Capítulo 4 #5
Tras la comida, el misionero Wohlrab llamó a Charlotte al despacho que compartía con su colega.
Era una estancia rectangular y sobria en la planta baja, situada justo a la izquierda de la entrada y dotada de ventanas altas para que ambos caballeros pudieran ver en todo momento lo que sucedía en el patio.
Una pared estaba ocupada por estantes con libros y pilas de papel, la gran mesa estaba cubierta de documentos y todo tipo de utensilios de escritura, y en el centro de la mesa había una cruz de madera oscura, una talla indígena especialmente hermosa.
—Esperamos también a su prima —explicó el misionero Becker, que había llevado dos sillas más—.
Nos parece importante hablar con ella también, ya que ejerce una gran influencia sobre su esposo.
No tengo palabras para decirle lo mucho que me apena este desdichado asunto.
Son tiempos difíciles, querida hermana Charlotte.
Ayer también tuve que proporcionar consuelo allí donde en realidad solo Dios nuestro Señor puede proporcionarlo…
Parloteó sobre el entierro en la plantación de Neu-Kronau, donde su alocución había emocionado a la joven viuda y a los empleados hasta las lágrimas.
La señora Manger se había mostrado profundamente agradecida y había hecho una donación para la misión.
Y eso que ella también estaba pasando apuros, porque la plantación aún tenía muchas deudas…
Klara apareció junto al pastor Wohlrab. Al ver a Charlotte, su rostro apesadumbrado se iluminó ligeramente, y se sentó junto a su prima.
—Está durmiendo —informó en voz baja—. Tiene un sueño tan profundo que parece que no despertará jamás.
El misionero Wohlrab intercambió una mirada con Becker, luego se sentó en la silla libre e inició la conversación diciendo que se le proporcionaría al hermano Siegel toda la ayuda que fuera necesaria. Su intención ahora era debatir juntos cuál sería dicha ayuda.
El rostro esperanzado de Klara le dolió a Charlotte, ya que se temía que los dos pastores ya tuvieran tomada su decisión.
—Nos habían informado de que el misionero Siegel sufría convulsiones, pero no se nos comunicó la verdadera naturaleza de su enfermedad —comenzó a hablar Becker—. Nos dijeron que estaba recuperándose.
Klara asintió vehemente y confirmó que su esposo no había sufrido un ataque tan grave desde hacía casi un año.
—En ese caso, el incidente de ayer es aún más deplorable…
—Necesita tranquilidad —explicó Klara, mirando a Charlotte en busca de ayuda—. Unas semanas de reposo lo curarán. Le resultará difícil no hacer nada, pero seré inflexible, se lo prometo.
—Sin duda, la tranquilidad y el reposo son importantes —le dio la razón el misionero Wohlrab—. La cuestión es si Hohenfriedeberg es el lugar adecuado para su recuperación. En mi opinión, nuestro compañero estaría mucho mejor atendido en un sanatorio.
—¡Pero él no quiere regresar a Alemania bajo ningún concepto!
—Querida hermana Klara, por mucho que lamentemos perderla, también tiene que pensar en usted misma y en su hijo. Su esposo debe curarse, y una misión en África no es el lugar adecuado para ello.
Charlotte no estaba dispuesta a ponérselo tan fácil a los dos misioneros.
—¿No pone el pastor Bodelschwingh un especial empeño en el cuidado de los enfermos? —comentó en tono cándido.
—No en un caso como este, querida hermana Charlotte.
Cuidamos de los enfermos de lepra, como ya sabe.
Y también acogeremos a dementes e imbéciles en cuanto hayamos construido un edificio para ellos.
Pero los ataques del hermano Siegel son de una naturaleza distinta y requieren un tratamiento especializado.
—¿Qué tipo de tratamiento?
El misionero Wohlrab respiró profundamente, no le resultó fácil responderle.
—Bueno, no soy quién para juzgarlo, eso tendrán que hacerlo los hombres competentes de la Iglesia.
Pero me pregunto si en este caso no tendría que realizarse un exorcismo.
No me malinterprete, hermana Klara. La Iglesia protestante no suele observar prácticas católicas como esta, pero existen excepciones…
Klara lo miró horrorizada con los ojos como platos. Un exorcismo era algo terrible, pero al mismo tiempo le pareció un rayo de esperanza.
—Para eso, su esposo tendría que trasladarse a Alemania, querida hermana Klara. Es muy posible que un tratamiento de esa clase pueda curarlo.
—Estoy seguro de que es el camino correcto —intervino también Becker—. Opino que sería cruel dejar que nuestro pobre hermano siga sufriendo cuando en realidad hay esperanza para él.
Klara derramaba lágrimas abundantes, les dio las gracias a ambos misioneros y prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para convencer a su esposo de que emprendiera el viaje.
Por su parte, Wohlrab y Becker le aseguraron que ejercerían su influencia sobre Peter Siegel, y que juntos lograrían que sanara.
Pero que tendría que ser rápido, a ser posible esa misma semana.
Charlotte había escuchado las explicaciones de los misioneros cada vez más estupefacta.
¡Un exorcismo era algo muy drástico! Pero naturalmente querían deshacerse de Peter Siegel cuanto antes, ya que su enfermedad entorpecía la labor misionera.
¿Cómo explicarles a los negros que uno de los pastores estaba claramente poseído por el diablo y que Jesucristo no podía ayudarlo?
—Quizá no haga falta que mi cuñado viaje a Alemania para dicha ceremonia —dijo con aparente optimismo—. Ayer mismo, uno de los shambaas me habló de un curandero que podía expulsar el espíritu maligno de Peter Siegel…
El efecto de sus palabras superó todas sus expectativas. El rostro de Becker se congeló en una mueca, Wohlrab se quedó con la boca abierta y le costaba respirar.
—Si eso pretendía ser una broma, ¡ha sido profana y de muy mal gusto! —dijo indignado y en tono cortante.
—Claro que no, lo digo en serio. El joven, que solo quería ayudar a Peter Siegel, cree que un curandero malvado ha hechizado al infeliz misionero. Que Jesucristo no puede hacer nada contra un conjuro de esas características y solo un buen curandero puede romperlo.
El misionero Becker había recuperado la compostura, aunque sin su sonrisa resultaba frío y desagradable.
—¿Quién era ese muchacho y por qué sabía lo que sucedía? ¿No les habrá contado a los negros que el misionero Siegel ve al diablo?
Klara lo negó y miró temerosa a su prima. A Charlotte le habría gustado echarse a reír. ¡Qué ridículos eran los dos misioneros!
—Ah, yo creo que los negros tienen un instinto especial para estas cosas. Son capaces de oír crecer la hierba, como suele decirse…
—Ahí lo tiene usted —murmuró el misionero Becker con voz queda—. Esta desafortunada historia ya ha despertado confusión en sus espíritus. Un misionero poseído por el diablo… ¡No se me ocurre nada peor!
Del patio les llegaron voces infantiles, niños blancos y negros jugaban a la pídola, las niñas miraban y se reían cuando derribaban a uno de los potros humanos. El misionero Becker dio por terminada la conversación.
—Procederemos tal como hemos acordado y contamos con su apoyo, querida hermana Klara. Sabe bien que solo deseamos lo mejor para su esposo, y por eso debe abandonar Hohenfriedeberg lo antes posible.
Charlotte pasó el resto del día con Klara, solo de vez en cuando iba a ver a su hija, que jugaba contenta con los demás niños y luego asistió obediente al estudio bíblico. Peter Siegel durmió hasta el anochecer, después sufrió unos fuertes escalofríos, y durante un rato pudieron hablar con él.
—No es más que fiebre —murmuró—. Enseguida estaré bien de nuevo. Prepárame el talar, Klara. Y el sombrero. Los zapatos de color claro…
Mencionó el entierro que estaba a punto de oficiar y Klara fingió que todo estaba preparado para no alterarlo. Poco después se volvió a dormir. Por la noche se despertó varias veces y bebió un poco de agua, y de madrugada preguntó qué día de la semana era.
—Es lunes.
—Lunes… —repitió despacio.
Cerró los ojos y Charlotte supuso que acababa de comprender lo que le había sucedido. A pesar de todo, le daba muchísima lástima. ¡Qué desesperación debía de sentir alguien que creyera estar poseído por el diablo!
Participó en los maitines y a continuación pidió a Johannes Kigobo y Jonas Sabuni que la acompañaran a dar un paseo a caballo.
Al ver que sacaban al patio un caballo y dos mulas y los ensillaban, el misionero Becker dejó plantados a sus alumnos.
Wohlrab también apareció en la entrada de la casa de la misión.
—¿Quiere salir de paseo? Mejor sería que acompañara a su prima, que tanto la necesita en estos momentos.
—Necesito despejarme un poco, misionero Becker.
—¡Le aconsejo encarecidamente que permanezca usted en la misión!
¿Estarían preocupados los dos religiosos por que fuera a buscar al curandero que le habían recomendado?
Por lo visto sí, ya que el «consejo encarecido» de Becker parecía más bien una amenaza.
Charlotte estaba a punto de responder con brusquedad cuando sucedió algo inesperado.
Un grupo de cristianos africanos de la misión de Mtai entró en Hohenfriedeberg y todos corrieron a recibirlos.
Se oyeron los trinos de las mujeres, se sirvieron bebidas para los sedientos caminantes, las gallinas cloquearon y aletearon asustadas, las cabras balaron y los niños salieron corriendo del aula al patio.
Ese tipo de visitas siempre interrumpían la rutina diaria y eran motivo de gran celebración.
A veces había parejas que se reencontraban y se formaba una nueva familia que se asentaba en la comunidad.
Los shambaas seguían sin entregar a sus hijas a cristianos conversos, y muchos jóvenes eran solteros en contra de su voluntad.
Charlotte aprovechó el barullo para salir inadvertidamente de la misión con sus dos acompañantes. Lo que se proponía todavía no era más que una idea muy vaga hacia la que ella misma albergaba muchas reservas. Pero quería intentarlo de todos modos.