Capítulo 6 #2
A Klara, que al principio se había mostrado muy agradecida y contenta por la decisión que había tomado Charlotte, esa primera noche la había llevado al límite.
Dos de las maletas estaban completamente empapadas; al examinar detenidamente las paredes y el suelo del piso superior, descubrieron que estaban llenos de moho, y, para colmo, Sammi, que posiblemente se había resfriado, tenía fiebre.
—¿De verdad crees que podemos vivir aquí? Sabes tan bien como yo que George jamás se quedaría en una plantación. Y Peter tampoco, al fin y al cabo es pastor, no agricultor.
Charlotte, que tampoco había dormido bien, tuvo que hacer de tripas corazón para no acusar a su prima de ser una desagradecida. ¿Para qué había comprado pues esa maldita plantación? ¡Únicamente para que Klara y Peter pudieran salir adelante!
—Aquí Peter podrá empezar a recuperarse —dijo, haciendo un gran esfuerzo por mantener la calma—. La plantación os alimentará, y Peter tendrá tiempo para pensar en su futuro.
—No estoy nada segura de eso, las condiciones no propician precisamente el reposo: el moho, el resfriado de Sammi…
Fue la gota que colmó el vaso. Que fuera precisamente la bondadosa Klara quien le viniera con reproches ya era demasiado.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Charlotte—. ¿No ves que hace sol? Abre la ventana y cuelga la ropa mojada en el patio para que se seque. Y deja de mimar tanto a Sammi, ¡un simple catarro no lo va a matar!
Elisabeth había sacado una de las mulas del establo y la había cargado con un fardo que contenía sus libros, la Señorita Mine —a la que había tenido abandonada mucho tiempo— y un único zapato marrón cuya pareja no había logrado encontrar.
—¿Qué estás haciendo?
—Me vuelvo a Hohenfriedeberg, mamá. Va a empezar el estudio bíblico con el misionero Wohlrab y…
—¡Tú te quedas aquí!
—No quiero —lloró la niña—. Quiero volver con mis amigos. Aquí no tengo ni cama…
Charlotte agarró el ronzal de la mula enérgicamente, Simba también se entrometió ladrando, y solo la llegada de un grupito de negros que apareció en ese momento por la verja de la plantación impidió un enfrentamiento mayor.
Eran Johannes Kigobo y Jonas Sabuni, que se traía a su esposa y sus tres hijos.
Habían salido de Hohenfriedeberg de madrugada por voluntad propia, para seguir a bibi Johanssen a Neu-Kronau y trabajar para ella.
Para Charlotte aquello fue como una salvación.
—Jesús quiere ayudarte, bibi Johanssen —dijo Jonas Sabuni—. Te envía a Jonas Sabuni y a Martha Mukea, y también a Johannes Kigobo, aunque es vago y prefiere charlar que trabajar. ¡Ahora divertimos mucho!
Efectivamente, a partir de entonces todo mejoró.
La pequeña y enjuta Martha Mukea tenía un carácter alegre e inocente que transformó el ambiente de la casa.
Sus dos hijos eran prácticamente de la edad de Elisabeth, mientras que la niña, Ontulwe, tenía solo cuatro años.
Era una dulce muñequita y al mismo tiempo una granuja y enseguida se pegó a Elisabeth, que de pronto era «la mayor» y tenía que hacerse responsable de la pequeña.
Para sorpresa de Charlotte, a su terca hija le gustó el papel y, al menos durante un tiempo, Elisabeth se convirtió en una cuidadosa hermana mayor.
Martha Mukea echaba una mano a Klara, hacía la colada, alimentaba a las cabras y ayudaba a Charlotte a ampliar el huerto.
Jonas Sabuni resultó ser un talentoso cocinero que no permitía que nadie lo ayudara salvo su esposa, y que elaboraba ricas comidas a base de maíz, alubias, patatas y carne de cabra.
Sin embargo, cuando se le preguntaba qué le había puesto al plato, no respondía.
Johannes Kigobo también era voluntarioso, pero pronto descubrieron que era muy torpe y no servía para las labores prácticas.
Sin embargo, era un portentoso negociante, hacía las compras en Wilhelmsthal y luego saldaba las cuentas con Charlotte hasta la última rupia.
Estaba orgulloso de que se le confiara el dinero, y juró no engañar jamás a su señora.
Jesús difícilmente le perdonaría semejante pecado…
Los trabajadores del barrero ya habían recibido y pagado todos los alimentos, pero pocos retomaron su labor, parecían querer hacer primero un descanso.
Charlotte se apartó el hocico de Simba del regazo y dio instrucciones de envolver parte de los ladrillos terminados en esteras para cargarlos en mulas.
Se metieron más ladrillos en cestas que tres de los trabajadores se ataron a la espalda.
Habría sido más fácil llevar el material de construcción a Neu-Kronau en un carro de caballos, pero el sendero era demasiado estrecho y empinado para ello.
Antes de marcharse, Charlotte estableció las tareas para los siguientes dos días e informó de que la chapa ondulada para los tejados había llegado en el tren del día anterior.
Faltaba poco para que las primeras casas estuvieran listas.
Sus palabras no estimularon demasiado a los shambaas, que aun así prometieron elaborar muchos ladrillos, aunque ahora era momento de hacer pumsika , una pausa.
El regreso fue más lento que la ida debido a que los porteadores y las mulas iban pesadamente cargados con ladrillos.
Charlotte sintió que el agotamiento se apoderaba de ella.
De no haber tenido que compensar constantemente los movimientos de la mula, es posible que se hubiera quedado dormida en la silla.
Durante las últimas semanas, sus noches habían sido cortas y los días muy laboriosos, de manera que apenas había tenido tiempo de lamentarse por estar separada de George.
Disfrutaba de «meter en vereda» la plantación, pero al mismo tiempo sabía que tenía que contratar a un administrador, porque, cuando George regresara, no viviría con él aquí, sino en la costa.
Había publicado un anuncio en distintos periódicos, pero ninguno de los hombres que se habían presentado en la plantación le había parecido adecuado para el puesto.
Algunos no tenían experiencia, otros le parecían demasiado arrogantes, un danés se presentó con una botella de aguardiente en el bolsillo, un joven bóer incluso intentó comprarle la plantación.
Había escrito a Ignaz Kummer preguntando por Jacob Guckes, pero la respuesta no fue la que ella esperaba.
La plantación junto al Kilimanjaro iba bien, pero Jacob Guckes se había marchado el año anterior.
Kummer no había vuelto a saber nada de él, lo que significaba que Charlotte tenía que apañárselas sola.
Estaba empezando la cosecha de la patata, la avena estaba a punto, y había que recolectar el maíz y las alubias.
Contrató temporalmente a un carpintero de Bremen que arregló el tejado de la vivienda, arrancó la tarima húmeda y la sustituyó por tablones nuevos.
Era un hombre trabajador y honrado, pero una vez cumplido su cometido prosiguió su camino, no quiso construir un gallinero ni el vallado.
Para eso no necesitaba un profesional cualificado, cualquier inútil podía montar algo así.
De todos modos, según él era una vergüenza tener que guardar las gallinas en un cercado y si había un perro que atacaba las aves de corral lo que hacía falta era sacrificarlo.
Las visitas de los vecinos eran alentadoras.
Se animaban mutuamente, se daban buenos consejos y se hacían regalos útiles; a diferencia de cuando vivían junto al Kilimanjaro, aquí parecían entablarse auténticas amistades entre los dueños de las plantaciones.
El matrimonio Krüger de Westfalia, que poseía más de diez mil hectáreas de terreno y tenía varios administradores a cargo de distintas parcelas, la ayudó especialmente consiguiéndole un arado y otra maquinaria de forma desinteresada, e incluso le envió trabajadores.
—Mire, usted, no es en absoluto nuestra intención hablar mal del pobre Karl Manger, era un hombre trabajador y logró muchas cosas. Pero no conseguimos ganarnos la mutua confianza realmente, creo que no daba ninguna importancia a las buenas relaciones entre vecinos.
Los Krüger habían adquirido su propiedad hacía más de diez años y habían vivido varias crisis, entre ellas la caída del precio del café, que les había asestado un buen golpe.
Ahora, además de café, también cultivaban sisal, habían plantado cedros y cosechaban pequeñas cantidades de caucho.
También habían hecho sus pinitos con el té, con el que sin embargo no acababan de tener éxito, ya que las variedades traídas de la India no se daban bien en esas tierras.
La cría de cerdos era lo único que no les había fallado: poseían una carnicería y vendían jamón y salchichas a las ciudades de la costa.
—Querida, todo será más fácil cuando su esposo regrese a casa. Una plantación requiere un hombre, qué se le va a hacer. Dios quiera que encuentre usted por el momento un administrador capaz. Mucha de esta gente no es de fiar, si lo sabremos nosotros…
Además de los vecinos, la plantación recibía visitas constantes.
La mayoría de las personas se quedaban solo unos pocos días.
Como la pequeña vivienda no contaba con habitaciones para invitados, tenían que dormir en tiendas de campaña.
Un grupo de cazadores ingleses que llegó a principios de septiembre solo aguantó una única noche en Neu-Kronau.
Las damas y los caballeros acamparon con sus porteadores negros en el prado que rodeaba la casa, invitaron generosamente a los dueños de la plantación a cenar un asado de gacela y exquisiteces varias que llevaban consigo, y les desconcertó que ninguno de los anfitriones aceptara más de una copa de las bebidas que les ofrecieron.
Les pareció de lo más inusual que en Neu-Kronau no hubiera whisky ni brandy, ni siquiera aguardiente alemán, que además era útil en cualquier situación, ya fuera fiebre, sed o heridas abiertas.