La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

Mientras Klara seguía enfriando el dedo de Peter y Johannes Kigobo volvía a martillear con cuidado, Charlotte abrió el sobre de George.

Asomó un grueso fajo de hojas abarrotadas de texto, con notas y dibujos, y esmeradamente numeradas.

La carta dirigida a ella parecía escrita a vuelapluma, con las letras muy separadas e irregulares, como si la hubiera redactado sobre el regazo.

Mi amada Charlotte:

La oportunidad de enviarte esta misiva se ha hecho de rogar, y ahora espero que mis anotaciones, que ni siquiera he podido pasar a limpio, estén a buen recaudo contigo.

Hemos vivido situaciones emocionantes, también pequeños incidentes que, por suerte, no han tenido consecuencias de gran importancia.

El clima de Ruanda no es muy distinto del de las montañas Usambara, aquí la malaria es prácticamente desconocida, como he podido comprobar en mis análisis de sangre a los nativos…

Parecía totalmente centrado en sus experiencias.

Detallaba su encuentro con el sultán watusi Msinga, el hombre más poderoso de Ruanda.

Teóricamente, el gobierno colonial alemán era dueño del país, pero dejaba hacer y deshacer al sultán sin inmiscuirse en sus decisiones.

Y por un buen motivo: era soberano de más de un millón y medio de personas, entre las que había un gran número de excelentes guerreros a los que las tropas alemanas preferían no tener que enfrentarse.

El sultán había aparecido ante sus invitados con mucho boato, en volandas sobre una estera, y los obsequió con enormes rebaños de vacas, cabras y ovejas.

Los watusis se parecen físicamente a los masáis, son altos y muy delgados.

Tienen rostros estrechos y ojos grandes, se trata de seres humanos extremadamente bellos.

Pero no hay que dejarse engañar: hace muchos años, estos nobles guerreros subyugaron a los habitantes originarios del país, los wahutus.

Yo mismo fui testigo de una escena desagradable durante la llegada del sultán, cuando apartaron a los wahutus curiosos a palos como si fueran esclavos.

Los wahutus son agricultores, y no tienen ninguna posibilidad contra el pueblo pastor y guerrero de los watusis.

En estas circunstancias, nuestro duque tuvo la magnífica idea de honrar al sultán watusi con un rifle de caza junto con una cartuchera…

Sintió una gran decepción al sobrevolar las siguientes líneas.

¿No tenía nada más que contarle que los conocimientos etnológicos que había adquirido en Ruanda?

Eso habría podido leerlo en los manuscritos.

Volvió la página y comprobó que la caligrafía de George cada vez era más descuidada.

¿Habría escrito la carta en penumbra, de manera que ni él mismo veía apenas las letras sobre el papel?

Bueno, al menos las últimas líneas parecían incluir algunas palabras de cariño.

A menudo pienso en ti, mi dulce esposa, y también en nuestra pequeña Elisabeth.

¿Habrá llegado a olvidarme para cuando regrese con vosotras, barbudo y quemado por el sol?

¿Y tú? ¿Qué le dirás al tipo exhausto y consumido que se presente en la misión afirmando ser tu marido?

Por las noches me siento delante de la tienda de campaña y observo el cielo estrellado.

¿De verdad hace ya dos años que yacimos junto al tamarindo bajo la misma bóveda celeste?

Unas pocas semanas más y nos tendremos de nuevo el uno al otro, mi gran y único amor.

G EORGE

Unas pocas semanas, pensó con amargura. Sabe perfectamente que la expedición durará mucho más, y la está disfrutando con toda su alma.

—¿Señora Johanssen? ¿Tendrá usted a bien contemplar lo que dejo humildemente a sus pies?

Las palabras divertidas e irónicas de Jeremy la sacaron de sus tribulaciones. Levantó la mirada de la carta y se quedó paralizada.

—¿Le gusta? Un ejemplar exquisito, lo he seguido durante todo el día. Ahora es suyo, la piel lucirá mucho sobre la chi­menea.

Ya habían desollado al leopardo y habían dejado la carne para los animales salvajes. El pelaje manchado junto con la imponente cabeza colgaba de una vara portada por dos de sus trabajadores. Jeremy se había colocado al lado, se apartó el pelo de la frente y la miró desafiante.

—¿Cómo se le ocurre llevarse a tres de mis empleados a su ridícula cacería? —le increpó.

Se quedó atónito, ahora parecía un niño desobediente.

—He caminado el día entero para traerle este botín…

—¿Se lo he pedido yo? ¡Odio que se mate a un animal tan hermoso sin motivo!

Klara los miraba asustada desde cierta distancia, Johannes Kigobo y Peter también se habían erguido, y los niños, que hasta ese momento jugaban y reían alegremente, enmudecieron y contemplaron la piel ensangrentada del leopardo.

Simba, sentado junto a la silla de Charlotte, como de costumbre, se había incorporado y gruñía hostil hacia el botín de caza.

—De ser así, me encuentro en el lugar equivocado —dijo Jeremy, recogiendo la piel de leopardo—. ¡Adiós, lady !

Solo diez minutos después se marchaba a caballo.