. Había reprochado a Charlotte en numerosas ocasiones que su hija fuera una déspota, un terrible defecto en una niña.

—Una jovencita preciosa —comentó Gustav Krüger con una sonrisa—. Y muy inteligente también. Puede estar orgullosa de ella, querida Charlotte.

—Tengo que estar muy atenta para que no tergiverse lo que digo —reconoció Charlotte un poco disgustada pero sonriente.

—Bah, tonterías. Esa pequeña sabe lo que quiere. Dentro de unos años tendrá a todos los chicos comiendo de la palma de la mano.

Charlotte rio y luego cambió de tema. No le gustaba en absoluto pensar en que al cabo de pocos años Elisabeth sería una jovencita.

No tenía ni ocho años, era una niña. Su hijita ahora por fin estaba con ella día y noche porque las lluvias habían puesto fin a sus idas y venidas de Hohenfriedeberg.

Elisabeth se había adaptado a la vida en Neu-Kronau y recibía clases de Peter Siegel y de su madre.

Al día siguiente, al mediodía, cargaron en el carro los regalos de Navidad de los Krüger y engancharon las dos mulas.

Johannes Kigobo, que tuvo que colocar las cosas junto con los empleados de los Krüger, aseguró entre sudores que aquello ya no cabría en la pequeña vivienda de Neu-Kronau.

La camita, que había sido de Wilhelm, era para Sammi.

Elisabeth había recibido una cuna de madera de juguete para la Señorita Mine, una pieza valiosa y hermosamente tallada con la que Erdmute había jugado de niña y que se había llevado a África con la esperanza de tener una hija.

También se habían apilado varios metros de una colorida tela de algodón para Klara, además de lino blanco para que le cosiera una chaqueta y un pantalón a Peter.

A Charlotte le habían regalado un precioso mantel de damasco con el borde de encaje blanco.

Peter enseguida había opinado que su sitio no era el comedor sino un altar.

La despedida fue muy afectuosa. Tras los pertinentes abrazos, los Krüger prometieron devolverles la visita pronto.

A Elisabeth también le resultó difícil separarse de su compañero de juegos.

Más tarde, cuando traqueteaban por la carretera, los sorprendió un aguacero tardío y se alegraron de estar sentados bajo la lona que cubría el carro.

El pobre Simba, que trotaba a su lado, quedó empapado, y tampoco corrió mejor suerte Johannes Kigobo, que dirigía las mulas desde el pescante.

Sin embargo este no le dio ninguna importancia y entonó con fuerza uno de los himnos religiosos que había aprendido en Hohenfriedeberg.

Peter Siegel se le unió y Elisabeth también lo tarareó alegremente.

Charlotte, en cambio, no tenía muchas ganas de participar en la función.

Iba encajada entre la camita y los fardos de tela y le parecía estar notando cada piedra y cada bache del camino.

Pocas horas antes, durante el desayuno en la terraza techada, había hablado entusiasmada de Sammi, que había desarrollado una gran pasión por la pequeña Ontulwe y ahora correteaba el día entero de su mano.

Sin embargo, ahora que se dirigían hacia Neu-Kronau y la lluvia golpeaba la lona encerada, su buen humor se estaba desvaneciendo y estaba dando paso a una sombría tristeza.

Apoyó la cabeza en las telas y cerró los ojos para que los demás creyeran que intentaba dormir.

No quería importunarlos con sus penas, y menos que nadie a Elisabeth, que preguntaba muy a menudo por George.

A la niña le contaba una y otra vez que George estaba recorriendo el interior de la selva, y que allí no había oficinas de correos.

No había tenido noticias de él desde la carta de septiembre.

Sabía que la estación de lluvias hacía intransitables los caminos de las montañas Usambara, pero incluso entonces les entregaban correo de vez en cuando.

Ya estaban a mediados de enero, el paisaje rebosaba fertilidad, flores de todos los colores cubrían los campos y el cartero ya había pasado dos veces por Neu-Kronau, pero seguía sin haber noticias de George.

¿Sería porque aún enviaba sus cartas a Hohenfriedeberg?

¡Pero las dos que sí había recibido habían llegado de todos modos!

—Mamá, ¿estás dormida?

Profirió un leve quejido, como si Elisabeth la hubiera despertado de un profundo sueño, y la pequeña se apartó para dejar dormir tranquila a su mamá.

Era un teatrillo de lo más cobarde. Charlotte jamás había hecho algo así, ya que solía guardarse sus penas para la noche y durante el día intentaba poner buena cara a todo el mundo.

Un mal presentimiento se apoderó de ella.

¿Se debía a que viajaban por un camino embarrado y poco firme en un vehículo inestable?

¿O a la caligrafía extrañamente torpe de la última carta de George?

La zona en la que este se encontraba estaba libre de malaria, era un paisaje salubre, parecido a las montañas Usambara, ¿no lo había mencionado él mismo en la misiva?

Hacía tiempo que se le había pasado el enfado provocado por aquella última carta, había leído todos los manuscritos varias veces e incluso les había añadido ya comentarios y pequeñas correcciones.

Solo quería saber de él, una cartita de nada, por muy corta que fuera, ¡unas pocas líneas!

—¡Mamá, despierta, dormilona! Estamos a punto de llegar. Martha Mukea ya viene a abrirnos la verja.

Charlotte levantó la lona y se topó con el espectáculo de las gotitas de lluvia iluminadas por el sol que perlaban un gran helecho. El cielo se había despejado, una delicada niebla se elevaba de los valles hacia las alturas, y los macacos hacían gimnasia en las ramas de las acacias.

Los pies desnudos de Martha Mukea estaban embadurnados de barro rojizo, llevaba el vestido recogido con la mano para que no se le ensuciara, y se peleaba con la obstinada verja.

La hierba y los arbustos de toda clase crecían con tal intensidad que la maleza era ingobernable, incluso la piedra marrón que había hecho colocar Karl Manger llevaba tiempo cubierta de vegetación y la inscripción ya no podía leerse.

África no se dejaba dominar, solo se entregaba durante un tiempo, pero cuando llegaba el momento recuperaba su libertad.