La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Tocó unos cuantos compases más, pero las ideas musicales que tanto la habían entusiasmado parecían haberse desvanecido.

En realidad solo estaba esperando a que Klara saliera de una vez de la iglesia con el pequeño Sammi y cerrara la puerta tras ella.

Entonces dejó caer las manos y detuvo los pies.

Le sobrevino una gran amargura. «Una esposa siempre debería estar junto a su marido»; para Klara era fácil decirlo.

Peter Siegel estaba prácticamente pegado a ella, jamás se le habría ocurrido separarse voluntariamente de su esposa durante un año entero.

Solo se le habían concedido tres semanas con George en Hohenfriedeberg.

Tres semanas maravillosas en las que habían recorrido juntos la selva, habían visitado aldeas nativas y habían descubierto pequeños lagos e imponentes cascadas.

Se habían bañado en las aguas gélidas, insensatos y felices como niños.

Pero entonces se presentó en la misión un mensajero con una carta del duque de Mecklemburgo, y a partir de ese momento George se convirtió en otra persona.

El desasosiego de siempre volvió a apoderarse de él, se enfrascaba en sus libros, dibujaba mapas, tomaba notas sobre sus propósitos científicos y, cuando hablaban, ella sentía que solo la escuchaba a medias.

Por las noches rebosaba pasión y poco antes del amanecer la despertaba con deseo renovado y se negaba a soltarla, pero Charlotte intuía que también era una especie de despedida.

Le resultaba difícil separarse de ella, pero había algo que lo llamaba, un anhelo que a ella tampoco le resultaba del todo desconocido, y que iba acompañado de una sensación de aventura y libertad.

¿Se había sentido decepcionado al comunicarle ella su decisión?

Le había pedido encarecidamente que lo acompañara durante esa primera parte del viaje, pero ella se había mantenido firme.

La propuesta de George había sido una concesión con la que pretendía consolarla, pero ella no necesitaba consuelo.

Si quería marcharse durante un año, que lo hiciera.

Pero ella no tenía ganas de despedirse de él en Bukoba, bajo la mirada de los demás expedicionarios, para luego emprender el camino de regreso sola y triste.

George había aceptado su decisión, incluso había afirmado que la entendía.

Poco después se había puesto en marcha acompañado de dos nativos, para tener tiempo de recoger su equipo en Tanga y a continuación dirigirse a Mombasa.

Una vez abajo, en la hondonada, había vuelto a despedirse de la misión con un gesto de la mano, y Elisabeth había ondeado un pañuelo de colores, tal como habían acordado.

Sin embargo Charlotte había permanecido inmóvil junto a ella, como paralizada de dolor, atormentada por los malos recuerdos de una despedida similar.

Cerró la tapa del teclado del armonio y maldijo para sí misma porque la madera, a pesar del ambiente seco, se combaba y la tapa se atascaba.

Se levantó, cogió la carta con recelo y la giró a un lado y a otro.

El matasellos era de Bukoba, un sobre grueso en el que seguramente también le enviaba las primeras impresiones del viaje.

Guardaría cuidadosamente la carta, pero por el momento no tenía ganas de leer sus descripciones.

Abrió la puerta de la iglesia y se sumergió en la cegadora luz del sol.

Los alumnos negros parloteaban alegremente en el edificio de la escuela.

Las clases habían acabado y ahora una ayudante repartía cuencos con gachas de maíz, plátanos y verdura cocida.

Luego se marcharían todos a casa para ayudar a sus familias en los campos.

Por desgracia pocas niñas acudían a la escuela, eran sobre todo las madres las que desconfiaban de los misioneros y tenían miedo de que arruinaran a sus hijas para el matrimonio, pero al menos aquí, a diferencia de la misión de Wuga, no solo se enseñaba a los chicos.

En cuanto los pequeños vieron a Charlotte, varios de ellos echaron a correr y le suplicaron una «clase de cantar».

Había ensayado varias veces con ellos canciones infantiles alemanas e inglesas en las que se daban palmadas y a veces también se bailaba.

Se habían divertido mucho y al final también se habían acercado los niños alemanes, incluida Elisabeth, quien por lo general no mostraba mucho interés hacia el canto.

Era fascinante lo rápido que se aprendían las canciones los niños negros, incluso recordaban las letras a pesar de que no entendían lo que decían, y su sentido del ritmo al bailar era muy superior al de los niños blancos.

Naturalmente, esas «clases de cantar» no habían pasado desapercibidas.

El misionero Wohlrab elogió la facilidad con la que Charlotte atraía a los niños hacia la música y le propuso dar clases diarias a los alumnos pequeños y mayores.

En el fondo no tenía ningún inconveniente, el trato con los niños le resultaba placentero, pero no le gustaba que la estuvieran involucrando cada vez más en la vida comunitaria de una forma casi imperceptible.

Se sentó con los niños y jugó con ellos a «Un elefante se balanceaba», que les gustaba mucho a todos, y luego cantaron «Fray Santiago» en canon. Lo hicieron sin ninguna dificultad, así que al día siguiente intentaría enseñarles una canción a dos voces.

La clase de los niños alemanes parecía haberse alargado ese día, seguramente el misionero Wohlrab había sustituido a Peter Siegel.

La cabeza rubia de Elisabeth apareció en una de las ventanas de la casa de la misión.

Su hija la saludó con la mano, hizo una mueca y desapareció; el misionero Wohlrab era muy firme y no permitía que le tomaran el pelo.

A Elisabeth la tenían por traviesa, ya que por desgracia hacía muchas tonterías en clase, algo que no se debía únicamente a que las tareas le resultaran demasiado fáciles, sino también al fuerte rechazo que sentía hacia Peter Siegel.

Unos días antes Charlotte había oído cómo su cuñado llamaba «pagana» a su hija porque se reía cuando él leía algún pasaje de las Sagradas Escrituras y hacía «preguntas tontas» que tenían una mala influencia sobre los demás niños.

De camino hacia el edificio de la misión tuvo que defenderse de las voraces cabras, ya que en una ocasión había cometido el error de darles pan de avena seco.

Había dos negros limpiando los establos, porque durante el día los caballos y las mulas pastaban en los herbazales que rodeaban la misión, pero por la noche los metían en las caballerizas.

Los empleados recogían el estiércol en cubos y lo llevaban a la huerta, donde se amontonaba, se mezclaba con tierra y, una vez al año, se enterraba.

Charlotte enseguida había comprendido que la convivencia aparentemente amistosa entre negros y blancos era muy superficial.

Comían juntos, asistían a los mismos oficios e incluso cantaban y charlaban unos con otros durante las veladas, pero en el fondo el reparto de tareas era el mismo que en una plantación: los blancos decidían y los negros realizaban el trabajo físico.

Labraban la tierra, cuidaban de los animales, ayudaban en la casa, limpiaban la iglesia y se ocupaban de los leprosos a los que se atendía en una casita a las afueras de la misión.

Algunos estaban contratados, pero para muchos esas labores formaban parte de las enseñanzas escolares que recibían.

Los misioneros blancos pedían que les hicieran hasta lo más nimio, y la señora Wohlrab se ocupaba exclusivamente de cuidar a sus niños, para lo que además contaba con la ayuda de varias mujeres negras.

En la entrada de la casa de la misión, Charlotte se topó con el misionero Becker. Debía de haber estado observándola por la ventana, porque salió del despacho en el momento exacto en el que ella entraba en el edificio.

—¡Mi querida hermana Charlotte! Se me enciende el corazón siempre que la veo rodeada de nuestros niños negros. Acabo de tener una idea maravillosa, ¿me permite que se la cuente aquí mismo?

—¿Por qué no? —respondió ella con un mal presentimiento.

El misionero Becker había mostrado una especial debilidad por ella desde el primer día, y desde que George se había marchado, apenas podía zafarse de sus atenciones. Era viudo, su infeliz esposa había fallecido años atrás en Dar es-Salam víctima de unas fiebres.

—Veamos, próximamente emprenderé un pequeño viaje para visitar a nuestros fieles cristianos en sus aldeas, hablar con ellos y fortalecer su fe. ¿Qué le parecería acompañarme? Ya ha aprendido suficiente lengua shambaa para hacerse entender.

Pretendía llevársela a uno de los viajes de misión que se llevaban a cabo regularmente, durante los cuales se visitaba a los nativos ya conversos y se evangelizaba a otros que todavía no habían hallado la fe.

Por mucho que le interesara la vida de los shambaas, a Charlotte no le apetecía participar de la labor misionera y tampoco quería emprender un viaje de ese tipo, especialmente con el misionero Becker.

—No sé… Me temo que no estoy hecha para semejante responsabilidad. Será mejor que se lleve a uno de los diáconos o al misionero Siegel…

Sus reticencias no borraron la jovial sonrisa del rostro del hombre.

La reprendió por dudar de sí misma y le explicó que de ese modo realizaría una contribución incalculable al propósito de la misión.

Al fin y al cabo, era innegable que para una mujer sería mucho más fácil establecer contacto con las mujeres shambaas que para un misionero.

Por eso seguiría insistiéndole, y tenía tan poca escapatoria como Jonás, que quiso esconderse de la voluntad de Dios en el vientre de la ballena.

—En fin, querida hermana Charlotte, sé que ha recibido correo de su esposo. Puede marcharse, entiendo lo mucho que debe de quemarle la carta en las manos.