Capítulo 6
El viento empujaba las nubes negras directamente hacia ellos, el humo les ardía en los ojos y en los pulmones y les hacía toser como si tuvieran tuberculosis.
Por la mañana había caído una débil lluvia y había apagado las llamas, pero las brasas seguían ardiendo en la tierra y bajo las ramas; si no volvía a llover antes del mediodía, el incendio se reavivaría.
—Mucha selva ha muerto en fuego —jadeó Johannes Kigobo—. ¡Levanta ceniza y pone cara negra como shambaa!
Charlotte no pudo responder porque le había dado un ataque de tos, pero espoleó su mula para salir lo antes posible del terreno, que humeaba sin cesar.
Habría sido un disparate dejar tirados los árboles que ya habían talado, así que había enviado a gente a cortar las ramas, y luego habían prendido el fuego.
Más adelante tendrían que retirar los restos de madera quemada con gran esfuerzo, y después podrían quitar las raíces y las piedras para ir transformando el terreno en tierras de cultivo.
Al año siguiente Charlotte quería plantar los primeros sisales.
Por una vez, Simba iba en cabeza, también tenía prisa por escapar del humo. Conocía el camino que su dueña recorría ahora varias veces por semana, y le gustaba dejar su húmeda marca en rocas o árboles para que quedara claro que aquel era su territorio.
Salieron de la pista y siguieron un sendero estrecho que serpenteaba cuesta arriba por el bosque.
Los acompañaba el murmullo del riachuelo, que a veces se alejaba y luego recuperaba la intensidad asomando centelleante entre árboles y matorrales.
El arroyo tenía muchas caras: fluía tranquilo sobre roca plana, se arremolinaba entre escollos y ramas caídas, pero cuando más majestuoso se mostraba era cuando sus aguas se precipitaban desde una elevación con gran estrépito envueltas en espuma blanquecina.
Arriba, en la cresta de la montaña, el sendero se abría paso a través de una zona de rocalla desnuda para continuar al otro lado, descendiendo hacia el valle dibujando curvas muy cerradas.
A lo lejos ya se oían los gritos y la cháchara de los trabajadores, que parecían estar cumpliendo diligentemente con sus tareas.
No era de extrañar, puesto que los ladrillos que estaban formando se usarían para construir sus propias casas.
Así lo había hecho Max von Roden en su propia plantación junto al Kilimanjaro, y Charlotte sabía que se trataba de una medida inteligente.
Los negros a los que se permitía vivir bajo un techo firme con su familia y que disponían de parcela y huerto perdían el interés en marcharse a otro lugar.
Se quedaban en la plantación. Así es como pensaba conseguir una cuadrilla fija, para no tener que depender —como Karl Manger— de la mano de obra informal que tan pronto buscaba trabajo en una plantación como en el ferrocarril, y al final se acercaba a la costa para gastarse el jornal en un abrir y cerrar de ojos.
Ya contaba con dos empleados de fiar; a pesar de los reparos de los misioneros de Hohenfriedeberg, Johannes Kigobo y Jonas Sabuni se habían trasladado con ella a Neu-Kronau.
Jonas Sabuni se había llevado a su esposa y a sus tres hijos, y sería el primero en instalarse en una de las casas recién construidas.
Johannes Kigobo, que por ahora no se había casado, compartía un cuarto con otros tres empleados en el edificio contiguo a la casa principal.
Su llegada al barrero provocó un estallido de alegría, los negros dejaron las cubas y los moldes de madera y corrieron a su encuentro.
Era lógico, pues llevaba con ella dos caballos que cargaban con arroz, plátanos y verdura, pero también caña de azúcar y tabaco.
La mayoría de los trabajadores se instalaban allí varios días, algunos estaban acompañados de esposa e hijos, y Charlotte había dispuesto que se montaran tiendas de campaña para ellos.
La única construcción más firme era un refugio hecho de troncos y ramas que protegía de la lluvia los ladrillos de barro ya formados, para que no se ablandaran antes de meterlos en el horno.
Karl Manger había hecho construir dicho horno con piedra tallada y el interior estaba tapiado con ladrillos.
—Habéis trabajado duro —elogió Charlotte al examinar los bloques rojizos apilados. Solo en algunos de ellos parecía que el barro no se había pisado con suficiente esmero en la cuba, de manera que se desmoronaban por las esquinas.
Johannes Kigobo, que se consideraba una especie de capataz, supervisó la descarga de los alimentos y estuvo muy atento a que todos pagaran lo que habían pedido.
Charlotte se había dado cuenta de que los precios de los negocios indios de Wilhelmsthal se volvían desorbitados en cuanto había dificultades de suministro, así que compraba ella misma arroz, alubias, harina, tejidos y tabaco para poder ofrecérselos a sus empleados a un precio decente.
Se sentó en una pila de ladrillos terminados y acarició el tupido pelaje de la nuca de Simba.
El perro la olisqueó cariñosamente. Había bebido del arroyo y le dejó manchas húmedas en la chaqueta con el hocico.
Las sonrisas de los negros y la prisa con la que se llevaban los productos a sus tiendas la pusieron de buen humor y por primera vez en mucho tiempo se sintió realmente satisfecha.
Puede que realmente hubiera tomado la decisión correcta, aunque las dificultades iniciales hubieran sido mayores de lo esperado y no hubiera contentado a casi nadie.
Nada más regresar de Tanga se había marchado con su hija, Klara, Peter Siegel y el pequeño Samuel a su nueva residencia, y había encontrado la plantación prácticamente desierta.
Solo se habían quedado unos pocos trabajadores, sobre todos los enfermos, y algunas mujeres con sus hijos; los hombres aptos para el trabajo habían salido a buscarlo en otro lado.
La vivienda tampoco resultaba muy acogedora: la señora Manger la había vaciado por completo, salvo por algunas sillas hechas a mano y una cómoda desvencijada, a pesar de que Charlotte le había pagado una suma adicional a cambio de mobiliario y enseres domésticos.
Seguramente había vendido a los vecinos y a los nativos todo lo que pudiera proporcionarle algo de dinero: faltaban las camas y los colchones, habían desaparecido las cortinas, y en realidad Charlotte podía alegrarse de que su querida amiga Ida no hubiera malvendido los cristales de las ventanas.
El mayor fastidio era que también faltaban las máquinas y las herramientas que había comprado Karl Manger, incluido el arado, el equipo para producir electricidad y un montón de picos y palas.
Era difícil calcular cuánto ganado había vendido Ida, pero Kerefu, el anciano de la cadera enferma, le contó que varias vacas y una cantidad considerable de ovejas y cabras habían cambiado de manos.
¡Que disfrutara lo robado! Charlotte tenía la sospecha de que el atento hermano mayor no le había enviado esos caros pasajes por puro altruismo.
En América, la vida de los emigrantes no siempre era un camino de rosas, y la familia era mano de obra barata, porque al fin y al cabo trabajaba solo a cambio de alojamiento y comida.
Por suerte, Peter Siegel todavía estaba deprimido, así que no opuso resistencia alguna al traslado, ni siquiera preguntó adónde lo llevaban.
Se instaló sin objeciones en el piso superior con su esposa y su hijo, permaneció junto a la ventana hasta bien entrada la noche y observó el vaivén luminoso de las luciérnagas entre los matorrales.
Cuando la luna asomó por el horizonte y el cielo estrellado se mostró en toda su claridad sobre la plantación, por fin se apartó de su atalaya y se tumbó sobre las mantas de lana que Klara había extendido en el suelo a falta de una cama.
En cambio, Elisabeth no disimuló su decepción. ¿Eso era una plantación? ¿Esa casita miserable en la que solo había cuatro habitaciones, que además estaban completamente vacías?
—¿Y dónde están los negros? Aquí no hay nadie, mamá. Has comprado una plantación fea y vacía. No quiero quedarme aquí, ¡quiero volver a la misión!
La primera noche fue horrible, tanto que Charlotte llegó a arrepentirse de haber llevado a cabo esa compra tan precipitada.
Una fuerte tormenta se cernía sobre la zona y el ambiente estaba tan cargado que Charlotte notaba las terminaciones nerviosas de todo su cuerpo, e incluso Elisabeth dejó de quejarse.
En el cielo estallaban truenos violentos y los relámpagos iluminaban árboles y colinas durante varios segundos con una extraña luz azulada; era una imagen petrificada y fantasmal que daba escalofríos.
En una elevación cercana cayó un rayo sobre un enorme árbol, oyeron el fuerte impacto y se estremecieron de miedo.
Poco después vieron elevarse pequeñas llamas en la oscuridad, pero entonces el cielo abrió sus compuertas y apagó el incendio en el acto.
Descubrieron que el tejado tenía dos filtraciones, de manera que tuvieron que salir con la linterna bajo la lluvia torrencial a buscar recipientes en el edificio anejo. Finalmente encontraron dos contenedores vacíos de petróleo para lámparas; Ida Manger había vendido hasta los cubos comederos.
Esa noche Elisabeth durmió acurrucada contra su madre bajo una pila de ropa.
Al otro lado se encontraba Simba, que estaba aún más apegado que de costumbre por la tormenta, aunque eso no le impidió salir muy pronto por la mañana y matar dos patos que luego dejó orgulloso a los pies de su dueña.
Por lo visto aquel león europeo tenía alma de cazador.