La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3 #12
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Capítulo 3 #12

El misionero Becker repitió la frase en una mezcla —desacostumbrada para Charlotte— de suajili y la lengua de los shambaas, para que los diáconos negros también lo entendieran.

Tenía una voz clara que sonaba un poco forzada, pero por lo demás era un hombre mayor muy amable de barba blanca, nariz prominente y cuello un poco fino.

A Charlotte le recordaba a un enanito de jardín.

Juntó las manos y agachó la cabeza mientras el misionero rezaba, pero no pudo resistirse a mirar disimuladamente a Klara.

El saludo había sido breve, brevísimo, un único abrazo del que su prima se soltó rápidamente —a diferencia de lo que solía suceder antes—, como si tuviera miedo de entregarse demasiado a la emoción.

Klara tampoco se puso a parlotear y a llorar sin parar como le sucedía siempre en esos momentos.

¿Por qué? ¿Le habría sentado mal que hubieran ido a Alemania sin ella?

Pero había sido su propia decisión, ¿o quizá no?

Klara se había sentado a su lado en la mesa, en diagonal hacia su esposo, y tenía al pequeño Sammi en el regazo.

Efectivamente, el niño tenía en la cabecita una delicada pelusa de color rojo claro.

Por lo demás, era tal como lo había dibujado su madre: una carita estrecha, ojos grandes y unas ligeras ojeras.

Klara había percibido su mirada y ahora se la devolvía.

Una leve sonrisa le cruzó el rostro, luego bajó la vista y recuperó el gesto serio.

Pero Charlotte se sintió reconfortada: era su sonrisa de siempre, tímida y al mismo tiempo de una ternura infinita.

No, Klara no estaba enfadada, tampoco habría sido propio de ella.

La oración del misionero terminó con un «amén» generalizado; luego se puso de pie el segundo misionero, Paul Wohlrab, y rezó por su compañero Gleiss de Wuga, quien, según el vehemente relato de Peter Siegel, estaba librando una dura batalla contra un paganismo renovado.

Cuando Charlotte ya temía que Peter Siegel también se sumara a los rezos, la señora Wohlrab se levantó para llevar a los niños a la cama.

Dos mujeres negras la ayudaron, y Charlotte se quedó perpleja al ver lo obedientes que eran los pequeños.

Incluso Elisabeth quiso ir voluntariamente a la cama, se acercó a su madre para darle las buenas noches, besó a George en la mejilla barbuda y luego se fue con los demás.

—No se preocupe —respondió la regordeta señora Wohlrab al preguntarle Charlotte si habría sitio para su hija—. Las camas de mis dos hijos mayores siguen libres, meteremos una en la habitación de las niñas, ya nos apañaremos.

—Es muy amable por su parte, pero Elisabeth también puede dormir conmigo y mi marido en la casita de invitados.

—Bueno, ya ve usted que está muy a gusto con mis chiquillas.

La señora Wohlrab había traído al mundo siete hijos, y además cuidaba asimismo de dos sobrinas pequeñas, las hijas menores de su hermana, que también estaba casada con un misionero.

Habían enviado a su cuñado de Hohenfriedeberg a Ruanda, pero el matrimonio no había podido llevarse a sus diez vástagos.

Dos niñas se habían quedado con los Wohlrab, a cuatro los habían repartido entre sus familiares de Alemania, y los hijos más mayores ya estaban allí de todos modos, asistiendo a la escuela secundaria.

Charlotte no pudo evitar preguntarse qué habría pensado su abuela. Grete Dirksen jamás habría entregado voluntariamente a ninguno de sus hijos o nietos. Pero el pastor Henrich Dirksen tampoco había ambicionado nunca ser misionero entre los pobres paganos de ultramar.

Klara se quedó sentada junto a su marido con el niño dormido en el regazo.

¿Lo llevaría siempre consigo? El pequeño ya debía de ser capaz de caminar, pero todavía no lo había puesto de pie ni una sola vez.

Ay, qué ganas tenía de hablar con Klara, cuántas cosas debían contarse, preguntarse, explicarse; pero la conversación de la mesa era animada y Klara estaba completamente acaparada por su marido.

Este parecía estar contándole todo tipo de disgustos, porque gesticulaba alterado y negaba con la cabeza una y otra vez.

Klara le sonreía compasiva, de vez en cuando intercalaba algunas palabras de asentimiento, pero la mayor parte del tiempo callaba.

Charlotte cada vez estaba más molesta, no solo con Peter Siegel, que no permitía a su esposa pasar tiempo con ella, sino también con Klara, que era demasiado cobarde como para imponerse a su marido.

No hubo remedio, Klara y ella habían desperdiciado esa velada.

Por otro lado, el misionero Becker le comunicó que las cajas que Peter Siegel había recogido en Tanga y había llevado hasta allí contenían un armonio.

Ahora procederían a montar el instrumento para que los oficios en la iglesia pudieran celebrarse con la misma dignidad que en su país de origen.

Le confesó que, por desgracia, a él no se le daba nada bien la música, pero que el misionero Wohlrab había recibido educación musical y podría acompañar los himnos.

También quiso saber si era verdad que ella sabía tocar el piano.

—Un poco —reconoció con cautela.

—Nos daría usted una gran alegría, señora Johanssen.

Aquí, en la misión, todos tenemos una labor.

Su prima, por ejemplo, nos dibuja unas imágenes maravillosas que resultan muy útiles para nuestros sermones misioneros.

También nos cose y remienda las prendas rotas.

Dios nuestro Señor le ha dado una pierna demasiado corta, pero también la ha dotado de dones exquisitos, particularmente un carácter dulce y el amor incondicional hacia su hijo.

También hacia su esposo, por supuesto, pero eso se sobreentiende.

Charlotte prometió dedicarse al armonio en la medida de lo posible, con la ferviente esperanza de que el montaje del instrumento les llevara un tiempo considerable.

Odiaba esos pianuchos en los que no se podía tocar música de verdad, sino a lo sumo himnos y sentimentales composiciones religiosas.

Pero si quería vivir allí durante un tiempo, no podía rehuir una tarea como aquella.

¿Realmente quería quedarse allí hasta que George regresara de la expedición? De no ser por Klara, se habría marchado con Elisabeth a Dar es-Salam a la menor oportunidad.

Cuando el misionero Becker al fin la dejó tranquila, permaneció sentada en silencio y mordisqueó unos frutos secos que habían sobrado.

Era una pena que apenas entendiera las animadas conversaciones entre el misionero Becker y los diáconos negros.

Solo pescaba alguna que otra palabra en suajili, al parecer hablaban de una mujer que, después de una prolongada resistencia, por fin se había «acercado a Jesús».

Los tres diáconos eran hombres jóvenes que habían asistido a la escuela de Hohenfriedeberg y luego se habían formado como profesores y clérigos.

Conversaban con auténtico fervor, reían y se interrumpían mutuamente, y Charlotte llegó a la conclusión de que narraban el relato de la mujer conversa una y otra vez con todo detalle.

«Tengo que aprender esta lengua —pensó—, de lo contrario estaré aislada de todo lo que suceda».

De pronto se sintió exhausta, aunque era de esperar después de un día tan agotador.

Dormiría la noche entera y al día siguiente lo vería todo distinto.

En el fondo, todas aquellas personas eran muy amables, era una auténtica gran familia en la que los negros y los blancos se sentaban juntos a la mesa.

¿En qué otro lugar de África Oriental se veía algo semejante?

Desde luego no en las plantaciones, y mucho menos en las ciudades costeras, donde los funcionarios coloniales sí contrataban a negros para todo tipo de puestos, pero en su tiempo libre solo se rodeaban de sus congéneres.

Dirigió una mirada interrogante a George, ya que le habría gustado retirarse con él a la casita de invitados, pero este se había enfrascado en una conversación con el misionero Wohlrab.

A diferencia de su colega Becker, Wohlrab tenía un aspecto agradable, era un hombre delgado de buena figura que lucía un bigote oscuro algo desgreñado.

Charlotte se recostó y pensó en rozarle disimuladamente el brazo a George para llamar su atención, pero al darse cuenta de lo interesado que parecía, decidió esperar un poco.

—No se creería usted, querido doctor Johanssen, lo difíciles que fueron los comienzos con los shambaas.

El paganismo tiene a los negros completamente embrutecidos, viven como sus antepasados y no les gusta cuestionarse nada.

Escuchaban nuestras prédicas y también admiraban las imágenes que habíamos traído, pero fueron necesarios mucho trabajo y mucha paciencia para lograr que algunos de ellos estuvieran dispuestos a repensar sus creencias ancestrales.

—¿O sea que los shambaas tienen lo que podría considerarse una religión? —preguntó George fingiendo asombro—. ¿Han logrado averiguar en qué creen?

—Por supuesto —se jactó el misionero—. Al fin y al cabo esa es una de nuestras tareas más importantes, ya que para convertir a los negros hay que saber cómo funcionan sus cabezas. Ahora bien, lo que averiguamos es terrible: estas pobres personas son cautivas de las fuerzas de la muerte.

—¿Las fuerzas de la muerte? ¡Qué horror! Deben de vivir en un gran temor constante.

A Wohlrab se le iluminaron los ojos, se sintió comprendido y procedió a describir las creencias de los shambaas.

Las figuras principales eran los espíritus de los muertos, a los que había que aplacar constantemente.

Además, los negros creían en fuerzas inquietantes que hacían de las suyas en árboles y animales, en rocas, en ríos y en la sabana.

Pero lo peor eran sus hechiceros, que los convencían de que podían ahuyentar el mal con magia demoniaca.

—¿Y consiguen ahuyentarlo?