Capítulo 4
Las pequeñas lengüetas metálicas estaban fijadas en fila, muy juntas, todo un regimiento de plaquitas que vibraban gracias al aire que soplaban los fuelles.
Los ayudantes negros habían desembalado con devoción el armazón con las lengüetas doradas y les había supuesto un gran esfuerzo no tocar el brillante metal con los dedos bajo ningún concepto, para no desafinar aquel instrumento celestial.
De todos modos, a Charlotte no le parecía que su sonido fuera especialmente agradable.
El montaje del armonio había sido más rápido de lo que esperaba, y el resultado era peor del que se temía.
—Los fuelles no están bien sujetos —refunfuñó—. Pierden aire y hacen ruido.
El misionero Wohlrab no era tan exigente.
El armonio sonaba, permitía acompañar el culto y los himnos, e incluso se podían tocar en él algunas de las sugestivas piezas de Silcher que el misionero tenía entre sus partituras.
Sus habilidades eran limitadas, había aprendido a tocar un poco el piano y luego había recibido tres o cuatro clases de órgano, que bastaban para lo esencial.
—Se lo pido de corazón, querida hermana Charlotte. Dios le ha concedido el don de la música, no esconda sus talentos.
Estaba disfrutando de la hospitalidad de aquella gente, así que se mostró agradecida.
Todas las mañanas se sentaba en la iglesia, accionaba los pedales del armonio con los pies e intentaba arrancar melodías aceptables al instrumento.
Era una labor difícil, no había forma de conseguir que las notas sonaran limpias.
Cuando dejaba de tocar, oía las voces agudas de los alumnos, que recibían clases de un profesor negro y constantemente repetían palabras y frases a coro.
Lo hacían con entusiasmo y se esforzaban por gritar lo más fuerte posible.
En una ocasión dejó abierta la puerta de la iglesia y enseguida aparecieron gallinas y cabras entre los bancos.
Le costó lo suyo sacar de allí a los intrusos.
La estación de lluvias ya había quedado atrás, ahora el sol caía a plomo y las cigarras cantaban en los herbazales.
Abajo, en la zona que rodeaba el Pangani, la sabana pronto adquiriría una tonalidad grisácea, pero allí arriba el paisaje seguía siendo verde y exuberante; en los campos de la misión crecían el maíz, los plátanos y las piñas, e incluso habían sembrado lechugas y rabanitos.
En septiembre se recolectarían las alubias y luego llegaría la segunda estación húmeda, que duraría hasta diciembre.
Después de las Navidades regresaría el calor, y hasta marzo no volverían las lluvias.
Marzo, abril, mayo… Un año tenía doce largos meses, y cada mes tenía infinitos días que trascurrían muy lentamente.
Los días, a su vez, constaban de correosas horas, pero las del día no eran tan pertinaces como las de la noche.
George se había marchado, había salido en busca de aventuras, y ella tenía que componérselas con su añoranza. ¿Por qué dejaba que se apoderara de ella? Si George podía vivir sin ella, ella también conseguiría vivir sin él.
Volvió a accionar los pedales y de pronto se le ocurrió una melodía. Puede que ese terco instrumento al final sirviera de algo. Era una melodía singular y no se parecía mucho a las sentimentales piezas alemanas que tanto les gustaban a los misioneros y los shambaas, pero le divertía tocarla.
Charlotte estaba tan concentrada en la música que ni siquiera se percató de la luz que entró en la sombría iglesia durante un instante. Alguien había abierto la puerta.
—Suena precioso, Charlotte. ¿Qué es?
Klara apareció con el rostro sudado y un poco enrojecido, le sentaba bien y la hacía parecer más joven. Llevaba a su hijo de la mano, que ahora quería caminar a todas horas.
—No lo sé exactamente —respondió Charlotte sonriendo—. Se me ha ocurrido sin más.
En realidad ya había caído en la cuenta de que se había dejado inspirar por los cantos y los ritmos de los shambaas.
No por los himnos cristianos que cantaban los conversos, sino por los sonidos que había oído en aldeas algo alejadas durante sus excursiones con George.
A lo largo de las dos semanas que había pasado su esposo en Hohenfriedeberg, a menudo habían salido a andar los dos solos.
Sammi caminó a trompicones hacia Charlotte, que alargó los brazos para recibirlo. Avanzaba muy despacio y con prudencia, y también algo rígido, pero logró llegar hasta ella y se agarró tímidamente a sus manos.
—Ha venido gente de la plantación de Neu-Kronau. Han traído el correo de la misión.
Klara le tendió a Charlotte una carta y esta reconoció la caligrafía de George. Sintió un gran alivio, pero no alegría. En lugar de eso notó una punzada de dolor en el estómago.
—¿Dónde está Peter? —preguntó, cambiando de tema, y subió al pequeño Sammi a su regazo.
Era raro que Klara estuviera en la iglesia con ella, normalmente pasaba las horas con su esposo, que siempre le estaba pidiendo cosas.
Tenía pocas ocasiones de estar a solas con su prima y, cuando eso sucedía, tampoco parecía restablecerse entre ellas la confianza que habían tenido en el pasado.
Peter Siegel se interponía entre ellas, y Klara no parecía dispuesta a remediarlo.
—Está preparando una prédica —respondió—. Resulta que al final el pobre Karl Manger ha fallecido. Hemos orado muchísimo por él y por su joven esposa, pero el Señor tenía otros planes y debemos aceptar su voluntad.
Neu-Kronau era una pequeña plantación de café al norte del dominio de Kwai.
Al dueño le había caído encima un árbol mientras talaban una zona del bosque, y George lo había tratado y le había prescrito reposo absoluto.
Karl Manger se había roto varias costillas y también tenía dañado un pulmón y el bazo.
Pero George se había marchado hacía dos semanas y no había podido seguir cuidando de él…
—Lo siento muchísimo —contestó Charlotte afligida—. ¿O sea que Peter oficiará el entierro?
Klara asintió. A pesar de estar apenada por el fallecimiento del hombre, había un brillo de esperanza en sus ojos.
Los misioneros Wohlrab y Becker trataban a Peter Siegel con fraternidad, pero desde luego no como a un igual.
Charlotte todavía no había averiguado por qué, ya que tenía la impresión de que el marido de Klara estaba sano y tenía una gran iniciativa.
Los misioneros no permitían que los acompañara cuando estos salían a predicar por las aldeas; podía guiar el estudio bíblico y oficiar el culto del domingo, y también era responsable de las enseñanzas a los niños alemanes, pero lo hacía a regañadientes.
Sin embargo, ahora sí le habían permitido acompañar al pobre Karl Manger en su sueño eterno.
—Se marchará hoy mismo a la plantación de Neu-Kronau. Ojalá pudiera acompañarlo.
Sammi alargó los brazos hacia las teclas del armonio y Charlotte accionó solícita los pedales para llenar el instrumento de aire. El pequeño aplaudió contento sobre sus rodillas, golpeó las teclas y chilló entusiasmado cuando logró arrancar unas cuantas notas al gran cajón.
—Parece que tiene dotes para la música —bromeó Charlotte cuando el ruido ya era insoportable.
—¡Bájalo de ahí, Charlotte, por el amor de Dios, que estamos en la iglesia! ¡Como lo oiga el misionero Wohlrab!
—¡Bah! Así también estamos alabando a Dios nuestro Señor.
—¡Por favor, Charlotte! No quiero provocar más desavenencias. Las cosas ya son lo bastante difíciles para Peter…
Klara se inclinó y cogió a Sammi del regazo de Charlotte. El pequeño lloriqueó y protestó, pero aceptó su destino sorprendentemente rápido y miró apenado a Charlotte con sus grandes ojos. ¿Por qué narices no dejaba Klara que el niño se divirtiera un poco?
—¿Por qué iba a meterse en problemas Peter si yo dejo que tu hijo toque el armonio?
—No te enfades, Charlotte. Me preocupo por Peter y no quiero hacer nada que pueda perjudicarlo. Es el deber de toda buena esposa…
—¡Así que prefieres perjudicar a tu hijo! —se le escapó a Charlotte.
Se arrepintió de sus palabras en el acto, pero ya las había pronunciado y vio que a Klara se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Cómo se parecía a su madre! Ahí estaban la expresión afligida y la mirada de reproche de la tía Fanny.
—No quería decir eso, perdóname. Es solo que… estaba disfrutando tanto…
El rostro de Klara seguía expresando irritación, pero no estaba preocupada por sí misma, sino por su prima, que de nuevo se mostraba extremadamente irritable.
—No hace falta que te disculpes, Charlotte. Sé lo difícil que es esto para ti. En fin, tendrías que haber acompañado a George al lago Victoria. Una esposa siempre debería estar junto a su marido.
Qué frase tan sublime, hacía unas semanas ella misma lo creía. Estaba segura de que Klara le pondría a continuación el maravilloso ejemplo de la cuñada de la señora Wohlrab, que había entregado a sus diez niños para seguir a su marido a la selva.
—Gracias por traerme el correo —dijo con más frialdad de la pretendida—. Voy a practicar un poquito más para el domingo.
—Uy, volverás a tocar estupendamente bien, Charlotte. Johannes Kigobo me dijo hace poco que oyó cantar a Jesús y a todos sus apóstoles cuando tocaste la obertura…
Johannes Kigobo era uno de los diáconos, un muchacho bajito de nariz especialmente ancha y ojos hundidos.
Como todos los negros conversos, había recibido un nombre cristiano en el bautismo que ahora precedía a su nombre real.
Era ambicioso, enseñaba a los niños negros y a menudo acompañaba al pastor Becker en sus viajes de misión para convertir a sus congéneres a la fe cristiana.
Charlotte no le tenía mucho aprecio, pero debía reconocer que tenía muy buen oído musical, ya que rasgueaba con bastante habilidad un instrumento de cuerda construido por él mismo, una especie de laúd fabricado a partir de una calabaza vacía y tres tripas de cerdo retorcidas.