La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 4 #7
34%

Capítulo 4 #7

El perro no se movió ni un centímetro. A Charlotte no le sorprendió que no reaccionara a un nombre tan ridículo; ¿a quién se le ocurría llamar Schnapsi a un animal tan robusto?

La señora Manger le pareció jovencísima, casi una muchacha recién salida del pensionado.

Seguro que era preciosa cuando se acicalaba un poco, pero ahora tenía el pelo rubio oscuro descuidadamente recogido en la nuca, y su cara pálida de barbilla fina parecía demasiado estrecha para sus grandes ojos cansados.

Hablaba con una voz aguda e infantil, que el nerviosismo hacía sonar estridente.

—Disculpe que la reciba así…

—Por favor… Conozco la situación en la que se encuentra, y no quiero importunarla.

—Por supuesto que no me molesta. Celebro su visita.

Es agradable poder hablar con alguien. Aquí solo están los negros, y con ellos solo puede una entenderse a medias…

Los huéspedes blancos son escasos, sobre todo las mujeres.

Usted es la esposa del doctor Johanssen, ¿verdad? He oído hablar de usted…

El apretón de su mano fresca fue sorprendentemente firme. Charlotte observó que, a pesar del calor, llevaba un chal de lana sobre los hombros. Lo entendió a la perfección: la soledad y la tristeza podían hacerte sentir frío hasta en los días más cálidos.

La criada les llevó una jarra de limonada, y la señora Manger sacó las copas buenas de la alacena, un valioso tesoro que había formado parte de su dote, tal como explicó orgullosa.

—Me llamo Ida, ¿puedo llamarla Charlotte?

Ida Manger era habladora y parecía alegrarse sinceramente de poder confiarse a una persona blanca, ya que le contó a Charlotte su vida entera con toda franqueza.

Había crecido en Frank­furt, su padre era funcionario de la administración escolar.

Sí, desde pequeña ya soñaba con huir de un entorno constreñido y emigrar, sus dos hermanos estaban en América, uno tenía una granja de avestruces y el otro vendía maquinaria agrícola en Iowa.

A sus padres no les había entusiasmado precisamente su matrimonio, al fin y al cabo el novio era un simple ebanista y encima quince años mayor. Pero ella se había aferrado a él.

—Vinimos aquí hace cinco años. Dios mío, jamás creí que fuera a ser tan duro.

Ni siquiera teníamos una casa, solo una cabaña de ramas y barro, como las que construyen los nativos.

Lo peor eran las ratas, que correteaban por todas partes y lo mordisqueaban todo.

Cuando nació nuestro hijo mayor, me ayudó una negra, porque el médico no llegó hasta tres días después…

Charlotte la escuchó pacientemente. Karl Manger no parecía haber sido un marido cariñoso, había exigido mucho a su joven esposa.

Hacía dos años que por fin había hecho construir una casa de ladrillo y se enfadó cuando su mujer hizo traer unos cuantos muebles y algunas piezas de vajilla que pertenecían a sus padres por los elevados portes que habían pagado.

Dedicó toda la dote de su esposa a la plantación, con ella compraba maquinaria cara, semillas, ganado y animales de tiro, y pagaba los salarios de los trabajadores.

—Al principio arrendamos las tierras de la Compañía del África Oriental, no era mucho dinero.

A cambio estábamos obligados a cultivar al menos cincuenta hectáreas al año; quien cultivara un cuarto de las tierras arrendadas, podía comprárselas a la Compañía.

Mi esposo era ambicioso y el año pasado ya consiguió adquirir la plantación.

La mayoría de los colonos tardan muchísimo más y solo compran parte del terreno.

Y eso que el precio es irrisorio, tres rupias por hectárea…

No era mucho, vender medio quintal de patatas ya suponía ingresar siete rupias, el equivalente a unos nueve marcos alemanes.

Sin embargo, Karl Manger se había endeudado con un prestamista de Tanga; estaba empeñado en que la propiedad fuera suya, a pesar de que la dote de su esposa ya se hubiera agotado.

Aseguraba que en el plazo de un año fácilmente ganaría el dinero necesario.

Los cafetos no daban frutos hasta pasados siete años, pero confiaba en los tubérculos.

Pero entonces el mildiu de la patata desbarató todos sus planes.

—Ese hombre repugnante cobra unos intereses desorbitados. Debe de ser judío… Ay, querida Charlotte, esa gente va a acabar con la humanidad.

La puerta chirrió y un muchachito asomó tímidamente por la rendija. Cuando Charlotte le sonrió, abrió la puerta del todo y corrió hacia su madre.

—Willi está llorando —avisó, y miró con deseo las relucientes copas de limonada—. Yo también quiero.

Le dieron un vaso de barro, porque el hermoso cristal no era para niños, y luego Ida Manger envió a la criada arriba a echar un vistazo al pequeño.

—Son vagos, estos negros —suspiró—. Hay que pedírselo todo, nunca se les ocurre tomar la iniciativa.

Mi marido se enfurecía a menudo, les daba palizas y los castigaba, pero no servía de mucho.

No conocen la lealtad ni el sentido del deber.

Figúrese que los muchachos se largaron y de pronto nos quedamos sin trabajadores…

Efectivamente, Karl Manger parecía haber sido un hombre implacable, pensó Charlotte, aunque no se pudieran decir cosas malas de un muerto.

—Entiendo muy bien cómo debe de sentirse en estos momentos, Ida. Verá, hace siete años sufrí el mismo golpe del destino…

Le habló de Max, que había dirigido la plantación junto al Kilimanjaro con mucha energía y optimismo, y que había perdido la vida de forma repentina. Aparte de su muerte prematura, Max von Roden y Karl Manger no tenían mucho en común, pero eso no lo dijo.

—¿Y qué hizo usted al verse de pronto sola con la finca?

—En aquel momento decidí seguir dirigiendo la plantación.

Ida Manger la observó con gran admiración, y justo entonces cogió en el aire el vaso de barro que su hijo acababa de tirar de la mesa. Arriba se oyeron fuertes berridos; incluso Schnapsi, el adormilado perro-león, encogió las orejas sin mover la cabeza de los zapatos de Charlotte.

—Pero ¿cómo lo hizo?

—Al principio fue difícil. Más adelante encontré dos hábiles administradores…

Ida Manger negó con la cabeza desanimada.

Explicó que para ella era todo un caos, no había podido ni revisar los documentos de su esposo, que siempre había querido hacerlo todo solo; ni siquiera sabía a cuánto ascendían las deudas.

Tenía apego a esas tierras en las que su marido había puesto todas sus esperanzas, pero no tenía ni idea de cómo se gestionaba una plantación.

¿Quizá Charlotte pudiera darle el nombre de un buen administrador?

—En estos momentos no se me ocurre nadie, pero no será tan difícil dar con la persona adecuada.

No debería ser un aventurero, sino una persona seria que ya tenga cierta experiencia…

—Se detuvo, reflexionó un instante, y en ese momento decidió apostarlo todo a una sola carta—: Escuche, Ida, quiero ayudarla, y por eso voy a hacerle una oferta.

—No era lo que se había propuesto en un principio, pero ahora le parecía una buena solución—.

Yo le compraré parte de la finca, digamos que la mitad.

Así podrá saldar sus deudas y todavía le quedará dinero para pagar a un administrador y nuevos trabajadores. ¿Qué le parece?

En ese instante apareció la criada con el niño que lloraba a moco tendido.

Ida Manger bajó a su primogénito del regazo para atender al pequeño Willi; el hermano mayor se enfadó y lo pagó con Schnapsi.

El perro se dejó propinar dos patadas, pero luego gruñó al atacante en tono amenazador.

Ida lanzó un grito y estiró de la trabilla del pantalón de su hijo, que perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo.

Un vocerío ensordecedor llenó la pequeña estancia mientras la joven viuda hacía esfuerzos desesperados por restablecer la calma.

—Los niños están desquiciados —se lamentó—, y este perro es un tormento. Mi esposo se empeñó en traérselo a África, pero por aquel entonces todavía era un dulce cachorrito. Nadie creía que acabaría convertido en un gigante, nos está saliendo carísimo darle de comer y ya ha matado tres patos…