La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 4 #4
31%

Capítulo 4 #4

Charlotte por fin lo entendió. Klara no consideraba que el estado de su marido fuera una enfermedad mental, sino el embate de unas fuerzas demoniacas. Por eso albergaba la esperanza de que los misioneros pudieran ayudar a Peter, pero para eso tenía que contravenir su prohibición.

—Ya no puedes ocultárselo. Iba a marcharse a Neu-Kronau para enterrar al pobre Karl Manger, acabarán preguntando por él, después de comer a más tardar. ¿Realmente crees que el ataque habrá pasado para entonces?

Klara respondió que no. Los accesos solían durar varias horas, a veces incluso una noche entera.

Después Peter siempre caía en un profundo sueño, casi en coma, y, al despertar, se retiraba durante varios días.

Klara era la única que podía permanecer a su lado.

Luego lloraba mucho y poco a poco iba volviendo a la vida.

—Lo más probable es que Wohlrab y Becker ya lo sepan —supuso Charlotte—. Seguro que desde Dar es-Salam los informaron del estado de Peter. Quédate con él, bajaré yo.

Klara se alegró visiblemente de que Charlotte tomara la decisión por ella, pero le suplicó que transmitiera el mensaje de manera que solo se enteraran los misioneros y nadie más. Luego se arrodilló junto a su esposo y acarició sus temblorosos hombros.

Wohlrab y Becker trataron el asunto con la mayor discreción.

El misionero Becker partió de inmediato hacia la plan­tación de Neu-Kronau, mientras Wohlrab visitaba al enfermo.

Leyó varios pasajes de la Biblia, ordenó a Satán que abandonara ese lugar en nombre de Dios Todopoderoso, y cuando Peter Siegel lanzó acto seguido una carcajada estremecedora, Wohlrab negó con la cabeza, preocupado.

—No podemos hacer nada —suspiró—. Sea lo que sea, una enfermedad o una posesión demoniaca, no tenemos la capacidad de curarlo. Solo nos queda orar por él.

Le pidió a Charlotte que asistiera a su prima hasta que el misionero Siegel superara el ataque, y más adelante deliberarían juntos sobre el futuro.

—No deje que nada de esto trascienda —le susurró a Charlotte antes de salir de la habitación—. Sobre todo, que los negros no lleguen a enterarse.

El misionero Wohlrab dirigió una última mirada esquiva al enfermo, que seguía rechinando los dientes y echando una espuma blanquecina por la boca, y luego corrió escaleras abajo para impartir el estudio bíblico a los diáconos.

—Canta algo —propuso Charlotte—. Una canción de cuna o infantil, igual le ayuda.

Con voz queda y temblorosa, su prima entonó «Jesús es mi pastor» y el enfermo, al oír las primeras notas, efectivamente levantó la cabeza. Sin embargo, alguien llamó con suavidad a la puerta y Klara enmudeció angustiada.

—¿Quién es?

—Johannes Kigobo.

Charlotte abrió la puerta lo justo para poder deslizarse a través de ella y volvió a cerrarla.

— Bwana Siegel está enfermo, no puedes verlo, Johannes Kigobo.

El joven había retrocedido varios pasos, como si le tuviera miedo. En su rostro había compasión, pero también una extraña superioridad.

—Johannes Kigobo tiene oído fino. Bwana Siegel está hechizado por curandero. Viaja con viento a otro mundo y ve espíritu maligno. Hechizo poderoso, hechizo maligno…

—¿De qué estás hablando? —susurró Charlotte asustada—. ¿Cómo puedes decir esas cosas ahora que eres cristiano y sigues las enseñanzas de Jesús?

—Jesús reina sobre este y otro mundo. Pero Satán y hechiceros malvados tienen gran poder sobre nosotros y a veces Jesús no puede ayudar tampoco…

—¿Y qué tiene eso que ver con bwana Siegel?

El negro guardó silencio y la miró con tristeza. Estaba plenamente convencido de que sus sospechas eran ciertas.

— Bwana Siegel tiene que ir con buen curandero de los shambaas. Johannes Kigobo sabe dónde vive buen curandero, lleva a bwana Siegel con él, le curará…

—Estás equivocado. El misionero Siegel solo tiene un poco de fiebre, eso es todo. Ahora vete.

El joven parecía decepcionado, balanceó la cabeza, preocupado, como si se temiera alguna desgracia, y luego descendió lentamente las escaleras.

Por la ventana, Charlotte lo vio salir al patio inmediatamente después, paseando hacia el edificio de la escuela, donde el misionero Becker impartía el estudio bíblico.

¿Cómo se habría enterado del estado de Peter Siegel? ¿Acaso oía crecer la hierba?

—¿Qué quería? —preguntó Klara cuando regresó a la habitación. A Charlotte le pareció que no era buen momento para decirle la verdad a su prima, así que afirmó que Johannes Kigobo le había pedido clases de armonio.

Permaneció el resto del día y la noche entera junto a Klara, cuidó de Sammi, consoló a su desgraciada prima y cantó viejas canciones infantiles en voz baja que, efectivamente, calmaban al enfermo.

Ya muy entrada la noche, la postura contraída de Peter se relajó por fin y entre las dos pudieron tumbarlo en la cama. Ahora dormiría, el ataque había pasado.

Las dos primas finalmente habían recuperado la confianza que solían tenerse.

Se sentaron juntas en el suelo con la espalda apoyada en la pared y hablaron en susurros como hacían de niñas.

El horrible secreto había salido a la luz y Klara ya no tenía que esconderlo.

Se desahogó por completo con Charlotte, dejó que la abrazara y lloró.

—¿Qué será de nosotros? ¿Cómo va a predicar sobre Dios si lo persigue el diablo?

La sociedad misionera le ha propuesto regresar a Alemania, pero eso es imposible.

Sus padres ya son mayores y están orgullosísimos de que su único hijo evangelice paganos en la misión de África.

Les rompería el corazón enterarse de su estado…

—Ya encontraremos la solución, Klara.

El suelo desnudo era incómodo y el viento fresco del nordeste que soplaba en Hohenfriedeberg al atardecer tironeaba de la estera de la ventana.

A pesar de ello, Charlotte permaneció sentada junto a Klara, escuchó sus lamentos y fue alimentando en secreto un resentimiento cada vez mayor hacia su infeliz cuñado.

¿Cómo podía ser tan increíblemente ambicioso?

En Hohenfriedeberg habían intentado cuidarlo, darle un cometido.

Pero el señor misionero no se había mostrado agradecido en absoluto, al contrario: Peter Siegel no quería ser un segundón, quería dirigir una misión propia.

¿Por qué había criticado tan duramente al pastor Gleiss de Wuga?

¡Pues claro, Peter Siegel esperaba que lo trasladaran para hacerse cargo él de la misión!

No había sido un gesto muy bonito por su parte.

Pero ahora ya podía dar esa esperanza por perdida.

—Lo peor son los discursos blasfemos que pronuncia cuando se encuentra en ese estado. Ay, Charlotte, se ha burlado de lo más sagrado, no puedo ni repetir las cosas tan horribles que dice. El diablo habla por su boca…

—Tonterías. ¡Deja de decir esas bobadas! Peter está enfermo, y punto. No ha superado el asalto a la misión de Naliene. Estoy plenamente convencida de que necesita reposo y descanso, y seguro que se recuperará.

—¿Eso crees? Ojalá tengas razón, Charlotte.

—¡Pues claro que tengo razón!

Charlotte habló con mucho énfasis y convicción para animar un poco a Klara. Pero en realidad tenía serias dudas de que Peter Siegel fuera a volver a ejercer el cargo de misionero algún día.

—¡Ay, Charlotte, no sé qué haría si no estuvieras aquí conmigo! Y eso que también tienes tus propios problemas, pobrecita.

Lo cierto era que la herida reabierta por la carta de George ya le dolía mucho menos. Klara necesitaba su ayuda, eso era lo único que importaba, lo demás daba igual.

Ya de madrugada se deslizó escaleras abajo hacia su cuarto, pero, a pesar de estar agotada, no lograba conciliar el sueño.

Se quedó tumbada con los ojos abiertos, escuchó el canto de las cigarras y de las aves nocturnas, mientras sus pensamientos giraban incesantemente en torno a Klara.

Cuando por fin cayó en un sueño profundo, sonó el toque de la campana del alba.

Se tumbó de lado malhumorada. ¿Por qué odiaba tanto ese repiqueteo?

En su plantación junto al Kilimanjaro, una campana igual que aquella marcaba el inicio y el final de la jornada, y también se usaba en otras ocasiones.

Entonces a ella le parecía que sonaba alegre, no como esa campana de ahí, que le resultaba brusca y desafiante.

¡Atención, es la hora del desayuno! ¡Deprisa, los maitines!

¡Venid rápido, empiezan las clases! ¡El estudio bíblico comienza enseguida!

¡La comida está lista, quien no venga se quedará sin nada!

¡A trabajar en los campos y el huerto! ¡Atención, a prepararse para las oraciones vespertinas!

¡Hoy es domingo, todos los buenos cristianos se dirigen a los oficios… !

Los dos misioneros habían organizado el transcurso del día hasta el más mínimo detalle, y no todo salía siempre según el plan, pero para los estándares africanos esa misión era casi como un cuartel militar.

Charlotte decidió saltarse el desayuno y los maitines y luego, en lugar de ayudar en el huerto como de costumbre, ir a ver a su prima.

Pero, en cuanto volvió a dormirse, sonó la campana de la iglesia y de pronto recordó que era domingo. Tenía que tocar el miserable armonio.

Ni Klara ni Peter Siegel se presentaron al oficio, solo estaba allí el pequeño Sammi, sentado en el regazo de la señora Wohlrab, pero se pasó casi todo el tiempo llorando.

Tras la noche en vela, Charlotte sentía un completo vacío en su interior, las notas del armonio la estaban poniendo nerviosísima y deseó que el culto transcurriera lo más rápido posible.

Solo captó parcialmente lo que sus manos ejecutaron al teclado, pero sí se dio cuenta de que el misionero Wohlrab fruncía el ceño y de que varios cristianos shambaas hacían gestos de desconcierto.

Johannes Kigobo, que estaba sentado en segunda fila y al que ese día se le había encomendado la honrosa tarea de leer los textos de la Biblia, era el único que sonreía satisfecho.