Capítulo 5 #2
Charlotte le dio dos rupias a Menos, que las aceptó con una profunda inclinación de la cabeza y se las metió en el bolsillo del pantalón, luego echó un último vistazo a Simba y se marchó deprisa.
El portero dio un respetuoso paso atrás cuando ella entró con el perro atado a la correa; a él también le resultaba inquietante el imponente animal.
Charlotte se detuvo enseguida para admirar el fabuloso jardín, como los que se describían en Las mil y una noches , que rodeaba la villa.
Había macetas con plantas sobre pedestales de mármol, pilas de agua rectangulares unidas entre sí mediante canales que reflejaban la luz del sol y creaban una ilusión de frescor.
A lo largo del muro crecían matorrales entre los que se alzaban palmeras, moreras y naranjos, y en un rincón había un bosquecillo de bambú.
¿Qué aspecto tendría aquel jardín justo después de la estación lluviosa si ahora, en la época seca, ya parecía un oasis?
Un criado de turbante blanco la recibió en la entrada.
Charlotte ató a Simba delante de la casa, porque habría sido descortés por su parte entrar en la villa acompañada de un perro.
Lo oyó ladrar enfadado mientras seguía al criado a través del vestíbulo y ascendía una gran escalinata hacia el primer piso.
La vivienda de Kamal Singh no era tan fastuosa como había supuesto en un principio, pero las numerosas alfombras que cubrían el suelo sin dejar apenas espacio libre seguramente ya valían un dineral.
Se veían criados y jóvenes sirvientas por todas partes, aunque no hacían gran cosa, sino que esperaban sentados y parecían aguardar instrucciones.
En el piso de arriba atravesaron una estancia pequeña y alargada cuyas paredes a ambos lados estaban cubiertas por vitrinas de libros encuadernados en cuero marrón o negro.
Se les acercó un joven de barba morena vestido con un caftán de seda, que observó altanero a Charlotte con sus ojos de destellos dorados.
Cuando pasó por su lado, a ella le pareció reconocer en su rostro un gesto de hostilidad.
¿Quién sería? ¿Uno de los hijos de Kamal Singh?
¿Un socio? ¿Un yerno? Estaba desconcertada.
Había algo en esa casa que la dejaba sin aliento y despertaba en ella imágenes y recuerdos insospechados.
Ese armario tallado en el que se guardaban armas de caza, ¿lo había visto antes?
¿No conocía ese cuadro de marco dorado en el que se veía un templo?
Saldrán en algún libro, se dijo. Pero entonces se quedó pasmada ante un biombo granate, blanco y plateado en el que estaban representadas dos grullas entre delicadas plantas. Parecía salido de uno de sus sueños.
«Me he vuelto loca —pensó—. Le ha pasado algo a mi cerebro. Aunque…». Tenía dos años cuando su madre la llevó de Bombay a Alemania. ¿Podían guardarse recuerdos de épocas tan lejanas?
Kamal Singh la recibió en una sobria estancia cuadrada en la que solo había una mesa de marquetería y varias butacas con bonitos detalles tallados. Sin embargo, la vista por las tres ventanas abovedadas era magnífica, porque se asomaban directamente al mar.
Permaneció sentado cuando ella entró y solo alzó ligeramente la mano para indicar al criado que se marchara.
El rostro de Kamal Singh, coronado por un gran turbante, parecía haber empequeñecido; la piel seguía siendo lisa, pero tenía los ojos más hundidos, y la barba ya no era gris sino blanca.
Un holgado caftán amarillo ocultaba su figura casi por completo, y la mano que tenía apoyada sobre la mesa taraceada le pareció a Charlotte pálida y arrugada.
—Señora Charlotte… Johanssen —dijo en un leve tono burlón—. Ha pasado mucho tiempo. Sea usted bienvenida.
Señaló una butaca y luego dio una palmada. Una joven criada entró con una bandeja en la que había dos tazas de porcelana con té caliente y aromático y varios cuencos con todo tipo de pastas.
—Disculpe que no la sirva yo mismo, como solía hacer antes… La edad lo acomoda a uno, señora Johanssen.
—Recuerdo con cariño la época de Dar es-Salam —dijo esforzándose por sonar amable—. Me ayudó usted mucho, aunque después…
Él sonrió y se inclinó sobre la taza para aspirar el aroma del té.
—No removamos el pasado. Todo acabó bien, tanto para usted como para mí. Mire afuera, Charlotte. ¿Qué ve?
Levantó el brazo y señaló hacia las ventanas, la manga ancha de su caftán se deslizó un poco y dejó ver su delgada muñeca.
—El mar. Turquesa cerca de la orilla, azul intenso más allá, y destellos plateados a lo lejos.
—¿Nada más?
—Embarcaciones. Pequeños dhows con velas blancas hinchadas por el viento. Un vapor que acaba de salir del puerto y pone rumbo al sur. Y muy a lo lejos se ve un velero, puede que de hasta tres mástiles…
—Cosas sin importancia, Charlotte. ¿Sabe qué veo yo cuando me siento aquí y miro afuera?
Su voz había adquirido un tono soñador que también era nuevo, antes nunca hablaba así. De pronto Charlotte intuyó a qué se refería.
—India.
Kamal Singh no se mostró sorprendido de que le hubiera leído el pensamiento.
—Hay todo un océano entremedias y, sin embargo, mis ojos ven las montañas y el río sagrado. ¿No le parece asombroso, Charlotte?
—No.
Bebió un sorbo de té y se dispuso a abordar cautelosamente el motivo de su visita, pero el indio se le adelantó.
—Johanssen… —dijo con un tono de voz diferente—. Es el hombre que entró en la tienda aquel día de lluvia, ¿verdad?
¿Cómo podía saberlo? ¿La vigilaba entonces desde su propia tienda? Tonterías, seguro que se lo había preguntado a Klara.
—El doctor Johanssen es mi esposo, efectivamente. Hace dos años trabajó en la clínica para nativos de Dar es-Salam.
—¿Y qué hace ahora?
¿Era un interés genuino o la estaba interrogando? En realidad no era en absoluto de su incumbencia, al fin y al cabo ella tampoco le preguntaba a él por su familia.
—Está participando en la expedición del duque de Mecklemburgo que va a Ruanda. —Charlotte decidió plantear de una vez el verdadero propósito de su visita—. He venido a saldar las deudas de Karl Manger.
—¿Por qué lo hace?
La pregunta sonaba casi a reproche. Charlotte recordó que en una ocasión había intentado incluirla en sus negocios. ¿Seguiría molesto por su negativa?
—Le he comprado la plantación a su viuda, ella misma se lo comunicó por carta. Conozco la cuantía de la deuda y la he asumido.
También sabía a cuánto ascendían los intereses que reclamaba por las tres mil rupias, eran desorbitados, casi un tercio, y esperaba poder negociarlos con él.
—¿Para qué necesita una plantación, Charlotte?
Había arqueado sus oscuras cejas y la observaba con una mezcla de compasión y burla. Charlotte sintió que comenzaba a enfadarse.
—La necesito sobre todo para mi prima Klara y su familia —aclaró—.
Pero también para mí. Verá, ansío encontrar un lugar en el que me sienta en casa.
Ahora poseo un pedazo de ese maravilloso paisaje, construiré una casa en él, cosecharé café, quizá plante sisal, patatas, maíz, cereales… Adoro la vida en una plantación.
Fuera, Simba empezó a ladrar impaciente, pero Kamal Singh no pareció percatarse del ruido.
Charlotte le pidió que le comunicara la suma y, con una sonrisa, le propuso que se repensara la tasa de interés.
Pero Kamal Singh se mantuvo firme y calculó el importe hasta la última rupia.
No le quedó más opción que pagar. Le extendió un cheque del Banco de África Oriental en Tanga, donde George le había abierto una cuenta antes de marcharse.
También había pagado con ella una cuantiosa suma a Ida Manger.
Más adelante pretendía devolverle el dinero a George, lo tomaría de la herencia de Elisabeth.
—Le deseo paz y felicidad —dijo Kamal Singh con gesto serio, luego metió el cheque cuidadosamente entre sus papeles y rompió el pagaré ante ella—. Y si volviera a verse en apuros, Charlotte, piense en su amigo Kamal Singh, que estará de su lado mientras viva.
—Se lo agradezco —respondió con fría amabilidad—. Yo también le deseo lo mejor. Adiós.
Gritó el nombre de Simba ya desde el vestíbulo. El perro dejó de ladrar de inmediato. Una vez fuera, la olisqueó contento, y su cola empezó a dibujar frenéticos círculos en el aire. ¡Cómo no! Había rasgado la correa que lo sujetaba. Tendría que comprar una cadena.