La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3 #13
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Capítulo 3 #13

George se ganó una mirada irritada del misionero, que le contó que el salvaje consultaba oráculos y hacía sacrificios en lugar de buscar la comunión con Dios en Jesucristo. En todas las chozas había amuletos y fetiches.

—Celebran fiestas espeluznantes a las que en ocasiones nos invitan. Se inician con sacrificios animales y sangrientos conjuros, y siempre acaban con bailes desenfrenados y actos completamente indecentes…

George, que durante sus viajes había estudiado en profundidad las creencias de otros países, negó con la cabeza fingiendo desaprobación y luego comentó que los nativos tendrían que estar acudiendo a la misión en tropel para escuchar el mensaje de salvación del Evangelio.

La ironía con la que lo dijo le pasó completamente inadvertida al misionero.

—Bueno, con el tiempo hemos logrado algunos éxitos, estimado doctor Johanssen.

Los primeros en solicitarnos el bautismo fueron nueve muchachos, de los cuales por desgracia solo pudimos bautizar a cinco.

El resto fueron obligados por sus familias a apartarse de nosotros.

Les dijeron que, de lo contrario, no podrían volver jamás a su aldea y que tampoco recibirían esposa.

—Qué duro —respondió George pensativo—. Lo admiro mucho, misionero Wohlrab. Carga con una gran responsabilidad sobre sus hombros, ya que guía a estas personas por un camino ignoto…

—Siempre les decimos que los discípulos de Jesús también lo dejaron todo atrás para seguir al Señor.

—Sabias palabras, pero hay que tener en cuenta que el camino de Jesús lo condujo directamente a la cruz…

—Y de la cruz a la victoria, querido doctor Johanssen.

—A la victoria sobre los paganos, por supuesto.

La conversación se interrumpió porque el misionero comenzaba a desconfiar y prefirió dirigirse a Peter Siegel para volver a interrogarlo sobre la situación en Wuga.

Charlotte reprimió una sonrisa. George no solo se oponía a las misiones, sino que tampoco era un cristiano convencido, más bien dubitativo.

A ella no la incomodaba, a pesar de haber recibido una estricta educación protestante.

Al contrario, era apasionante hablar con él sobre esos temas, sobre todo porque nunca intentaba imponer sus convicciones.

Esa noche estaba más que orgullosa de él y se sentía cómplice.

Ahora comprendía su malestar: George y ella eran intrusos, no podían compartir la fe ingenua de los misioneros y sus diáconos negros.

—Nuestros invitados deben de estar bastante cansados —di­jo el misionero Becker, que seguramente había estado observando a Charlotte—. Recemos una oración nocturna y cantemos algunos himnos antes de retirarnos a descansar.

Uno de los diáconos les iluminó el camino a la casita de invitados con una linterna sorda, luego encendió la lámpara de aceite de su cuarto y les deseó las buenas noches.

Charlotte y George permanecieron un rato fuera, en la oscuridad, aguzando el oído para escuchar el murmullo de la cascada.

El cielo estaba cubierto, no se veía ni una sola estrella, y un frío viento del nordeste los hacía tiritar.

George atrajo a Charlotte hacia sí y la abrazó para darle calor, pero no consiguió que dejara de temblar.

Entraron en silencio en la casita de invitados de la misión, que con tanto cariño les habían preparado.

Los esperaban dos camas de madera, además de un lecho más pequeño para Elisabeth, que al menos esa noche permanecería vacío.

También había una mesa, dos sillas y varias perchas en la pared.

Allí les habían dejado sus maletas, y sobre la mesa tenían un recipiente de arcilla con flores silvestres así como una jarra con agua fresca, junto a la que había una Biblia alemana.

—Han hecho un gran esfuerzo —murmuró Charlotte mientras abría la cama—. Nos han puesto hasta almohadas de plumas.

George toqueteó las maletas, las abrió y sacó varias cosas. Hizo caso omiso de sus libros, que estaban atados con un cordel, pero sí colgó de una de las perchas el fusil y la cartuchera.

—No es que crea que vayamos a tener que defendernos —bromeó—. Conociendo a los piadosos misioneros, habrán convertido hasta al rey de la jungla. Aquí, el leopardo yace pacíficamente junto al cabrito, y las gallinas le picotean las zarpas. Estamos en el paraíso, cariño mío.

Charlotte sonrió y comenzó a desvestirse, se soltó el pelo y notó que él la estaba observando.

—Por el amor de Dios, deja ese horrible camisón, quiero verte tal como estás ahora, vestida únicamente con ese largo cabello…

Las caricias le resultaron reconfortantes a Charlotte y George pareció comprender lo mucho que ansiaba su calidez.

Se tomó su tiempo, disimuló su deseo y la acarició como a una niña triste.

Cuando por fin sintió que la pasión también se apoderaba de ella, sus manos se volvieron más firmes, sus carantoñas más impetuosas y salió a la luz la impaciencia de su deseo.

El clímax llegó más rápido de lo esperado para ambos, un salvaje estallido de emociones retenidas tan intenso como hacía mucho que no experimentaban.

A pesar de la pasión que la recorría, Charlotte no pudo evitar echarse a llorar.

¿Se habría dado cuenta él? Notó que su mano le acariciaba la mejilla y seguía el rastro de las lágrimas por las sienes hasta adentrarse en el cabello. No dijo nada, solo la abrazó largo rato con la cabeza apoyada en su hombro.

—¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?

George tuvo que carraspear para poder hablar.

—Por lo menos cuatro semanas. Puede que incluso más.

Charlotte sabía que era un cálculo muy generoso. Estaban a finales de abril, y los participantes de la expedición querían reunirse en Mombasa la última semana de mayo para viajar juntos al lago Victoria en el ferrocarril británico de Uganda.

—Para entonces Elisabeth estará completamente asentada. Tendremos ante nosotros un paisaje maravilloso, Charlotte. La travesía en barco discurre en paralelo a la orilla del lago Victoria y hace varias paradas. Será como la luna de miel que nunca tu­vimos.

—Sí —musitó ella mientras le acariciaba lentamente la espalda. Notaba las cicatrices que se había hecho en Naliene al sacarla del edificio de la misión en llamas.

—Solo nosotros dos —le susurró él con ternura—. ¿Qué nos importan los demás? Ese viaje será nuestro, Charlotte.

No pudo evitar derramar más lágrimas y se enfadó consigo misma. ¿Por qué era tan débil? ¿Cómo iba a amarla George si se aferraba a él de forma tan lastimera? Se mordió el labio y sintió que él le besaba la sien e interceptaba las lágrimas con la lengua.

—No me iré un año entero, amor mío. ¿Crees que podría separarme de ti tanto tiempo? Recorreré Ruanda durante unos meses y luego regresaré con vosotras. No se me ocurriría continuar el viaje a través del Congo hacia el Atlántico…

¿Lo decía convencido o solo para consolarla? A la débil luz de la lámpara de petróleo era difícil interpretar su mirada.

—No te preocupes, cariño mío. Me las apañaré. Hasta ahora siempre lo he hecho —susurró Charlotte esforzándose por sonar optimista.

—Lo sé, Charlotte. Sé que me entiendes. En eso precisamente deposito mi confianza.