Capítulo 3 #11
A primera hora de la tarde tuvieron que cobijarse de un aguacero bajo unos árboles altos, pero luego el cielo se despejó y el sol hizo que la humedad envolviera las arboledas en forma de neblina.
Cuando volvieron a adentrarse en la selva, caminaron acompañados por el repiqueteo y el murmullo de las gotas de agua que resbalaban de las hojas, se deslizaban por los troncos y se filtraban en el suelo húmedo.
Los monos se peleaban entre el follaje y hacían caer pequeños chaparrones sobre ellos, y en una ocasión una manada de antílopes de color claro emergió de un matorral muy denso y huyó de ellos dando amplios saltos.
Se permitieron muy pocos descansos, escalaban a cotas cada vez más altas, trepaban por rocas resbaladizas, pasaban por encima de árboles caídos y se iban abriendo paso con los machetes.
Charlotte enseguida temió que los porteadores se desmoronaran bajo el peso de la carga, pero los nativos parecían poseer una fuerza sobrehumana.
Sus pies descalzos pisaban con firmeza la roca desnuda y el suelo embarrado de la jungla, mantenían hábilmente el equilibrio y aún les quedaba energía para empuñar palos o machetes.
George tampoco daba señales de estar cansado; en cambio, Peter Siegel jadeaba de forma audible, a pesar de que intentaba que no se le notara.
Por la tarde, Elisabeth, que hasta entonces se había portado bien, empezó a lloriquear y a quejarse de que le dolía el culo de estar sentada sobre el duro lomo del animal, algo que Charlotte comprendía a la perfección.
—Estate atenta, después de la próxima curva veremos la misión —la animó George.
—¡Eso mismo has dicho ya muchas veces! Pero después de la próxima curva vendrá otra, y otra, y otra…
—¡Mira, ese monito de ahí arriba se está riendo de ti! —exclamó Charlotte para distraer a la pequeña.
—Ese mono estúpido me da igual, quiero volver a casa. Con mis amigas y la abuela y la tía Ettje y los chicos…
Charlotte se enfadó, pero George se subió a la niña un ratito a la espalda y le pasó a su esposa el ronzal de la mula.
La pendiente volvía a ser muy pronunciada, doblaban recodo tras recodo, los senderos serpenteaban cada vez más alto en la montaña, hasta que empezaron a ver también cedros y piceas.
Charlotte ya se temía otra caminata nocturna cuando de pronto se abrió ante ellos un valle ancho y fértil; después de tantas fatigas, era todo un alivio.
La verde hondonada estaba encajada entre altas montañas y se parecía a la vaguada de Wuga: aquí también se elevaban del herbazal colinas y pequeños picos.
Se veían aldeas en la linde de parcelas rectangulares, y había ovejas y rebaños de vacas marrones pastando a la orilla de un río vuelto.
—Allí —jadeó Peter Siegel y alargó el brazo hacia una de las colinas—. ¡Eso es Mlalo! ¡Y ahí está Hohenfriedeberg!
Mlalo era un conjunto de unas setenta chozas redondas apiñadas en la cumbre de un pequeño pico escarpado. Un cerco de densas matas y plataneras protegía el pueblo de los intrusos y, al pie de la colina, el riachuelo formaba una pintoresca cascada reluciente cuyo murmullo se oía desde lejos.
La misión se encontraba al otro lado del río y también estaba situada sobre una loma, que sin embargo era más plana y estaba cubierta de árboles altos.
Hohenfriedeberg parecía bastante más grande que Wuga, entre los árboles se distinguían varios edificios blancos, además del cuerpo con techo de paja y la afilada torre de una iglesia.
—Un auténtico jardín del Edén —afirmó Peter Siegel—. Ya veréis todo lo que se ha conseguido.
Ahora que ya tenían su destino a la vista, el agotamiento desapareció.
Elisabeth aceptó sentarse de nuevo en la mula sin rechistar, Peter Siegel echó a caminar con energías renovadas y los porteadores comenzaron a parlotear animadamente entre ellos.
Conocían muy bien esos senderos, que ahora conducían montaña abajo, y seguramente estaban deseando reunirse con su familia.
Las mulas eran las únicas reacias a contagiarse de la alegría generalizada; de hecho, se mostraban especialmente tozudas y, después de una travesía tan dura, no estaban dispuestas a ir más rápido de lo necesario.
Efectivamente, los numerosos edificios de Hohenfriedeberg la hacían parecer más una aldea que una misión.
Además, era el núcleo de varios nuevos asentamientos construidos por nativos conversos en las colinas circundantes.
Peter Siegel los conocía todos y enumeró sus nombres en tono alegre.
Ahí estaba Ararati, cuyo nombre había sido escogido personalmente por su fundador, al que habían bautizado como Noé.
Al otro lado estaba Betania, y más allá se encontraba Caná.
Les contó que también había poblados con nombres en lengua shambaa, por ejemplo Kialilo o Chumbageni, que significaban algo así como «Loma de la Esperanza» y «Loma del Júbilo».
—¿Y por qué esa gente ha abandonado sus aldeas y ha construido nuevos poblados? —preguntó Charlotte.
Vio que George arqueaba las cejas y soltaba una risita; parecía conocer la respuesta. Sin embargo, Peter Siegel se mostró encantado de poder transmitir sus conocimientos.
—Bueno, es que los nativos conversos conviven en paz con sus familiares paganos, pero ya no pertenecen a su antigua comunidad. En realidad es mejor así, porque de lo contrario podrían caer de nuevo en el paganismo. Por eso han construido asentamientos cristianos propios.
Los herbazales estaban atravesados por innumerables arroyos anchos o estrechos que descendían de las montañas hacia el río.
El grupo de viajeros tenía que cruzarlos una y otra vez: algunos no eran más que pequeños regueros, pero otros se deslizaban con fuerza sobre la piedra lisa, de manera que había que tener cuidado para no perder el equilibrio y caer en el agua helada.
Pronto salieron a recibirlos los primeros nativos, sobre todo niños de todas las edades que apenas llevaban ropa y los observaban con ojos muy abiertos de curiosidad.
Luego llegaron las mujeres de los porteadores, que saludaron a sus maridos con agudos gorgoritos.
Intercambiaron unas frases rápidas y más de uno acarició la cabeza pelada de sus hijos, pero a ninguno se le ocurrió detenerse.
Cuando la esfera solar ya rozaba las cumbres al oeste y derramaba su luz rosada por el cielo, los viajeros ascendieron la loma de Hohenfriedeberg.
Allí también fueron recibidos por nativos: mujeres jóvenes envueltas en telas coloridas, hombres con camisas holgadas bajo las que llevaban faldas oscuras, pero sobre todo niños vestidos con babis de color claro.
Entre todas las cabezas negras también había algunas rubias.
Elisabeth no lo podía creer: ¡de verdad había niños blancos!
Muchachos imberbes de pantalón corto y piel morena con el pelo rubio hasta los hombros para proteger la delicada nuca del sol abrasador.
Vio a tres niñas, menores que Elisabeth, con unos preciosos vestiditos hasta el suelo que también estaban de moda en Alemania, aunque sin duda allí esas sandalias habrían resultado extrañas.
La más pequeña todavía se chupaba el pulgar.
Charlotte, emocionada, buscó con la mirada a Klara, pero no la distinguió en el caos que se había formado en aquel patio alargado con muchos recovecos.
Las gallinas, las cabras y las ovejas se paseaban entre la gente, algunos nativos ayudaban a los porteadores a dejar los fardos y una mujer negra le ofreció a Charlotte un vaso de deliciosa limonada fresca.
George había bajado a Elisabeth de la mula y se volvió hacia su mujer, que se apeaba de la silla con las piernas entumecidas.
—¿La has visto ya? —preguntó con picardía y señaló hacia la casa de dos pisos de la misión.
Una mujer delicada con un vestido azul claro se asomaba a la ventana con un niño en brazos. Klara se había atado un pañuelo blanco en el pelo y su rostro le pareció a Charlotte pequeño y pálido. En la cabecita de Sammi había crecido una pelusilla rosada: parecía que el pequeño sería pelirrojo.
—¡Klara! —vociferó alguien a su lado—. ¿Qué haces ahí? ¡Baja, que tengo sed y estoy cansado!
El rostro de Peter Siegel, que justo antes expresaba alegría y orgullo, había adoptado ahora un gesto sufrido.
—Tiene tiempo para todos menos para mí —añadió a modo de explicación al percibir la mirada de asombro de Charlotte.
La gran estancia en la que cenaron juntos era sencilla: los únicos adornos en las paredes encaladas eran una cruz de madera oscura y una imagen del pastor Bodelschwingh, y el mobiliario consistía en sillas de fabricación propia, una mesa larga y un atril para la catequesis y los oficios religiosos.
Las nativas habían decorado la mesa con ramitas y flores, y la comida también estaba preparada con muy buen gusto.
Plátano frito con frutos secos y piña, pollo sazonado con jengibre, alubias en conserva, compota de mango y calabaza aromatizada con limones maduros…
Era imposible enumerar todo lo que se les sirvió esa noche.
Pese a todo, Charlotte se sentía apocada y no entendía muy bien por qué, sobre todo sabiendo que Elisabeth, que se había sentado con los niños, estaba de muy buen humor.
En realidad debía estar feliz de que su hija pareciera estar adaptándose con facilidad.
Sin embargo, a ella le estaba costando encontrarse a gusto entre el nutrido grupo de amables cristianos de piel negra y blanca.
—Demos gracias a Dios nuestro Señor una vez más por habernos guiado a lo largo de este peligroso viaje y habernos traído sanos y salvos…