Capítulo 7
—Es raro, en esta época siempre me enternezco y recuerdo nuestro hogar en Alemania. Y eso que aquí somos felices y estamos contentos. Pero la Navidad alemana es algo muy especial…
Erdmute Krüger había hecho un arbolito con ramas de cedro y lo había decorado con bolas plateadas, pajaritos de cristal y espumillón.
El abeto navideño improvisado quedaba muy lucido sobre el bonito aparador, entre dos candelabros de plata.
El salón de los Krüger tenía muebles oscuros y torneados y butacas altas que habían hecho traer de Alemania.
En la estancia contigua había un comedor amueblado de forma similar y un cuarto en el que el matrimonio recibía a sus invitados.
—Sí, la Navidad alemana es incomparable —comentó Peter Siegel—. Pero Cristo vino al mundo para ser una luz en la oscuridad de los pecados de todas las personas de la tierra.
Estaban casi a mediados de enero y la Navidad quedaba muy lejos, pero las fuertes lluvias habían impedido a Charlotte hacer la visita prometida hasta ese día.
La acompañaban Elisabeth y Peter Siegel, Klara había preferido quedarse en la plantación.
Los Krüger le parecían simpáticos, pero también la asustaban, porque, según ella, pertenecían a otro mundo.
Gustav Krüger había sido comandante del ejército colonial alemán y su mujer provenía de una adinerada familia de terratenientes.
—Es por nuestras tradiciones tan antiguas y hermosas, que no se encuentran en otros países —intervino Charlotte mientras acariciaba la cabeza de Simba, que estaba tumbado en el suelo a su lado.
El ponche de Erdmute despedía un aroma delicioso, en la jarra flotaban estrellas de canela y pequeños clavos de olor, que en su casa solían llamar «clavitos», además de peladuras de naranja y limón—.
De niños recortábamos los adornos en papel de colores y, cuando hacía el suficiente frío, salíamos a patinar sobre el Leda.
Erdmute asintió entusiasmada y les habló de nueces pintadas de oro y un abeto inmenso que se colocaba en el vestíbulo de la casa, decorado con manzanas y estrellas de paja.
—Allí se repartían los regalos al servicio. Las mujeres recibían alguna bonita tela; los hombres, cuero para zapatos nuevos, y tampoco nos olvidábamos de los niños…
Charlotte sonrió ensimismada, aunque ella apenas tenía recuerdos nostálgicos de las Navidades en Leer.
Las fiestas consistían en limpiar, cocinar e ir a misa, los regalos eran escasos, y solo reinaba un poco de alegre ajetreo en la casa cuando la parentela llegaba de visita.
Pero prefirió no contarlo. Era agradable estar sentada en esa mullida butaca, dejarse agasajar con buena comida y un delicioso ponche, olvidarse de las preocupaciones y disfrutar de la calidez del entorno.
No la calidez externa —en enero, las temperaturas de Usambara seguían siendo veraniegas—, sino la de la amistad de la rubia Erdmute, que solo era diez años mayor que Charlotte y sin embargo la trataba con un cariño maternal.
El fornido Gustav Krüger, que podía mostrarse bastante brusco con sus empleados, idolatraba a su esposa y se sometía plenamente a su voluntad en la casa.
Había tenido que luchar por su querida Erdmute, había recibido rechazo tras rechazo, y solo cuando se ganó los galones en África Oriental recibió permiso para casarse con ella.
Seguramente había sido un buen oficial, siempre estaba atento a todo y tenía mucha iniciativa.
Esa tarde también abordó enseguida los nuevos proyectos.
—Ambos estamos entusiasmados con su propósito, pastor Siegel, y nos gustaría hacerle una propuesta.
Si ubicamos la obra en algún lugar al que nosotros también podamos llegar fácilmente, nos involucraremos en ella.
Puedo enviar trabajadores y conseguir oficiales, y también procurar sillares de piedra. ¿Qué opina?
La recuperación de Peter Siegel iba viento en popa. Ya enseñaba a los niños negros de la plantación y presionaba a Charlotte para construir una capilla.
—Eso es maravilloso, señor Krüger. La bendición de Dios desciende sobre esta empresa, ya la percibo. Esta capilla será para todos nosotros, blancos y negros, un lugar de reflexión y comunión con el Señor.
—Entonces no deberíamos demorarnos. Tengo en mente una colina, a varios kilómetros al oeste de aquí, no muy lejos de la carretera.
Es una zona rocosa, justo como dijo Cristo: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella».
Mañana deberíamos ir a inspeccionar la zona…
Charlotte no estaba precisamente entusiasmada.
En una ocasión le había dicho a Klara que si Peter estaba empeñado en predicar, que construyera una capilla, pero lo había propuesto sin reflexionarlo realmente.
Sin embargo, Klara debía de habérselo contado a Peter y este se había entregado a la idea.
¡Una capilla en la que nadie le prescribiera cómo ni qué predicar!
A los Krüger también les había gustado la idea, seguramente en la finca de los padres de Erdmute también había una capilla privada.
—Será mejor que no nos precipitemos —intervino Erdmute, afable pero decidida, y su esposo dejó la copa en el acto para recostarse cómodamente en la butaca—.
Seguro que primero tendrá pensado ampliar la vivienda, ¿verdad, Charlotte?
Al fin y al cabo, es el hogar de dos familias, además su esposo regresará pronto y estarán un poco apretados, ¿no es cierto, querida?
—Así es —asintió Charlotte agradecida—. Este año, con todas las obras pendientes que hay, dudo que pueda acometer el proyecto de una capilla.
Peter puso cara larga, compadeciéndose claramente de sí mismo. Ya habían tenido conflictos por ese motivo, ya que cuando Peter no se salía con la suya, Klara siempre sentía el deber de interceder por él. No solo mimaba a su hijo pequeño; su esposo, cada vez más, recordaba a un muchacho malcriado.
—Bueno, por ahora podemos decidir dónde se construirá —rezongó Krüger, dedicando una mirada dubitativa a Erdmute—. Y si usted no se opone, Charlotte, colocaríamos ya los cimientos. Aquí en Usambara hemos reunido mucha experiencia que redundará en beneficio de todos.
Los Krüger habían levantado una casa de tres alas con un porche de entrada adornado con columnas, y la base estaba enteramente construida con piedra. Era un edificio espacioso y agradable al mismo tiempo, que, curiosamente, se parecía a una casa de campo inglesa.
—Yo creo que es mejor que primero pongamos nuestro conocimiento y nuestros medios a disposición de Charlotte para que amplíe su casa.
¿No te parece, Gustav, que una joven familia precisa de un lugar adecuado para vivir?
Sobre todo aquí, en Usambara, donde habría que mostrar a los negros en qué consiste la cultura residencial alemana.
—Tienes razón, cariño mío, como siempre. —Gustav Krüger se dio por vencido y le tendió a su mujer el vaso de ponche vacío—. ¡Cómo podría contradecir a una esposa tan maravillosa como tú!
Aliviada, Charlotte cogió una de las deliciosas galletitas navideñas que Erdmute había preparado con nueces y almendras locales. Una capilla en medio del bosque, ¡lo que faltaba!
—La gran estación de lluvias ha sido especialmente abundante este año —comentó Erdmute cambiando de tema—.
Me alegro de que haya acabado. Estos aguaceros que lo embarran todo nos aíslan en gran medida del resto del mundo.
Apenas llegan visitas, y los pocos viajeros que desafían la lluvia acostumbran a ser personajes bastante extraños…
Les habló de un cazador que había llegado a la plantación a principios de noviembre y se había alojado en su casa durante tres días. Un joven inglés bastante atractivo, pero por desgracia completamente voluble.
—Era interesante y gracioso —les contó Gustav Krüger—. Las veladas eran de lo más divertidas. Pero estaba claro que el muchacho no tenía disciplina ni un proyecto sensato de vida. Durante los tres días que pasó con nosotros, apenas estuvo sobrio.
—La gente como ese tal Jeremy Brooks, si no recuerdo mal su nombre, es digna de lástima —intervino de nuevo Erdmute Krüger— y, por desgracia, transmiten a los negros una imagen completamente equivocada de nosotros.
Conversaron acerca del diferente destino que habían tenido distintas personas en África Oriental.
Charlotte guardó silencio, a pesar de que podía haber explicado que conocía a ese joven al que hacía referencia Erdmute, pero, por muy simpáticos que le resultaran los Krüger, no le apetecía hablar de su pasado.
Tenía un mal presentimiento. Después de marcharse furioso en septiembre, Jeremy debía de haber pasado al menos dos meses por esa misma zona.
Era ridículo, pero Klara le había dicho en broma que el joven le tenía mucho afecto y que estaba claro que le había echado el ojo.
¿Habría sido demasiado dura con él? Seguramente sí.
Durante su estancia en Neu-Kronau había sido de gran ayuda y no había probado ni gota de alcohol, pero ahora parecía haberse dado a la bebida de nuevo.
«Bueno, no soy su madre», pensó agitada, y trató de ahuyentar el profundo sentimiento de culpa que la acechaba. «Es un hombre adulto y sabe lo que hace».
En el comedor se oyeron en ese momento voces infantiles enfadadas, y por supuesto era Elisabeth la que más fuerte se quejaba.
Estaba jugando a Halma con el hijo menor de los Krüger.
Era un milagro que el silencio hubiera durado tanto, porque Elisabeth tenía muy mal perder.
Se abrió la cortina y apareció la cabecita rubia de la hija de Charlotte. Le ardían las mejillas de indignación.
—¡Wilhelm está haciendo trampas!
El niño, de diez años, le sacaba una cabeza a Elisabeth, era robusto como su padre, tenía la cabeza redonda y las orejas rojas de rabia.
—¡Eso es mentira! —se defendió el pequeño.
—¡Me has movido la ficha!
—¡Que no!
—¡Elisabeth! —exclamó Charlotte en tono severo—. ¡Somos sus invitadas y tienes que comportarte!