Capítulo 6 #3
Cuando el grupo se marchó a la mañana siguiente, todos en Neu-Kronau sintieron alivio, ya que los miembros de aquella animada cuadrilla no eran precisamente invitados a los que se quisiera alojar más tiempo.
Hacia el mediodía, el anciano Kerefu avisó de que uno de los ingleses se había descolgado del grupo.
Era un tipo joven llamado Jeremy que la noche anterior se había dado al whisky con alegría y había dormido la borrachera en el establo.
Charlotte había acabado harta de él durante la velada, porque buscaba constantemente su cercanía y contaba una anécdota de caza tras otra.
No parecía concebir que existiera gente que no compartiera su pasión, de manera que se tomó las reticencias de su anfitriona como algo personal y buscó consuelo en el whisky.
Era un joven atractivo de ojos azules glaciales y cabello ondulado rubio rojizo, y la barbita que le cubría el mentón y las mejillas le quedaba bien.
Por lo que había entendido Charlotte, había llegado a África en pos de aventuras y para buscarse a sí mismo.
Cuando apareció en la casa por la tarde, tenía un aspecto bastante lamentable.
Como le dio lástima, le ofreció una dosis de los valiosos polvos para el dolor de cabeza y conversó un poquito con él.
El joven no tardó en afirmar que de todos modos no se sentía a gusto entre los cazadores, y preguntó si podía quedarse unas semanas en la plantación, en la que estaría encantado de echar una mano.
Charlotte no tuvo más remedio que acceder, aunque no esperaba mucho de él.
Pero se había equivocado de pleno. El joven cazador construyó un magnífico gallinero, incluida la cerca, e incluso levantó algunos muros de las casas de los trabajadores.
—Los negros las descuidarán y se echarán a perder de todos modos —dijo después con una sonrisilla, y escupió una de las briznas de hierba que le gustaba mascar—. En lugar de construirles viviendas de lujo, debería ampliar su propia casa. Se me ha ocurrido una idea para…
No hizo mucho caso de sus ocurrencias, que eran excesivas para su gusto.
Necesitaba una vivienda práctica y sencilla, no una villa de estilo inglés.
Pero era entretenido charlar con él, se le daba bien escuchar y tenía una conversación muy animada.
Además, no había probado ni una gota de alcohol desde que trabajaba para ella.
Habían visto el humo ya desde la zona de rocalla.
Tras el breve chaparrón matutino, la temperatura había subido y el viento había reavivado el fuego del terreno.
Cuando llegaron a la carretera, se taparon la cara con un pañuelo o la falda de la chaqueta para protegerse del humo ardiente.
En pocos días la mayor parte de la maleza habría ardido, quizá lograra retirar los restos carbonizados antes de que empezaran las lluvias.
Pero era más importante levantar los muros y colocar los techos de chapa ondulada; estaban a finales de septiembre y en noviembre empezaría la gran estación húmeda.
La vida había regresado a la plantación.
Niños negros le salieron al encuentro y le abrieron la verja a empujones y tirones, y los patos del estanque levantaron el vuelo al notar la presencia de Simba, que, sin embargo, hizo como si no los hubiera visto.
Habían extendido una lona sobre la terraza para que hubiera un poco de sombra, y allí estaba sentada Klara, con una labor de costura, mientras Sammi correteaba por la hierba con los hijos de Martha Mukea.
Peter Siegel y Johannes Kigobo se dedicaban a la carpintería, como de costumbre, porque seguían faltándoles los muebles más básicos.
Si bien los dos hombres se entendían a las mil maravillas y sus intenciones eran dignas de elogio, los resultados eran más que mejorables.
De todos modos, Charlotte se alegraba mucho de que Peter Siegel se estuviera recuperando e incluso buscara ocupaciones prácticas.
No había sufrido más ataques y tampoco parecía echar de menos su labor misionera.
En lugar de eso, pasaba las tardes y las noches sentado a la mesa que él mismo había construido llenando página tras página a la luz de la lámpara de petróleo.
Nadie podía leer lo que escribía salvo Klara, que no desvelaba nada.
A Charlotte le parecía perfecto que escribiera, quizá era un buen método para hacer las paces consigo mismo.
En realidad podía darse por satisfecha. La única nota amarga era que Elisabeth asistía a la escuela en Hohenfriedeberg y solo regresaba a la plantación los fines de semana.
Era un arreglo provisional que cada vez les gustaba menos tanto a ella como a su hija.
En cuanto encontraran un administrador aceptable, volvería a enseñarle ella misma.
Klara la saludó desde lejos, parecía exultante, y Charlotte enseguida vio que tenía un sobre en la mano, uno de esos gruesos sobres grises que George usaba para enviar sus manuscritos.
Le dio un vuelco el corazón: ¡gracias a Dios que le había escrito!
Llevaba dos meses sin noticias de él y, a pesar de saber que la expedición discurría lejos de las rutas postales, había empezado a preocuparse.
—¡Cuántos ladrillos! —exclamó Klara contenta—. Cualquiera diría que te propones construir una ciudad entera, Charlotte. ¡Mira lo que ha traído antes el cartero!
—¿Dónde se ha metido Jeremy? —preguntó Charlotte—. Esta mañana no lo he visto.
—Creo que quería salir a cazar. Se ha llevado a tres de los trabajadores, se ha echado el fusil al hombro y se ha marchado.
Cerca de allí se oyó un grito de dolor seguido por un juramento; parecía mentira, pero el misionero Peter Siegel había proferido una blasfemia. Klara apartó el correo y la labor de costura y corrió cojeando hacia los dos carpinteros de pacotilla para examinar el pulgar martilleado.
—Dedo está ahora rojo como el sol de anochecer, pronto estará amarillo como sol de mediodía y verde como hoja de cafeto. Luego tendrá color de cielo azul y…
—Silencio, Johannes Kigobo, no es cosa de risa. Puede que se le caiga la uña. ¡Martha Mukea! Trae un balde con agua fría y un trapo…
Charlotte se dejó caer sobre una silla sacudiendo la cabeza, echó un vistazo a la zona de la obra para comprobar que los ladrillos se apilaban correctamente, y luego recogió el correo.
Facturas, invitaciones de los vecinos, dos periódicos alemanes —con semanas de retraso, naturalmente—, el último número de Pflanzer , una carta de Ettje procedente de Leer…
Ay, Señor, no traería buenas noticias, la abuela llevaba varias semanas en cama.
Reservó para el final el grueso sobre de George, que había tenido que pasar por Hohenfriedeberg; abrió primero las facturas, las escudriñó y las separó en dos montones.
La carta de Ettje efectivamente portaba malas noticias: el pastor Harm Kramer —el padre de Menna y Marie— había fallecido por sorpresa de una apoplejía.
Charlotte quedó afectada por la noticia, pero solo hasta cierto punto, porque la abuela se había levantado, cojeaba por la casa y parecía seguir complicándole la vida a Antje.