Capítulo 4 #6
—¿Dónde quiere ir, bibi Johanssen? —preguntó curioso uno de sus acompañantes, Johannes Kigobo.
—Hacia el sur, hacia el dominio de Kwai —contestó Charlotte.
—Pero eso es lejos. Hasta la noche no regresar.
—No llegaremos hasta allí, Johannes Kigobo. Solo hasta Neu-Kronau.
—Ah, Jonas Sabuni comprende —intervino entonces su compañero—. Bibi Johanssen quiere consolar mujer blanca.
—¡Muy sagaz, Jonas Sabuni!
Era un día cálido, la niebla que envolvía la jungla se había disipado pronto y el paisaje se mostraba bajo una luz clara y despejada.
Sobre la cascada que había a los pies de la aldea de Mlalo se había formado un arco multicolor de gotitas centelleantes, había mujeres y niñas negras acuclilladas junto al río, riendo y charlando mientras frotaban la colada sobre piedras planas.
En las boscosas alturas, cada árbol y cada rama parecían haberse dibujado con una punta de acero, la roca brillaba en tonos plateados, y los arroyos y regueros descendían de las montañas entre la vegetación para finalmente verterse al río.
Era una tierra próspera, llena de luz, de colores y de sonidos, una tierra fértil que alimentaba a las personas como el jardín del Edén.
Cabalgaban en fila y en silencio, primero Johannes Kigobo, seguido de Charlotte a caballo, y por último Jonas Sabuni.
En el bosque, el caballo se asustó de la penumbra y de los senderos estrechos a los que no estaba acostumbrado; también le costó avanzar por los cauces secos de los arroyos que ahora, en la estación cálida, podían utilizarse como caminos.
Las mulas eran menos sensibles, pasaban por encima de árboles caídos sin inmutarse y apoyaban los cascos sobre las piedras lisas con tanta seguridad como si estuvieran en un amplio sendero.
Hacia el mediodía llegaron por fin a una carretera polvorienta que conducía a lo largo de varios kilómetros hacia el sur entre campos y un terreno recién roturado.
En esa tierra noval todavía había muchos troncos y ramas cortados sin recoger, las aves se posaban sobre los tocones y picoteaban la madera recién partida.
—Fue ahí —dijo Johannes Kigobo, y señaló un tronco caído cuya corona aún estaba poblada de hojas.
Charlotte comprendió a qué se refería. Ahí había perdido la vida el desdichado dueño de la plantación.
—Descanse en paz —musitó, y los dos negros repitieron sus palabras.
Johannes Kigobo y Jonas Sabuni cabalgaban con la cabeza gacha y lanzaban miradas temerosas a ese árbol imponente que, al morir, había matado a su verdugo.
Charlotte sabía lo que estaban pensando; la cristiandad recién adquirida no borraba de su mente las creencias ancestrales.
Los espíritus de los muertos estaban presentes, se enfurecían y tenían poder sobre los vivos.
Titubeó, luego refrenó su caballo y se apeó para arrancar unas cuantas hojas de un arbusto y lanzarlas sobre el terreno roturado.
Los dos shambaas la observaron en silencio, luego se bajaron de las mulas y siguieron su ejemplo para aplacar a los espíritus.
Charlotte no sentía remordimientos, a pesar de que su abuelo, el pastor Henrich Dirksen, seguramente la habría expulsado de la comunidad por ello.
Hacía años que había aprendido a respetar a los espíritus de África.
Descubrieron una verja de tablones anchos, tras la cual un sendero serpenteaba entre matas de poca altura y pastizales hasta la vivienda de la plantación.
Era un edificio de ladrillo sin adornos, techado con ripias rojas, y al lado había otra construcción de menor tamaño que seguramente servía de despensa y lavadero.
La entrada estaba adornada con arriates de plantas vivaces de todo tipo, y había un columpio colgado de un armazón de madera.
Al llegar a la verja, vieron detrás un fragmento de roca marrón en el que se había grabado PLANTACIÓN NEU-KRONAU . PROPIETARIO : KARL MANGER .
Seguro que la roca se había traído de las montañas, se había enterrado parcialmente en el suelo y se había alisado uno de los lados para poder tallar la inscripción. Para Karl Manger debía de haber sido muy importante grabar en piedra su condición de propietario hasta el fin de los tiempos.
Cerca de la casa había dos mujeres negras lavando verduras sentadas en el suelo entre varios baldes de hojalata.
Charlotte hizo un gesto a Johannes Kigobo para que abriera la verja y cabalgaron despacio hacia el edificio.
Efectivamente era muy pequeño, aunque tenía dos plantas, y en la cara oeste, bajo un alero de madera, había una terraza de obra que se estaba desmoronando.
El dueño parecía haber dedicado toda su energía a la agricultura y haber dejado de lado su propio confort y el de su familia.
Un embalse alimentado por un arroyo reflejaba la deslumbrante luz del sol, y también se veían varios estanques de obra, que se utilizaban para la producción de café.
No se veía a nadie trabajando en ese momento, solo había un grupito de patos multicolores sentados a orillas del embalse mirando a los recién llegados con desconfianza.
Luego Charlotte descubrió un perro muy cerca de la escalinata de entrada, un ejemplar descomunal de pelaje muy denso de color castaño que permanecía tumbado en el suelo tan inmóvil que casi se fundía con el polvo rojizo.
No parecía un perro autóctono, seguramente el dueño de la plantación lo había traído de Europa.
Nadie salió a recibir a los visitantes. Las dos mujeres siguieron lavando las zanahorias y troceando hojas verdes en los baldes, pero de vez en cuando miraban preocupadas a los recién llegados.
El perro levantó la cabeza de las patas delanteras, los observó con indiferencia y siguió dormitando.
El animal tenía una cabeza enorme de hocico ancho, y sus orejas peludas y caídas tenían el borde negro.
— Simba —bromeó Charlotte, «león», y lo que consiguió fue que sus dos acompañantes tuvieran más miedo aún.
—¿Por qué no ladrar? —preguntó Johannes Kigobo nervioso.
—Puede que le gustemos.
—Perro espera a que llegamos a la puerta. Luego salta y devora como león.
—Un perro se da cuenta de si le tienes miedo, Jonas Sabuni. Es entonces cuando ataca.
—Jonas Sabuni sabe. Jonas Sabuni no va a puerta porque tiene miedo.
Johannes Kigobo también desconfiaba del perro-león castaño rojizo, así que Charlotte se apeó y se acercó sola a la entrada, con la mirada preocupada de los dos shambaas clavada en la nuca. Seguía sin haber movimiento en la casa. El enorme perro abrió los ojos y la miró cansado.
—¿Simba? —preguntó Charlotte en voz baja—. Seguro que te llamas Simba, ¿verdad?
Alargó la mano con cuidado, el animal levantó la cabeza y se la olisqueó con interés, luego levantó un poco de polvo con la cola. Por lo menos la había meneado, aunque débilmente. ¿Estaría triste por su dueño?
Hizo acopio de valor y pasó por su lado, subió los tres peldaños que había hasta la entrada y tiró de la campanilla.
El sonido hizo que el perro recordara su labor de vigilante, se levantara y ladrara en tono grave y fuerte.
Los dos negros quedaron petrificados, pero luego Johannes Kigobo se bajó de la mula y se mostró temerariamente decidido a apoyar a Charlotte.
En ese instante, una criada negra abrió la puerta y el perro enmudeció.
— Karibu . Bienvenidos.
Llevaba un vestido de color claro que, sin duda, habría pertenecido a su señora, y en la cabeza una cofia extrañamente puntiaguda que Charlotte no recordaba haber visto nunca.
La mujer tenía la piel lisa, sin una sola arruga.
Solo las mejillas caídas y los ojos hundidos revelaban que ya no era una jovencita.
—La señora duerme, los niños también. ¡Pase, nos alegra! Traigo limonada a invitados. ¡Pase!
Mientras Charlotte le daba las gracias y entraba en el pasillo estrecho, la criada gritó varios nombres, pero solo un hombre mayor de piernas flacas con una gastada camisa de yute se acercó cojeando apresuradamente desde el edificio contiguo y se dispuso a ocuparse de las monturas junto con Johannes Kigobo y Jonas Sabuni.
El salón no era muy grande y se parecía a los salones de todos los dueños de plantaciones.
Una chimenea de obra, una mesa con varias sillas, estanterías en las paredes en las que había todo tipo de cachivaches pero casi ningún libro, además de una cómoda alta de madera oscura, seguramente traída de Alemania.
Los cuadros enmarcados que colgaban de las paredes mostraban paisajes alemanes, y sobre la cómoda había fotografías de padres y familiares.
La criada había desaparecido, estaría avisando a la señora Manger de que tenían visita.
Charlotte se enfadó consigo misma por no haber dicho expresamente que no hacía falta que despertaran a la señora.
Al fin y al cabo, podría haber esperado un poco.
Disgustada, se sentó en el borde de una butaca bastante dura de tapizado verde situada muy cerca de la chimenea.
No había sido buena idea presentarse ahí de improviso, había llegado en mala hora y molestaría a la joven señora durante el duelo.
En ese momento se dio cuenta de que no estaba sola.
El perro-león castaño rojizo había entrado tras ella, le olisqueó los zapatos, luego resopló tan fuerte que le aletearon los belfos, y se tumbó en el suelo delante de ella.
No lo hizo lenta y cuidadosamente, sino de un batacazo, al que siguió un gemido de gusto. Qué animal tan raro.
—Este tampoco es tu sitio, ¿verdad? A juzgar por tu pelaje, deberías vivir en algún lugar de Noruega…
Levantó sus ojos redondos hacia ella, luego adelantó un poco la cabeza leonina y apoyó el hocico ligeramente húmedo sobre los zapatos de Charlotte.
Esta no supo interpretar su comportamiento, así que permaneció sentada y no se atrevió a mover los pies hasta que vio que el guardián de la casa había vuelto a dormirse.
—¡Schnapsi! Ay, Dios mío, disculpe. ¡Schnapsi, levanta!