La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 4 #8
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Capítulo 4 #8

Charlotte acarició al enorme animal castaño y contuvo una risita. Tres patos… En fin, por lo poco que sabía de Karl Manger, estaba segura de que escatimaba en comida, porque bajo el grueso pelaje del perro no había mucho más que músculo y huesos.

—Ha sido un placer conocerla, Ida, pero tengo que regresar a Hohenfriedeberg antes de que anochezca. Piense en mi propuesta si quiere. Pero independientemente de eso, estoy dispuesta a apoyarla y aconsejarla siempre que lo necesite.

Esa última frase quedó eclipsada por los renovados gritos infantiles.

Willi pataleaba en brazos de la niñera porque quería volver con su madre, pero el pequeño maltratador de animales le disputaba el puesto.

En esas circunstancias no se les podía recriminar su comportamiento, y seguro que Ida Manger también estaba conmocionada todavía.

De pronto, Charlotte se avergonzó de haber intentado comprarle las tierras a la pobre mujer.

Ay, le habría gustado tanto poder ayudar a Klara…

Pero ¿qué tipo de ayuda habría sido si nacía de la infelicidad de otra persona?

—Quédese, Charlotte, los niños se habrán calmado enseguida. Haré que les preparen una comida, y puede pasar la noche aquí, en la plantación, le pondremos una cama en el salón y…

—Regresaré, se lo prometo. Pero me temo que hoy debo volver, mi prima está pasando por un mal momento.

Ida Manger no preguntó qué le sucedía a la prima de Charlotte, en esos momentos no tenía fuerzas para preocuparse por las penas de otros además de por las suyas.

Aun así, acompañó a su visita hasta la puerta y aprovechó la oportunidad para increpar a las dos mujeres que todavía estaban sentadas con sus cuencos.

—Ya deberían estar cocinando. Hay que decírselo todo, no hacen nada por sí mismas. Ay, querida, es horrible estar rodeada de estas criaturas. ¿Cuándo regresará? ¿La semana que viene? ¡Maravilloso! Prepararé té y las galletas de nuez que comía de niña.

Johannes Kigobo y Jonas Sabuni fumaban sentados frente al edificio anexo con el hombre mayor. Habían atado el caballo y las mulas bajo un árbol para que tuvieran un poco de sombra, y les habían dado avena. Los animales tenían delante cubos de agua que hacía rato que habían vaciado.

—No es buen hombre —dijo Johannes Kigobo cuando se apeó junto a la piedra con el nombre de Karl Manger para abrir la verja—. Dios debe tener mucha piedad con alma suya.

—¿Hablas del dueño de la plantación? —preguntó Charlotte con curiosidad.

—No hablar mal de hombre muerto —dijo Jonas Sabuni, e hizo una mueca de preocupación.

Johannes Kigobo escupió y puso cara de asco.

—¿ Bibi Johanssen ha visto que el hombre cojea? —le preguntó a Charlotte—. Bwana le pegó con palo, rompió pierna y la cadera enferma. No es buen hombre. Jesús tiene que derramar mucha sangre por pecados de bwana Manger.

Cuando pasaron por el lugar donde había perdido la vida el alemán, los tres se agacharon y arrancaron hojas de los arbustos para pagar el peaje a los espíritus. En ese instante Charlotte percibió un movimiento tras ellos, por entre el polvo levantado del camino.

—¡Vuelve a casa! —gritó.

El perro castaño se sentó entre ambas rodadas y los observó con mirada de reproche.

—¡No puedes venir con nosotros! ¡Largo de aquí!

Schnapsi no se inmutó, pero cuando continuaron cabalgando los siguió. Jonas Sabuni se bajó de su montura y cogió piedras para lanzárselas al animal. El perro aulló cuando recibió el impacto de algunas de ellas, luego dio media vuelta y regresó trotando.

—¡Vete a cazar patos! —le gritó Charlotte.

Dejaron atrás la carretera y cabalgaron un rato por el bosque tropical, luego siguieron el cauce seco de un arroyo y ascendieron a una de las colinas más altas.

La cima estaba cubierta de hierba y arbustos de baja altura, de manera que podía contemplarse el paisaje.

Charlotte dejó vagar la mirada por las montañas azuladas al oeste y luego bajó la vista hacia el valle, donde se extendían los campos y los cafetales de Neu-Kronau.

Las espigas de cebada se mecían al viento como un mar verde claro, las plantas de patata y verdura se alineaban en largas hileras, y en las colinas crecían los jóvenes y frondosos cafetos entre altas plataneras.

Sintió que se le aceleraba el corazón. Al cabo de dos años ya se podrían cosechar las primeras bayas de café.

¿Pertenecerían también a la plantación esas colinas boscosas?

Era de suponer que sí, pero en realidad no era de su incumbencia.

—¡Ahí! —exclamó Jonas Sabuni, y señaló un seto. Charlotte justo alcanzó a ver la gruesa cabeza castaña antes de que de­sapareciera.

—¡Maldito pillo! Nos ha seguido.

—Sí. Listo y silencioso como simba .

El perro hizo su entrada con ellos en la misión de Hohenfriedeberg, donde causó una gran sensación y no poco espanto.

Charlotte se vio obligada a llevárselo a la habitación, donde lo alimentó con pan y unas densas gachas de maíz; el animal devoró la comida con ansia.

Luego se tumbó junto a su cama y comenzó a roncar con suavidad.