Capítulo 5
Mi querida amiga Charlotte Johanssen:
Seguramente le habrá sorprendido que me comunique con usted por este medio.
Aguardé con gran ilusión poder recibirla de nuevo en mi casa, pero esperé en vano su visita durante semanas.
Ahora los acontecimientos se han precipitado y necesito su consejo más que nunca.
Es usted una mujer inteligente y experimentada, querida Charlotte, ha pasado por lo mismo que estoy sufriendo yo y, por si eso no fuera suficiente, me gustaría añadir que desde el principio sentí un gran afecto por usted.
Por eso me confío sin reservas y espero contar con su ayuda.
Hace unos días recibí por sorpresa una carta de mi hermano mayor Georg.
¿No le conté que cuando éramos niños ya me protegía siempre?
Y así ha seguido siendo. Me ha enviado tres pasajes para Nueva York y luego hacia el sur, hasta Steamboat Rock; deben de haberle costado una fortuna.
Georg quiere acogerme a mí y a mis niños en su familia, tendremos un nuevo hogar en Iowa.
No se creerá usted el alivio que sentí al recibir la noticia, ya que la preocupación por nuestro futuro me pesaba como una inmensa montaña sobre los hombros.
Sin embargo, primero tengo que desprenderme de Neu-Kronau y, como no tengo mucha experiencia en estos asuntos, espero que pueda ayudarme.
Figúrese, ese horrible hombre de Tanga me ha comunicado a través de un mensajero que quiere llevarme a los tribunales por el impago de la deuda.
Pero eso no es todo: se ha ofrecido alevosamente a comprarme la plantación por un precio reducido y saldar así la deuda.
Si rehúso su propuesta, hará embargar mi ganado y la cosecha.
Querida amiga, me parece recordar que se ofreció a comprarme parte de la plantación. Pero ¿quizá sería posible que adquiriera la propiedad entera y abonara la deuda por mí?
Espero impaciente su respuesta, ya que no me queda mucho tiempo. Los pasajes deben canjearse en un plazo de dos semanas, de lo contrario expirarán…
Hoy he adornado la tumba de mi esposo con amarilis y ramas de acacia. Hemos llorado todos, nos resulta muy difícil abandonar este lugar. Sin embargo un trocito de mi corazón ya está en Iowa con mi querido hermano, que tan generosamente cuidará de nosotros.
Con profunda amistad y agradecimiento,
I DA M ANGER
P. D.: Estaba equivocada, el prestamista de Tanga no es judío, sino indio, y se llama Kamal Singh. Como siempre decía mi difunto esposo: «Los indios son los judíos de África».
Paseando por las calles de Tanga con el perro-león castaño a su lado, Charlotte recordó la carta que había recibido hacía unas dos semanas.
Era casi inconcebible, pero ese animal de aspecto tan peligroso la seguía fielmente allá donde fuera.
Si estaba con Klara y Peter en la habitación, esperaba paciente ante la puerta hasta que saliera.
Durante las comidas comunitarias se tumbaba detrás de su silla, y todo el que pasaba por allí daba un respetuoso rodeo.
Entraba trotando tras ella en el edificio de la escuela, y hasta en la iglesia, donde se tumbaba entre los bancos, sumiso a la voluntad divina.
El sonido del armonio parecía desagradarle en exceso, porque se le estremecían constantemente las orejas cuando ella ensayaba.
A veces se le acercaba y le tocaba el brazo con el hocico húmedo, como si quisiera pedirle que parara de hacer ese ruido.
El misionero Becker había intentado más de una vez ahuyentar al perro de la casa de Dios, pero sus furiosos gruñidos lo hacían desistir enseguida.
Elisabeth era la única que se había acercado a él sin miedo a acariciarlo, pero el perro resultó no ser un alegre compañero de juegos, porque no recogía los palos que le tiraban y tampoco disfrutaba retozando con los niños.
Solo sentía afecto por Charlotte, esta debía de haber tocado alguna cuerda en lo más profundo del alma del animal que hacía que la siguiera como una sombra.
No le quedaba más remedio que aceptar el papel que él le había asignado. Lo llamó Simba, porque era su león.
De camino a Mombo se había clavado una espina en la pata y Charlotte improvisó un vendaje que él se comió durante la noche.
En Mombo tuvo que comprarle un billete porque era imposible atarlo en el vagón de mercancías: roía la cuerda hasta romperla.
En el mercado de Tanga echó abajo dos puestos y robó una gallina que luego dejó orgulloso a los pies de su dueña.
Charlotte, enfadada, le compró un collar para evitar más sorpresas desagradables, y ahora también lo llevaba firmemente sujeto por la correa.
La dirección que le había dado Ida Manger se encontraba en una animada calle comercial.
Hacía tiempo que Kamal Singh había regresado de Zanzíbar y había tejido su red en el continente.
Hacer buenos negocios le resultaba más fácil que nunca porque últimamente el gobierno colonial ya no hostigaba a los comerciantes indios, sino que los alentaba.
En el pasado, Kamal Singh había ayudado a Charlotte a conseguir una tienda en Dar es-Salam y la había protegido con todos los medios a su alcance, pero al mismo tiempo la había engañado, porque la mercancía que escondía en su tienda era de contrabando.
En cierta ocasión, la policía se presentó por sorpresa en la calle de los indios y confiscó las posesiones de Kamal Singh; ella había logrado demostrar que no tenía nada que ver con la estafa, pero el indio había huido a Zanzíbar, desde donde seguía llevando sus negocios.
Charlotte nunca había sabido por qué ese hombre la había apoyado, pero seguramente había llegado el día de averiguarlo.
La tienda vendía los artículos habituales de los comercios de las grandes ciudades, aunque a Charlotte le llamó la atención que, además de las baratijas que compraban los nativos, también había muchos artículos caros.
En una estancia contigua se exponían alfombras de seda y telas de ricos bordados, porcelana china, joyas de plata y hasta dos flamantes gramófonos.
Una pareja joven vestida con ridículas ropas coloniales pedía que les enseñaran distintos productos e intercambiaban impresiones sobre ellos en inglés; parecían viajeros, puede que estuvieran dando la vuelta a África en un vapor transatlántico.
Los dependientes indios atendieron de mil amores a los adinerados turistas, a pesar de que al final únicamente compraron un pequeño colgante de plata.
Charlotte había dejado a Simba atado fuera de la tienda, pero este se había tumbado delante de la puerta, atravesado, de manera que nadie más se atrevía a entrar.
—Quiero ver a Kamal Singh —dijo en inglés a la elegante india que estaba sentada al fondo de la tienda preparando té.
—No está —respondió la mujer impasible.
—Pero se le anunció mi visita por carta. Me llamo Charlotte Johanssen.
La india vertió agua hirviendo en la tetera con toda tranquilidad y puso la tapa con sus delicados dedos llenos de anillos.
—Espere, por favor, señora Johanssen.
Simba tiraba de la correa y emitía gruñidos extraños. La puerta de madera a la que lo había atado Charlotte se movía y crujía.
—¿A qué tengo que esperar? Si me acaba de decir que Kamal Singh no está.
—La llevarán con él.
La mujer por fin se dignó a levantarse del asiento y desapareció tras una cortina azul clara.
Justo después un chico salió de algún rincón de la tienda, un muchacho de piel morena, pelo liso y negro y labios carnosos.
La camisa y los pantalones a media pierna que llevaba estaban muy estropeados, estaba claro que se ganaba algunas monedas como chico de los recados.
—Yo, Menos, la llevo con Kamal Singh —dijo con gesto serio, e hizo una reverencia.
La observó desatar al enorme perro desde una distancia respetuosa y luego caminó a su lado con arrojo, mirando preocupado una y otra vez al gigante castaño.
El viento, que en esa época del año soplaba con fuerza desde el mar, molestaba al perro, sobre todo cuando le daba por detrás y le levantaba el largo pelo.
Entonces se sacudía involuntariamente y las orejas aleteaban en torno a su enorme cabeza.
—Bonito perro —dijo Menos al cabo de un rato—. Así no tiene que temer a nadie, lady . La protegerá hasta de un león.
—También come como un león —respondió ella con una sonrisa—. Lo que más que le gusta son las gallinas y los patos.
Menos la condujo hacia el nordeste por la ciudad hasta que vieron las aguas color esmeralda de la bahía entre las palmeras.
—Ahí está la casa de Kamal Singh, lady . La acompaño a la entrada.
El edificio que señalaba se encontraba detrás de un muro blanco y estaba parcialmente oculto por las copas verdes de las palmeras y las acacias.
Charlotte vio ventanas de arcos altos adornados con tallas orientales y dos torretas cuadradas reforzadas con almenas.
Kamal Singh parecía vivir en una especie de palacio.
Una puerta de dos hojas impedía la entrada a los visitantes no deseados.
Era una elaborada forja en hierro y tenía el aspecto de una hilera de lanzas cuyas puntas doradas apuntaban al cielo.
Al otro lado había un negro corpulento con la espalda apoyada en el muro y fumando un cigarrillo.
Al verlos venir, lo apagó concienzudamente en la arena seca y se cuadró.
¿Habría pertenecido a las tropas de askaris?
Su vestimenta caprichosa y el sombrero que llevaba daban a entender que sí.
—¿Señora Johanssen?
Las palabras sonaron extrañas en su boca, aunque se esforzó mucho por pronunciarlas correctamente. Charlotte le explicó en suajili que Kamal Singh la esperaba, y él asintió servicial y corrió el pesado cerrojo.