La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 4 #3
30%

Capítulo 4 #3

Se apresuró a huir de su sonrisa altanera en dirección al cuartito que ocupaba desde que George se había ido.

No contenía mucho más que una cama y una silla, además de su baúl y una gran caja que hacía las veces de mesa.

Cuando cerró la puerta tras de sí, de nuevo tuvo que contener su creciente enfado.

«… entiendo lo mucho que debe de quemarle la carta en las manos…».

Claro, primero debían de haber entregado el correo a los misioneros, que después lo repartían.

Así que para entonces todos sabían que George le había escrito, le mencionarían el tema, le preguntarían por él y luego, con una sonrisa de preocupación, le sugerirían mantenerse ocupada durante la prolongada separación.

«Somos una gran familia», le había asegurado la señora Wohlrab, y era verdad.

No había secretos de ningún tipo, los señores misioneros se entrometían en absolutamente todo.

Charlotte se sentó en la cama con un suspiro y trató de contrarrestar su disgusto. ¿Por qué se alteraba tanto? Todos se preo­cupaban por ella, no había nada de malo en ello. Tendría que hacer un esfuerzo para no ser injusta con otras personas.

Abrió el sobre con decisión y sacó los folios doblados.

Como ya intuía, le había escrito una larga carta y había adjuntado varias páginas con las primeras impresiones del viaje en una caligrafía muy apretada.

Incluso había hecho dibujos a lápiz, pequeñas ilustraciones extremadamente precisas que —tal como Charlotte había descubierto con el tiempo— era capaz de plasmar en el papel durante una conversación, con trazos rapidísimos y sin dar la impresión de estar concentrado.

Las hojas le temblaban en las manos, ¿acaso no sabía cuánto daño le causaba?

Había recibido manuscritos como aquel durante años, los había leído con gran anhelo y entusiasmo, con una sensación embriagadora pero sabiendo al mismo tiempo que quien los redactaba estaba fuera de su alcance.

Ahora se tenían el uno al otro y sin embargo volvía a estar lejos de él, en un cuartito angosto, sin nada más que sus cartas.

Bukoba, 16 de junio de 1907 –

Un día antes de que la caravana se ponga en marcha

Mi dulce y testaruda esposa:

Ha llegado el día en que nos habríamos despedido si las cosas hubieran salido como yo quería.

Cambiaste de opinión, y quizá tenías razón en que no habría sido fácil decirnos adiós como es debido entre tanto bullicio.

¿Es necesario que te escriba cuánto te echo de menos?

¿Que la idea de volver a abrazarte dentro de unos meses me guía por los caminos como una antorcha encendida?

He cometido no pocos errores en mi vida, y he preocupado a muchas personas a las que quiero.

Y ahora también a ti, cariño mío. De todos modos confío en que nuestro amor haya arraigado lo suficiente en nuestro corazón como para superar todos los obstáculos.

Puede que sea una locura entregarme a esa esperanza, pero…

La puerta se abrió de golpe y Elisabeth se precipitó en la habitación; la piel morena, el pelo despeinado y el entusiasmo en la mirada.

—¡Mamá, mamá! Hoy nos han explicado los Hechos de los Apóstoles.

Ha sido interesantísimo. Y también nos han dejado dibujar.

Ah, sí, la tía Klara quiere que vayas a verla enseguida.

Y el misionero Wohlrab me ha felicitado por haber estado muy atenta.

Solo ha tenido que enfadarse dos veces, cuando Ernestine me ha tirado del pelo y yo le he…

—Se detuvo a media frase y escrutó a su madre con la mirada—. ¿Estabas llorando, mamá?

—¿De dónde has sacado eso? Se me ha metido algo en el ojo, últimamente hay muchísimo polvo en el patio.

—¿Esa carta es de George? ¿Puedo leerla?

—Sí…, pero más tarde.

Junto a la entrada, una de las empleadas tiró de la cuerda de la campana y se oyó un repiqueteo ensordecedor.

—Es la hora de comer, mamá. ¿Vienes?

—Enseguida, cariño. Adelántate, ¿vale?

Elisabeth asintió. Había fruncido las cejas rubias y parecía contrariada.

—Si la carta de George es triste, prefiero no leerla —declaró, y salió del cuarto. Charlotte cerró la puerta tras ella.

La casa de la misión se llenó de vida, las risas y los retazos de conversaciones en lengua shambaa se dejaron oír por delante de su puerta, la gente llegaba de todas partes a comer.

Hojeó rápidamente el resto de la carta, pero no encontró más declaraciones de amor.

Con su habitual ironía, George describía la travesía por el lago Victoria en el yate inglés Sibyl y se burlaba de la solemne recepción en el palacio del gobernador de Entebbe, la capital de Uganda.

Prácticamente habían bañado en whisky y ginebra a los invitados alemanes, y eso había tenido sus lógicas consecuencias: varios de los expedicionarios se encontraban indispuestos cuando levaron anclas al día siguiente en medio de un fuerte temporal.

El yate tardó un día entero en ir de Entebbe a Bukoba, y al anochecer el buque por fin pasó junto a la isla de los Muertos situada en la entrada al puerto de la ciudad colonial alemana.

Las luces de Bengala hicieron titilar la silueta y las extrañas sombras de la costa y la isla.

«Fantasmagórico», había musitado el duque.

Se trataba de un hombre afable, totalmente comprometido con la vida militar, pero con un lado romántico casi ingenuo.

Por lo visto, el recibimiento al duque de Mecklemburgo había sido increíblemente fastuoso; solo en Bukoba se habían reunido cerca de siete mil personas, encabezadas por los grandes sultanes negros con sus tropas, pero también la gente contratada para la expedición, así como los askaris de la séptima compañía del ejército colonial.

Al duque, el des­file le había parecido un «orgulloso despliegue del poderío alemán», y se había alegrado especialmente de que los oficiales británicos y la tripulación del Sibyl hubieran quedado tan impresio­nados.

Bien sabes que yo desprecio profundamente semejantes ostentaciones de poder, y por suerte otros miembros de la expedición comparten este parecer.

Pero mañana se acabará todo esto definitivamente, recorreremos senderos desconocidos y conoceremos a personas que no han oído jamás el ilustre nombre de nuestro duque.

Estoy deseando partir y me temo que esta noche no dormiré mucho.

Cuando recibas estas líneas, mi dulce esposa, ya nos habremos adentrado en las montañas de…

Esta vez la puerta se abrió sin hacer ruido, pero de todos modos levantó la vista irritada.

—Charlotte —susurró Klara—. Ayúdame, por favor, ya no sé qué hacer.

Charlotte, asustada, tiró la carta sobre la cama. Klara tenía el rostro completamente pálido y le temblaba la mirada en sus ojos asustados. Parecía haber visto un fantasma.

—¿Qué…, qué pasa?

—Ven.

El almuerzo aún no había empezado en el salón pequeño, se oía la voz aguda del misionero Becker bendiciendo los alimentos y luego todos cantarían una canción antes de comer por fin.

Klara había cogido a Charlotte de la mano y la condujo hacia la escalera pasando junto a la puerta entreabierta del salón.

—¿Es Sammi? ¿Está enfermo?

—Baja la voz, Charlotte, te lo suplico. No, Sammi está bien. Es… No puedo decírtelo. Nadie debe saberlo, me ha prohibido hablar de ello. Pero ya no sé qué hacer. Tengo mucho miedo, Charlotte. Nunca he estado tan asustada, ni siquiera cuando nos quedamos completamente solos en la selva…

No podía dejar de hablar, susurraba como para sí misma sin mirar a Charlotte, pero sus dedos fríos se agarraban a la muñeca de su prima con absoluta desesperación. Se detuvo con la respiración acelerada delante del cuarto que compartía con su marido y su hijo.

—No puedes decírselo a nadie, tienes que prometérmelo, Charlotte…

—De acuerdo. Pero abre de una vez.

A pesar de la deslumbrante luz del sol de mediodía, la pequeña estancia estaba en penumbra porque la estera de la ventana estaba bajada.

Sammi dormía plácidamente en su cuna artesanal.

En el rincón opuesto, medio oculto tras el cajón de la ropa, había un hombre tembloroso hecho un ovillo.

Peter Siegel estaba blanco como la cera, se le había formado espuma en la boca y, entre las sombras, sus ojos parecían dos cavidades negras.

—Empezó a pasarle después del asalto —susurró Klara—. Al principio le sucedía muy a menudo, luego cada vez menos. Todos esperábamos que ya estuviera curado…

Charlotte miró fijamente al hombre acurrucado, que en ese momento hizo una mueca y lanzó una risa ronca y burlona, la misma que durante el viaje en el ferrocarril de Usambara. Efectivamente, en ese instante Peter Siegel había mostrado un aspecto fantasmal.

—Satán —graznó—. ¿Es que no lo veis? Negro como la noche, ahora me enseña los dientes… Me sigue a todas partes, busca mi alma inmortal…

El ataque le había sobrevenido mientras escribía su alocución.

Trabajaba febrilmente y lo tachaba todo una y otra vez para empezar de cero, pero entonces, en mitad de una frase, había dejado caer el lápiz y había hecho un gesto hacia la puerta.

Klara conocía esa mirada, ese horror impotente en los ojos, así que había abrazado a su esposo y le había puesto delante la Biblia a modo de protección.

Al ver que no reaccionaba, le había hablado, le había dado agua y lo había zarandeado.

Pero todo había sido en vano: ese ataque parecía incluso peor que todos los anteriores.

—Tenemos que llamar al médico, Klara —dijo Charlotte en tono tranquilo.

La misión contaba con un médico, el doctor Prölss, que sin embargo casi siempre estaba de viaje, ya que otras misiones y plantaciones también precisaban su ayuda. Nadie sabía dónde se encontraba en ese momento.

—Un médico no podrá ayudarlo —se lamentó Klara—. Ya lo oyes, es Satán quien quiere poseerlo. Ni siquiera las Sagradas Escrituras lo protegen… Y me ha prohibido terminantemente informar de esto a los misioneros Becker y Wohlrab.